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Figuras Históricas
Charles Orde Wingate, el Lawrence de la II G. M. | Charles Orde Wingate, el Lawrence de la II G. M. |
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| Escrito por Caracalla | |
| viernes, 13 de enero de 2006 | |
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Página 2 de 2 Al entrar Italia en la Segunda Guerra Mundial, el virrey de Abisinia, duque de Aosta, disponía de un ejército numeroso, con una fuerte aviación, y abundantes recursos. El núcleo lo constituían 90.000 soldados y «Camisas negras» italianos, a los que se podían sumar 200,000 abisinios. Los ingleses no podían oponer más que 8.000 hombres en Kenya y 9.000 en Sudán. Parecía natural que Aosta tomara la iniciativa, y tratara de enlazar con Libia. Pero por exceso de prudencia, cedió por completo la iniciativa a sus enemigos. Wawell, estableció que las operaciones se iniciarían en primavera de 1941, al acabar la época de lluvias. Wawell dio luz verde al comandante Wingate para penetrar en Abisinia el frente de la «Gideon Force», llevando consigo el mismísimo Haile Salasie, además incorporó a un joven judío, Abrabam Akavia, que Wingate hizo venir desde Jerusalén, y que fue su ayudante, jefe de logística, y hasta en más de una ocasión dirigió personalmente operaciones militares... Orde voló a Khartum en octubre de 1940 La idea de invadir Abisinia con una tropa indígena fiable había nacido en El Cairo, cuando inspeccionando Wingate los archivos, había encontrado un informe redactado, poco antes, por cinco australianos, que habían vivido unos días entre la colonia de abisinios desterrados en Jerusalén desde 1935. Por los sueños de los exilados se podía creer que la recuperación de la independencia era el ideal de todo el pueblo, y que a la sola llegada del Emperador, se levantarían en armas contra lo italianos.
Para Wingate, el principal interés era verificar sus teorías sobre la «penetración a grandes distancias» en un país de grandes dimensiones, una tropa no muy numerosa puede penetrar y combatir con total independencia de la fortaleza del enemigo, siempre que encuentre el medio de ser abastecida. En Abisinia contaba con abastecerse en el país, gracias e la influencia del Negus. Para Wawell, o para su subordinado en Khartum, el general William Platt, la virtud de los planes de Wingate radicaba en los escasos medios que iba a requerir. Y como necesitaban tomar la iniciativa en algún lugar, lo dejaron actuar. Inglaterra retrocedía en todos los frentes desde más de un año antes. Otro personaje singular en esta aventura fue el coronel «Dan» Sandford. Era un sexagenario retirado que, al principio de la guerra, se había introducido en las montañas del Gojam a predicar la rebelión contra los italianos. El enlace con él era precario, pero sus informaciones podían ser vitales. Confortados por estos informes, los 1.660 hombres del Ejército de Gedeón entraron en campaña el 19 de enero de 1941. El Emperador pasó revista a sus tropas en Um Iddia. Halie Selasies saludó militarmente al descender del automóvil; junto a él, Wingate, con un uniforme inhabitualmente limpio, mantuvo el saludo con solemnidad. La trascendencia del momento hacía olvidar el aspecto harapiento de la mayoría de los soldados y el desagradable olor de los camellos. Conforme a la tradición, se pensaba brindar con champaña, pero alguien se había olvidado éste en Khartum. Hubo que recurrir a botellas, de cerveza, por supuesto caliente. Y la aventura dio comienzo. Conocedor del terreno, Wingate sabía que trasladar sus tropas desde las tierras bajas del Nilo y el Dinder hasta la meseta de Gojam era una aventura casi sobrehumana. . Había que remontar más da 2.000 metros de desnivel y recorrer 1.50 km. para llegar a la ciudad de Belaya, en la que se pensaba establecer el cuartel general del Negus. Fue una marcha agotadora. Para colmo de males, los 25.000 camellos alquilados para acarrear los suministros empezaron a morir. Ni uno sólo sobrevivió a la campaña. Se dice que el último pereció a la vista ya de Addis Abeba, y que aún hoy día puede seguirse el itinerario de la «Gideon force» por sus esqueletos. Wingate, iba a caballo en cabeza, trataba de que se marchara de prisa, pero no había forma de hacerlo. Continuamente estaba voceando; iba sin afeitar y con el rostro lleno de polvo; realmente parecía un profeta del Antiguo Testamento conduciendo sus huestes. Había 35.000 italianos en la región, pero su servicio de información funcionaba detestablemente. Pensaban que los invasores eran mucho más numerosos, y no tenían mucha confianza en los indígenas. Wingate actuó con todo su genio. Bien informado de los movimientos de los italianos, los acosaba ininterrumpidamente cuando se replegaban. Durante quince días estuvo hostigando una brigada que sorprendió en el desfiladero de Dangilla. Al final los italianos corrieron en desbandada. Los sudafricanos entraron el 6 de abril en Addis Abeba casi sin disparar un tiro. Había ocurrido algo inesperado, que facilitó el avance de Cunningham. En Dire Daws, un centro administrativo de Harar, la retirada italiana había dejado la ciudad a merced de los etíopes, y la población blanca rival había pagado las consecuencias de los saqueos: era la vieja guerra africana. Wingate, mantuvo el ritmo trepidante de la campaña, no permitiendo un minuto de respiro a los italianos. El Ras Hailu, una especie de Quisling abisinio, acabó presentándose con su rutilante uniforme en el campamento del Negus. Esto obligó al general Nasti a evacuar la importante ciudad de Debra Markos. Wingate, se crecía ante el peligro. Estaba seguro de sí mismo y se sentía capaz de conquistar toda Etiopía. Maldecía a Khartum y El Cairo porque le tenían abandonado, sin armas ni suministros; carecía de médicos y ni siquiera podía contar con un correo regular. Lo peor era la falta de atención médica. Los heridos fallecían desangrados, las pésimas condiciones higiénicas de la comida y la bebida afectaron a todos los blancos. Ni uno solo dejó de ser un enfermo crónico el resto de sus días. El 5 de mayo de 1941 Halie Selassie realizó, por fin, su ansiada entrada triunfal en Addis Abeba. Se había perdido la espontaneidad de los primeros momentos, y el ambiente era más bien de frialdad. Wingate entró a caballo, detrás del flamante Alfa-Romeo puesto a disposición del Negus por el Ras Hailu. Junto a él cabalgaba Akavia, y detrás el batallón etíope del Ejército de Gedeón. Apenas un puñado de hombres, pero que habían obtenido unos resultados sensacionales: Habían capturado dado muerte a casi 5.000 italianos y 14.000 abisinios, y tomado 12 cañones, 60 ametralladoras y 12.000 fusiles. Su siguiente misión y la última porque pereció en un accidente de aviación en un viaje rutinario, fue Birmania. La ancha corriente de agua de los grandes ríos como el Chidwin y el más lejano Irawadi, cadenas montañosas, cortadas, barrancos y, sobre todo, una vegetación espesa y salvaje, formaba frontera entre dos mundos en guerra: el Imperio Japonés e Inglaterra y sus aliados. Los inicios de la guerra en el Sudeste asiático y en pocos teatros de la guerra, como en éste, abundaron tanto como el de Birmania las tensiones y conflictos entre aliados. El coctel era. explosivo: el Gobierno británico; el Gobierno de Nueva Delhi; los oficiales «nuevo estilo», como Wingate; las tradiciones parsimoniosas y fastuosas del Ejército anglo-indio; Chang Kai-chek; las divisiones chinas en la India (el C.A.I.); Joe Stilwell «Vinagre», por otro nombre el «norteamericano mal educado»; la U.S. Air Force y los grandiosos planes estratégicos del general Chennault... Y además, los Japoneses, claro está. Y los birmanos, decididos a ganar en la partida su independencia. Allí pudo desarrollar todas sus dotes para la guerra irregular en la retaguardia del enemigo y siendo abastecido, con mejor o peor fortuna, desde el aire. Formó el famoso cuerpo de los chindits, temido y admirado por todos. Desde enero de 1943, tres mil ingleses y gurkhas, bajo el mando del pintoresco brigadier Wingate, se habían introducido en la retaguardia japonesa para sabotear, ferrocarriles y carreteras, y levantar bandas armadas de birmanos contra el ocupante. El 27 de abril de 1943, en, la región fronteriza entro la India y Birmania, el mayor White, jefe de aquel sector, del frente, y los oficiales de su «staff» trataban de combatir el calor sofocante refugiándose bajo un toldo, en la semipenumbra de, la jungla. Un soldado llegó apresurado con. la noticia, desde los puestos destacados junto al río Chidwin, con la noticia: «Llegan los chindits, señor» Delante de ellos, caminando por su propio pie, iba un hombrecillo algo cuellicorto, cuyos ojos azules revelaban una fina inteligencia y una fría determinación. A diferencia de sus camaradas, llevaba casco colonial, los faldones de la camisa se balanceaban curiosamente al andar, y debajo emergían unas piernas esqueléticas, desnudas: no llevaba pantalones; se podía adivinar que los trapos que envolvían sus pies, a la manera de los beduinos, eran sus restos. Se adelantó hacia el mayor White y se identificó: «Soy el general Wingate.» Charles Orde Wingate tenía entonces 40 años. La hazaña de los chindits, aireada por el eficiente servicio de propaganda británico, iba a elevarla al pináculo de la fama. Sin embargo, en dos ocasiones anteriores había realizado proezas singulares, que hubieran podido tener las mismas consecuencias, de no ser por su elevada capacidad para granjearse todo clase de enemigos entro los mandos del ejército. El 27 de marzo de 1944, como consecuencia del fallecimiento en un desafortunado accidente de aviación del general Wingate, tomó el mando de los chindits, o brigadas L.R.P., el general Lentaigne, que hasta entonces había mandado la III Brigada. Durante toda la campaña, hasta la terminación de la contienda, una unidad europea, la 36 División británica, entrenada según los métodos de Wingate, dio un rendimiento extraordinario, igual o superior al de las tropas japonesas mejor adaptadas a la lucha y la supervivencia en la jungla. |
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