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El Gran Capitán

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Don Blas de Lezo y Olavarrieta PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Goyix   
miércoles, 15 de marzo de 2006

En 1715 al mando de Nuestra Señora de Begoña (54) y ya repuesto de sus heridas se dirige en una extensa flota a reconquistar Mallorca, que se rinde sin un solo fogonazo. Un año después parte hacia La Habana escoltando una flota de galeones en el Lanfranco (60), barco que será retirado de servicio debido a su calamitoso estado a su regreso a Cadiz. Allí se queda hasta 1720 cuando se le asigna un nuevo navío bautizado también como Lanfranco (62) pero además conocido como León Franco y Nuestra señora del Pilar y se le integra dentro de una escuadra hispano francesa al mando de Bartolomé de Urdizu con el cometido de limpiar de corsarios y piratas los llamados Mares del Sur o lo que es lo mismo las costas de Perú. La escuadra estaba compuesta por parte española de cuatro buques de guerra, una fragata y por parte francesa por dos navíos de línea franceses. Sus primeras operaciones fueron contra los dos barcos, el Success (70) y el Speed Well (70) del corsario inglés John Clipperton, que logró evitarles y tras hacer algunas capturas huyó a Asia donde fue capturado y ejecutado. A pesar de ello cuando la escuadra se separó el mando recayó sobre Lezo que fue ascendido a General de la Armada el 16 de febrero de 1723. En esos momentos también tiene tiempo para otras conquistas y el 5 de mayo de 1725 toma la mano de Doña Josefa Pacheco de Bustos, que un año más tarde le daría un hijo, también llamado Blas. El primer cometido que tuvo como jefe de la escuadra del sur fue hacerla perfectamente operativa, para ello necesitaba tres o cuatro navíos de guerra pero pocos fueron los medios con los que contó, teniendo incluso que desguazar la fragata, de nombre Peregrina (36), por el lamentable estado en el que se encontraba. Afortunadamente se construyeron dos nuevos barcos por parte de los comerciantes peruanos en pago por lo que adeudaban a la corona. Con su pequeña escuadra de tres navíos se lanza a patrullar el Pacífico y pronto se encontraran con cinco navíos holandeses mejor artillados, Lezo ordena enfilar la proa hacia el enemigo para abordarlo pero este reacciona organizadamente y frustra su intento, a lo que el marino español responde ágilmente ordenando concentrar el fuego contra la mayor embarcación enemiga, el Flissinguen. Tal fue el castigo que lo desarbolan y arrían su pabellón poniendo en fuga al resto. En otra salida posterior se lanzaría sobre seis navíos de guerra ingleses rindiendo a todos ellos uniendo tres a su escuadra. Así Lezo consiguió formar una armada más que suficiente para proteger las costas peruanas, pero el nuevo Virrey que había tomado posesión de su cargo hacía dos años, la desguazo e intentó colocar en puestos de la armada a amigos y familiares lo que provocó el enfrentamiento con Lezo. En todo ese tiempo los impagos al general se agravaron por el bloqueo del propio Virrey. La situación se volvió insostenible, llegando a pedir el retiro, pero el 18 de agosto de 1730 regresa a Cádiz como jefe de la Escuadra del Mediterráneo y pagándosele lo debido, tras la intercesión de Patiño, el ministro de la Marina, sabedor de la necesidad de gente así en la Armada.
El día 28 de noviembre de 1731, se distinguen y reconocen los servicios del almirante al Rey, señalándose como distintivo para la nave capitana de Blas de Lezo, la Real Familia (60), el escudo de armas de Felipe V, quedando la bandera morada con el escudo de España, las ordenes del Espíritu Santo y el Toison de Oro alrededor y cuatro anclas en sus extremos.

 
Figura 4 - Estandarte del Teniente General de la Armada don Blas de Lezo.

El 22 de diciembre del mismo año se le vuelve a reconocer encomendándole el traslado del infante Don Carlos a sus posesiones italianas. Pero antes de terminar el año vuelve a recibir órdenes, debe recuperar dos millones de pesos que el Banco San Jorge de Génova retenía a la corona española. Al mando de seis buques entra en el puerto genovés y se sitúa enfrente del palacio de los Doria portando la bandera real en señal de hostilidades. Demanda lo adeudado y da un plazo de 24 horas para su entrega amenazando cañonear la ciudad, que finalmente entrega los dos millones, pero además es obligada por Lezo a rendir honores a bandera española antes de partir de nuevo a la península.
Blas vuelve al combate a bordo del Santiago (60), acompañado de una fuerza militar compuesta por once barcos de guerra, siete galeras y numerosas embarcaciones de transportes, con 30.000 hombres y 168 piezas artilleras. Esta fuerza al mando de conde de Montemar reconquista el 2 de julio de 1732 la plaza de Orán. Su jefe, el pirata Bey Hacen escapó y se alió con el Bey de Argel disponiendo pronto un ataque contra la ciudad. De esta manera Lezo volvió en Febrero de 1733 para socorrerla con el Princesa (70) y Real Familia (60) y otros cinco navíos de guerra para auxiliar Oran. Las nueve galeras que bloqueaban su puerto huyeron en desbandada pero Lezo persiguió a la nave Capitana (60) de Bey de Argel hasta la ensenada de Mostagán defendida por dos fuertes y 4000 enemigos. Lejos de detenerse, Lezo entró en ella impetuoso como siempre, arrasando las dos fortificaciones con gran pericia de los artilleros y asaltando la nave capitana ante el terror de los musulmanes.
Blas de Lezo, habiendo realizado todo tipo de hazañas y con aureola de tremendo lobo de mar, parte de Cádiz el 3 de febrero de 1737, dirigiendo lo que sería la última carrera de indias del imperio con una flotilla de galeones además del Fuerte (60) y el Conquistador (64), hacia Cartagena de Indias, ya que se le ha encomendado su defensa como Comandante General de la ciudad. Esta plaza se había convertido en un punto de una importancia geoestratégica capital, por allí pasaban las mercancías provenientes de la península y las posesiones españolas América del sur. Su pérdida colapsaría el Imperio, los gobernantes españoles sabedores de ello y ante el inevitable enfrentamiento con Inglaterra destinaron a Blas de Lezo para defender la ciudad.
Cartagena de Indias era llamada “la llave del Imperio” y a tal efecto contaba con las mejores y más extensas fortificaciones de todos los virreinatos. No es de extrañar pues anteriormente ya había sufrido los ataques de afamados piratas. En 1542 el francés Robert Baal la toma con 450 hombres, habiendo transcurrido sólo diez años de su fundación. Otro francés, Martin Cote, también logró tomarla en 1559. Resistió la ciudad en 1568 cuando el inglés Sir John Hawkins, traficante de esclavos, la sitió durante 8 días tras su fallido intento de engaño alegando querer comerciar con la ciudad. Su compatriota Francis Drake, logró conquistar la ciudad en 1586 y durante cien días entre febrero y abril del mismo año se instaló en la gobernación causando numerosos incendios, destrucción y saqueos por doquier, inclusive en la Catedral. Abandonó la ciudad tras recibir un cuantioso rescate. Como puede observarse la ciudad era bastante vulnerable y es que la ciudad no estaba fortificada. A petición del rey, el ingeniero militar Bautista Antonelli, comienza la fortificación de Cartagena quien planeó y construyó los primeros baluartes del sistema amurallado que, dos siglos más tarde, convertiría a la ciudad en una fortaleza inexpugnable. Sus muros se construyeron inicialmente de madera y fajina siguiendo sus trazados. Se avanzó la construcción de las murallas y baluartes hasta que el núcleo central de la ciudad quedó bien protegido. Además se construyeron diversos fuertes (Manzanillo, Cruz Grande y Pastelillo) protegiendo el acceso a la bahía interior desde la exterior. Tras varios naufragios aumentó la dificultad de acceso desde el océano a la bahía exterior por el canal de Bocagrande, ganando protagonismo el de Bocachica, donde se construyó el fuerte de San Luis que sería acompañado más tarde por tres baterías al Este y por el fuerte de San José en la orilla Oeste. Se buscaba impedir el acceso y trasiego de naves enemigas en la bahía que permitiría el apoyo de cualquier ataque terrestre. Pero también se incrementaba la potencia de los cañones y se hacía imperativo diseñar fortalezas cada vez más poderosas. Así nació el más imponente castillo que construyeron los españoles en Cartagena, San Felipe de Barajas. Estaba situado en el cerro de San Lázaro, protegiendo la ciudad de cualquier ataque terrestre o desde la bahía. En 1657 quedó terminado el primer núcleo del castillo en la cima del cerro, el modesto bastión que Blas de Lezo conocerá y que no tiene nada que ver con las dimensiones colosales que llegaría a adquirir abrazando a todo el cerro de San Lazaro, como se conserva actualmente. No obstante en 1685 el británico Henry Morgan atacará la ciudad y doce años más tarde, en 1697, lo hará exitosamente el barón de Pointis recibiendo órdenes del rey francés. Este último llegaría a decir que “en la costa de Cartagena el mar es un señor invencible”. Efectivamente el ataque directo a la ciudad desde Norte por el océano era imposible debido a la poca profundidad del mismo y los botes serían presa fácil de los baluartes de la ciudad. En un análisis muy posterior (1762) Antonio de Arévalo estableció tres avenidas de posibles ataques terrestres a la ciudad: por el Oeste Bocagrande, por Este la Boquilla y por el Sur la Popa. Lo intentó Pointis en 1697 por las playas de Bocagrande, pero le fue imposible desplegar eficazmente las piezas artilleras, ni asentar a la tropa, ni cavar trincheras, ni minar las defensas pues el nivel freático afloraba enseguida. Por lo tanto sólo había dos rutas de ataque factibles: por el Sur y por el Este.



 
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