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William Pitt y la formación del Imperio Anglosajón PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Pla   
miércoles, 06 de octubre de 2004

PITT Y LA CRISIS DE LAS COLONIAS NORTEAMERICANAS

El año de 1759 había sido el año del apogeo de Pitt. Su nombre fue celebrado en todo el mundo anglosajón como el de un héroe, y muy especialmente entre los colonos norteamericanos que, después de más de doscientos años de guerra continuada, se habían visto libres, al fin, de la amenaza francesa. En Pennsylvania, en el emplazamiento de un fuerte francés conquistado durante la guerra, se fundó en su honor la ciudad de Pittsburg, que llegaría a ser, tras la independencia (1783), capital del Estado de Pennsylvania.

Pero Pitt fue pronto apartado de la política por el nuevo rey, Jorge III, que había accedido al trono en 1760. El rey no congeniaba con su ministro plebeyo, por lo que adoptó dos medidas radicales para subsanarlo: forzarle a dimitir en 1761, y pasarlo a la Cámara de los Lores, previo su ennoblecimiento como Lord Earl de Chattam. La paulatina salida de Pitt de la política activa tras las grandes victorias de 1759-1761, ha sido considerada también como una de las causas de la pérdida por Inglaterra de sus colonias en Norteamérica. Y no es sólo porque Pitt tuviese un predicamento especial entre los colonos y sus dirigentes, pese a ser ello cierto. De hecho, por ejemplo, Franklin había conocido a Pitt durante una visita a Londres, y ambos habían congeniado muy bien. No. Tampoco es sólo porque hubiese podido realizar una mejor negociación en 1763 de la que hizo la camarilla cortesana de Jorge III, que hubiese podido dar satisfacción a las demandas de los colonos respecto a la Habana, Florida y Louissiana. Ni tampoco es por la convicción de que Pitt hubiese podido desplegar una mejor política hacia los colonos, siendo ello igualmente cierto.

Lo que se pretende señalar con eso, más bien, es la especial sensibilidad que desplegó Pitt en la planificación de la política británica para América. Para Pitt era un objetivo fundamental de la política exterior británica el afirmar sólidamente la presencia anglosajona en la orilla americana del Océano Atlántico. Para él, esto constituía uno de los pilares fundamentales de la hegemonía anglosajona en el mundo. Pitt había comprendido, como ningún político inglés lo había hecho antes, las preocupaciones de los colonos americanos. Y éstos agradecieron mucho los esfuerzos de Pitt por liberarlos de la amenaza de la escuadra española (conquista de la Habana), y de la amenaza de los franceses de Canadá y Louissiana. Pero, además, la visión global de Pitt sintonizaba muy directamente con los deseos de los británicos de Norteamérica. Por una parte, Pitt alentaba la política de expansión hacia el Pacífico de los colonos; por otra parte, Pitt era partidario de ver eliminadas las restricciones comerciales que pesaban sobre las colonias, así como de conceder a los coloniales el trato de ciudadanos británicos de pleno derecho.

Pitt mantuvo esta posición siempre, y de un modo muy intransigente. La mantuvo incluso después del comienzo del la Guerra de Independencia Norteamericana (1775). Pitt tenía informadores y corresponsales en América y conocía bien de la profunda lealtad de los colonos a los valores y principios anglosajones. Y, en puridad, en el fondo de los conflictos tributarios y comerciales que los enfrentaban con la Corona, los rebeldes tenían razón conforme a las leyes británicas. La actuación de la Corona en Norteamérica era un resto de despotismo que había que desterrar de Inglaterra.

No constituyó, pues, ninguna sorpresa la posición que adoptó en 1776, tras conocerse la noticia de la Declaración de Independencia tomada en Filadelfia por el Congreso Continental Americano: Pitt pidió al gobierno que hiciese inmediatamente la paz con los colonos, aún al coste de reconocerles la independencia, y que se suprimiesen las trabas que limitaban el libre comercio con Norteamérica. Es posible que una oferta de esa magnitud, pese a proponerse tan tardíamente, pudiera haber logrado frenar el proceso de la independencia norteamericana, aunque nunca lo sabremos. Estas opiniones le valieron la maledicencia de la Corte y del gobierno. Desde ambas instancias se intentó lanzar la especie de que Pitt era poco menos que un sedicioso, que apoyaba a los traidores y rebeldes de América. La acusación no podía prosperar, ya que hubiera sido muy difícil convencer a la opinión pública británica de que, el creador del Imperio, pudiese ser sospechoso de ninguna conducta desleal para con Inglaterra.

También es cierto que nunca se persiguió a Pitt por sus opiniones. Debe recordarse que otros muchos e influyentes liberales ingleses, como Burke (el célebre crítico de la Revolución Francesa), también simpatizaban con la causa de las colonias. Los liberales británicos tendían a ver en la Revolución Americana la confirmación de sus tesis, en las que se proponía la adopción de profundas reformas liberalizadoras en el sistema político inglés que, además de mejorar el carácter representativo de la monarquía parlamentaria, impidiesen la aparición de nuevas crisis en el Imperio. En realidad no se trataba tanto de que Pitt viese con buenos ojos la independencia de América. Su visión geoestratégica general incluía la presencia anglosajona en América, como una necesidad para la supervivencia del Imperio.



 
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