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El Gran Capitán

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Disciplina y despotismo en la Antigua Roma PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Erich Hartmann   
miércoles, 02 de noviembre de 2005

La disciplina es una de las bases de la institución desde principios de la historia. He aquí un breve relato de los distintos modos que había en el ejército romano para castigar sublevaciones, insubordinaciones, y demás “salidas de tono” por parte de los legionarios y también de los altos mandos.

E1 autor clásico Flavio Vegecio se preguntaba cómo unos pocos romanos pudieron prevalecer contra la multitud de los galos; cómo fueron capaces, siendo bajos de estatura, de hacer frente a la de los germanos. Aseguraba que sin duda los hispanos les aventajaron en número v fuerza física, que siempre habían sido interiores en riqueza o astucia a los africanos, y que nadie dudaba que fueron conquistados por la pericia y prudencia de los griegos.

Como respuesta a esta reflexión, este escritor militar atribuía la superioridad romana, sobre todas estas cualidades, no tanto al valor o a la magnitud de los ejércitos como a la ventaja del dominio del arte militar, la hábil selección de los reclutas, el constante ejercicio (de cuyo término procede la palabra ejército), el castigo a la pereza y en resumen a la disciplina que les dio la victoria sobre todos los pueblos.

De acuerdo con la afirmación de Vegecio se puede decir que la expansión de las fronteras romanas se debió en gran parte a la implantación, desde los orígenes de Roma, de una férrea disciplina militar que llegó a tener la consideración de una virtud sagrada del Estado y que pudo superar los avatares de motines y rebeliones que experimentó, aunque pueda resultar paradójico, a lo largo de toda su Historia, pues, según la acertada opinión de Marín y Peña, la medida de la disciplina no la da la mera existencia de estos actos, sino la manera de reaccionar contra ellos.

Un buen ejemplo de ésta lo constituye la historia de Manlio Torcuato, que siendo cónsul y teniendo compartida la dirección del Ejército, mandó ejecutar a su propio hijo porque había aceptado un reto a combate singular con el enemigo contraviniendo las órdenes de que nadie luchara fuera de las filas. Y eso que había regresado victorioso del lance, lo que a pesar de todo no fue suficiente eximente para enmendar su desobediencia.

Aunque al parecer ésta no fue la primera vez en la Historia romana en la que un padre, ejerciendo la jefatura militar, ordenaba matar a su hijo por una falta semejante, sí nos da una idea de lo que representaba aquella severa disciplina; la misma a la que alude el historiador judeo-romano Flavio Josefo, perteneciente a la etapa del Alto Imperio, al ensalzar la organización militar romana; su preparación y esfuerzo constantes, incluso en tiempos de paz, como si de la propia guerra se tratara; y sus maniobras, de las que nos dice que eran como combates sin sangre y sus combates como maniobras sangrientas.

La legión romana

A pesar de la dura instrucción, servir en el Ejército ciudadano de los primeros tiempos de Roma constituía no sólo un privilegio, sino también un derecho que permitía acceder a los altos cargos del Estado. No es de extrañar, en consecuencia, que la formación más conocida del Ejército, la Legión, proceda del latín legere (elegir) pues sus miembros eran seleccionados, una vez superado el censo mínimo de fortuna personal, sólo entre los más aptos, y donde no había lugar para criminales ni malhechores. El censor era el magistrado que, entre otras atribuciones, velaba por la preservación de la moral y de las buenas costumbres, y podía borrar de las listas de reclutamiento a quien no cumpliera con los requisitos exigidos, siendo en parte un garante de la honorabilidad de la institución militar romana.

Pero al poder acumulado por el Ejército, añadido al hecho de que el juramento de obediencia (o sacramentum) del soldado se hiciera exclusivamente a sus jefes militares, v a pesar de la alternancia de los mismos por cortos períodos de tiempo, habrían de constituir a posteriori un antecedente de los golpes de Estado, estableciéndose así las bases de un poder incontestable que tendría su mayor auge en la etapa imperial con la Guardia Pretoriana que llegaría a destituir y nombrar emperadores a su libre albedrío, pues mientras más corrompido y caótico se revelaba el Estado, más fiel a sí mismo y a sus propios intereses se mostraba el poder militar.

La pugna entre Estado v Ejército queda puesta de manifiesto en toda la historiografía romana. Prueba de ello lo supone el hecho acaecido a Lucio Marcio, que, habiendo organizado las fuerzas militares en Hispania después de la derrota y muerte de los Escipiones, fue proclamado jefe militar por sus soldados. Dirigiéndose posteriormente al Senado mediante una misiva con el título de propretor, fue desautorizado por el propio Senado al no haber sido éste el que legítimamente le había otorgado tal distinción ni contar con su autorización para desempeñar tal cargo, y eso a pesar de las magníficas acciones que el Senado reconocía que Marcio había llevado a cabo en la difícil situación del Ejército en Hispania y de no contar allí con nadie más capacitado para aquel mando, por lo que se procedió a nombrar y enviar desde Roma, con todos los inconvenientes que ello ocasionaba, a un nuevo magistrado antes que ceder ante unas pretensiones que crearían un mal precedente y reforzarían las ambiciones militares.

Medidas extremas

Aunque anterior a este incidente es el caso, parecido pero de resolución mas drástica, ocurrido en la ciudad de Regio a Marco Cesio al que los soldados eligieron, también improcedentemente, jefe del Ejército a la muerte de su anterior general. El Senado castigó tal osadía ordenando ejecutar a todos los soldados a razón de 50 por día y prohibiendo el derecho a sepultura v duelo. Sin embargo esta pugna se inclinó a favor del Ejército en el suceso del cónsul Quinto Pompeyo, que, por orden del Senado, se dirigió al Ejército que Cneo Pompeyo mantenía en su poder desde hacía algún tiempo contra la voluntad del Estado. Los soldados de Cneo, incitados por su ambicioso general, asesinaron al emisario consular. El Senado confesó que cedía ante el poder militar y dejó impune aquel enorme crimen que suponía una provocación al propio Estado romano.

Pero es el poeta latino Décimo Junio Juvenal quien mejor nos describe en su obra satírica la sociedad castrense de su época, de la que se puede hacer la siguiente síntesis sobre las ventajas de la vida militar y los inconvenientes que conllevaban enfrentarse a la milicia:

Tratemos primero de las ventajas comunes a todos los soldados, de las cuales no será la menor, que ningún civil ese pegarte, es más, aun si él es el golpeado lo disimula y no se atreve a mostrar al pretor los dientes rotos ni su rostro tumefacto, amoratado y lleno de cardenales, o el ojo que le queda, del que el médico no garantiza nada.

Pero al que reclamase justicia contra esta clase de arbitrariedades advierte el escritor:

Se mantendrán las antiguas leyes militares y la norma de Camilo: que un soldado no sea procesado fuera del campamento y lejos de los estandartes.

Es justísimo que sean los centuriones quienes juzguen a un soldado y no me faltará satisfacción si se presenta la causa de una reclamación justa'. Pero toda la tropa te es Hostil y todos sus compañeros, de común acuerdo, se encargaran de que el castigo le sea ligero y más duro para ti que la injuria recibida.

A continuación Juvenal advierte igualmente del riesgo que supone enfrentarse a los militares con una querella; la dificultad de encontrar testigos que se atrevan a declarar y de la intimidación a la que deben enfrentarse. Con la mordacidad e ironía que caracteriza a la sátira, tacha de «cerebro de mula» al denunciante que se aventura a enfrentarse así al Ejército y compara sus tan sólo dos piernas con tantas botas militares con sus miles de clavos a las que se atreve a ofender. Y señala más adelante:
Más pronto harás avanzar un testigo falso contra un civil que uno veraz contra los intereses y el honor de un militar.

Continúa relatando Juvenal los inconvenientes y dilaciones que tenían que soportar los que pleiteaban por cuestiones habituales (al igual que sucede en la actualidad); sin embargo, cuando se trataba de pleitos contra militares añade:

En cambio a aquellos a los que cubren las armas y ciñen el tahalí se les permite pleitear en el tiempo que deseen y no se arruman en un litigio interminable.

La sátira, que ha llegado hasta nosotros incompleta, presenta otros privilegios de los militares en comparación con los civiles dejando clara, desde un principio y de forma manifiesta, la postura del autor frente a los que, ligados por el ejercicio de la profesión militar, forman un corporativismo inquebrantable.


 
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