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El Gran Capitán

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La batalla de Aljubarrota PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Erich Hartmann   
martes, 28 de junio de 2005

En agosto de ese mismo año, Juan I, al frente de un poderoso ejército, entraba por segunda vez en Portugal con la intención de hacer valer su derecho al trono. Sin embargo, Juan de Avis logró reunir un ejército portugués que contaba con el apoyo de algunas tropas inglesas, sobre todo arqueros. El 14 de agosto de 1385 ambos ejércitos habrían de encontrarse frente a frente junto a la pequeña villa de Aljubarrota.

La batalla de Aljubarrota.

Aljubarrota constituye uno de los hitos más importantes de la historia peninsular, pero a pesar de las enormes consecuencias que acarreó la derrota de las armas castellanas a manos de los partidarios de Juan de Avis, la batalla fue extraordinariamente breve: según refiere Pero López de Ayala, uno de los nobles castellanos que se batieron en esta jornada y cronista excepcional de la batalla, ésta tan sólo duró media hora.

Los dos ejércitos se habían desplegado en las cercanías de Aljubarrota. Las tropas portuguesas y sus aliados ingleses ocuparon un lugar privilegiado desde donde esperaron el ataque castellano. Juan de Ría, camarero del rey de Francia y veterano en las guerras que éste mantuvo con Eduardo III y el Príncipe Negro, aconsejó a Juan I que
esperara el ataque del enemigo, ya que la falta de provisiones les obligaba a tomar la iniciativa en el combate. Sin embargo, los nobles castellanos, sobre todo los más jóvenes, reaccionaron igual que sus camaradas franceses en Crécy y Poitiers, y juzgaron cobardía lo que era un sabio consejo. Esa opinión fue, sin embargo, la que prevaleció finalmente y las tropas castellanas iniciaron el ataque. La disposición del terreno impedía que las alas del ejército castellano acompañaran el avance de la vanguardia, así que ésta tuvo que combatir contra la delantera y alas de los portugueses sin el apoyo de sus alas mientras los arqueros ingleses no cesaban de hostigarlos por los flancos. Viendo la batalla perdida, la infantería portuguesa fiel a la reina, que el rey imprudentemente había dispuesto en la retaguardia, desertó en masa provocando el pánico entre los castellanos.

En apenas media hora sucumbió en Aljubarrota la flor y nata de la caballería castellana y buena parte de los nobles portugueses que apoyaban la causa de la reina, y aun el mismo rey castellano estuvo a punto de morir allí mismo de no ser por la rápida intervención de sus fieles caballeros. López de Ayala enumera con emoción los nombres de los caídos, entre los que se contaban el hijo del marqués de Villena: el señor de Aguilar; Pedro Díaz, prior de San Juan; Diego Gómez Manrique, adelantado mayor de Castilla; Diego Gómez Sarmiento y Pedro González, mariscales de Castilla; Juan Fernández de Tovar, almirante de Castilla; Pedro González de Mendoza, mayordomo mayor del rey, y un largo etcétera en el que se incluye aquel Juan de Ría cuyo consejo en mala hora había desoído el monarca.

Vocación atlántica de Portugal

La victoria en la batalla de Aljubarrota supuso la entronización de una nueva dinastía en Portugal, la casa de Avis. El nuevo rey contaba con la oposición de un cierto sector de la nobleza, pero a cambio gozaba del favor de la mayoría del pueblo. Indudablemente, la victoria sobre la nobleza castellana suponía también el triunfo del espíritu nacional portugués. Tras su ascensión al trono, Juan I se convirtió en un codiciado aliado por ingleses y flamencos. Los primeros le habían ayudado a conseguir la corona en Aljubarrota y se apresuraron a firmar un tratado con Portugal (Tratado de Windsor de 1386) Por otro lado el matrimonio de la hija de Juan I con Felipe el Bueno de Borgoña abrió una nueva vía en la política portuguesa y manifestaba la voluntad del monarca de potenciar las alianzas atlánticas, política que llegaría a su culminación con la conquista de Ceuta en 1415.

 


 




 
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