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Figuras Históricas
La batalla de Lepanto | La batalla de Lepanto |
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| Escrito por Targul | |
| lunes, 21 de marzo de 2005 | |
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Página 1 de 3 El peligro turco Hacía más de un siglo que Constantinopla, la gran capital del Imperio Bizantino, había sucumbido ante el embite turco. El Imperio Otomano avanzaba lenta pero inexorablemente por Europa y el Mediterráneo, gracias a su abrumador potencial humano. Tras Constantinopla les tocó el turno a los Balcanes, a Grecia y a Hungría. Las huestes del sultán de Istanbul llegaron hasta las mismas puertas de Viena, asediándola dos veces (la última en 1529). Sólo los oportunos refuerzos de Fernando, hermano de Carlos V y futuro emperador, lograron ponerles en fuga. En el mar Mediterráneo, la situación era incluso más desesperada. La gigantesca flota turca tenía, desde hace mucho tiempo, en jaque al comercio naval de las naciones cristianas. Flotillas otomanas y berberiscas (aliados La cristiandad estaba dividida. Protestantes y católicos luchaban con ahínco por la pervivencia y expansión de sus cultos, mientras el resto de las naciones católicas atendían a sus intereses particulares. Así, las dos potencias navales de la época, España y Venecia, mantenían agrias discusiones e, incluso, cierto grado de hostilidad. Felipe II, rey de un imperio "donde no se ponía el sol", tenía a sus temibles tercios luchando en Flandes contra los rebeldes protestantes y el frente interior, la rebelión de los moriscos en la Alpujarra granadina, financiada y apoyada por los propios otomanos. Debía desembarazarse primero de estos problemas antes de acometer la empresa marítima contra el poder turco. Venecia, con su dux a la cabeza, había mantenido hasta el momento excelentes relaciones comerciales con los otomanos, que les servían de nexo con los productos exóticos del Lejano Oriente, tan demandados en Europa. Pero el sultán, a la sazón Selim II (apodado "el borracho") y su gran visir Mehmed Sököli tenían otros planes. Paulatinamente, fueron subiendo los impuestos a los venecianos por sus transacciones marítimas, mientras que, "de facto", comenzaban a apropiarse de sus posesiones insulares y de parte de sus plazas en la costa occidental de Hungría. Ante estos sucesos, y a pesar de que mantuvieron mientras pudieron una posición neutral que favorecía a sus intereses comerciales, los venecianos fueron, poco a poco, ampliando y reparando su carcomida flota guerrera en vista a un más que posible enfrentamiento con la media luna. Preocupado por la amenaza turca, insistente y mediador, el papa de Roma, Pio V, hacía lo imposible por conciliar a las dos partes, Monarquía Hispana y República de Venecia y conseguir, así, su tan ansiada Santa Liga. Esta disputa finalizó cuando, preguntado por quien había de comandar la flota, el papa leyó o recitó un versículo de la sagradas escrituras: "Y hubo un enviado de Dios, y su nombre era Juan". Las presiones del más poderoso monarca de la cristiandad y posiblemente del mundo, Felipe II, influyerón quizá en aquella decisión. La Santa Liga La armada de la Santa Liga iba tomando cuerpo. Felipe II hizo traer del ya apaciguado (teoricamente) frente flamenco a gran número de sus veteranos soldados de los tercios (8.160). Asimismo, reclutó gran cantidad de tropas entre sus reinos y posesiones. 90 galeras, 20 naos y 50 fragatas y vergantines fueron enviadas por el rey de España. El papa aportó 12 galeras y 6 fragatas, mientras que Venecia fue la que se jugó más: 106 galeras, 6 galeazas, 2 naos y 20 fragatas. El total de los embarcados sumaban 28.000 soldados, 19.920 marineros, 43.500 remeros. 20.000 de esos soldados pertenecían a la monarquía hispana. Reunida la flota en el estrecho de Messina (Sicilia), el joven don Juan (que tenía |
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