La Guerra Civil Americana - 7ªParte PDF Imprimir E-mail
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Escrito por Lee   
Lunes, 19 de Octubre de 2009 18:05

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 Capítulo XXII: Conclusiones de 1861

Al final de 1861, el Sur estaba casi indecentemente satisfecho de sí mismo. Su nueva nación se había puesto en pie y parecía muy capaz de caminar sola. Si no se había recibido la esperada ayuda franco-británica, el incidente del “Trent” y la llegada de una fuerte escuadra franco-británica-española a aguas mexicanas, prometían serias complicaciones en las relaciones internacionales de Washington. Y sin embargo, la Confederación se mantenía firme sin ayuda externa.


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Hasta la fecha, el odiado “yankee” sólo había logrado arrebatarle la Virginia Occidental (West Virginia) y unos pocos espacios puntuales: el entorno de Fort Monroe en la península de Yorktown, las islas Ship, Hatteras, Santa Rosa y la Port Royal Harbour, amén de los archipiélagos de Key West y las Dry Tortugas.

A cambio, los “rebeldes” mantenían aún un pie en los estados no oficialmente sublevados de Missouri y Kentuky, y habían arrebatado buena parte del Territorio de Nuevo México. Además habían vencido en las dos principales batallas del año, Bull Run y Wilson’s Creek, y en combates secundarios tan caracterizados como los de Ball’s Bluff, la matanza más sangrienta, Lexington, el que más prisioneros y beneficio había producido, y Belmont el último de volúmen considerable.

Todo ello les producía una agradable sensación de invencibilidad, mientras que en el frente interno no había existido la menor señal de una sublevación de esclavos, que algunos abolicionistas ilusos llegaron a esperar, las instituciones confederadas se iban afianzando pese a las naturales tendencias centrífugas de los Estados, e incluso la situación alimentaria del primer Invierno resultaba aceptable.

El Gobierno Confederado había buscado todo ello actuando con exquisito tacto para no herir susceptibilidades, y tenía la seguridad de que las primeras elecciones de la Confederación, que iban a celebrarse en breve, confirmarían la Presidencia de Jefferson Davis. Lo que con la nueva legislación confederada, suponía ámplios poderes por un mandato de seis años, aunque sin opción a la reelección.

Entonces era cuando tenían intención de herir todas las susceptibilidades que hiciese falta con la intención de crear un Gobierno Central con amplios poderes. Su primera medida sería hacer pasar una ámplia Ley de Conscripción, con la que esperaban elevar las fuerzas armadas confederadas por encima de los 500.000 hombres y una sólida base no voluntaria. Como Washington, iba a encontrar muy duro políticamente el introducir a su vez la conscripción, aunque tan sólo aquella podía ser la llave de la victoria en la Guerra Civil.

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Josiah Gorgas, CSA


Por otra parte, la Secretaría de Defensa Confederada con Judah Benjamin al frente, estaba reorganizando su sistema de compras europeas para racionalizarlo. Y había nombrado al efecto un responsable general que iba a resultar bastante satisfactorio, El Coronel Josiah Gorgas. El Secretario de Marina, Stephen Mallory, que enfrentaba una situación aún más difícil, iba a aplicar varios sistemas simultáneos.

De un lado y auxiliado por el Jefe de Ordenanza y Ayudante General que había escogido para su Marina, Comodoro French Forrest, continuaba impulsando y tratando de coordinar la construcción de buques blindados. De otro había enviado a Europa sus propios hombres. Uno era el Capitán Matthew Fontaine Maury, inválido para el servicio desde un accidente que sufrió en 1839, pero que después había devenido en una autoridad internacional en cartografía. Por lo que se le apodaba “El Guía de los Mares” (Pathfinder of the Seas), además de realizar grandes avances en tecnología naval como quedó claro con su perfección de los torpedos eléctricos, causa de la mayoría de las pérdidas de la marina unionista durante la contienda. Era el encargado de llevar el grueso de las compras y las relaciones públicas, en una labor paralela a la que el Coronel Gorgas realizaba para el Ejército.

Pero había un encargo específico y de gran importancia, para el que Mallory había designado un segundo hombre, el Capitán James Dunwoody Bulloch. Se trataba de encargar a algunos de los más prestigiosos astilleros de Gran Bretaña la fabricación de una serie de modernos cruceros de vapor, tripulados básicamente con mercenarios europeos y lanzarlos contra la navegación mercante de la Unión. De sus manos aparecerían buques como los “CSS Alabama, Florida, Atlanta y Shenandoah”.

James D. Bulloch e Irvine Bulloch, CSN
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Aunque el Norte protestara, que iba a hacerlo, tal práctica tenía un precedente en las empleadas por el Congreso Continental Americano durante la Guerra de la Independencia. (En aquella, el más temido corsario “americano” había sido un buque fabricado en Francia, tripulado por europeos y mandado por un escocés independentista. Cuando buque y capitán fueron finalmente a reposar en el fondo del Atlántico, ni el ancla del primero ni los pies del segundo habían tocado jamás suelo americano. Los confederados iban a tener al menos la delicadeza de aportar a sus corsarios “ingleses” el capitán y un puñadito de oficiales y hombres, en especial infantes de marina).

También la situación armamentística del Ejército Provisional Confederado estaba mejorando, disponiendo para la fecha de cerca de 90.000 rifles razonablemente modernos. Los 30.000 originales se habían completado mediante varios métodos alternativos. Uno fue la fabricación del “1855” simplificado, diseñado en la Richmond Armory, tanto en ésta misma como en otras entidades, privadas o públicas. (Entre las últimas se contaba la “Palmetto Iron W” del Estado de South Carolina). Por desgracia, todos los demás fabricantes aún juntos, sólo proporcionaban una fracción de la producción de la Richmond Armory y a menudo con acabados bastante deficientes.

Otro era la compra de armas en Europa, de donde ya había llegado buena cantidad, incluyendo cerca de 35.000 excelentes “Enfield P 1853” ingleses. Y la última fue la reconversión a llave de percusión de todos los ejemplares que se pudo encontrar en el Sur de los viejos rifles de pedernal del Ejército. Estos habían pertenecido a tres modelos:

El primero fue el “Harper’s Ferry 1803”, básicamente un “Kentucky Rifle” ampliado al calibre 54 y acortado. (Lo que le daba cierta semejanza con los posteriores, civiles y más pesados “Mataosos Hawken”). El segundo, del mismo calibre y básicamente similar en características, era el “Henry Deringer” 1814, aparecido para paliar la relativa escasez de rifles que empezó a notarse según se prolongaba la segunda guerra con los ingleses. Se distinguía del anterior por el empleo en su producción, para abaratarla, de alguna de las piezas ya semiestandarizadas que se usaban en la fabricación de mosquetes. El tercero, el “Star Common Rifle” de 1817, era simplemente un mosquete rayado, del mismo calibre 69 que usaban los mosquetes.

Para cuando llegara lo más duro de los combates de 1862, a partir de Mayo, la cifra de rifles reunidos pasaría de 130.000, lo que permitiría a la Confederación equipar aceptablemente al ejército que operaba en Virginia y a parte de los situados más al Oeste. Con todo, en éstos el arma dominante iba a ser aún en aquel año el mosquete, originalmente fabricado de percusión o reformado para este sistema y en rincones apartados seguirían actuando cierto número de mosquetes de pedernal.

Los sureños se habían apoderado de gran cantidad de piezas de artillería, pero tenían cierta escasez de modelos modernos. Sus cañones pesados Dahlgren navales de 9, 11, 15 y 20 pulgadas, con sus recámaras reforzadas de silueta de botella, y los Rodman de 12, 14, 16 y 18 claramente cónicos. Ambas eran piezas de ánima lisa y avancarga.

También escaseaban las piezas modernas en la artillería de campaña pues, aprobados los modelos de 6 y 12 libras tan sólo en 1855, la producción de preguerra no había sido lo suficientemente numerosa para permitir a los confederados apropiarse de muchas. Ambas se estaban no obstantes fabricando en el Sur, llevando como en otros campos el grueso de la producción el Richmond Armory. (Que además tenía la ventaja de surtirse en la cercana “Tredegar Iron Works”, única acería sureña que producía un acero de calidad).

La necesidad había aguzado el ingenio local, y un tal John Brooke, había diseñado una adaptación del Parrot de retrocarga de 10 libras para ser fabricada en arsenales confederados, (es decir, con aceros de poca fiabilidad). Se distinguía fácilmente del original porque el típico refuerzo cilíndrico de la recámara de los Parrot era en el “Brooke” más masivo y más largo, reforzando también en la parte inicial del ánima, que había de soportar mayores presiones en el disparo.

A la vez un Capitán de Artillería llamado Williams creó el “Williams Rapid Fire Gun”, una pieza de proyectil de una libra capaz de 18 ó más disparos por minuto. De mecanismo parecido al de la primitiva ametralladora mecánica “Agar Battery Gun”. Era el primer cañón ametrallador del mundo, pero ciertos problemas de calentamiento, unidos al carácter conservador de los medios militares, hicieron que se fabricaran muy pocos.

Williams Rapid Fire Gun
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Para paliar sus deficiencias artilleras, los rebeldes estaban comprando cañones en Inglaterra. Algunos eran potentes Armstrong de gran calibre, (usados sobre todo por la Marina), y otros los Whitworth de 6, 12 ó 17 libras, pero por escaseces económicas, la inmensa mayoría eran más modestos y más baratos, como los Blackely de 3’1 y 8 pulgadas.

En cuanto a ametralladoras, la de aspecto más moderno era la ya citada “Agar” apodada “Coffee Mill” porque su tolva de alimentación semejaba la de un molinillo de café de manivela. Este arma, como el cañón Williams, tenía serios problemas de recalentamiento de tubo y recámara, lo que unido a la novedad de su concepto y la reticencia legendaria de los militares ante las novedades provocó que sólo se compraran 50 unidades entre unionistas y confederados.

Además había otro grupo de ametralladoras, de las que lamejor lograda era la “Billinghurst-Requa”, compuestas por agrupaciones de cañones de rifle que podían cargarse y dispararse simultáneamente. No tuvieron mucho éxito. Y para terminar acababa de patentarse la luego legendaria “Gatling”, que con un mecanismo parecido al de la “Agar”, pero con sis cañones y seis recámaras giratorias, evitaba el problema del calentamiento. Fue ofrecida a ambos bandos, pero como las ametralladoras ya generaban desconfianza, no se vendió ni un solo ejemplar.

Los confederados disponían también ya de una creciente cantidad de revólveres, pero de éstos muy pocos eran de fabricación propia. Los fabricados en el Sur solían ser copias del Colt “Dragoon” de 44 y del Whitney “Navy & Eagle”, y sobre todo del popularísimo Colt “Navy 1851” de 36. (Muchos de éstos falsos “Navy 1851” venían con tambor de bronce, lo que les dio el apodo de “Rebell”, palabra mixta de “rebelde” y “campana”). El grueso de los revólveres era de importación.

Había partidas de “Adams”, “Tranter” y “Kerr” ingleses de calibre 44, 36 ó 34, y revólveres francese o belgas de cartucho, como el “Lefaucheux” de 12m/m de fuego de espiga y los “Raphäel” de 12 m/m y “Perrin” de 11 m/m de fuego central. Pero la enorme mayoría eran revólveres pasados de contrabando desde el propio Norte, incluyendo cierto número de “Adams” fabricados bajo licencia por la Massachussets Arms Cº y sobre todo enormes masas del omnipresente “Navy 1851”.

En cuanto a su aspecto externo, para comienzos de 1862 el soldado sureño había perdido ya bastante brillo. Los zuavos se agarraban a sus brillantes uniformes, y algunas milicias especialmente bien vestidas seguirían luciendo sus viejas galas en el seno del Ejército Provisional hasta que aquellas se cayeran a pedazos. Y de otro lado, los regimientos de Alabama seguían empleando las levitas azules de su milicia. Pero por lo demás, en el mejor de los casos reinaba el gris.

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Soldado del CSA

En efecto, el gris reglamentario estaba ya en decadencia. Se veía mucho “linsey” crudo, no poco gris oscuro de corteza de nogal y sobre todo, la mayoría de las guerreras lucían el gris amarillento de cáscaras de nuez, apodado “butternut”, que llevó a que los unionistas llamaran a sus enemigos no “grises”, como a menudo se ha afirmado, sino “butternuts”.

La Infantería de Marina, que controlaba los puertos y podía apoderarse de los tejidos de importación, usó un uniforme de infantería casi reglamentário, salvo que la levita, para horrar tejido, sólo era cruzada en los oficiales.

La Caballería, arma de señores, iba a menudo bien uniformada, pero casi nunca usó y menos a caballo, la levita larga que era muy engorrosa para montar. Clases de tropa, suboficiales y casi todos los oficiales, usaban dolmanes cortos de abertura central y una sola fila de botones. Algunos regimientos especialmente elegantes añadían a los lados dos filas más de botones falsos y entre ellos alamares a estilo húsar en negro, rojo o dorado, o tiras de tela de color imitándolos.

Muchos regimientos usaban sombreros de alas, a menudo adornados con plumas, y cuando se usaba quepis rara vez era el reglamentário de base azul y copa amarilla. Sí solía tener base gris y copa amarilla, o a menudo al contrario. Y por lo demás casi toda la caballería desplegaba su color de arma en el cuello y a menudo en las bocamangas y franjas laterales en el pantalón. Y éste solía ser casi siempre gris o de “linsey” oscuro, y rarísima vez del color reglamentário.

La Artillería era también un Arma de ricos, aunque de ricos de ciudad y su uniformó en general con bastante corrección. Salvo algunas unidades milicianas del Centro y Oeste, ni siquiera empló el sombrero de alas, pero se resistía a usar el azul reglamentário. Sus pantalones solían ser por tanto grises y el quepis mostraba combinaciones de rojo y gris, y muy a menudo era totalmente rojo.

En cuanto a la Infantería, y salvo excepciones, su aspecto era variopinto y bastante desastroso. A menudo se encontraba en la misma unidad algún raro soldado pudiente que se había hecho confeccionar un uniforme totalmente reglamentário, junto a chaquetillas cortas y levitas de una sola fila de botones. Pero en su mayoría de color “butternut”, con pantalones del mismo color o aún de “linsey” oscuro.

North Carolina y Florida dotaron a sus unidades de chaquetillas parecidas a las “estatales” unionistas, pero grises y con dos bolsillos en la delantera. Se distinguían entre sí en que el uniforme de Florida era de “linse” de algodón y su pantalón, especialmente mal teñido, quedaba rápidamente reducido por el sol y las lavadas a un color blanco sucio.

La bandera confederada seguía siendo la de Montgomery, con las estrellas aumentadas a once, y en ocasiones a trece. Pero muchas tropas de los siete primeros estados sublevados seguían teniendo y ondeando sus viejas banderas de siete estrellas. Y había regimientos de Texas que ondeaban la de su Estado, similar pero con una sola estrella de gran tamaño.

Por lo demás, en Bull Run se había visto que, en condiciones de combate, estas banderas se confundían demasiado fácilmente con la federal. Por ello, en Septiembre de 1861 el General Beauregard había diseñado una “bandera de guerra”, llamada “Enseña Roja”. Era la que hoy ondea en los actos nostálgicos como “bandera confederada” por antonomásia: fondo rojo, cruzado por un aspa azul bordeada en blanco y que luce trece estrellas blancas.

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Bandera de Batalla

En puridad, ésta fue sólo la versión oficialmente aceptada por el cuartel general de Joseph E. Johnston, (y luego de Robert E. Lee), en Virginia, que desde luego se hizo muy popular. Pero también hubo versiones con el aspa blanca y las estrellas y el reborde azules o sin reborde, (ya fuese el aspa blanca o azul). Hubo incluso versiones con nueve estrellas, o con fondo blanco y el aspa delineada y las estrellas en rojo. Y sólo era una bandera de guerra.

Además al Oeste del Alleghany tuvo mucha menos aceptación. El propio Beauregard había sido trasladado a Kentucky en Otoño de 1861, convirtiéndose en el segundo de Albert S. Johnston, pero eso no evitó que otra bandera de combate, desarrollada localmente, tuviéra más éxito. Se trataba de la bandera azul oscuro creada en Enero de 1861 por William J. Hardee, y superó en aceptación a la “Enseña Roja” entre el Big Sandy River y los confines de Arkansas.

1ª Bandera Hardee
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Y dejando ya esta exposición de las esperanzas y medios militares del Sur, pasemos a tratar su verdadera situación que era menos halagüeña. El precio del ambiente de satisfacción que había aglutinado a los sureños tras su gobierno era el no haber “apretado el acelerador” de la preparación, con lo que ésta presentaba aún bastantes lunares y se había dejado pasar un año en que la Confederación gozaba aún de ámplio crédito y el bloqueo naval era tenue, sin reunir una buena masa de medios de combate. Por lo que confiaron en que el año venidero acabaría por traerles su independencia, gracias a sus soldados y a su “Rey Algodón”. Pues esperaban un apoyo extranjero y que la Unión aceptaría la paz.

En cambio, los norteños, picados por sus reveses en el campo, se habían tomado su equipamiento muy en serio. Con la producción de su propio derivado del 1855, (el 1861), y los “Colt Contract” de subcontrato, para fin de 1861 poseían más de 70.000 fusiles rayados de producción propia, a lo que se añadía un intenso programa de compra, cuya pieza básica eran otros 70.000 “Enfield” ingleses.

Para Mayo, con la producción de “1861” y “Colt Contract” acelerándose, la continuidadde grandes remesas de “Enfield” y la presencia de nuevas partidas a las que ya nos referimos, el Norte iba a disponer de cerca de 350.000 fusiles rayados modernos. Pese a que los no muy numerosos rifles de modelos anteriores al “1855”, que primeramente habían sido puestos en línea, estaban siendo retirados. Por suerte para los confederados, este armamento superior fue acumulado casi exclusivamente en el Este, debido al poder y las exigencias del General McClelland, y casi todas las tropas unionistas al Oeste del Alleghany hubieron de combatir, como sus oponentes, con mosquetes en su mayor parte viejos modelos de pedernal adaptados a llave de percusión.

Entre las “otras partidas”, el grueso era unas 20.000 armas de retrocarga, en su mayoría carabinas de caballería. El conservador Departamento de Ordenanza del Brigadier Ripley no las veía con buenos ojos, de lo que muchas unidades de esta Arma no contaron en principio con armas largas. Así el 6º de Pennsylvania o “Rush’s Lancers” estuvo equipado de sables, lanzas y revólveres Colt “Navy 1851” y aún más exageradamente, el 1º de Caballería de Massachussets entraría en combate con sus hombres armados tan sólo de un sable y dos pistolas de percusión de un único disparo.

Rush’s Lancers
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Pero la eficacia mostrada por las Maynard de Stoneman, allá en Cheat Mountain, señalaba en otra dirección y además gran parte de la nueva caballería voluntaria tenía cierto espíritu de milicia montada que clamaba por armas largas. Ahora bien, en la preguerra la caballería había dispuesto del “Mosquete 1847”, (una versión muy recortada del 1842), el “Mississippi Rifle” de Remington, la carabina Hall North, y últimamente la Maynard. Pero los “buenos oficios” del ex-Secretario de Defensa Floyd habían llevado a la mayoría de estas armas a caer en manos sureñas.

Sin embargo, la cuestión no era tan grave. De un lado, el número global de armas en manos del Ejército no era muy elevado, y parte de ellas no prestarían demasiado servicio. (Las venerables Hall North, de siempre delicadas, estaban ya en muy malas condiciones y pocas seguirían en línea para primeros de 1862). Además buen número de Maynard del calibre 50 seguirían sin asignarse a unidades y quedaron en manos del Norte.

Pero, sobre todo, los jinetes yankees querían armas de retrocarga y de cartucho, que pudiesen recargarse cómodamente sin desmontar como la propia Maynard, y en aquellos momentos se ofrecía o comenzaba a ofrecerse en el mercado toda una gama de armas de tales características.

Además de la Maynard, otras tres carabinas correspondían a mecanismos de cañones móviles o pivotantes: las “Gallaher” de calibra 56 y las “Gibbs” y “Smith” del 52. La verdad es que, salvo la Maynard, funcionaban bastante mal. Y la Smith era en concreto un auténtico peligro para el usuario. Pero aún así, salvo la Gibbs que inició la carrera de ventas en mala posición, todas se comercializaron por decenas de miles, y la inquietante Smith, más barata, mejor que las otras.

Las carabinas “Burnside” y “Star”, de calibre 54 ambas, hacían pivotar tan sólo la recámara. Eran mejores que la Maynard y demás, aunque más caras, pero también se vendieron bien y en especial la Burnside, aunque más a compañías de infantería ligera que ha caballería. Y por fin estaban las carabinas de recámara basculante que utilizaban el último refinamiento, el bloque de recámara del tipo apodado “Trapdoor”.

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Carabina Lidner, M1816

De éstas, las “Lidner” del calibre 58, “Joslyn” del 56 y “Merril” del 54, serían relativamente ignoradas ante el prestigio de la más antígua del grupo, la inmortal “Sharps”. La había lanzado al mercado en 1851 su inventor, Christian Sharps, (no mucho después expulsado por sus socios de su compañía), y ya antes de la guerra se llevaban vendidos unos 20.000 ejemplares. Estos habían usado tres tipos de “Trapdoor”, (los “Box Lock”, “Slanting Breech” y “Straight Block”), tres tipos de cebadores, (Maynard, Lawrence y Sharps), dos calibres, (53 y 52, aunque el 75% eran del segundo), y hasta dos longitudes de cañón, (aunque casi el 99% lo tenían de 22 pulgadas). Pero la potencia y la precisión de las Sharps eran inconfundibles.

En efecto, si bien las fuerzas armadas habían comprado unos 1.200 Sharps y el Gobierno Británico 200, (era la primera arma larga americana que Inglaterra adquiría oficialmente), su fama había crecido por sí misma. Primero los cazadores de las Rocosas aseguraron que era el primer rifle, desde el engorroso y carísimo “Mataosos Hawken”, que tumbaba a un oso grizzly al primer disparo. Siguieron los guías de caravanas, diciendo que además de triplicar en velocidad de fuego a un arma de avancarga, el Sharps era el primer rifle que permitía, gracias a su potencia, atravesar un caballo hasta herir al jinete indio que se ocultaba colgándose del costado del caballo.

Y después se convirtió en el favorito de las milicias abolicionistas de Kansas. John Brown, que después llevaría casi 100 de ellos a Harper’s Ferry, derrotó en una ocasión a 56 esclavistas con sólo 28 hombres armados con Sharps.

En Artillería, el Norte estaba produciendo gran cantidad de piezas de campaña, tanto de modelos de avancarga de 6 y 12 libras como los Parrots de 10. Como en el Sur, las piezas semipesadas de avancarga eran las de Ordenanza de 18 y 24 libras, pero en la Unión se estaban fabricando también otras de 28, 32 y 42, y peligrosos Parrot de retrocarga de 20 y 34 libras.

Para apoyar este incremento del esfuerzo, se habían ampliado las instalaciones de Pittsburg y creado una gran fábrica federal de cañones, la Cold Spring Foundry, (también denominada West Point). Produciría 1.700 cañones y 3.000.000 de proyectiles para el fin de la guerra. Y para elevar la calidad media de su Artillería, la Unión importaba cifras interesantes, aunque no masivas, de excelentes cañones ingleses Armstrong y Whitworth. (El Norte no compró los baratos Blackely).

Los revólveres más genralizados en las filas norteñas eran los de Colt, sobre todo los “Dragoon” y “Navy” 1851 y los nuevos “Army” y “Navy” 1861. De excelente acabado, su carcasa abierta era sin embargo una debilidad en condiciones de combate, por lo que el Ejército promocionaba la compra de revólveres de crcasa cerrada, más sólidos.

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Cold Spring Foundry

Eran típicos de éstos los Allen & Wheelock “Sidehammer Navy” y “Centerhammer Army” y “Navy”, Starr “Army” y “Navy”, Remington Beals “Army 1858”, “Army 1861”, “Navy 1858” y “Navy 1861”, los Alsop de calibre 36, Butterfield del 41, Joslyn del 44, Savage del 36 y Whitney “Navy & Eagle” del 36. (No se olvide que la denominación “Army” suponía calibre 44 y la “Navy” del 36). De todos ellos, los modelos de Starr y los de 1858 de Remington, eran de doble acción, siendo estas dos casas las capaces de lanzar mayores series. Pero sólo la Remington tenía capacidad para competir con Colt, y muerto el viejo Eliphalet Remington en 1861, no fue capaz de preparar una producción a gran escala para el año siguiente.

En su aspecto, los soldados unionistas se iban uniformando cada vez más, según regimiento tras regimiento se plegaban al uniforme de faena del Ejército, ya oficialmente reglamentario para los voluntarios. Los regulares se mantenían no obstante en sus particulares indumentarias. Y los regimientos de zuavos seguían proliferando. Así, New York tenía cinco, los 5º, 6º, 9º, 11º y 14º; Pennsylvania trataba de crear una brigada de zuavos con los 105º, 114º, 119º y 127º; Indiana ya la tenía con los 11º, 24º, 34º y 46º; y muchos otros Estados poseían al menos un regimiento o un par de ellos.

New York, Pennsylvania (en gris) e Indiana y otros Estados del Oeste, continuaban empleando las guerreras “estatales”. En cambio, en el Este se estaba generalizando rápidamente el quepis bajo tipo “chasseur”, (que era empleado por McClelland, al que casi todo el generalato de la zona y buena parte de la oficialidad imitaban servilmente). En cambio, algunas milicias iban abandonando el “Hardee” inicial.

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Un elemento desaparecido era el “Havelock”, una funda blanca de Verano para el quepis, acompañada de un pañuelo-sudadera cubrenuca, que ambos bandos habían repartido con cierta profusión a fin de la primavera anterior. (Así, muchos de los combatientes de Bull Run y Rich Mountain, aunque al parecer no los de Wilson’s Creek, lo habían lucido, presentando un curioso aire a lo “Beau Geste”). Se le dejó de entregar según los ejércitos crecían para desaparecer totalmente al año siguiente.

En conjunto el Norte había tomado su preparación militar para 1862 mucho más seriamente que los confederados, y la más clara demostración de tal hecho es que sobre los 570.000 hombres movilizados tenían al 83% encuadrados en primera línea, frente al escaso 59% que oponían los confederados. Y con inferioridades alarmantes en frentes pronto muya activos como el de Virginia o el Frente Central.

Esto quiere decir, que las milicias púramente locales de cortos plazos de servicio y sin valor operativo y otras formas de desperdicio del esfuerzo militar, tenían mucho más peso en el Sur que en el Norte. A causa, en buena parte, del propio carácter confederado de su rebelión y que si la Unión atacaba con energía, el Gobierno de Richmond iba a pasar horas muy amargas.

No era la supuesta solidez de su posición militar el único autoengaño que mantenían los sureños aquel invierno. También la aparentemente aceptable situación alimentaria de aquel invierno era engañosa. En la preguerra, los sureños habían surtido al Norte de tabaco, arroz, azúcar y sobre todo la carne de vacuno de los ranchos de Texas. Esta, pasando por los mataderos e industrias cárnicas de Chicago, llegaba a las ciudades norteñas como carne para las clases acomodadas y derivados para los más modestos. Y a cambio el Norte usaba su cereal y el deshecho de estas carnes para producir el “pienso” básico de los esclavos del Sur, normalmente presentado en tortas.

Al no llegar dicho pienso, que nutría a casi el 40% de la población del Sur, se le sustituyó por maíz, el cereal base que alimentaba a las clases bajas y al grueso de los animales de carne, (básicamente cerdos y volatería). Eso disparó el precio del maíz, llevando a la masa de los más pobres a sacrificar sus animales de granja para no tener que alimentarlos. Esta hecatombe era la que había mantenido anormalmente bajo el precio de las carnes, creando un engañoso bienestar.

Pero a plazo medio suponía la estampida del precio de las carnes y mayor escasez. El problema podía paliarse aplicando al mercado sureño el vacuno que ya no se podía enviar al Norte. Pero increíblemente la clase dirigente sureña, que chapada a la antigua consumía cerdo, volatería y caza, no se acordó que las vacas son comestibles y se limitó a convertir a los cowboys en caballería. El ganado de Texas, abandonado a sí mismo, revertiría parcialmente a estado salvaje.

Si la situación alimentaria del Sur parecía mejor de lo que era, la del Norte parecía peor. En efecto, si el azúcar y el arroz podían suplirse perfectamente con productos de la América Latina, el vacuno era difícil de sustituir, produciendo un gran déficit de carne que disparó sus precios. No faltaban otros productos, pues aunque los sureños no lo habían advertido en su obsesión por el Rey Algodón, el Norte se había convertido en el gran exportador mundial de cereales, (sucediendo a Sicilia en el s.XVI, Polonia en el s.XVII, Rusia en el s.XVIII y Prusia en la primera mitad del s.XIX).

Pero esa exportación debía seguir y aumentar, para apoyar la balanza de pagos debilitada por la guerra; así y si los campesinos no pasaron escasez, (salvo por la causada por su tendencia a disminuir el consumo de carne para provechar su alto precio), los ciudadanos, sin llegar a sufrir verdadera hambre, vieron su dieta disminuída y muy empobrecida en proteína animal. Un paliativo, usado en el Norte como en el Sur, fue el aumentar el énfasis en la caza.

Claro que eso significaba que, en las zonas de frontera, el piel roja veía sus zonas de caza esquilmadas por la competencia del hombre blanco. Además y si los sureños habían desterrado a sus indios al Territorio de las Cinco Naciones, en el Norte existían varias reservas. Estas dependían en parte de la entrega por el Gobierno de cierto número de cabezas de vacuno, y si bien éste cumplió su parte, el precio del vacuno era aquel invierno tan tentador que pocos fueron los ganaderos, transportistas e Indian Agents que soportaron la tentación de escamotearlas y venderlas por la puerta trasera a “gourmets” adinerados. Fue por tanto un invierno de hambre para los indios, y en las reservas la mortalidad infantil resultó elevadísima.


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