Borovichi 1951: Los divisionarios espa√Īoles se sublevan PDF Imprimir E-mail
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Escrito por Verdoy   
Domingo, 26 de Febrero de 2017 18:29

 

El siguiente relato es un resumen del cap√≠tulo dedicado a la revuelta de Borovichi en el libro del Capit√°n Palacios "Embajador en el Infierno". 

El plante de Borovichi, llevado a cabo por la masa desesperada de doscientos espa√Īoles, puede dialogar de t√ļ a t√ļ con las gestas m√°s sublimes de nuestros mejores tiempos. La rebeli√≥n no se produjo contra los malos tratos, los sufrimientos corporales, el hambre o el abuso de poder, sino a causa de un entra√Īable motivo moral. Los prisioneros que estaban resignados a morir ‚Äďen aquella √©poca hab√≠a muerto ya el 30 por ciento de sus miembros- no se resignaron, en cambio, a la retenci√≥n, por parte de las autoridades sovi√©ticas, de la correspondencia que les llegaba, y no les era entregada. 

 



Los espa√Īoles ve√≠an c√≥mo los alemanes austriacos, h√ļngaros, recib√≠an cartas de los suyos. Ve√≠an c√≥mo los hombres m√°s enteros se escond√≠an para moquear como chiquillos, con un pedazo de papel entre las manos: un pedazo de papel que les devolv√≠a su condici√≥n de hombres, porque les hac√≠a llorar cuando ya, ni ellos mismos sab√≠an se eran seres deshumanizados, mineralizados, reducidos a puro peso, volumen y forma animal. Y acudieron los espa√Īoles a Makaro, el lacharni del lager n¬ļ 3, de Borovichi, pidiendo acogerse a este derecho que tan injustamente se les negaba. Y √©ste les sugiri√≥ que elevaran , uno a uno, instancias de s√ļplica a Bousenski, el ministro del Gobierno de quien depend√≠an los prisioneros de guerra. As√≠ lo hicieron todos, pero Makaro se qued√≥ con las instancias y las destruy√≥ sin cursarlas. Hasta que empezaron a intuir que las cartas llegaban, pero que no les eran entregadas. Una prueba inequ√≠voca fue el env√≠o, a trav√©s del enlace secreto de Victoriano Rodr√≠guez, de la correspondencia a ellos dirigida que yo hab√≠a robado de la oficina antes de su destrucci√≥n. Otra prueba fue la relaci√≥n que por el mismo conducto le envi√©, de unos paquetes que hab√≠an llegado a La Mina, y cuyos destinatarios eran espa√Īoles de su campo (el capit√°n Palacios, que habla en primera persona, estaba con otro grupo de espa√Īoles en un campo vecino a Borovichi). Yo no puede robarlos por su volumen, pero les avis√© para que estuviesen alerta y los reclamaran. Otra prueba, y √©sta ya definitiva, fue el encuentro casual del envoltorio de un paquete que hab√≠a recibido un antifascista alem√°n, donde sobre un nombre tachado, los rusos hab√≠an torpemente escrito un falso destinatario. Empezaron a estudiar lo que ocultaban las tachaduras, las rasparon y, al fin, reconocieron, reconstruy√©ndolo, un nombre espa√Īol. ¬°La correspondencia no s√≥lo era, pues, retenida, sino que, cuando ven√≠a acompa√Īada de paquetes o donativos, la entregaban a los soplones o chivatos del campo, como premio, como precio de su infame proceder!. 

Esta fue la gota que colm√≥ el vaso. La consigna de que la injuria no ser√≠a tolerada corri√≥ de boca en boca, encendiendo los √°nimos y espole√°ndolos a la rebeli√≥n. Se juramentaron todos para el desaf√≠o, se organizaron para la lucha y el 5 de abril de 1951, como primer escal√≥n de lo que vendr√≠a despu√©s, cincuenta hombres en pie de rebeld√≠a se negaron a salir al trabajo y declararon la huelga de hambre colectiva. El primer paso de la carretera hacia el desaf√≠o hab√≠a sido dado ya. 

Una violenta sacudida de ira colectiva, un viento implacable de rebeld√≠a azot√≥ a los espa√Īoles del vecino campamento de Borovichi. Fue un ‚Äú¬°basta ya!‚ÄĚ tremendo y desesperado que puso en pie a los que se cre√≠an muertos. Makaro golpe√≥ impaciente la mesa al ser informado. 
-¬°Otra vez los espa√Īoles! ¬ŅQu√© les pasa hoy a los espa√Īoles? 
El confidente se explic√≥. El lacharni, sin inmutarse, orden√≥ que encerraran a los rebeldes en la c√°rcel del campo e inform√≥ rutinariamente a Novgorod, la capital del distrito, de cuanto ocurr√≠a. 
- Ma√Īana ser√°n menos- se limit√≥ a comentar. 

Pero he aqu√≠ que al d√≠a siguiente Makaro dio un salto en su asiento cuando le dijeron: 
-Ya no son cuarenta, sino ciento. 
Y al tercer d√≠a: 
-Cien hombres m√°s se han sumado a la huelga. Hoy son ya doscientos los que se niegan a trabajar y a comer. 
Como en la c√°rcel no hab√≠a sitio para todos los rebeldes, la mayor√≠a permaneci√≥ en las barracas. 

Muchos enfermos del hospital, enterados de lo que ocurr√≠a, abandonaron sus lechos, algunos con alt√≠simas fiebres, y se unieron a los huelguistas. El aviador Pons, muerto poco despu√©s, fue uno de ellos. Los m√©dicos acudieron en su busca llam√°ndoles suicidas, pues sumarse a un plante de hambre seres distr√≥ficos, tuberculosos, an√©micos, era tanto como sentenciarse a s√≠ mismos. 

Al quinto d√≠a, penetrar en las barracas equival√≠a a cruzar las puertas de hospitales de moribundos. Ciento cincuenta hombres (cincuenta m√°s estaban en la c√°rcel) yac√≠a sobre los camastros o en el suelo, la respiraci√≥n jadeante, los ojos abiertos y sin brillo, dispuestos a morir y algunos en estado precomatoso, recibiendo ya las primeras caricias de la muerte....Por las ma√Īanas, los rusos retiraban la comida intacta dejada la v√≠spera al alcance de los huelguistas, y la sustitu√≠an por otra nueva. Los conspirados les dejaban hacer sin mirarles siquiera. Ni un acto de violencia, ni un gesto de agresi√≥n se hab√≠a registrado hasta entonces. (Todos recordaban las penosas hambrunas de 1947, donde se vieron obligados a comer carne cruda de lagarto y de serpiente, hierba de los prados, la piel de un reno sobre brasas y hasta las hojas de un bosque con las que se intoxicaron muriendo el catal√°n Mayol. Tambi√©n recordaban una ocasi√≥n en la que robaron, mataron y comieron en menos tiempo que se presigna un cura loco, al propio perro del jefe del campo de concentraci√≥n). 

El prestigio de Makaro ante sus jefes estaba en juego. Diariamente recib√≠a llamadas de Novgorod pidiendo ampliaci√≥n de noticias. ‚ÄúO soluciona usted el paro ‚Äďle hab√≠an dicho- o tendremos que acudir nosotros a solucionarlo‚ÄĚ. En grupos de dos en dos comenzaron a sacar de la c√°rcel y las barracas a los m√°s caracterizados. Entre los m√©dicos y los sicarios de la MWD les abrieron la boca, haciendo palanca entre los dientes con hierros para introducirles comida y poder despu√©s decir a los restantes espa√Īoles que sus jefes fueron los primeros en desertar. Pero no s√≥lo no consiguieron su prop√≥sito, sino que al llegar los primeros forzados a la barraca, ba√Īados los dientes en sangre, los labios rotos y la cara desfigurada por la lucha mantenida, el efecto fue contrario al pretendido, pues los amotinados se dispusieron a evitar por la fuerza que los rusos se llevaran a ninguno m√°s. Para ello montaron una guardia de centinelas a la puerta de la barraca. Uno de √©stos fue el que dio la voz de alarma. 

 

 

240

-¬°Los espa√Īoles de la c√°rcel piden auxilio! 
Salieron todos al aire libre y comprobaron que, en efecto, los reclusos, a garrados a los barrotes, a grandes voces gritaban: 
-Han secuestrado a varios compa√Īeros para martirizarles. ¬°Sacadnos de aqu√≠!. 
Sin medir las consecuencias que tal acci√≥n pudiera ocasionar, acudieron los libres en socorro de los privados de libertad, echaron a bajo la puerta de la c√°rcel y sacaron de ella a los prisioneros. 

El comandante alem√°n Hans Diesel, que estaba encarcelado, me contaba meses despu√©s c√≥mo le invitaron los espa√Īoles a salir, cosa que no hizo, a pesar de haber quedado destrozada su celda, pues los presos arrancaron la puerta para fabricarse armas de madera. 
Una vez juntos libertos y libertadores, encendidos de ira, se precipitaron contra las oficinas del campamento donde Makaro, in√ļtilmente, intentaba hacer comer al reci√©n secuestrado. El jefe de campo, vi√©ndoles llegar, ech√≥ a correr, perseguido por los espa√Īoles y, acompa√Īado de toda la guardia rusa interior del campamento, presa de p√°nico, cruz√≥ la l√≠nea de alambradas, refugi√°ndose, junto con su Estado Mayor, tras la zona rastrillai (punto de la cerca que no pod√≠a ser traspasado so pena de recibir fuego de ametralladora o fusiler√≠a). El campamento de Borovichi hab√≠a quedado en poder de los espa√Īoles. Emplazaron los rusos ametralladoras y altavoces en las garitas del exterior y, mientras Makaro telefoneaba a Novgorod pidiendo refuerzos, sus oficiales, a grandes voces, amonestaban a los espa√Īoles a rendirse. 

 


Teniente Rosaleny, Capit√°n Palacios y Alf√©rez Oca√Īa

Es preciso decir que el campamento estaba situado en plena ciudad: era como un inmenso solar, ro

dado de alambradas, entre las calles de un barrio popular del pueblo de Borovichi. Al ver lo que ocurr√≠a, multitud de curiosos se api√Īaron tras las alambradas y, al poco tiempo, una verdadera muchedumbre, asombrada, presenciaba c√≥mo aquellos hombres, en un delirio de locura, se colocaban frente a las ametralladoras, retiraban la ropa del pecho y retaban a los soldados se√Īalando, con gestos y aspavientos, el sitio de su cuerpo donde deb√≠an disparar. Durante todo el d√≠a el campo estuvo en manos de los espa√Īoles. Los alemanes, encerrados en sus barracones, se abstuvieron de intervenir, comprendiendo bien que , dado el estado de √°nimo de los rebeldes, cualquier chispa pod√≠a provocar derramamientos de sangre. Se limitaban a asomarse a las barracas, entre admirados y asombrados. 
- Brave Spanien! 

Muy avanzada ya la noche lleg√≥ un autom√≥vil desde Novgorod con el Estado Mayor de la Polic√≠a y, en cabeza, el lacharni uprablemia (el capit√°n palacios escribe los nombres tal y como le suenan ya que no escribe ruso), jefe supremo de los nueve lager de concentraci√≥n de toda la zona. Sin atreverse a penetrar en el interior del campo, desde la puerta del cuerpo de guardia pidieron a gritos que nombraran una comisi√≥n que, representando a la totalidad de los huelguistas, pudiera exponer cu√°les eran las causas de la rebeli√≥n. Contestaron los espa√Īoles que solo quer√≠an mantener correspondencia con sus familias y ser repatriados. Replicaron los rusos que mientras Espa√Īa tuviera un r√©gimen fascista, la repatriaci√≥n era imposible. 

Recurrieron primero los rusos a las amenazas, record√°ndoles la gravedad de cuanto hab√≠an cometido. Apelaron despu√©s a la persuasi√≥n, otorg√°ndoles el perd√≥n si renunciaban a su actitud. Los parlamentarios dijeron que no hab√≠a halagos ni amenazas capaces de doblegarles. O recib√≠an promesa formal de que las cartas de sus familiares les ser√≠an entregadas, o morir√≠an all√≠ mismo, irremisiblemente, de hambre. 
-Si quer√©is la lucha la tendr√©is- dijeron los rusos. Y se retiraron. 

Volvieron los parlamentarios a sus barracas y describieron lo ocurrido. Presas del frenes√≠ y de la ira, la masa de huelguistas propuso entonces prender fuego a la barraca, encerrarse en ella y morir todos juntos, como hicieron sus antepasados en Sagunto y Numancia. Sin embargo, los m√°s sensatos se hicieron o√≠r, decidieron que volvieran a la c√°rcel los encarcelados y a sus chabolas los libres y que continuaran con la huelga hasta que los rusos les concedieran el derecho a recibir cartas de los suyos. 

Ser√≠an las dos de la madrugada del 13 de abril cuando media docena de polic√≠as, protegi√©ndose en la oscuridad, avanzaron sigilosamente para no ser vistos po los centinelas espa√Īoles y secuestraron de la c√°rcel al teniente Altura, que, amordazado e impotente para defenderse (la huelga duraba ya 8 d√≠as) fue extra√≠do sin que se enteraran sus compa√Īeros, empujado a un pasillo a oscuras e introducido en un apartamento donde qued√≥ de pronto, cegado por unos potent√≠simos focos el√©ctricos. Le esposaron, amordazaron y sacaron fuera del campo. M√°ximo Moral, Gumersindo Pesta√Īa, F√©lix Alonso, √Āngel Salamanca y Gonz√°lez Santos fueron v√≠ctimas de las misma maniobra, sin que sus compa√Īeros de al barraca se apercibieran de lo ocurrido. 

A la ma√Īana siguiente, al despertar y comprobar que estos compa√Īeros hab√≠an sido secuestrados durante la noche, fue tal la indignaci√≥n producida que rompieron ventanas, taburetes, para fabricarse armas de mano con las que poder defenderse en caso de que los rusos quisieran sorprenderles. A las once de la ma√Īana del noveno d√≠a de huelga, un grupo numeroso de rusos, con sus oficiales en cabeza, se acercaron a la barraca. 
-¬°Que vienen los rusos! 
Y entonces aquellos hombres ‚Äďmuchos de ellos en estado de semiinconsciencia- salieron a su encuentro dispuestos a cobrar caro su encierro. Los rusos retrocedieron, volviendo a las posiciones del quinto d√≠a: tras las alambradas. 

Hora y media despu√©s, reforzados por mayor cantidad de tropas y polic√≠as sin armas, consiguieron asaltar el recinto, reducir a la mayor√≠a y llevarse cinco prisioneros m√°s. A las tres de la tarde, tras nuevo asalto, los rebeldes fueron reducidos. Durante horas y horas los curiosos peatones de la poblaci√≥n civil, agrupados frente a las alambradas, vieron c√≥mo docenas de hombres derrumbados por la abstinencia eran extra√≠dos en camillas de la barraca y trasladados al hospital, sin fuerzas ya para andar. 

Unos treinta espa√Īoles fueron juzgados en esta ocasi√≥n ante los tribunales militares sovi√©ticos y condenados a 25 a√Īos. Cuando a√Īos m√°s tarde, a miles de kil√≥metros de distancia de aquel punto, llegaba un espa√Īol al lager de castigo, los all√≠ reunidos, prisioneros de otras nacionalidades o jefes sovi√©ticos de campo, les preguntaban con admiraci√≥n ‚Äú¬ŅSois vosotros los de la huelga de Borovichi?

 

√Āngel Salamanca recibe, por fin, la medalla militar individual, despu√©s de que el capit√°n Palacios lo propusiera en Krasny Bor

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Actualizado ( Domingo, 26 de Febrero de 2017 18:37 )
 

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