La peste flotante.

 

Interesante artefacto. En su época ya se decía de ellas que las galeras no se veían en la distancia, " se olían" más allá del horizonte ya que la peste de sus forzados las delataba incluso más allá del horizonte. Desde luego el mal olor debía ser realmente espantoso, ya que, evidentemente, no se liberaba a los galeotes para que hiciesen sus necesidades por la borda...La peste llegaba a tales extremos que los oficiales no ahorraban en medios a la hora de tratar de evitar la pestilencia: Se llenaban los conductos nasales con especias de olor, abusaban de pañuelos perfumados y quemaban en sus braseros todo tipo de sustancias olorosas. Tuvo éxito, no puede dudarse, en la medida que solo en los siglo XIX terminaría por desaparecer del mediterráneo, y aunque su época de gloria quedase lejos no es si no hasta mediados del XVIII cuando puede establecerse que la galera ha dejado de ser el componente principal de flota alguna. Francia carecía de una flota importante de galeras en el siglo XVI ( aunque gracias a sus tratos con los turcos muchos franceses disfrutasen de la vida en los bancos otomanos) pero decidió construir una bajo Luis XIV sin ahorrar en gastos. Rusia fue la última nación en adaptar este navio, y en el reinado de Pedro el grande los puertos rusos vomitaron sin cesar galeras eslavas. Frente a los poderosos buques de linea que solo surcaron los mares menos de 200 años, o los escasos 45 años de vida del acorazado, la galera fue posiblemente el primer buque que equipó las armadas mediterráneas en la época de los faraones y los minoicos y siguió formando en la línea de batalla hasta miles de años después.

Alguna ventaja tendría ese extraño ciempiés.

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Tamaño.

La galera “ponentina” por oposición a la “levantina” o turca, era de mayor envergadura, pero pagaba su mayor tamaño con una reducción en velocidad y maniobrabilidad. Lógicamente, los cristianos, antes guerreros, preferían la potencia del choque, los turcos, antes piratas, la velocidad y agilidad. El peso supondría algo menos de 200 toneladas, y la eslora rara vez superaba los 60 metros, siendo la manga una décima parte de la esta. Su estructura, por tanto, carecía de resistencia a los golpes de mar laterales. El 75% de la tripulación lo supondrían los remeros, repartiéndose el resto entre una mayoría de soldados y unos cuantos marineros. La proa se reforzaba notablemente, contando con un espolón que se añadía después de la construcción: Eso permitía que en el choque contase con toda la potencia del buque proyectada a través de la quilla, pero que su destrucción no afectase a la integridad estructural de la nave.

Los remeros.

 

El mediterráneo era un mar tranquilo y cautivo, sin grandes tormentas, y a pesar de eso las galeras no se atrevían a salir de sus puertos en invierno. Visto así nunca he comprendido la economía de estos trastos, pero supongo que la presencia de barcos tan ligeros en la flota enemiga forzaba al resto a disponer de ellos, a riesgo de no poder alcanzarla. Eran barcos pequeños, y casi todo el espacio útil se dedicaba a los galeotes encadenados a los remos. Tantos hombres a bordo exigían un suministro de comida ( su mazamorra) que el buque no podía contener por mas de unos poco días, lo que les exigía servidumbres logísticas en forma de bases y buques de aprovisionamiento. Las galeras disponían de un espacio a popa, la carroza, reservada a la oficialidad. Debajo de los galeotes, en la bodega que corría a lo largo de la quilla se amontonaban soldados, marineros y provisiones, y en el castillo de proa las escasas piezas de artillería. La galera era un arma antigua en la era de la pólvora: Todo se fiaba al abordaje mutuo o a la embestida, para la que se decretaba la boga de ariete, tan terrible que agotaba a los remeros en unos minutos.

 

Frente a las galeras de la antiguedad las galeras de la edad moderna solo contaban con un orden de remos, y estos movidos por un número de remeros variable según su tamaño, aunque 3 era lo más común. La boga no se realizaba sentado, contra lo que comunmente se cree ( Gracias Ben-Hur) si no que era un ejercicio terriblemente agotador que exigia todo el cuerpo. El peso del remo era tal que solo podía moverse empleando la potencia unida de piernas y brazos. Otra limitación mas de estos extraños buques: La mayor parte del tiempo solo podían depender de la vela, ya que obligar a los remeros a bogar todo el día podía reventarlos.

 

En el mundo cristiano la "chusma" estaba formada basicamente por cristianos: Igual que en la antigua Cartago los ciudadanos de Venecia preferian servir en los remos a combatir, pero las crecientes flotas no se conformaban con los asalariados aunque siguieron existiendo en forma de "buenas boyas", exentos de las cadenas.

La mayoría de los remeros se dividían en 2 categorías: Prisioneros condenados a galeras y cautivos musulmanes esclavizados. Los primeros eran teoricamente fiables, ya que la condena a galeras nunca era de por vida, ni siquiera cuando la condena sustituia a la muerte. La posibilidad de ser algún día liberados convertía a los remeros en un poderoso refuerzo a la hora del combate ( como en el caso de Lepanto). Su numero dependía de la disponibilidad de forzados esclavos que servian hasta la muerte. Las paces y la política cobarde de Felipe IV en el mediterraneo llevaron a una medida extrema como prohibir la liberación de los cautivos cristianos que hubiesen extinguido sus penas a menos que se contase con sustitutos. Una medida mas popular era la de indultar a los propios remeros a medida que se cargaban prisioneros tras una gran victoría que implicase la captura de manadas de prisioneros musulmanes.

 

Los musulmanes por su parte, gracias a su abundante flota vasalla de corsarios beberiscos no tenían el mayor problema a la hora de contar con chusmas para sus flotas. De hecho, el saqueo de las costas cristianas era tan efectivo que el comercio de esclavos era la base de la economía del norte de Africa. Los cristianos cautivos recibian normalmente un trato mucho más cruel, ya que en medio de la batalla podían tratar de favorecer a su bando en el combate y era preciso contenerlos. Como estaban encadenados, igual que los cristianos, su fin era morir con su galera, pero ya que gran parte de estas terminaban antes quemadas o capturadas que hundidas el ahogamiento no era la causa de muerte principal.

 

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Los soldados.

 

En las instrucciones de Felipe II a su hermano Don Juan de Austria ante la campaña de 1571 se incluía la de dotar a los hombres de armaduras completas, que protegiesen brazos y piernas. No era una precaución inútil, ya que los ejércitos otomanos aún empleaban básicamente armas blancas: la pólvora era una siniestra invención muy poco de fiar. Solo los jenízaros y otros cuerpos de elite empleaban los arcabuces, pero de modelos mas atrasados y menos eficientes que los cristianos, que ya se armaban por completo con armas de fuego renunciando a arcos y ballestas. La velocidad de tiro del arco, y su fiabilidad derivada de su ausencia de mecanismos, permitía una velocidad de tiro casi 7 veces superior a la de los arcabuces españoles. Durante la batalla de Lepanto, el mastil principal de La Real parecía un erizo debido a las flechas clavadas en el. Por si fuera poco las flechas eran normalmente envenenadas para aumentar su eficacia, pero por fortuna, los soldados españoles combatieron protegidos muy eficazmente. Por el contrario, ninguna armadura, y mucho menos las ligeras protecciones otomanas, podían detener los enormes calibres españoles.(1) Además, las atestadas cubiertas de las galeras turcas impedían que los disparos se perdiesen, favoreciendo además que las balas hiriesen a varios soldados. Los soldados además de ir poderosamente acorazados portaban hachas, espadas y escudos, en general todo tipo de arma capaz de ser empleada en un espacio limitado y con efectos contundentes. Los galeotes liberados para la ocasión no contaban con defensa, y normalmente solo se les dotaba de picas y herramientas hasta que capturasen armas mas elaboradas en el combate.

Los turcos habían desguarnecido diversas fortalezas para contar con suficiente infantería en sus galeras durante la campaña de 1571, ya que era sabido que las galeras españolas siempre iban abarrotadas de infantes. Por el contrario las galeras venecianas estaban notablemente desprovistas de soldados, y los que navegaban en ellas estaban mal equipados. Por tanto los españoles cedieron numerosas compañías para evitar la peligrosa debilidad de sus aliados.

La tropa no era numerosa por que el tamaño de la galera lo impedía, pero ya que las campañas eran muy limitadas en el tiempo el hacinamiento no se prolongaba demasiado tiempo. A la dotación regular de marinos y soldados profesionales se unía un tipo humano típico y definitorio del siglo XVI español: El aventurero.

El aventurero.

 

El aventurero no era un soldado, aunque podía haberlo sido o estar dispuesto a serlo de nuevo, igualmente no tenía por que ser noble, aunque podía serlo o llegar a convertirse en uno. Existían 2 tipos: El noble y el espadachín. El primero era el hijo de una familia distinguida que combatía por la fe católica y el honor, propio y familiar. En aquella época, entre la nobleza guerrera de la edad media y la decadencia de Versalles, aún se esperaba que al menos en su juventud los nobles correspondiesen a sus privilegios sirviendo a su rey o a la causa de la religión en los campos de batalla. Al contrario que el espadachín, era fácil encontrarlo en todos los frentes. El espadachín, por su parte, sin excluir el celo cruzado o la lealtad a la nación, era básicamente un mercenario eventual: Las campañas en el mediterráneo proporcionaban botín abundante, o en otros casos, indulgencias canónicas. Se alistaba sin derecho a paga, pero si a participar del botín. Las memorias de Alonso de Contreras nos describen su existencia como peligrosa pero rentable: Tras matar a un gigantesco alférez turco Contreras se hizo con 100 escudos de oro, una cantidad notablemente elevada para un día de trabajo. Como tal, el aventurero solo estaba sometido a la disciplina militar durante la expedición, quedando libre de todo compromiso cada vez que se recalaba en un puerto cristiano.

 

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La batalla.

 

La campaña solo podía realizarse en pleno verano, y exigía cierto tiempo para concentrar las fuerzas en un puerto de partida. La flota de guerra estaría apoyada por otras naves mas veloces y ligeras, destinadas a la exploración, y otras tantas mucho mas pesadas y lentas destinadas a aportar provisiones y municiones suplementando las minúsculas bodegas de las galeras de batalla.

El choque no se decidía por la artillería, que aún era un arma en desarrollo en la guerra naval, sino por el choque entre las 2 formaciones. Lo fundamental era logra una posición favorable que permitiese arrinconar a la flota enemiga contra la costa impidiéndole la maniobra. Después se asaltaba un flanco barriendo sus cubiertas con al artillería propia y clavando el espolón en su cubierta, para luego iniciar el asalto, o retirarse a placer y volver a atacar en un flanco más débil. La mejor forma de acabar con una formación enemiga era dividirla y destruir sus secciones de una en una, a la vez que se permitía la huida de un buen número de barcos, lo que reducía la fuerza de los restantes.

En una batalla normal, sin ventajas claras en cuanto a posición, ambos bandos avanzarían uno hacía el otro en una disposición básica en cuadro extendido, quizás en rectángulo. A la vista del adversario adoptarían la formación tipo que mejor se adaptase a sus condiciones, o que creyesen más adecuada para enfrentarse a la de su enemigo:

- Línea: Se disponían todos los buques en fila con frente al enemigo. Era la formación mas sencilla y permitía aprovechar al máximo la potencia de fuego propia a la vez que impedía que el enemigo la rodease. Podía adaptarse rápidamente a la media luna para embolsar al enemigo con un doble flanqueo.

- Media Luna: La más apta para rodear por completo a un enemigo que adoptase una posición en cuña o cuya línea fuese incapaz de evitar el flanqueo por su pequeño número.
- Cuña: La más capaz para traspasar una formación en línea y desbaratarla. La más fácil de ser embolsada por la media luna.

 

Como ha quedado claro ninguna formación tenía una ventaja clara sobre las otras, y todas estaban pensadas para aprovechar alguna ventaja propia o explotar una deficiencia enemiga. Ninguna batalla podía plantearse en términos tan sencillos, con lo que cada comandante establecía una formación personal que se adaptaba generalmente, en mayor o menor medida a una de estas disposiciones básicas. En Lepanto, la media luna de los turcos habría sido más bien una línea reforzada en los flancos, mientras que la línea de los cristianos tuvo mucho más de Cruz debido a su vanguardia avanzada y a su poderosa reserva.

Notas.

1- Los arcabuces españoles, pensados para ser usados desde fortificaciones tenían un tamaño realmente notable incluso para su época. Si alguien lo duda no tiene mas que pasarse por el condenado museo del ejército de Madrid y observar los enormes arcabuces que se conservan, capaces de hacer dudar a un apuesto españolito actual de casi 1.90 y cien kilos de peso de su capacidad para manejarlo. Daos prisa antes de que lo tiren todo a la basura para exponer arte moderno.