11. China se une a la guerra... pero a su propio ritmo.

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El imperio Ming hacia 1580
 
 
Considerando que China era el objetivo final de la campaña japonesa, surge la cuestión de por qué se retrasó tanto la intervención del Celeste Imperio en la guerra. Ya antes de la invasión, la corte Ming había tenido noticias de las agresivas amenazas japonesas; de hecho las primeras noticias habían llegado en 1591 a través del rey de las islas Ryūkyū, conminado a “colaborar” en una futura invasión de China. El hecho de no haberse enterado de las amenazas de Hideyoshi a través de la propia Corea molestó bastante en Beijing y sembró malestar y una cierta desconfianza, a pesar de que los coreanos reiteraron su lealtad. Además al igual que la coreana, la corte china parece haberse convencido de que en caso de que llegara a producirse una agresión japonesa, esta tomaría la forma de una incursiones wakō.
 
Una vez que se produjo la invasión, la corte Joseon se mostró reticente a pedir ayuda a los Ming. Les preocupaba dar a los chinos una palanca para inmiscuirse en la dinámica política coreana, así como algún cortesano expresó que traer tropas Ming supondría no sólo un gasto al tener que proporcionarles sustento sino también una alteración de la pacífica vida de las ciudades por donde pasaran las tropas. Una vez que se vio que el ejército coreano era incapaz de detener a los japoneses, este temor pasó a un segundo plano; sobre todo habiendo tenido la corte que abandonar Seúl. 
 
Por su parte los chinos recibieron con cautela la petición de ayuda coreana. Cabía la posibilidad de que fuera una trampa y los coreanos estuvieran en connivencia con los japoneses; así que primero esperaron al informe de sus emisarios en Corea. Estos confirmaron a Beijing que el rápido avance japonés no se debía a una traición coreana y que los coreanos estaban sufriendo importantes bajas tratando de detener a los japoneses. 
 

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El emperador Wanli en una revista de tropas.
 
La decisión formal de intervenir se tomó el 8 de agosto, aunque ya previamente se había mandado al otro lado de la frontera a una pequeña fuerza (1.000 hombres), aquella con la que se encontró el rey Seonjo en su huida de Pyongyang. El problema era que de momento el emperador Wanli no podía enviar ninguna gran fuerza a Corea, ya que las tropas del Norte estaban empeñadas en la “campaña del Ordos” para aplastar un rebelión que había tenido lugar en Ningxia. 
 
Todo lo que se pudo reunir en agosto fue un ejército de 5.000 hombres (en buena parte caballería) bajo el mando del vicecomandante de la provincia fronteriza de Liadong: Zu Chengxun. A su llegada a Corea Chengxun se jactó de que con 3.000 hombres había derrotado a 100.000 mongoles, por lo que no le costaría dispersar a los cuatro vientos al ejército de los bandidos japoneses. Las derrotas previas coreanas apenas llamaban la atención de los chinos ya que simplemente concluyeron que estos carecían de verdaderas dotes marciales. 
Zu Chengxun se puso al frente de un ejército de 4.000-6.000 hombres y se dirigió rápidamente contra Pyongyang. Llegó a la ciudad el día 23 bajo la cobertura de una intensa lluvia que enmascaró su avance. Las tropas chinas tomaron por sorpresa a la escasa guardia de la “puerta de las siete estrellas” y penetraron con total facilidad en la ciudad. 
 
Los hombres de Konishi Yukinaga fueron totalmente pillados por sorpresa y agarrando las armas que tenían más a mano corrieron a las murallas a luchar con desesperación. En un principio se imaginaban ya perdidos al tener al enemigo dentro de la ciudad pero cuando la situación se fue aclarando y se dieron de cuenta que superaban en número al enemigo fueron ganando confianza. El ejército chino se encontró pronto atrapado entre una serie de calles y una sección de la muralla, con sus tropas dispersas en pequeños grupos e incapaces de hacer frente a los coordinados contraataques de los japoneses. La lluvia había cesado y los arcabuceros nipones disparaban a placer contra los encajonados chinos, que habían perdido todo el ímpetu del ataque inicial.
 
Zu Chengxun ordenó la retirada fuera de la ciudad y las tropas chinas emprendieron la huida perseguidos por los samuráis a caballo de Yukinaga que atraparon a muchos de ellos. La fuerza expedicionaria china había tenido unas 3.000 bajas y Chengxun “vencedor de 100.000 mongoles” huyó a Liaodong, tras decir al rey Seonjo que estaba ejecutando un “repliegue táctico”. A su regreso a China comunicó al emperador Wanli que debido a la “falta de apoyo coreano” no se había podido expulsar a los japoneses.
 
En Beijing se percataron de que la cosa era algo mas seria de lo sospechado, pero al menos de momento los japoneses no avanzaban. Los esfuerzos de Beijing se concentraron en terminar con la revuelta de Ningxia; por lo que habría que esperar medio año a que mandaran un nuevo ejército a Corea, eso sí, esta vez mejor preparado.
 
 
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Los japoneses persiguen a los chinos fuera de Pyongyang (Ehon Toyotomi Kunkoki)
 
Al rey Seonjo no le quedaba otra cosa que esperar pero al menos las noticias de la victoria de Yi Sun-sin en la isla Hansan le supusieron un gran alivio. 
 
Sun-sin no iba a permanecer ocioso el resto del año. La construcción naval coreana no había cesado y ahora los 3 almirantes coreanos disponían de una fuerza total de 166 naves, 74 de ellas grandes naves de combate del tipo panokseon o geobukseon. Won Gyun llevaba tiempo proponiéndole a Sun-sin realizar una ataque contra la base japonesa de Busan y con ello lavar la deshonra coreana de los días de la invasión. 
 
El 4 de octubre se presentaba la escuadra combinada coreana ante la desembocadura del río Nakdong. Al día siguiente avanzaron en medio de un temporal en dirección a Busan, destruyendo por el camino 24 naves japonesas que se pusieron a su alcance. Al llegar al puerto, en éste se encontraban según los cálculos del propio Sun-sin unas 470 naves. Es imposible saber cuantas de estas eran realmente naves de guerra, pero en cualquier caso los japoneses de Busan no parecen haberse planteado salir a dar batalla, sino que tomaron posiciones en las fortificaciones del puerto, en especial en las colinas circundantes.
 
Sun-sin acercó su escuadra todo lo que se atrevió y atacó a las indefensas naves a distancia con fuego de cañón y proyectiles incendiarios, destruyendo cerca de un centenar de naves. A pesar de que los japoneses contaban con algunos cañones coreanos capturados no consiguieron causar demasiadas bajas, aunque Sun-sin lamentó la pérdida de uno de sus mejores capitanes: Chong Woon.
 
Yi Sun-sin se planteó si volver a repetir el ataque el día siguiente, pero se decidió en contra. De nuevo alegó su decisión sobre la base de que la destrucción de la flota japonesa supondría que las fuerzas japonesas se quedarían estancadas en Corea y era mejor dejarles una vía de escape. Hay quien defiende que Sun-sin al contemplar cientos naves de transporte puede haber pensado que los japoneses estaban preparando la evacuación de Corea, pero lo cierto es que era todo lo contrario y la flota nipona estaba embarcada en un esfuerzo por traer suministros y refuerzos en vistas a una larga estancia en Corea.
 
Los comandantes japoneses dudaban seriamente de que fuera factible -al menos de momento- invadir China, pero no estaban dispuestos a renunciar a las conquistas efectuadas en Corea. 
 

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La incursión de Sun-sin en Busan (Osprey Publishing)
 

 

12. Las garras del dragón: el ejército Ming.
 

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Guardias imperiales en la época del emperador Jiajing
 
En torno a 1575 fray Martín de Rada declaraba que el ejército Ming ascendía a 4.178.500 infantes y 780.000 jinetes, pero no están muy claras las fuentes de sus datos. Otras fuentes nos dan cifras de 3 y 2 millones de tropas, supuestamente movilizables. Un general chino de la época cifraba el ejército en unos todavía generosos 900.000 hombres, aunque bien es cierto que afirmaba que 2/3 no eran mas que una turba indisciplinada. Lo cierto es que la corte de Beijing no sabía de cuantos soldados podía disponer ya que sus registros oficiales eran totalmente irreales.
 
Para mediados del siglo XVI el tradicional sistema wei-so (o weisuo) de los Ming era un reliquia inoperante y costosa. La idea había sido la de crear compañías (so) de guardia (wei) autosuficientes de soldados dándoles tierras para trabajar a cambio de su movilización en caso de crisis y siendo hereditaria la condición de “soldado-granjero”. Cada guarnición wei-so debería haberse compuesto de 5 compañías de 1.120 soldados, pero la realidad era que a lo largo del siglo XVI las diversas guarniciones eran incapaces de reunir apenas la mitad de los hombres; llegando en ocasiones a situarse en el 2-3% de la cifra oficial. El gran problema estribaba no tanto en los número sino en que los integrantes del sistema wei-so eran incapaces de formar un ejército realmente efectivo, ya que no se había hecho ningún esfuerzo en transmitir una herencia marcial entre generaciones. En la práctica eran meros campesinos. El problema no acababa allí, sino que además se reveló que el sistema ni siquiera era autosuficiente y la corte de Beijing se encontró con que tenía que dedicar regularmente subsidios en grano y dinero para mantener una estructura militar vacía de sentido.
 

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Tropas Ming en la época del emperador Wanli.
 
 
El resultado del declive del sistema wei-so fue que a lo largo del siglo XVI se tuvo que recurrir a otras fuentes para formar los ejércitos de campaña Ming: voluntarios, reclutas forzosos (en ocasiones meros vagabundos) y mercenarios. El tamaño y la calidad de dichas fuerzas era muy heterogéneo. El sistema de administración militar adolecía de corrupción por lo que los fondos rara vez llegaban a ser suficientes. La escasez y/o desviación de fondos provocaba que normalmente los ejércitos reclutados fueran más pequeños que los que estipulaban las ordenes de Beijing y que los soldados no siempre estuvieran bien pagados. La propia campaña del Ordos que entretuvo a los ejércitos Ming en 1592, aunque disfrazada por la corte bajo la guisa de un alzamiento mongol, era en realidad un motín a gran escala de las mal pagadas tropas de la zona.
 
Al igual que sus confucianos colegas coreanos, los oficiales Ming sufrían la condición de ser considerados inferiores a sus equivalentes civiles, los cuales se entrometían en la estrategia creyendo dominar la materia en base a sus lecturas de los clásicos. El sistema de recompensas e incentivos se articulaba en torno a la presentación de cabezas cortadas de enemigos, lo que daba lugar en muchos casos a la picaresca de hacer pasar cabezas de civiles por las de enemigos; aunque esa misma picaresca también se daba entre los propios japoneses.
 
 
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Cañón Ming instalado en una carreta.
 
Puede que el ejército Ming no fuera todo lo temible que se suponía que debía ser, pero como descubrirían los japoneses no dejaba de ser una fuerza a ser tenida en cuenta. En medio de los problemas que arrastraba seguía siendo capaz de defender la frontera frente a los nómadas de la estepa y había conseguido infligir un gran correctivo a los piratas que se habían enseñoreado de parte de sus costas durante un tiempo. Bajo el liderazgo del gran general Qi Jiguang las tropas chinas habían experimentado un renovado ímpetu, recuperado parte de su disciplina y efectuado reformas en sus métodos tácticos. Qi Jiguang había modernizado las tropas del sur para derrotar a los wakō en la década de los 60 y en la década de los 70 había estado al frente de las tropas del norte con notable éxito, frenando toda incursión. Como legado a sus sucesores dejó un par de tratados militares, destacando el Jixiao Xinshu (“nuevo tratado sobre la eficiencia militar”).
 
En el ejército Ming parece haberse dado un especial hincapié en el entrenamiento en armas; por ejemplo fray Martín de Rada menciona la buena preparación de los arqueros chinos. Sin embargo el entrenamiento flaqueaba cuando se subía al nivel de unidad, por lo que los “batallones” chinos tenían grandes carencias tácticas. En el combate propiamente dicho los generales chinos solían confiar en la presencia de un puñado de unidades escogidas, bien disciplinadas y equipadas. No era raro que el propio general al mando se pusiera al mando de una estas unidades y se lanzara en vanguardia del ataque, confiando en que la masa de reclutas de detrás se uniría al ataque. Dichas unidades solían luchar ferozmente e impresionaron a menudo a sus aliados coreanos. Pero por otro lado dichas tácticas son un reflejo del abandono de las tácticas de maniobra, en la que en tiempos anteriores se habían distinguido las tropas Ming.
 
 
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Jinete Ming armado con arco y espada.
 
Los ejércitos Ming eran heterogéneos, variando según la función para la que se habían reclutado. Las “tropas del norte” estaban especializadas en lidiar con las tribus nómadas de la frontera esteparia; por lo que contaban con bastante caballería, aunque menos que en siglos anteriores por la dificultad y coste de conseguir y mantener un alto número de caballos. El jinete típico era un arquero a caballo, aunque también podían usar armas de cuerpo a cuerpo como lanzas y espadas.
 
Las propias tribus de al otro lado de la frontera solían aportar guerreros como mercenarios, desde pequeñas bandas a tribus enteras; siendo normalmente destinadas a luchar en provincias lejanas de su fuente de origen. La caballería china se encontró con que Corea no era un terreno especialmente apto para su uso y aun menos cuando la guerra evolucionó a una lucha por fortalezas. En las ocasiones en que se llegó al combate cuerpo a cuerpo, en principio a pequeña escala, parece que el samurái a caballo solía imponerse en el uno contra uno. Las “tropas del norte” también contaban con infantería, aunque esta normalmente se había configurado en formaciones mas aptas para repeler a la caballería que para luchar contra infantería rival. Así por ejemplo una de las tácticas de la infantería norteña era adoptar una formación defensiva agrupándose en torno a carros tirados por mulas equipados con piezas ligeras de artillería.
 

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Infantería "sureña".
 
Con el tiempo se fueron destinando a Corea una mayor cantidad de “tropas del sur”, mejor preparadas para las exigencias del combate de infantería contra infantería. Dichas tropas habían triunfado décadas antes contra los piratas y bandidos de las costas del Sur y Este. Durante dicho conflicto, Qi Jiguang había desarrollado una estructura de escuadras de armas denominada el “pato mandarín”. Dicha escuadra se componía de 12 miembros y su configuración básica era: 4 lanceros equipados con lanzas largas (picas), dos espadachines equipados con escudos, dos hombres equipados con lanzas de bambú “de múltiples puntas” (largas varas de bambú con con ramas y hojas sin cortar, a veces endurecidas al fuego) y como reserva dos hombres equipados con tridentes y/o alternativamente con algún otro tipo de arma (por ejemplo un arma de fuego). La escuadra la completaban un cabo con una bandera y un porteador. Con dicha combinación se podía equipar de forma barata y relativamente eficaz a los reclutas y había resultado eficaz para frenar a las espadas de los piratas y bandidos. 
 
Mas allá del tipo de escuadra promovida por Qi Jiguang, nos encontramos con tropas equipadas con una gran diversidad de armamento: espadas de diversos tipos, gujas chinas, arcos, ballestas de repetición y armas de fuego individuales. De estas últimas los chinos tenían sus tradicionales y primitivas variantes, como por ejemplo las de tres tubos; pero también conocían los modelos europeos más modernos a través de los portugueses y de los propios piratas. Antes de la guerra de Corea ya se producían en China arcabuces de estilo europeo pero parece que su uso era limitado, ya que había oficiales que no veían claras sus ventajas y dudaban de su eficacia en ciertos climas o escenarios. Parte del problema parece haber sido la baja calidad de los primeros arcabuces chinos de estilo europeo, probablemente más debido a un problema de corrupción en la administración militar que a falta de capacidad técnica en las fundiciones chinas. Tras encontrarse en Corea frente a las andanadas masivas de un ejército totalmente equipado con arcabuces modernos, se daría un renovado énfasis en la fabricación de arcabuces/mosquetes de mecha.
 
 
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Representación de una escuadra "pato mandarín": los dos espadachines portan escudo pequeño y escudo grande y protegen normalmente los flancos de los lanceros (el del escudo pequeño porta normalmente alguna jabalina); los dos hombres equipados con varas de bambu las utilizan para "contener" al objetivo facilitando el ataque de sus compañeros.
 
 
En la campaña del Ordos de 1592 vemos un ejemplo de como un ejército chino era capaz de transportar con eficacia un tren de artillería de 400 piezas por un terreno no excesivamente cómodo. Artillería que se utilizaría para reducir el reducto rebelde de Ningxia. La administración militar Ming daba gran importancia a los cañones; extremadamente útiles para la defensa de fortalezas y fortificaciones, como las de la Gran Muralla; así como para llevar a cabo asedios de fortalezas enemigas. Pero la cosa no quedaba ahí, sino que los chinos también estaban dispuestos a utilizarlos activamente en el campo de batalla.
 
La artillería Ming presentaba una gran variedad de modelos y formas, desde pequeñas piezas anti-personal hasta grandes cañones de sitio. Hacia finales del siglo, los tradicionales modelos chinos de cañones fueron siendo relegados a labores de defensa de plazas, según se iban introduciendo modelos de estilo europeo. Y es que los chinos estudiaron con gran interés los modelos que introdujeron los portugueses en Asia. Los primeros cañones portugueses que les llamaron la atención fueron las pequeñas piezas navales del tipo de los falconetes que se cargaban abriendo la recámara. Los chinos no sólo los adaptaron -denominándolos “Fo Lang Ji pao”- para el uso naval, sino que también estaban presentes en importantes cantidades en el ámbito terrestre, incluso incorporados en las ya mencionados carros de guerra tirados por mulas. 
 
Por último los Ming recurrían mucho al uso de flechas “cohete” propulsadas por pólvora. Los inventarios chinos revelan una gran cantidad de ellas como parte del material de sus ejércitos en campaña. Aunque al igual que los coreanos tenían sistemas de lanzaflechas múltiples, incluido uno para uso individual; se prefería en vez de lanzar múltiples flechas pequeñas, lanzar flechas de una en una pero mas grandes y aterradoras (y con un mayor alcance).

 

 

 

13. Por la Religión, la Patria y el Rey: soldados virtuosos, guerrilleros y monjes guerreros.
 
 
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Gwak Jae-u es el guerrillero más legendario de la guerra Imjin. Sus característicos ropajes rojos están asociados a una leyenda, según el cual el tinte rojo se habría obtenido de la sangre menstrual de doncellas coreanas proporcionando al ropaje de un "yin" capaz de repeler el "yang" de las balas japonesas.
 
 
La armada coreana sería el primer traspiés que llevaría al descarrilamiento de la aparentemente imparable maquinaría de guerra japonesa. La intervención china sería otro traspiés, pero tardaría un tiempo en hacer efecto. Antes de que pudiera hacer efecto, hubo un segundo traspiés japonés al encontrarse estos con una inesperada resistencia por tierra. Recordemos que los planes japoneses preveían la asimilación de las provincias coreanas como si se tratase de provincias japonesas conquistadas en las guerras civiles previas. Así la invasión de China descansaba en la asunción de que Corea sería capaz de suministrar los medios, sobre todo logísticos, para hacerla factible. La realidad sería bien diferente y los coreanos no se mostraron todo lo colaboradores que esperaban los japoneses. 
 
La resistencia coreana al invasor se articuló en torno a varios elementos. Por un lado estaban las tropas regulares supervivientes: aquellas situadas en zonas todavía no ocupadas, como por ejemplo las de la provincia de Jeolla cuya costa estaba bien protegida por Yi Sun-sin. En las zonas ocupadas surgieron guerrillas formadas por tres tipos de elementos: tropas regulares dispersas, grupos de voluntarios “patriotas”, y finalmente grupos de monjes guerreros; dando lugar a los denominados “ejércitos virtuosos”: uibyeong Se calcula que a lo largo de 1592 la resistencia coreana en tierra recayó en los hombros de 84.500 regulares, 22.200 irregulares y 8.000 monjes guerreros. 
 

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Guerrillas atacando botes de suministro japoneses
 
 
Provincias de Jeolla y Chungcheong.
 
La provincia suroccidental había sido dejada a un lado en el inicial avance japonés, por lo que contaba todavía con un importante contingente de tropas regulares que reforzado por voluntarios podía alcanzar la cifra de 50.000 hombres.
 
Las fuerzas locales coreanas se propusieron inicialmente liberar Seúl pero su primer intento tropezó en el fuerte de Yongin (12, VII). La vanguardia coreana de 1.900 hombres fue derrotada ante el fuerte por la llegada de los refuerzos nipones con Wakizaka Yasuharu al frente -el mismo Yasuharu que sería derrotado mas tarde en la batalla naval de la isla de Hansan-; en su huida sembraron el pánico en el grueso del ejército que se dispersó tras perder a bastantes oficiales de alto rango.
 
Los planes japoneses para tomar Jeolla implicaban el avance de varias columnas de la 6ª división de Kobayakawa Takakage en dirección a la capital provincial Jeonju. Al tener noticia de ello se movilizó un ejército de circunstancias compuesto por los cerca de 6.000 guerrilleros del uibyeong levantado por Go Gyeong-myeong -un erudito de 60 años-, y unos 2.000 regulares liderados por el general Gwak Yong. En el primer día de la batalla de Geumsan (16,17, VIII), regulares y voluntarios se lanzaron contra los terraplenes nipones, consiguiendo estos últimos penetrar brevemente en la villa antes de ser rechazados. Al siguiente día, los defensores japoneses se concentraron en derrotar lo más rápido posible a los “flojos” regulares; al ver a estos retirarse, los voluntarios perdieron el ánimo y se unieron a la huida. Un consternado Gyeong-myeong prefirió la muerte a la vergüenza de la derrota; aunque técnicamente era un “guerrillero” no había conseguido asumir el principio de “vive para luchar otra día”.
 
Los victoriosos japoneses salieron de Geumsan en dirección a Jeonju. Atravesaron las montañas derrotando sucesivamente a tres grupos de fuerzas guerrilleras que se habían apostado en el camino. Cansados tras tres días de combates se acercaron a su objetivo pero los exploradores japoneses informaron de una nutrida línea defensiva coreana cerca de la ciudad por lo que el ejército nipón decidió darse la vuelta. Lo cierto es que los coreanos difícilmente hubieran podido defender la ciudad ya que casi no quedaban tropas a mano pero recurrieron a plantar numerosas banderas para dar la impresión de un gran ejército, ardid que funcionó.
 
En cuanto al resto de las columnas japonesas, estas no consiguieron siquiera acercarse a Jeonju. Una columna se vio detenida por los guerrilleros en la vecina provincia de Gyeongsang; mientras que otra fue derrotada en el combate de Ichi, al ser emboscada por las fuerzas del general coreano Gwon Yul.
 

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Heráldica de Kobayakawa Takakage (Emmnuel Valerio)
 
 
Al norte de Jeolla se encontraba la provincia de Chungcheong. En dicha provincia se encontraba Cheongju, una de las principales bases de suministros japonesas en el interior de Corea. Cheongju se convirtió en el objetivo del uibyeong local, liderado por Jo Heon. Jo Heon desconfiaba de los regulares provinciales (que habían perdido en primer lugar Cheongju) y prefirió valerse de la tercera fuerza coreana en liza: los monjes guerreros. Los monjes de la provincia estaban liderados por el monje Yeong-gyu y se habían empezado a movilizar aun antes incluso de que el rey Seonjo desde su exilio en la frontera hiciera un llamamiento a los monjes budistas a luchar por la patria. La respuesta fue grande, a pesar de las tiranteces existentes entre los monjes budistas y una corte que promovía un neo-confucianismo militante. Mas allá de su número, los monjes proporcionaban un elemento de combate cohesionado y firmemente convencido de que los diablos japoneses eran un desafío a lo divino.
 
La expedición contra Cheongju se acabó formando por 1.500 monjes, 1.100 voluntarios y una fuerza testimonial de 500 regulares. El ataque tuvo lugar el 6 de septiembre. Monjes y voluntarios asaltaron las murallas, defendidas por tropas pertenecientes a Hachisuka Iemasa (parte de la 5ª división). Los japoneses rechazaron el ataque pero se preocuparon al ver por la noche como los coreanos encendían un gran número de fuegos y desplegaban numerosas banderas. Temerosos de que estos hubieran recibido grandes refuerzos, evacuaron Cheongju.
 
El siguiente paso obvio coreano era marchar contra el “saliente” de Geumsan, la base avanzada japonesa que amenazaba tanto a la provincia de Jeolla como a la de Chungcheong. Pero había dos problemas graves. El primero era que en la zona de Geumsan se encontraban buena parte de los 10.000 de Kobayakawa Takakage. El otro problema era que la victoria de Cheongju lejos de unir a regulares, voluntarios y monjes, había sembrado la disensión entre ellos: los regulares se retiraron de la expedición mientras que los voluntarios decidieron actuar por separado de los monjes y no compartir la gloria de la victoria.
 
Jo Heon atacó Geumsan con 700 voluntarios (22-VII); su fuerza fue totalmente aniquilada, tras ser rodeada completamente durante la noche. El monje Yeong-gyu había seguido a Jo Heon -tras recibir mas monjes de refuerzo- y le había exhortado a no atacar en solitario. A pesar de la derrota de los voluntarios, los monjes se sintieron obligados a dar batalla ellos: siendo también prácticamente aniquilados tras tres días de combates.
El sacrificio coreano no fue en balde. Takakage reconoció de momento la imposibilidad de conquistar Jeolla y preocupado por la seguridad del saliente de Geumsan decidió retirarse antes de que los coreanos pudieran coordinar nuevos ataques.
 

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La segunda batalla de Geumsan
 
Provincia de Gyeongsang. 
La primera resistencia en territorio “ocupado” nació como era de esperar en la primera zona por donde pasaron las fuerzas japonesas: la provincia suroriental de Gyeongsang; una zona vital en la línea logística japonesa Busan-Seúl.
 
A los nueve días del desembarco japonés surgió la primera “guerrilla” coreana, al reunir el pequeño terrateniente Gwak Jae-u a una cincuentena de sus conciudadanos de Uiryeong para defender su villa de los japoneses. Los japoneses pasaron de largo mientras que Gwak Jae-u veía como era tildado de “rebelde” por las autoridades provinciales coreanas que no veían con buenos ojos el surgimiento de movimientos fuera de control. Jae-u estuvo a punto de acabar en prisión o ejecutado pero por fortuna conocía a un oficial de reclutamiento recién llegado de Seúl que le concedió credenciales para reclutar tropas. A mitad del verano había reunido cerca de 1.000 voluntarios, a los que dirigió con una encomiable prudencia, centrándose en las partidas de forrajeo japonesas y en los botes de suministros japoneses que usaban el río Nakdong como vía de transporte. 
 
En alguna fecha entre la caída de Seúl y el cruce del Imjin, Gwak Jae-u obtuvo la que tal vez fue la primera “victoria” coreana en tierra. Una fuerza japonesa comandada por el monje Ankokuji Ekei marchaba camino de Jeolla como parte del ya mencionado proyecto de invasión de dicha provincia. De camino los japoneses tenían que cruzar el río Nam cerca de Uiryeong, por lo que los exploradores se adelantaron a investigar el río y marcaron los vados con estacas. Tras retirarse los exploradores aparecieron los hombres de Jae-u para cambiar las estacas y ponerlas en una zona mas profunda. Cuando las tropas japonesas empezaron a cruzar el río se encontraron con problemas para avanzar, siendo en dicho momento atacados por los hombres de Gwak Jae-u. Tras sufrir fuertes bajas, los japoneses tuvieron que retirarse y dar un rodeo en su marcha.
 
En su rodeo por el Norte, Ankokuji Ekei no tardó en encontrarse con nuevos guerrilleros. Esta vez se trataba de las fuerzas de Son In-gap, unos 3.000 hombres según Ekei que intentaron frenarle sin éxito. Previamente dicho grupo ya había atacado una fortaleza japonesa en la zona de Chogye y aunque derrotados habían conseguido matar a su comandante. A continuación le tocó encontrarse con un tercer ejército guerrillero: el de Kim Myeon en la zona de Hapcheon; esta vez los guerrilleros hicieron un buen uso de las montañas y la espesura para emboscar a las tropas japonesas y lanzarles una lluvia de proyectiles sin que estos pudieran responder con eficacia. Ekei se dio por vencido en su marcha hacia Jeolla y se retiró hacia la cobertura de los fuertes japoneses.
 

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Gwak Jae-u en la batalla de Uiryeong.
 
Las cosas se complicaban y Ukita Hideie tuvo que mandar a la provincia a tropas de la 9ª división de reserva (Toyotomi Hidekatsu & Hosokawa Tadaoki) en apoyo de la 7ª división (Mōri Terumoto). La fuerza japonesa logró recuperar algunas posiciones perdidas, pero a pesar de todo, importantes fuerzas guerrilleras coreanas campaban por toda la línea del Nakdong, y los japoneses se limitaban a reaccionar respondiendo a una amenaza tras otra. No sólo eso, sino que la insurrección se extendió por toda la provincia y los coreanos lograron retomar Gyeongju en un golpe de mano, gracias en buena parte al uso del “pigyok chinchollae” un proyectil explosivo de efectos retardados que causó gran impresión en la guarnición japonesa. 
 
Los japoneses no estaban por la labor de ver como se acumulaban revés tras revés. Las tropas de japonesas, marcharon contra Jinju en el río Nam: el punto fuerte de la resistencia coreana en la línea del Nakdong. Por ello reunieron una fuerza de 15.000-20.000 hombres. Jinju era defendida por 3.700 regulares bajo el mando del general Kim Si-min. El general coreano era un hombre diligente que se había tomado en serio su misión y había preparado bien la defensa, asegurándose de tener no sólo piezas de artillería sino además 170 (o tal vez solo 70) arcabuces “modernos” recién manufacturados.
Las tropas japonesas se lanzaron al asalto (8, XI) arrollando a grupos de coreanos rezagados que se encontraron las puertas de Jinju cerradas. Al acercarse a las murallas descargaron sus habitual rociada de arcabucería, pero a diferencia de otras ocasiones los coreanos se negaron a quedar impresionados. En los tres días siguientes se iba a desarrollar una lucha brutal. Los japoneses prepararon una torre de asedio de tres plantas que llenaron de arcabuceros, ademas de las habituales protecciones para tiradores en forma de empalizadas. Por su parte los coreanos habían distribuido por las murallas no sólo arqueros, arcabuceros y piezas de artillería sino cualquier elemento que pudiera ser de algún uso como piedras, calderos de agua hirviendo, elementos incendiarios, tableros con púas, etc.
 
Durante 3 días se sucedieron los asaltos, siendo rechazados los japoneses de manera sangrienta en el acto de escalar los muros. Guerrilleros empezaron a acudir a la zona, incluido Gwak Jae-u, hasta alcanzar unos 2.500; demasiado pocos para levantar el sitio pero una fuente de preocupación para los japoneses y una recarga de moral para los defensores.
 
Tras analizar la situación los japoneses decidieron lanzar un último asalto (13, XI). Antes del ataque se procedió a levantar el campamento simulando el abandono del sitio para acto seguido lanzarse a la carrera en un último intento. El ataque estuvo a punto de tener éxito, a los defensores les quedaban pocos proyectiles y estaban al límite de sus fuerzas. Sin embargo los defensores se aferraron obstinadamente a las murallas y prevalecieron, aunque el propio Kim Si-min resultó herido de muerte.
 
Los japoneses aceptaron la derrota y se retiraron aprovechando una tromba de agua para ocultar su retirada. El fracaso ante Jinju implicaba la imposibilidad de proseguir y liquidar los núcleos de resistencia del valle del Nakdong.
 

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Kim Si-min y el primer sitio de Jinju.
 
 
Provincias de Hwanghae, Gyeonggi y Gangwon.
La provincia oriental de Gangwon había sido ocupada inicialmente por la 4ª división de Mōri Yoshinari. La campaña de conquista había progresado bien, con los japoneses tomando fácilmente posición tras posición. Aquí la insurrección se empezó a mostrar a partir de agosto, cuando Yoshinari ya había empezado la labor administrativa de poner “a punto” la provincia y recaudar impuestos. Los ataques a posiciones japonesas se sucedieron por parte de una variedad de grupos guerrilleros. En general los japoneses defendieron bien sus fuertes derrotando a las guerrillas coreanas cuando estas atacaban, pero al poco estas volvían a aparecer: un ejemplo típico fue el caso de Chuncheon defendida por Shimazu Tadatsune, en noviembre resultó asediada y en su apoyo acudió su padre Shimazu Yoshihiro. Tras retirarse Yoshihiro, las guerrillas reaparecieron y esta vez Tadatsune opto por solucionarlo a las bravas, liderando una salida y aplastando a la fuerza enemiga. A pesar de este tipo de éxitos, lo cierto es que la provincia se escapaba de las manos de los japoneses.
 
La insurrección coreana se extendió a finales de septiembre por la provincia de Hwanghae, a la que se suponía en principio bajo la mano firme de la 3ª división de Kuroda Nagamasa. El uibyeong de Hwanghae se concentró en el fuerte de Yeonan; 500 soldados entre voluntarios y soldados dispersos, además de 2.000 civiles lo habitaban. Contra él marchó Nagamasa con 3.000 hombres. Las tropas niponas construyeron rampas y torres de asedio pero los defensores consiguieron incendiar los medios de asalto japoneses con antorchas y flechas incendiarias. El asedio duró 4 días (3-6, X), repeliendo los coreanos todo intento de asalto. Kuroda Nagamasa no sólo abandono el sitio sino que preocupado por la posibilidad de quedar aislado, se retiró de la capital provincial hacia una posición mejor situada para servir de enlace entre Seúl y Pyongyang.
 
En principio la provincia en la que situaba la capital de Seúl parecía fuertemente controlada. Sin embargo no lo estaba la vecina isla de Ganghwa, que servía de refugio desde el que las fuerzas coreanas podían realizar incursiones a su antojo. En una de ellas localizaron y mataron al daimyō Nakagawa Hidemasa, que había salido de caza.
 
Hasta Gyeonggi, se acercó el general coreano Gwon Yul procedente de Jeolla. Gwon Yul se instaló en el fuerte de Doksan, abandonado por los japoneses. Gwon Yul tenía intención de usar esta base avanzada como punto de concentración para soldados, guerrilleros y monjes y organizar un intento de recuperar Seúl., a sólo dos días de marcha. Ukita Hideie reaccionó enviando una fuerza a tomar el fuerte. Según la tradición coreana, la guarnición estaba escasa de agua y pronta a rendirse cuando Gwon Yul ideó una treta: puso bien a la vista del enemigo varios caballos y ordeno rociarlos con arroz de forma que a distancia parecía que estaban siendo lavados con agua. Los japoneses habrían cedido en sus intenciones al creer que la guarnición contaba todavía con un amplio suministro de agua.
El caso es que Doksan permaneció en manos coreanas, suponiendo una grave amenaza tanto para la propia Seúl como para las rutas de provisiones japonesas.
 
 
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Guerrillas coreanas atacando a tropas japonesas (ETK)