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Texto en base a la lectura de Dispara a todo lo que se mueva de Nick Turse.
 
La humanidad debe poner fin a la guerra, o la guerra pondrá fin a la humanidad”, John F. Kennedy.
 
Para entender el Vietnam de esta época hay que remontarse a los primeros momentos de la presencia colonial francesa que, hacia la segunda mitad del s. XIX, había organizado el territorio de la siguiente manera: Tonkín, que se correspondía, aproximadamente, con el Vietnam del Norte, Anam, en una situación intermedia, y Cochinchina, lo que más tarde sería Vietnam del Sur. Dando un gran salto temporal y situándonos en la guerra contra Japón durante la Segunda Guerra Mundial, empieza a ganar relevancia la figura de Ho Chi Minh, un político comunista que cosechará gran popularidad a raíz de la resistencia contra los japoneses, en la cual recibiría ayuda de EE.UU. Al finalizar la guerra se sentirá “traicionado” ante la negativa de las potencias vencedoras a otorgarle la independencia bajo un Vietnam unificado, y es aquí cuando opta por la lucha armada contra los franceses mediante la creación del Viet Minh. El cénit del enfrentamiento tendrá lugar en la batalla de Dien Bien Phu. Esta derrota marca el fin de la presencia colonial francesa en Indochina (en 1957 se materializa la total retirada de Francia del escenario asiático). Las Conversaciones de Ginebra acordaron la división de Vietnam en dos estados a partir del paralelo 17. En el Norte Ho Chi Min quedaría como presidente, mientras que en el sur se colocaría a Bao Dai a modo de emperador, un cargo que durará poco, pues a través de unas “elecciones” (fraudulentas) auspiciadas por la CIA, Vietnam del Sur se convierte en una república, a la cabeza de la cual se coloca Dinh Diem. Su gobierno se alargará hacia finales de 1963 cuando, de nuevo con el beneplácito de la CIA, se sucede un golpe de Estado que coloca al corrupto Van Minh, jefe del ejército del sur, a la cabeza de la república. Habrá nuevos golpes de Estado por parte de la cúpula militar el 18 de diciembre de 1964 y 27 de enero de 1965.
 
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EE.UU., a partir de los años sesenta [1], va ocupando el papel que hasta mediados de los años cincuenta había ocupado Francia. La retirada progresiva de los franceses del sudeste asiático se va compaginando con la progresiva entrada, primero con la llamada “época de los asesores” con la administración Kennedy, y más tarde, con la presidencia en manos de Lyndon B. Johnson. La escalada total se da a partir del incidente en el Golfo de Tonkín entre un destructor estadounidense (USS Maddox) y unas lanchas torpederas norvietnamitas, un casus belli que no resulta suficiente para explicar la implicación estadounidense en el sudeste asiático.
 
Es importante situar en contexto la intervención estadounidense como parte de un proceso más amplio y complejo como fue la Guerra Fría, y no tratarlo como un conflicto aislado e independiente. Vietnam se trata de un capítulo más de las intervenciones de los Estados Unidos en la costa occidental del Pacífico que, del mismo modo que en Corea en 1950, buscaba poner freno a la expansión del comunismo en la región, así como negarle a la Unión Soviética la posibilidad de conseguir bases militares que le permitiesen acceder a los mares abiertos.
 
Esta deducción también nos sirve para introducir la llamada Teoría del Dominó, según la cual el comunismo podría ir extendiéndose de país en país por todo el sudeste asiático. Además de los peligros geopolíticos que esto suponía para EE.UU. (entiéndase dentro del juego de poderes de la Guerra Fría), podría costarle el descrédito a la administración demócrata de Lyndon B. Johnson [2]. El ejemplo más reciente lo tenían a finales de los años treinta como, ante la pasividad de Reino Unido y Francia, Hitler se había ido saltando las obligaciones del Tratado de Versalles e instaurado un nuevo orden en Europa. La protección del bloque político-militar acorde a los intereses estadounidenses fue clave en lo que respecta a la intervención en Vietnam. De ningún modo puede entenderse que fueron a Vietnam del Sur para defender la democracia (la cual no existía) o a la población civil (cuando más abajo tratemos el modus operandi de las tropas estadounidenses vemos que tampoco pusieron demasiado interés en ello).
 
En definitiva, el motivo por el cual EE.UU. se vio arrastrado a esta guerra fue el no dejar caer a un aliado, como era Vietnam del Sur, debido a la preeminencia que la Unión Soviética cosecharía en la región. Esto fue algo que con la vietnamización del conflicto, en los años setenta, se apreciaría muy bien en tanto que la URSS logró una preeminencia en el contexto tercermundista, tanto asiático como africano.
 
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Rociamiento de agente naranja sobre la jungla vietnamita.
 
A la hora de hablar de los crímenes de guerra norteamericanos en Vietnam, a todo el mundo le vienen a la cabeza las imágenes que surcan la red sobre la matanza perpetrada por una compañía de soldados del US Army en la región de My Lai. Éste es, posiblemente, el capítulo más conocido de la guerra del Vietnam, y quizá por ello también sea el más triste. My Lai es doblemente importante por haber roto la racha a la que, hasta entonces, estaban destinados todos los rumores o acusaciones, fuesen o no ciertos, de crímenes norteamericanos sobre territorio vietnamita. El caso es que hasta que My Lai se hizo público y se buscaron responsables (hecho polémico, lento y que no estuvo exento de problemas), toda crítica hacia la guerra que EE.UU. estaba llevando a cabo en el sudeste asiático era automáticamente acusada de propaganda comunista/izquierdista, algo sumamente ridículo porque muchos de los que denunciaban y criticaban la guerra de Vietnam eran militares plenamente conscientes de la forma en la que se estaba luchando.
 
La opinión pública norteamericana, de forma similar a lo que ocurre con la bibliografía disponible sobre la guerra de Vietnam, monopolizó los crímenes de guerra norteamericanos con la matanza de My Lai y, por culpa de las autoridades responsables, no supo ver más allá. De esta forma se explica que, a fecha de hoy, de todos los libros publicados sobre el conflicto vietnamita (más de 30.000, dice Turse) solo unos pocos se paran a analizar los crímenes de guerra, y los que lo hacen se centran casi en exclusiva en My Lai. Habrá que esperar muchos años (dejando de lado las investigaciones puntuales de algunos crímenes) para dejar de hablar de los crímenes norteamericanos como meros incidentes aislados. Turse admite que cuando se embarca en la elaboración de su libro no tiene ni la más remota idea de que los documentos que iba a utilizar contendrían tales crímenes de guerra.
 
La lista de atrocidades norteamericanas es larga: asesinatos a sangre fría, violaciones, maltratos, torturas [3], destrucción de pueblos, arrozales, incautación de ganado, etc. Por si fuera poco, los campos de batalla forzaron verdaderos éxodos de familias [4] que desde innumerables generaciones habían sido agricultoras, por lo que era población que estaba muy arraigada a su entorno y a un medio de producción muy concreto. Pero la destrucción de la guerra no solo se cebó con los seres humanos, pues amplias regiones alcanzaron un nivel de destrucción nunca antes visto, con el 70-80% de las viviendas arrasadas [5]. Aún con el fin del conflicto, estas familias no lo tenían nada fácil para continuar con su vida, pues fue una posguerra muy costosa, a lo que hay que añadirle los efectos secundarios que determinadas armas causaron sobre el medio. Nos estamos refiriendo al agente naranja, un defoliante utilizado por EE.UU. para acabar con extensas regiones de selva que podía dar cabida al enemigo. Los niveles de uso de este producto llegaron a ser tan altos que aún a día de hoy nace gente con malformaciones. El poder destructivo de esta arma se vio maximizado sobre una población que utilizaba la tierra como medio de vida y de producción, y sobre una economía sustentada en la agricultura. De forma similar al agente naranja, los cientos de miles de minas enterradas y bombas que quedaron sin explotar todavía suponen un peligro para la población que habita este país, y aún a día de hoy continúan registrándose muertos por la explosión de algún artefacto cuarenta años después del fin del conflicto (son especialmente dañinas las minas claymore, que expulsan una metralla que llega a resultar mortal hasta los 50m.
 
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Interior de una mina claymore.
 
La mayoría de los casos analizados por Turse en su obra se centran en las acciones de los soldados de tierra norteamericanos, ya fuesen del US Army (la Tiger Force, por ejemplo, perteneciente a la 101st Airborne Division) o de la US Navy (USMC), pero otra cara de la misma moneda sería las víctimas de los ataques aéreos que se llevaron a cabo contra Vietnam del Norte como parte de la Operación Rolling Thunder. Lo que en un principio iba a ser una operación de ocho semanas de duración se convirtió en la campaña aérea más larga en la que ha participado la Fuerza Área estadounidense (USAF) hasta el momento, alargándose desde 1966 hasta 1969. Las cifras de esta operación hablan por sí solas: en los más de tres años que duró participaron en ella más de 1.000 aviones que lanzaron un total de 860.000 toneladas de bombas, de las cuales solo el 20% alcanzó su objetivo [6]. Estamos hablando de unas 50.000 bajas norvietnamitas, la gran mayoría de los cuales trabajadores civiles, pues el objetivo buscado por esta operación era el de mermar la capacidad industrial de Vietnam del Norte, así como sus vías de comunicación con el sur, con el fin de ahogar logísticamente el Viet Cong que luchaba en Vietnam del Sur. También hay que dejar constancia de todas las muertes producidas por ataques aéreos en el propio territorio de Vietnam del Sur de las que no se volvía a saber nada de ellas, ya fuesen sepultadas bajo los búnkers o túneles construidos por el Viet Cong (en los que no solo se refugiaban los propios guerrilleros, sino simpatizantes civiles, así como familias enteras), así como también las víctimas que con el tiempo quedaron cubiertas por la frondosa selva. Basta el ejemplo del sitio de Khe Sanh, una batalla particularmente parecida a Dien Bien Phu, donde EE.UU., para hacer frente al asedio enemigo, puso en marcha una potencia de fuego descomunal, tanto procedente de la artillería de la propia base como del arma aérea norteamericana [7], que devastó amplias regiones próximas a la base, donde se escondían los sitiadores.
 
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Un bombardero B-52.
 
Hablando de la forma en la que los EE.UU. combatieron en Vietnam, y remontándonos de nuevo a la op. Rolling Thunder en el sentido de los efectos mortales que tuvo sobre la población civil, podemos citar otros ejemplos. Son numerosos los casos en los que alguna patrulla estadounidense tendía emboscadas a presuntas unidades del Viet Cong en medio de la selva vietnamita, para luego percatarse de que esos supuestos guerrilleros enemigos eran simples agricultores o civiles desarmados. La forma en la que se intentaba tapar estos crímenes era siempre la misma: se hablaba de vietcongs abatidos. En el mejor de los casos se lograba incautar un reducido número de armas, siempre notoriamente inferior a los supuestos enemigos abatidos, como forma de legitimar y dar a entender que las bajas causadas al enemigo eran en realidad guerrilleros armados. No como una forma de justificar estas matanzas, las cuales son injustificables desde cualquier punto de vista, pero sí como una forma de explicarlas, se puede hablar del carácter asimétrico que tuvo la guerra hasta bien entrado 1967-68. Las unidades vietnamitas desarrollaron toda una forma de plantar cara al ejército estadounidense, mucho mejor equipado y entrenado, y con una potencia de fuego enorme, en la que se renunciaba al combate directo por una serie de trampas y artefactos bomba [8]. Esta forma de combate llevó a la frustración de muchos soldados y suboficiales estadounidenses, tal es el caso del teniente Williams L. Calley, responsable de My Lai, que de ningún modo estaba capacitado para llevar a cabo la guerra que se estaba desarrollando. Altos responsables del ejército dirían más tarde que, no sé si en el sentido de exculparse de lo sucedido, Calley no estaba preparado para ser un oficial, y todavía menos para mandar una compañía entera de hombres armados con un poder destructivo considerable.
 
En este sentido, y haciendo crítica, también podemos analizar la responsabilidad de los altos mandos del ejército (y políticos, que al fin y al cabo eran quienes marcaban los objetivos a alcanzar), por un lado, y los suboficiales y soldados por otro. Los primeros son los responsables intelectuales de las políticas deliberadas que se pusieron en práctica en Vietnam, y que conforme se iba desarrollando el conflicto se mostraron ineficaces para vencer, aun con el enorme coste humano que causaron. Los testimonios de los entrevistados por Turse son claros en este aspecto. Ron Ridenhour, haciendo referencia a My Lai, y responsable de que esta masacre saliese a la luz, no tenía ninguna duda: “eso fue una operación, no una anomalía”. Una vez que empezaron a salir a la luz varias atrocidades, el Pentágono siempre luchó por minimizar lo sucedido, y cuando se empeñó, no sé si como una forma de disimular, en castigar a los responsables, el sistema de justicia militar estadounidense se mostró terriblemente ineficaz, justo lo contrario de lo que se espera de la justicia, y todavía más grave cuando este sistema está tratando de esclarecer y perseguir los crímenes de un grupo de soldados en un país extranjero sobre población indefensa. Los segundos, esto es el grueso de la tropa y suboficiales que las dirigían, son los autores materiales de las atrocidades dictadas desde las altas instancias del poder. Las palabras del capitán Ernest Medina, responsable, junto con el teniente Calley, de la compañía que efectuó la matanza de My Lai fueron claras ese día: “Disparar a todo lo que respirara”. Una estrategia que, además de ser inhumana, resultaría inútil, tal y como relata el marine Ed Austin en una carta a sus padres: “[…] hacemos más vietcongs de los que matamos por la manera en que tratamos a estas personas”. En este contexto era en el que se realizaban las conocidas como “misiones de venganza”, frecuentes durante la guerra, en la que las emboscadas de vietcongs contra soldados estadounidenses eran contestadas arrasando los pueblos cercanos de la zona. La situación en la que se encontraba la tropa estadounidense también puede ser un factor que incidió en el comportamiento y que tuvo mucho que ver en la brutalidad de las matanzas. No solo la baja moral y falta de disciplina, sino el alcoholismo y drogadicción, unido a la insubordinación y el llamado fragging jugaron un papel esencial a la hora de tratar con los lugareños, que en la mayoría de los casos eran indispensables para alcanzar los objetivos de la guerra. Es decir, si no te ganas el respeto de la gente del lugar, difícilmente vas a poder obtener su colaboración en una guerra, algo que se ha repetido de forma ininterrumpida a lo largo de la historia.
 
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Las altas autoridades, tanto del gobierno como del ejército, crearon un extenso mecanismo con el que intentar echar tierra sobre los crímenes de guerra. Durante muchos años fueron logrando su objetivo y, excepto algunos casos aislados como el de My Lai, lograron ocultarlas. Pero si precisamente hoy estamos escribiendo esta reflexión es porque fracasaron en su empeño de ocultación, algo que las investigaciones, documentales y, en definitiva, el libro de Turse vendría a confirmar. En un principio los periódicos, así como la mayoría de los medios de comunicación, simplemente desestimaban el publicar los supuestos crímenes, o ni siquiera tenían demasiado interés (el propio Ridenhour cuenta su experiencia y las veces que pasaron de él cuando quería sacar My Lai a la luz). En parte hay que entenderlo, porque era una fase temprana de la guerra en la que todavía no se había articulado un movimiento ciudadano en su contra, como más tarde sucedería. Por el contrario, otros crímenes sí que fueron investigados, pero por instituciones paralelas al propio ejército. Aun cuando crímenes salían a la luz, el ejército ponía a la cabeza de la investigación a militares para intentar, de algún modo, “suavizarlos”. My Lai nos sirve, de nuevo, como el perfecto ejemplo, puesto que al frente de dicha investigación se colocó a un alto oficial llamado William Peers. Otros ejemplos son el establecimiento, por parte de Westmoreland, comandante en jefe de las operaciones militares en Vietnam, del grupo de gestión de la guerra de Vietnam (CWIN), que básicamente venía a decir que los crímenes de guerra norteamericanos en Vietnam eran hechos aislados y, de ningún modo, estaban a la orden del día. Otro caso parecido fue el del Grupo de Trabajo sobre los Crímenes de Guerra, un organismo que en un principio debería hacer honor a su nombre, pero que se fue tergiversando hasta convertirse en un instrumento clave del Pentágono en la ocultación de la verdadera naturaleza de la guerra de Vietnam y lo que suponía para el día a día de los habitantes de la región. En otras ocasiones se apostó por formas mucho menos sutiles y burocráticas de ocultar los crímenes. Así, se llegó a acosar y perseguir, presionando de forma continua, a algún testigo susceptible a irse de la lengua en lo que respecta a algún crimen de guerra. Se llegaron a dar casos donde el testigo era amenazado con ser despedido del trabajo, incluso casos de acoso dentro del propio domicilio en suelo estadounidense. Pero sin duda lo más fuerte, y un buen ejemplo de a donde se estaba dispuesto a llegar a la hora de tapar los crímenes, fue el caso del soldado Chunko, el cual resultó muerto el mismo día que le escribió a sus padres una carta donde contaba un crimen de guerra del que él había sido testigo directo. Curiosamente fue abatido en una acción de combate de la que no se conocieron demasiados detalles, una terrible casualidad…
 
Finalmente, no queda sino elogiar el trabajo de investigación llevado a cabo por N. Turse, así como por los autores de los que se sirvió para la elaboración de su obra. Dentro del proceso de elaboración del mismo cobran especial importancia los más de cien excombatientes norteamericanos que prestaron su tiempo y contribuyeron con sus testimonios y recuerdos de Vietnam, así como también los testimonios supervivientes vietnamitas a los que Turse entrevistó en su visita al país asiático. Estas fuentes orales, directas y subjetivas nos ofrecen testimonios de primera mano sobre lo que cada uno vivió, y humanizan el relato en el sentido de que son personas de carne y hueso que nos están contando sus experiencias. Otro tipo de fuentes utilizadas por Turse fueron los archivos nacionales de EE.UU., así como distinto material archivado por el ejército, un tipo de fuente ajena al relato humano pero que da buena cuenta, numéricamente hablando, del verdadero trauma que supuso la guerra.
 
Quizá todavía queda mucho trecho por recorrer, pero el trabajo de Turse supone una buena toma de contacto de cara a, si no a esclarecer crímenes de guerra todavía desconocidos, sí a acercar otros menos conocidos al público general, para ser más consecuentes y responsables en futuras acciones, y para no dejar caer en el olvido el verdadero rostro de la guerra de Vietnam.
 
Bibliografía:
 
- TURSE, Nick, Dispara a todo lo que se mueva, Sexto Piso, 2014.
 
- APPY, Christian, La Guerra del Vietnam: una historia oral, Crítica, 2008.
 
- Revista Desperta Ferro Contemporánea nº 6: 1965, Escalada norteamericana en Vietnam.
 
Notas:
 
[1] Hasta ese momento la presencia estadounidense se había materializado a través del apoyo militar a Francia. Por ejemplo, la primera vez que se usa napalm en Vietnam es a manos de los franceses mediante las armas que le habían proporcionado los norteamericanos, en concreto bombarderos B-26 “invader”.
[2] El candidato republicano a la presidencia en 1964, Barry Goldwater, ya había acusado al candidato demócrata de ser demasiado tibio con el asunto vietnamita.
[3] Interrogadores del ejército confesaron que, en ocasiones, estaban obligados a realizarlas como forma de obtener confesiones. Práctica que, además de inhumana, resulta ineficaz.
[4] En 1967, la provincia de Quang Nam, por ejemplo, reunió a 100.000 desplazados por la guerra, cifra que se doblaría en 1968.
[5] Curiosamente, las áreas en la que se registró una mayor devastación coincidieron con zonas en la que la mayoría del pueblo era simpatizante del FLNV (Viet Cong).
[6] Hasta que, a comienzos de los setenta, no se introdujeron las bombas guiadas por láser, la única forma de alcanzar un objetivo desde el aire era atacando el área de forma masiva, confiando en la probabilidad de miles de bombas más que en la precisión de una sola, práctica utilizada desde el final de la 2ª GM.
[7] Los bombarderos B-52 descargaron más de 110.000 kg de bombas sobre una superficie muy pequeña.
[8] El Museo de Vietnam situado en Gerona, curioso por ser el único museo de esta guerra en territorio europeo, ha realizado una recopilación de las diferentes trampas vietcongs, las cuales se pueden visualizar en el siguiente enlace: http://www.museodevietnam.com/historia/ ... rampas.php
 
 
Nota de moderación.
Para comentar, debatir y ampliar el artículo se ha abierto el hilo correspondiente en viewtopic.php?f=68&t=23137. También se puede felicitar al autor (Messerschmitt Bf) por este gran artículo.