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Desde la Antigüedad mujeres de utilidad o moralidad más o menos discutible acompañan los ejércitos. En 1793 Carnot se eleva contra esta situación denunciando el rebaño de mujeres que siguen a los ejércitos y el 30 de abril de 1793 hace promulgar un decreto que expulsa de los regimientos a todas las mujeres inútiles aunque haciendo una excepción con las lavanderas y las que se dedican a la venta de víveres y bebidas. Otro decreto del 26 de julio de 1800 limita su número a cuatro por batallón y dos por escuadrón, aunque también las hay con el cuartel general de cada división.

Cuando se aborda el tema de la mujer dentro de la Grande Armée napoleónica, en seguida viene a la mente la imagen de la cantinera a quien se atribuye erróneamente en muchos casos una reputación de mujer ligera. No vamos a pretender aquí que todas las mujeres que seguían a la Grande Armée eran modelos de virtud ni ángeles del cielo pero si intentaremos aclarar sus estatutos.

El vestido

Al contrario de lo que se puede ver en los grabados o con los soldados de plomo, estas mujeres no llevan uniforme oficial aunque sí pueden adoptar tal o tal pieza de uniforme, generalmente recuperada en los campos de batalla, como polainas, gorro de cuartel ...

Las descripciones abundan en los escritos de los testigos de la época pero nos limitaremos a estas dos.
El farmacéutico Cadet de Gassicourt hace este retrato de una vivandera de 1809 :

Esta vivandera tenía unos treinta a treinta y cuatro años. Su aspecto era extraño pero limpio ; su vestimenta consistía en una falda de tela estampada, una chaqueta de paño pardo, un cinturón de cuero, unas polainas, un viejo sombrero de fieltro que cubría su cabeza ya ceñida en un pañuelo anudado a lo criollo. Sin ser fea ni hermosa, su cara era muy expresiva.

Elzéar Blaze describe a otra en sus Memorias :

No dejaba de extrañar ver a esas señoras ataviadas con vestidos de terciopelo o de satén encontrados por soldados que se los vendían por algunas copas de aguardiente. El resto de su traje no se acordaba, ya que botas a lo húsar o un gorro de cuartel lo completaban de una manera bastante grotesca. Ahora, imaginadlas así vestidas, montadas a horcajadas en un caballo que llevaba sobre sus flancos sendos cestos enormes, y tendréis una idea del aspecto extravagante que todo esto presentaba.

Las vivanderas

Al principio está el vivandero, comerciante que sigue al ejército para vender víveres pero también papel para escribir cartas, botones, cepillos, betún, cordones, vinagre y otros menudos objetos necesarios para la vida diaria. Por extensión, la vivandera es una mujer autorizada a seguir un cuerpo de tropa para ejercer dicho oficio.

Con la Revolución las vivanderas pierden su título ya que las leyes las consideran como lavanderas.

Así pues, para ejercer su oficio, tienen que poseer una patente (¡ de lavandera !), llevan una chapa con su identidad y gozan de ciertos privilegios como los de alojarse en los cuarteles, recibir el pan y el forraje para un caballo ya que les está permitido poseer este animal necesario para ejercer su oficio.

Las vivanderas son nombradas por el consejo de administración y reciben su patente del comandante de gendarmería.

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No tienen derecho a ningún sueldo ni a distribuciones pero los inspectores tienen que mantener listas con su edad, su profesión y señas personales y se les extiende una tarjeta de seguridad para que puedan circular por todo el ejército y la división. No se las admite en los hospitales sino en tiempos de guerra.

Una orden del día del 4° cuerpo del 30 de septiembre de 1806 prevé :

-- Artículo 7. Todas las mujeres que sigan a los regimientos o cuarteles generales y que no lleven patente del comandante de la gendarmería para ser vivanderas o lavanderas serán inmediatamente expulsadas.
-- Artículo 8. El comandante de la gendarmería someterá al visto bueno del general jefe de estado mayor todas las patentes de vivanderas y lavanderas que otorgue, pero tendrá cuidado de no otorgar a cada regimiento, batallón o estado mayor más que el número determinado por las ordenanzas.
-- Artículo 9. Las vivanderas pueden tener una tartana de hasta dos caballos y las lavanderas un caballo de carga ; unas y otras tendrán que llevar una chapa que indique su oficio.
-- Artículo 10. Está terminantemente prohibido a cualquier militar ejercer el oficio de vivandero o lavandero, y hasta conducir las tartanas o caballos de vivanderas o lavanderas. 

En 1806 otra orden prevé que cuando una mujer, vivandera o lavandera, haya robado o favorecido un robo escondiendo lo hurtado, su tartana será llevada ante el regimiento al que pertenezca y quemada con todo lo que pueda contener ; a continuación la vivandera será vestida de negro, llevada por los campamentos y expulsada del ejército.

Por otra parte las ordenanzas estipulan que durante los desplazamientos vivanderas y lavanderas irán detrás de los equipajes y estarán siempre entre la retaguardia y la columna, lo que les aporta cierta protección. Durante la marcha, los comandantes de columna les pasarán lista y, si no se encuentran en su lugar, serán multadas la primera vez, encarceladas la segunda y se verán privadas de sus caballos y tartana la tercera vez.

Las cantineras

La más conocida quizás de las mujeres que siguen a la tropa es en realidad … ¡ la esposa del cantinero ! Las cantineras pasarán a la leyenda, al contrario de sus esposos ya que En cambio, sus maridos, hermosos y sólidos mocetones, eran casi siempre malos soldados que siempre encontraban mil pretextos para eximirse de todo y no aparecían sino en los desfiles(Brandt).
Nombrado por el Ministro de la Guerra a proposición del comandante de la plaza, el cantinero tiene pues a su cargo una cantina o taberna establecida en el interior de un cuartel o en la retaguardia ; ayudado por su esposa, prepara las comidas para los suboficiales mediante una retribución. Cuando sigue a la tropa, lo hace en una tartana donde lleva todo lo necesario para su oficio y en cada etapa monta una taberna improvisada, lugar de reunión y convivialidad para los soldados.

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Rápidamente se va a crear una confusión entre vivandera y cantinera y el nombre que pasará a la Historia será el de cantinera.
Se tolera a una cantinera por batallón y dos por escuadrón ; las demás dependen del estado mayor de las divisiones o de los cuerpos de ejército. Una no se proclama así como así cantinera : tiene que llevar patentes certificadas por la gendarmería, lo que supone un control de moralidad.

Si la cantinera no tiene uniforme oficial, siempre lleva una ropa decente y lo que la distingue entre mil es el tonelito que cuelga de su hombro donde lleva aguardiente.

Las cantineras suelen ser mujeres valientes que no dudan en exponerse en primera línea para ayudar a los soldados : un trago para unos, un auxilio para los heridos, el abrazo de una mujer al que se está muriendo, recordándole el cariño de una novia, de una esposa o de una madre en sus últimos momentos. Una de ellas, demostrando que lo que la movía no era el interés, arriesgaba la vida circulando entre los soldados en plena batalla, sirviéndoles copitas de aguardiente acompañadas de un Ya me pagarás cuando termine esto. 

Por cierto, la cantinera real[i] no suele ser la que aparece en los grabados. Es una mujer fuerte, atrevida, acostumbrada a llevar una vida dura, a caminar bajo las intemperies, a sufrir privaciones.

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La leyenda y la realidad

Entre las que han dejado un nombre en la Historia está Cazajus, cantinera del 57 de línea quien se distinguió el 5 de junio de 1807 durante la batalla de Lomitten en Polonia llevando por dos veces, a pesar de las balas, tonelitos de aguardiente a los soldados que estaban combatiendo en un barranco ; Catherine Balland del 95 de línea que pasó por los rangos de militares durante la batalla de Chiclana para llevarles bebida ; Madame Dubois, cantinera de la Guardia, quien dio a luz de un niño en Wiazma el 5 de noviembre de 1812 con una temperatura de 20 grados bajo cero ; Eugénie, apodada la “Mère Radis” (la “Tía Rábano”), cantinera del 10 de dragones que sirvió en Rusia, Sajonia y perdió en Waterloo su … ¡ vigésima tartana ! ; La Bella Florencia, de los [i]voltigeurs de la Guardia, quien se distinguió en Borodinó ; la “Mère Sarrazin” (la “Tía Sarraceno”), cantinera del 57 de línea ; Joséphine Trinquart, cantinera del 63 de línea, …(Lista proporcionada por Alain Pigeard)

Las lavanderas

El decreto del 26 de julio de 1800 autoriza los cuerpos a tener vivanderas y lavanderas. El número de estas mujeres no puede pasar, bajo ningún pretexto, cuatro por batallón y dos por escuadrón, o por cuartel general de ejército o de división. Una ordenanza del 11 de octubre de 1809 les permite tener un caballo de carga y una tarjeta de seguridad. Dentro del ejército se les considera como no combatientes y por lo tanto no tienen derecho a ningún sueldo ni a distribuciones pero los inspectores tienen que mantener listas con su edad, su profesión y señas personales. Por lo común son mujeres casadas con soldados y tienen derecho al alojamiento y al pan. Llevan una chapa reglamentaria que atestigua su oficio. Los soldados las pagan para lavar camisas, calzoncillos, pañuelos, polainas, medias, etc. Hay que recordar aquí que no estaba permitido lavar los uniformes, sin duda para evitar que perdieran el color. Sólo se podía lavar la ropa interior, lo que no impedía que, sobre todo durante las campañas, proliferaran pulgas, piojos, etc.

A nivel militar no se conocen nombres de lavanderas que se distinguieran en batallas aunque es muy probable que las hubiera y que intervinieran para auxiliar a los heridos. Lo más verosímil es que se les confundió a menudo con las vivanderas y cantineras.
Las mujeres soldado

Oficialmente los soldados son hombres : por lo tanto no existen mujeres soldados, lo que no impide que se dieran algunos casos.

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Marie-Thérèse Figueur (1774-1861)

Hija de un molinero, Marie-Thérèse Figueur quedó huérfana muy joven. A los dieciocho años pidió a su tío que la alistara en la tropa federalista contrarrevolucionaria de artilleros que él mandaba. Al ser capturada con su tío por soldados de la Legión de los Alóbroges, el general Carteau les propuso que se unieran a él. Con el tiempo sirvió en los 9° y 15° regimientos de dragones. Participó en el sitio de Tolón en 1793, tomó parte en las campañas de los Pirineos Orientales, de Alemania, del ejército del Rin, de Helvecia, de Italia y de España. El 4 de noviembre de 1799, herida, muerto su caballo, fue capturada en Savigliano ; llevada ante el Príncipe de Línea, éste hizo que la curaran y la devolvieran al ejército francés. A lo largo de sus campañas sólo fue herida dos veces. En 1800 los Cónsules le otorgaron una jubilación de 200 francos anuales mientras viviera. Como su nuevo estatuto no le convenía, a fuerza de insistir fue reintegrada en su antiguo regimiento, el 9° de dragones. Tomó parte en la campaña de 1805, estuvo en Ulm, Austerlitz y Jena ; enferma tuvo que volver a Francia. Enviada a un batallón de la Joven Guardia a España con Caffarelli, estaba en Burgos cuando volvió a caer prisionera ; en 1812 fue entregada a un regimiento escocés que la trasladó a Portugal donde la encerraron en una cárcel para mujeres antes de enviarla a Southampton donde se quedó hasta la caída del Imperio.

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Marie-Jeanne Schellinck (1757-1840)

Marie-Jeanne Schellinck sirvió en la 8ª media brigada ligera en 1800, recibió seis sablazos en Jemmapes, estuvo en Marengo, en la Grande Armée, herida en un muslo en Austerlitz, llegó a subteniente ; otra vez herida en Jena, participó en la campaña de Polonia. En 1808 recibió de manos del mismísimo Napoleón la Legión de Honor y 700 francos de pensión.

Virginie Ghesquière, apodada Sargento Bonito, se había presentado como quinto en lugar de su hermano gemelo poco resistente y más apto para los estudios. Sirvió durante seis años en el 27 de línea y ascendió a sargento en Wagram al salvar a su capitán a punto de ahogarse en el Danubio. El 2 de mayo de 1808 tomó el mando de una tropa de 6 soldados y consiguió salvar a su coronel no sin recibir un disparo en el brazo izquierdo y una herida de bayoneta en el mismo costado ; curada en Almeida y después en Burgos, nadie descubrió su sexo entonces. Su secreto aparecerá a la luz más tarde.

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Virginie Ghesquière descubierta

Así relata Cadot el descubrimiento de la impostura :

Herido en el pecho en otro enfrentamiento, Ghesquière vio acercarse al cirujano que le dijo con brusquedad : “Anda, soldado, ven aquí que te cosa el cuero” y éste se dispone a hacerle la cura, pero, sorprendiendo a todos los presentes, Ghesquière se niega y se empeña en rechazar la ayuda que le ofrecen. En realidad este valiente soldado era una mujer llamada Virginie Ghesquière.

Habían tardado ¡ 6 años ! antes de reconocerla como mujer. Fue devuelta a su casa y murió centenaria.
Otros nombres son las señoritas Félicité y Théophile de Fernig cuyo hermano Jean llegó a general del Imperio ; Rose-Liberté Barreau quien sirvió hasta 1804 en la compañía de granaderos del 63 regimiento de línea y murió en los Invalides en 1843 ; Marie-Angélique Duchemin quien sirvió en las 42, 83 y 67 medias brigadas, fue ascendida a cabo furriel, participó en siete campañas, fue herida tres veces y recibió la Legión de Honor en 1851.

Otra mujer condecorada fue la esposa Ducoud-Laborde (1773-1840), suboficial en el 6° de húsares, se distinguió en Eylau, fue herida en Friedland y condecorada por el Emperador quien le dio su propia medalla. La amputaron de una pierna en Waterloo, capturada por los ingleses no volvió a ver su país hasta 1830.

(Lista proporcionada por Alain Pigeard)

Pero no faltaron las anónimas. En sus Memorias el suizo Lamon cuenta que una noche estaba cerca de una hoguera donde una cantinera de 2° de húsares se estaba secando y pregonando Mañana vamos a cortar chuletas en la espalda de los kaiserlick (soldados imperiales alemanes) y se las haremos pasar moradas. Todos los presentes se pensaban ¡ Vaya broma ! ¡ Cómo se nota que se trata de una cantinera ! Pero al día siguiente todos tuvieron la sorpresa de verla a caballo, con el sable en la mano, cargando contra el enemigo en el centro de su compañía.
Las esposas

Si en un decreto de 1793 se proclamaba lícito para los militares casarse sin necesitar el consentimiento de sus superiores, el Imperio abolirá esta posibilidad y hasta se establecerán penas severas para quienes no se sometan a dicha obligación, prohibición que se renovará en 1808. Para los oficiales se precisará una licencia escrita otorgada por el ministro de la Guerra ; para los suboficiales y soldados será una del consejo de administración de su cuerpo. En ningún caso los militares pueden ir acompañados por sus mujeres durante las campañas aunque la regla no se aplica a las vivanderas, cantineras, lavanderas …
En lo que toca a tomar mujer, el Sargento Bourgogne cuenta una anécdota que le ocurrió durante la retirada de Rusia.
Estando en el centro del pueblo (…) vi a una mujer, abrigada con un capote de soldado, que me estaba mirando con atención y, después de mirarla yo también, me pareció haberla visto en otras ocasiones. (…) Le pregunté con quién estaba ; ella me contestó que no estaba con nadie ; que al día siguiente de la muerte de su marido, había ido con aquellos con quienes la había visto, y que ahora andaba sola, pero que, si yo quería tomarla bajo mi protección, ella cuidaría de mí y yo le prestaría un servicio señalado. Accedí inmediatamente a lo que me pedía, sin pensar qué cara yo pondría cuando llegara al regimiento con mi mujer. (…) Pero oí tocar llamada. Le dije a mi mujer que me siguiera.

Bourgogne no da más detalles pero es de suponer, dadas las circunstancias, que este matrimonio fue platónico y correspondía más a una necesidad de compañía y de ayuda mutua que al deseo de fundar una familia.

Más lejos, nos describe la conversación de dos cantineras :

– ¡ Ay ! Si mi pobre hombre no hubiera muerto, ¡ si un obús no lo hubiera partido en dos en Krasnoi … ! Entonces se calló.
– ¡ No era vuestro hombre ! ¡ No estabais casados !
– ¡ Qué no ! ¡ Que no estoy casada ! Van a ser cinco años que estoy con él, desde la batalla de Eylau, y no estoy casada ! ¿ Qué dices de eso, María ? exclamó dirigiéndose a la otra cantinera.
Pero María, que estaba en la misma situación que ella, respecto al matrimonio, no contestó nada.
La prostitución

Desde siempre existieron mujeres ligeras que seguían a los ejércitos, sembrando enfermedades venéreas, verdadero problema para los servicios de sanidad. La época imperial no se salva de este problema que existe también en cualquier ciudad de mediana importancia donde se instalan las tropas. Tal vez una de las poquísimas ocasiones en que la prostitución adquirió un carácter oficial fue en el campamento de Boulogne donde existió una barraca llamada Cuartel general del bello sexo militar de Boulogne y sus alrededores ocupada por el estado mayor de las tropas ligeras del sentimiento.

Los médicos como Dominique Larrey denuncian con constancia los estragos que hace la sífilis, no sólo como enfermedad en sí que ya son muchos sino como agravante en la cura de heridas y otras enfermedades.

En 1811 el mariscal Davout firma una orden del día que hace obligación a los soldados y suboficiales que se presenten ante los servicios de sanidad cada quince días para cerciorarse de que no están contaminados. El general Friant ordena que se detenga a todas las “vagabundas” que se introduzcan en los campamentos.

En ciertas ocasiones desgraciadas las profesionales se enfrentan con la competencia de las mujeres respetables llevadas a esas extremidades por la miseria acarreada por la guerra. Con la penuria de alimentos, las mujeres de cierta clase social venden sus encantos por una ración de pan como será el caso en 1806 en Berlín, en 1809 en Viena o en 1812 en Moscú.
La leyenda

De todas estas mujeres, la que pasó a la leyenda fue, cómo no, la cantinera. Aún hoy día los militares franceses siguen cantando una canción titulada Fanchon que se atribuye (erróneamente) al general Lasalle.

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La canción resume bastante bien el personaje de la cantinera tal como aparece en la tradición : camarada apreciada por los soldados, no quiere que la relación llegue a más y sabe hacerse respetar.
Otra mujer muy acorde con la leyenda y que entrará en ella con fama casi internacional es La Madelon pero ella nació en 1914 y no era exactamente cantinera sino criada en una taberna.
Conclusión

El lugar ocupado por las mujeres en la Grande Armée, a pesar del papel que desempeñaron durante aquellos veinte años, representa un espacio muy reducido en la densa bibliografía que trata de la vida militar.

La explicación reside en que, en aquella época, la mujer ocupa un segundo plano en la vida social si se hace excepción de algunas que se distinguieron por su posición en la alta sociedad y aun así. Cuando se trata del mundo particular de la vida castrense, todos coinciden en que no es una vida de mujer : la mujer respetable es la esposa que atiende a las obligaciones del hogar, la madre que cuida de sus hijos y de su esposo, y no la mujer que va por los caminos con multitudes de hombres, llevando una vida más que ajetreada.

Además, en una época que se refiere muy a menudo a la Antigüedad, el héroe es el hombre que combate con las armas en las manos, no la mujer por muy valiente que sea. Un hecho es elocuente : hasta cuando se trata de las mujeres que recibieron la Legión de Honor subsiste poca información ya que se perdieron sus expedientes.

La mujer del ejército napoleónico quedará plasmada en un personaje emblemático : la cantinera reconocible a primera vista por el tonelito de aguardiente que lleva colgando del hombro, tonelito que hace olvidar su valentía en las batallas y el apoyo moral que podía ofrecer a aquellos hombres alejados de sus hogares durante largos años.

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