El objetivo de este artículo es presentar las características del mayor conflicto bélico que ha conocido la humanidad: el Ostfront durante la Segunda Guerra Mundial o, como se conoce todavía hoy en Rusia, la Gran Guerra Patria. 
 
El impacto de la guerra en la sociedad soviética fue brutal, lo cual se percibe todavía a día de hoy en el imaginario popular, en el callejero y en los múltiples monumentos y memoriales en pos del recuerdo: Nikto ne zabyt, nichto ne zabyto (no se olvida a nadie, no se olvida nada). La guerra germano-soviética tuvo unas características propias, tales como el número de tropas y medios utilizados así como unas cotas de violencia inusitadas que lo convirtieron en el frente decisivo y en el más duro de toda la guerra. Trataremos de explicar algunos de sus rasgos característicos a continuación.
 

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Infantería soviética (1943)
La guerra total
 
Como ya anticipó Clausewitz, algo más de un siglo antes del estallido de este conflicto, la causa política que motiva una guerra tiene una influencia capital sobre cómo esta es llevada a cabo. En este sentido cabría esperar que la guerra en el este, entre dos regímenes que, además de totalitarios, eran antagónicos, fuese una guerra de total aniquilación. Pese a que no se puede equiparar el concepto de guerra absoluta de Clausewitz al actual concepto de guerra total, sí que resulta interesante comprobar como la frase más célebre de este teórico militar (“La guerra es la continuación de la política por otros medios”) encaja a la perfección en el esquema de la política nacionalsocialista. Hitler pretendía obtener sus objetivos políticos mediante un gran triunfo militar contra la Unión Soviética, tanto para obtener sus recursos y tierras, como para subyugar a la mayor parte de su población. Clausewitz hacía un paralelismo entre la política y la guerra. Si la primera era grande y poderosa, la segunda adquiriría un carácter absoluto.
 
La guerra entre estas dos potencias no fue una guerra de conquista al uso. Fue, ante todo, una guerra de supervivencia entre dos sistemas totalitarios. Son de sobra conocidos los crímenes y políticas de ambos regímenes, ahora queda aplicar estos a una guerra total, de exterminio, de derrota incondicional, donde no había lugar para una paz pactada. La victoria de un bando supondría la desaparición del contrario, y esto fue algo que se vislumbraba conforme fue avanzando el conflicto y se materializó con su final: Alemania quedó ocupada y dividida y el III Reich tocó a su fin. Durante el desarrollo del conflicto, los planes alemanes también anunciaban qué ocurriría si la Unión Soviética era derrotada: el llamado socialismo real desaparecería, del mismo modo que lo harían los colectivos humanos catalogados como inferiores según los patrones raciales nacionalsocialistas (Untermenschen, es decir “seres infrahumanos”).
 
Política e ideología para una guerra total
 
Desde la llegada al poder de Hitler en 1933, y de forma paralela al rearme alemán, se puso en marcha un mecanismo de formación ideológica que consistió en imbuir a los millones de soldados alemanes un sentimiento de odio y racismo y en caracterizar a su futuro enemigo de una forma muy maniquea. Los jerarcas nazis eran conscientes de que sin estas campañas de deshumanización, de odio y de menosprecio por el que sería su enemigo, difícilmente lograrían que sus soldados cometiesen las masacres que tuvieron lugar en la guerra. El aparato propagandístico alemán, al mando del cual se encontraba Goebbels, tuvo un papel crucial en lo que respecta a la combinación del odio y miedo para infundir una mentalidad de exterminio en las mentes de las tropas alemanas. La cosmovisión nacionalsocialista penetró como un cuchillo en la mente del soldado alemán y se materializó en sus actuaciones: el enemigo era presentado como un ente subhumano, totalmente ajeno a la cultura europea (de ahí la caracterización de bárbaros asiáticos) y que había que combatir a toda costa. Esta última caracterización fue hábilmente utilizada por Alemania para ganar adeptos en su particular “cruzada europea contra el bolchevismo”. Numerosas nacionalidades acudieron a filas, tanto de la Wehrmacht como de las Waffen SS, de forma voluntaria para hacer frente al comunismo.
 

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"La cruzada contra el bolchevismo". Propaganda francesa.
 
Las prácticas vejatorias alemanas, además de ser promovidas y consentidas desde el aparato oficial del III Reich, eran alentadas por una especie de inercia por parte de los propios compañeros de armas, de tal modo que si alguien mostraba algún tipo de compasión por el enemigo, se convertía en una especie de “apestado” y era objeto de burla, menosprecio y marginación dentro de las propias filas alemanas.
 
Desde el lado alemán hay que dejar clara la doble percepción que había del enemigo: una política y otra racial. Una percepción infundada y que queda perfectamente ejemplificada en el término “judeobolchevismo”, como si judíos y bolcheviques fuesen uno. La aniquilación de los dirigentes soviéticos no solo estaba permitida, sino que era uno de los objetivos dictados por Hitler antes del estallido del conflicto, una premisa que había que cumplir a toda costa. En una de sus órdenes se refiería, de forma expresa, a la eliminación de la “[…] intelectualidad judeo-bolchevique”. Fue la llamada “orden del comisario” (kommissarbefehl), emitida el 6 de junio de 1941. El colectivo a eliminar según esta orden puede parecer un tanto difuso, una especie de ente artificial e infundado. En cierto modo así lo fue. Dentro de dicha categoría entraban comisarios del ejército rojo, guerrilleros, saboteadores, judíos, miembros del Partido, etc. En definitiva, la orden era extensible a todos aquellos que no colaborasen con la ocupación alemana. Las “acusaciones” de judíos y comunistas por parte de los alemanes hay que verlas como construcciones funcionales de cara a lograr un propósito: la deshumanización del enemigo y, en última instancia, el exterminio de los colectivos mencionados.
 
La política de ocupación alemana
 
El odio nazi era extensible a los eslavos, los cuales se convertirían en una suerte de vasallos. En este aspecto se idearon varias soluciones con las que dar fin al problema nacionalsocialista de qué hacer con la población asentada en territorio soviético una vez conquistado éste. El Hungerplan (“Plan Hambre”), fue una de estas soluciones. Elaborado por Herbet Backe, un alto miembro de las SS, el plan estimaba que 30 millones de soviéticos morirían una vez conquistada la URSS e incautada la producción alimenticia e industrial del Estado soviético. Este vacío demográfico, a causa del desastre de la guerra y de la posterior ocupación alemana, sería “repoblado” por colonos alemanes asentados en la inmensidad de la estepa. El razonamiento de Hitler y de determinados jerarcas nazis no dejaba de ser muy surrealista. Difícilmente alguien, tras años de lucha en una guerra de exterminio brutal, se iría a vivir a un territorio desconocido en medio de la nada y rodeado de una población hostil, como el fenómeno partisano dejó patente durante el conflicto.
 
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Aldea destruida en Ucrania (1943)
 
El plan de Backe daría solución a un doble problema: por una parte al acuciante abastecimiento de comida y materia prima (especialmente importante desde el inicio de la guerra contra la URSS) y por otra parte se trataba de un arma con la que dar solución al problema del judeobolchevismo, ya que la materialización del plan supondría la desaparición física por inanición de los pueblos considerados inferiores. La política nacionalsocialista dio carta blanca a sus soldados para vivir sobre el terreno a costa de la población civil. Esta permisividad se tradujo en pillajes y abusos de toda clase, y que además gozaban de total impunidad, contra la población civil si ésta no colaboraba. La permisividad de la que gozaba el soldado alemán en el frente del este no tiene parangón si nos fijamos en el comportamiento y obligaciones que los alemanes estaban obligados a cumplir, por ejemplo, en la Francia ocupada. “La lucha exige una acción implacable […] exterminación total de cualquier resistencia activa o pasiva” al leer este extracto de las “Directrices para la conducta de las fuerzas combatientes en Rusia” uno entiende que los alemanes se tomasen como unas vacaciones sus destinos en Francia o Noruega.
 
Junto al plan mencionado, sería de capital importancia la actuación de una serie de cuerpos paramilitares creados ad hoc a petición de Himmler, los llamados Einsatzgruppen. Estos cuerpos acompañarían a la Wehrmacht desde la retaguardia y se encargarían de lidiar con los judíos y miembros del Partido Comunista que encontrasen. La categorización o acusaciones de judío o comunista podían ser extensibles a cualquier colectivo. No dejaba de ser una forma maniquea y un mecanismo de deshumanización con el que llevar adelante el objetivo de la política nacionalsocialista y de dar carta blanca al asesinato. Las acciones de estos grupos, pues, si a comienzos de la guerra eran selectivas (“solo” judíos y comunistas) con el avance de la guerra el asesinato se universalizó hasta incluir a gitanos, disminuidos físicos y mentales, etc.
 

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Judíos asesinados en Kaunas (1941)
 
Los altos mandos de la Wehrmacht dieron el visto bueno al plan de Backe y, por extensión, a la conquista de la Unión Soviética hasta la última consecuencia. Fueron cómplices de la política que el III Reich había elaborado para la ocupación de la URSS, pues no concebían otra solución material posible de alimentar y abastecer a los más de tres millones de hombres y seiscientos mil caballos que participaron en la Op. Barbarroja que haciendo uso del pillaje y dejando morir de inanición a los prisioneros y civiles soviéticos. Siguiendo también la idea principal sobre la que pivota la obra de Wolfram Wette, la Wehrmacht, desde antes de que comenzase la invasión, se convirtió en cómplice de la guerra de exterminio que estaba a punto de desatarse. Esto nos lleva a no limitar los crímenes de guerra y la guerra de exterminio en el este a unas pocas unidades de las Waffen SS o Einsatzgruppen. El número de víctimas fue tal que, sin una colaboración activa de los efectivos de la Wehrmacht, habría sido imposible de alcanzar. Pocos dirigentes de alto rango pusieron objeciones a la política alemana. La voz que se mostró más crítica fue la del almirante Wilhelm Canaris, ejecutado en 1945 por su participación en el intento de asesinato de Hitler.
 
En resumidas cuentas, podemos hablar de dos tipos de violencia. Una de ellas directa, quizá la más brutal y “visual”, consistente en fusilamientos, torturas, palizas, etc. Y otra de tipo coyuntural, que nosotros ejemplificamos con la puesta en marcha del Hungerplan, quizá una violencia menos visual y explícita, pero que causó un daño que es muy difícil de cuantificar por su difusa apreciación, a diferencia de los fusilamientos y matanzas puntuales, que dejan registro fósil o documental en los historiales de las unidades que los llevaban a cabo.
 
El trato de los prisioneros
 
Las Convenciones de La Haya de 1907, así como las Convenciones de Ginebra de 1929, fueron papel mojado en esta guerra. Ambas convenciones reconocían una serie de derechos internacionales relativos a los prisioneros de guerra, enemigos heridos y/o enfermos, así como a los civiles atrapados en ella. Derechos tales como que los campos deberían ser inspeccionados por la Cruz Roja a modo de observador neutral, el poder mantener correspondencia con la familia, o la garantía de que recibirían un trato adecuado desde el punto de vista humanitario. La Unión Soviética, a la altura de los años cuarenta, no figuraba como firmante en ninguno de los dos acuerdos. Esto le sirvió de excusa a Alemania, ya que al entablar una guerra con un país que no era firmante no estaba en la obligación de respetar los acuerdos. Siendo realistas, la política genocida llevada a cabo por Alemania en el este se habría puesto en práctica igualmente, independiente de si su enemigo estampaba o no su firma en alguna de las convenciones mencionadas. 
 
Las órdenes emitidas por Stalin en el transcurso de la guerra dejan huella del comportamiento y menosprecio que los dirigentes soviéticos tenían hacia sus propios hombres: la Orden n. º 270 decretaba que todo aquel que se rindiese o se dejase capturar con vida por el enemigo sería considerado un traidor y sería tratado como tal. Esta paranoia alcanzó su punto álgido un año después, el 28 de julio de 1942, con la Orden n. º 227, conocida popularmente como “ni un paso atrás”, mediante la cual se obligada a defender cada centímetro de territorio soviético. Por si fuera poco, ya antes del estallido del conflicto, el artículo 58 del Código Penal soviético prohibía a sus propios soldados, heridos o no, dejarse hacer prisioneros. Muchos soviéticos liberados de campos alemanes al final de la guerra corrieron el mismo destino a la inversa: acabaron en el Gulag. 
 

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Rendición de un soldado soviético durante la operación Barbarroja
 
De todos modos, la forma en la que se desarrolló el conflicto en lo que respecta al número de prisioneros capturados (Alemania, hacia finales de 1941, había capturado a casi cuatro millones de soviéticos cuando sus previsiones ni siquiera llegaban al millón) habría hecho difícil, desde el punto de vista logístico, proporcionarles un trato adecuado respecto al cuidado, alimentación, atención de heridos o enfermos, etc. La mayor parte de la producción industrial iba destinada a las tropas combatientes. Esto motivó que fuesen tratados, prácticamente, como piezas de ganado, reforzado por las condiciones raciales peyorativas intrínsecas en el imaginario nacionalsocialista.
 
Cuando se capturaba a un gran número de enemigos, por norma general, a los gravemente heridos se les dejaba en el lugar o directamente se les remataba. Lo más habitual era que los dirigiesen hacia zonas de retaguardia mediante auténticas marchas de la muerte que podían resultar tan mortales como las propias batallas. Una vez en el lugar, las condiciones en los campos de prisioneros eran penosas y distaban poco de las que había en los campos exclusivamente dedicados al exterminio. En el caso de los prisioneros capturados por los alemanes, muchas veces eran directamente redirigidos hacia los mismos campos de concentración, donde eran utilizados como mano de obra semi-esclava destinada a engrosar las filas de la industria de guerra alemana. También hay que tener en cuenta que el modo de lucha en el este, debido al temor que inspiraba el enemigo y a su imagen deshumanizadora y apocalíptica, obligaba a luchar hasta el final en caso de ser rodeado. “No tomamos casi ningún prisionero, sino que los fusilamos a todos” escribía en su diario el soldado Rudolf, de las Waffen SS, el 27 de julio de 1941. Se trataba de una violencia muy gratuita: muchos alemanes disparaban por simple diversión contra las columnas de prisioneros soviéticos que marchaban hacia los campos de internamiento. Prácticas similares fueron llevadas a cabo por los soviéticos cuando, sobre todo hacia finales de 1942 y comienzos de 1943, empezaron a capturar un gran número de prisioneros alemanes. El ejemplo más ilustrativo de este tipo de violencia “en caliente” tuvo lugar tras la capitulación del 6º Ejército alemán en Stalingrado: “no había prisioneros, porque no hacíamos prisioneros”, escribía un comandante de la 204. ª División. Otros eran más pragmáticos desde el punto de vista de la lógica militar: “Cuando atrapas a un alemán, casi no sabes ni qué hacerle […] es valioso como informador, así que lo llevas a retaguardia conteniéndote”, escribía el célebre francotirador Vasili Záitsev, de la 284. ª División. Tras la rendición alemana de Stalingrado fueron capturados en torno a noventa mil soldados, de los que solo regresarían a Alemania en torno a seis mil prisioneros; dos mil de ellos seguían en campos soviéticos hacia 1955. Esta cifra es una muestra de las condiciones que le esperaban a un alemán que fuese capturado. Aunque también es importante señalar que gran parte del destino del prisionero dependía de las condiciones físicas que tenía en dicho momento. En Stalingrado, tras más de dos meses de asedio y con una alimentación pésima, la mortalidad de los prisioneros fue elevadísima. En este sentido, los soviéticos no fueron más generosos que los alemanes: la violencia de un lado generó violencia en el otro. En resumen, las penosas condiciones de los prisioneros de guerra soviéticos en manos alemanas eran aplicables a los prisioneros alemanes en manos soviéticas. La ola de brutalización, intrínseca en esta guerra, fue un factor que no se aplica, exclusivamente, a uno de los bandos, sino que fue un arma de doble filo, utilizada primero por los alemanes en sus victorias de 1941, pero que desde 1943, sobre todo, se volvería en su contra, y alcanzaría su punto álgido en el momento en que los soviéticos pisaran territorio alemán.
 

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Prisioneros alemanes atraviesan Moscú el 14 de Julio de 1944
 
Las condiciones de violencia extrema no se limitaban a la línea del frente o a batallas puntuales extremadamente duras, en las cuales los civiles quedaban entre la espada y la pared, sino que esta clase de violencia aparece también en retaguardia, asociada a las guerrillas partisanas y en una suerte de “operaciones de castigo” contra determinadas poblaciones sospechosas o acusadas de dar apoyo a los grupos partisanos. En la mayoría de los casos, el fenómeno del partisano no dejó de ser también una excusa utilizada para abusar sobre la población civil, especialmente en los primeros dos años de la guerra (hasta 1943 el movimiento partisano no fue tan significativo como pudiera creerse), como deja patente la estadística de 100 partisanos muertos por cada soldado alemán en retaguardia en esos dos primeros años.
 
Conclusiones 
 
Esta guerra rompió todos los récords que había hasta entonces en lo que respecta a las extensiones de los frentes, duración y crudeza de los combates y el tamaño de los ejércitos implicados. El conflicto no solo se limitó a la exhibición de un enorme poderío militar facilitado por los avances tecnológicos, sino que la brutalidad contra la población civil no combatiente, contra prisioneros de guerra y contra enemigos heridos, fue una constante en ambos bandos, y se dio con mayor o menor intensidad en todos los frentes. Ni siquiera con el fin del conflicto se terminó el calvario de los cautivos, que continuaron años, incluso décadas, en los campos de prisioneros acusados de criminales de guerra.
 
La guerra tuvo implícitos varios significados: desde una óptica más pragmática nos podemos referir a ella como una lucha geopolítica y de reordenación territorial entre las dos grandes potencias hegemónicas de la época. Desde una visión más “micro”, es decir, desde el punto de vista de los soldados y civiles que participaron en ella, no dejó de ser una experiencia traumática y que, en caso de salir con vida de ella, su experiencia vital quedó marcada para el resto de sus vidas, ya sea física o psicológicamente. La guerra también tuvo un carácter transnacional, a pesar de la simplificación de guerra entre Alemania y la URSS: las luchas intestinas en Yugoslavia, reavivadas en la última década del siglo XX, son difíciles de comprender sin la implicación de sus diversas poblaciones en este conflicto. Así mismo, encontramos sucesos que tienen un carácter propio pero que están estrechamente ligados con el desarrollo del conflicto, como fue la Shoah, de forma parecida a lo que fue el genocidio armenio en el contexto de la primera guerra mundial.
 
Como vemos, los significados de esta guerra, y las ópticas que queramos darle como forma de abordar su estudio son casi infinitas, y así lo demuestran los ríos de tinta que se han escrito sobre el conflicto.
 
Bibliografía
 
BEEVOR, Antony, La Segunda Guerra Mundial, Barcelona, 2012.
BEEVOR, Antony, Stalingrado, Barcelona, 2000.
BELLAMY, Chris, Guerra absoluta, Barcelona, 2011.
CLAUSEWITZ, Carl von, De la guerra, Barcelona, 1984.
HELLBECK, Jochen, “Atrapar a ´fon Paulius`: los alemanes vistos por los soviéticos.” en Desperta Ferro: Historia Contemporánea Nº 7. Stalingrado (II): ¡Ni un paso atrás en el Volga!, 2015.
NÚÑEZ SEIXAS, Xosé Manoel, Imperios de muerte: la guerra germano-soviética 1941-1945, Madrid, 2007. 
WETTE, Wolfram, La Wehrmacht: los crímenes del ejército alemán, Barcelona, 2007.