Historia de los militares incompetentes

"Personajes" que han dejado o pretendido dejar huella en la Historia Militar Internacional.

Moderador: Fernando Martín

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MENCEY
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Mensaje por MENCEY »

Mas bien tras la baja, hablo ahora mismo de memoria, pero creo que Woodgate murio de sus heridas ya dias despues.


Magnifico,pero esto no es hacer la Guerra

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Gebisjager
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Mensaje por Gebisjager »

La batalla de Nsamankow (la primera guerra anglo- asante)

Desde 1821 los mercaderes británicos tenían sus ojos puestos en la Costa del Oro (Cape Coast, Anomabu, Accra, Beyin, Dixcove, Kommenda, Winneba, Sekondi, Prampram y Tantamkweri ), como tales enclaves estaban en el Africa Occidental, la corona británica estaba representada por el gobernador de Sierra Leona, que entonces era Sir Charles MacCarthy. Éste navegó inmediatamente a Cape Coast para examinar sus nuevas responsabilidades. El mandato que tenía MacCarthy era imponer paz y poner fin a la trata de esclavos. La conclusión a la que llegó fue que la defensa de los intereses británicos en la Costa del Oro requería el sometimiento del poderoso imperio Ashanti (Asante).

Imagen

Así en 1824, después de que los Ashanti avanzaron hacia la costa y llevaron a cabo una dura represión de los Fante, (tribu rival de Costa Oro y aliada de los británicos)los británicos respondieron con una expedición militar de castigo contra el imperio de Ashanti. Su fuerza la componían 80 hombres del Real Cuerpo Colonial Africano , 170 hombres de la Milicia de Cape Coast, y 240 nativos de la tribu Fanti . Además estaba acompañado por un Capitán y del 2º Regimiento de las Indias Occidentales, un cirujano del mismo regimiento, y J. T. Williams, su secretario colonial.

Fue el 22 de enero de 1824 cuando las tropas británicas al mando de Sir Charles MacCarthy fueron atacadas por 10.000 guerreros ashanti cerca de la aldea de Bonsaso . En un enfrentamiento también conocido como la batalla de Nsamankow, y donde llaman poderosamente la atención estos sucesos:

- MacCarthy confiaba que la mera aparición de tropas británicas suprimiría toda resistencia y pondría en fuga cualquier ejército indígena, así para recalcar su presencia ordenó a la Banda de guerra del Real Cuerpo Colonial Africano que tocase: God save de King!, a lo que fue contestado abrumadoramente por los tambores de guerra Ashanti , lo que le demostró su error de juicio y la situación real tan apurada en la que estaban él y sus hombres.

- Pero lo peor estaba por venir, pronto los Ashanti rodearon a las fuerzas británicas, las cuales en breve empezaron a andar cortas de municiones. El civil encargado de los repuestos, Brandon, había enviado las cajas de munición de reserva desde Cape Coast, pero al abrirlas, sorpresa, ¡¡se encontraron con que estaban llenas de galletas!!.

Imagen

La resistencia británica sucumbió y Sir Charles y todas sus tropas fueron arrollados y muertos por los ashanti (solamente 20 lograron sobrevivir). Para mayor escarnio la cabeza de MacCarthy se convirtió en la copa (para beber) de los gobernadores Ashanti.
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"No sobrevive la especie más fuerte, ni la más inteligente, si no la que mejor se adapta a los cambios." - Charles Darwin

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Gebisjager
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Mensaje por Gebisjager »

La batalla de Nsamankow (la primera guerra anglo- asante)

Desde 1821 los mercaderes británicos tenían sus ojos puestos en la Costa del Oro (Cape Coast, Anomabu, Accra, Beyin, Dixcove, Kommenda, Winneba, Sekondi, Prampram y Tantamkweri ), como tales enclaves estaban en el Africa Occidental, la corona británica estaba representada por el gobernador de Sierra Leona, que entonces era Sir Charles MacCarthy. Éste navegó inmediatamente a Cape Coast para examinar sus nuevas responsabilidades. El mandato que tenía MacCarthy era imponer paz y poner fin a la trata de esclavos. La conclusión a la que llegó fue que la defensa de los intereses británicos en la Costa del Oro requería el sometimiento del poderoso imperio Ashanti (Asante).

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Así en 1824, después de que los Ashanti avanzaron hacia la costa y llevaron a cabo una dura represión de los Fante, (tribu rival de Costa Oro y aliada de los británicos)los británicos respondieron con una expedición militar de castigo contra el imperio de Ashanti. Su fuerza la componían 80 hombres del Real Cuerpo Colonial Africano , 170 hombres de la Milicia de Cape Coast, y 240 nativos de la tribu Fanti . Además estaba acompañado por un Capitán y del 2º Regimiento de las Indias Occidentales, un cirujano del mismo regimiento, y J. T. Williams, su secretario colonial.

Fue el 22 de enero de 1824 cuando las tropas británicas al mando de Sir Charles MacCarthy fueron atacadas por 10.000 guerreros ashanti cerca de la aldea de Bonsaso . En un enfrentamiento también conocido como la batalla de Nsamankow, y donde llaman poderosamente la atención estos sucesos:

- MacCarthy confiaba que la mera aparición de tropas británicas suprimiría toda resistencia y pondría en fuga cualquier ejército indígena, así para recalcar su presencia ordenó a la Banda de guerra del Real Cuerpo Colonial Africano que tocase: God save de King!, a lo que fue contestado abrumadoramente por los tambores de guerra Ashanti , lo que le demostró su error de juicio y la situación real tan apurada en la que estaban él y sus hombres.

- Pero lo peor estaba por venir, pronto los Ashanti rodearon a las fuerzas británicas, las cuales en breve empezaron a andar cortas de municiones. El civil encargado de los repuestos, Brandon, había enviado las cajas de munición de reserva desde Cape Coast, pero al abrirlas, sorpresa, ¡¡se encontraron con que estaban llenas de galletas!!.

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La resistencia británica sucumbió y Sir Charles y todas sus tropas fueron arrollados y muertos por los ashanti (solamente 20 lograron sobrevivir). Para mayor escarnio la cabeza de MacCarthy se convirtió en la copa (para beber) de los gobernadores Ashanti.
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JoseVillarreal
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Mensaje por JoseVillarreal »

Interesante episodio a veces me pongo a ver como un militar se basa en un juicio tan extraño como que la mera presencia podia ser sufuciente para vencer al enemigo.

Saludos.
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harry_flashman
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Mensaje por harry_flashman »

Puede ser extraño, pero aún en la II GM nos encontramos ejemplos de que la amenaza de unas fuerzas en las cercanías de otras pueden hacer cambiar las estrategias (sí, lo he leído en la colección de Osprey sobre los acorazados alemanes en Francia y Noruega).
¡¡Gritemos bien alto Arriba España y Viva Franco antes de poner el pie en esta tierra de cabrones!! (General Moscardó, presidente del COE, a la delegación española a los JJOO de Londres-48)
"Hitler es un hombre extraordinario. Moderado, sensible, humanista y lleno de grandes ideas" (Francisco Franco a Pedro Teotónio Pereira, 1940).
Groucho lo llevaba escrito. Tip no.

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Gebisjager
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Mensaje por Gebisjager »

BATALLA DE BICOCCA 1522: El ocaso de los piqueros suizos

Al menos desde el último cuarto del XV, aparece un tipo revolucionario de soldado, el piquero helvético, conocido también como “esguízaro”. Agrupado en gigantescos cuadros de gran profundidad y formados por miles de hombres, equipados con largas picas, pone fin a siglos de predominio de la caballería noble. La solidez de estas tropas, que durante cincuenta años nunca volvieron las espaldas, aunque fuesen ocasionalmente derrotadas, contribuyó a hacer de ellas las más temidas de Europa. España y Francia pagaron a precio de oro sus servicios.

ImagenPiqueros suizos

Sin embargo, la supremacía de los suizos, así como su cualidad de tropas mercenarias par excellence, empezó a quedar en entredicho cuando el emperador Maximiliano introdujo los lansquenetes alemanes, soldados de infantería bien entrenados en el manejo de la pica y habituados a guerrear a la manera suiza. Se trataba únicamente del primer paso de un proceso en el que se desarrollaron diversas organizaciones tácticas para desafiar a los suizos. Durante las guerras italianas del siglo XVI quedó patente que los suizos, como antes los ingleses (con sus afamados arqueros), habían quedado atrapados en las tradiciones de su esplendoroso pasado. Pronto los españoles armados con espada y escudo fueron capaces de agazaparse bajo las pesadas picas suizas y de llegar hasta el cuerpo a cuerpo. La caballería ligera y los arcabuceros mostraron que la gran época gloriosa de los piqueros suizos había llegado a su fin.

Esto quedó patente un 27 de abril de 1522, en el transcurso de la batalla de Bicocca (cerca de Monza) en el Milanisado, donde se enfrentaron las tropas españolas e italianas que obedecían a Carlos V contra las tropas francesas, suizas y algunos aliados venecianos del rey francés Francisco I. Los suizos no aceptaron fácilmente que sus tácticas habían pasado a la historia y recibieron un duro escarnio en dicha batalla, resultado nada más y nada menos que de su incapacidad de adaptarse a los nuevos tiempos.

Imagen

El ejército Imperial, al mando de Prospero Colonna, se había retirado a una formidable posición: al bosquecillo de Bicocca, seis kilómetros al norte de Milán. El lado norte del bosquecillo se hallaba bordeado por una carretera hundida. Colonna la hundió un poco más y construyó un muro de tierra y empalizada en el bancal sur. Justo detrás de la muralla se situaban cuatro mil arcabuceros españoles, dirigidos por Fernando de Ávalos, Marqués de Pescara. Éstos quedaban respaldados por piqueros españoles y alemanes bajo el mando de Georg Frundsberg. Al sur se posicionaba el grueso de la caballería Imperial.

ImagenProspero Colonna

En Bicoca, quince mil suizos, al sueldo de Francia, divididos en dos enormes cuadros, avanzan imperturbables contra los imperiales El mando combinado del asalto franco-suizo fue desempeñado por Anne de Montmorency. Mientras las columnas suizas avanzaban hacia el bosquecillo, les ordenó detenerse y esperar que la artillería francesa bombardeara las defensas imperiales, orden que ignoraron los suizos. Puede que los capitanes suizos dudaran que la artillería tuviera algún efecto en el muro de tierra, pero lo que en realidad sucedió es que los suizos estaban henchidos de autoconfianza. De cualquier modo, los suizos maniobraron rápidamente hacia las posiciones de Colonna, dejando la artillería a distancia atrás. Aparentemente, existía algún tipo de rivalidad entre sendas columnas, dado que una, dirigida por Arnold Winkelried of Unterwalden, se componía de soldados procedentes de cantones rurales, mientras la otra, al mando de Albert von Stein, comprendía contingentes de Berna y los cantones urbanos. El avance suizo les colocó al alcance de la artillería Imperial. Carentes de cobertura en el campo abierto, sufrieron cuantiosas bajas, hasta mil suizos podrían haber muerto para cuando tomaron contacto con las líneas imperiales.

Imagen

Los suizos frenaron en seco cuando sus primeras líneas alcanzaron la carretera hundida frente al bosquecillo. La profundidad de la carretera y la altura del terraplén, que conjuntamente superaban la longitud de las picas suizas, bloquearon su avance. Avanzando al sur por la carretera, los suizos sufrieron bajas masivas a causa del fuego de los arcabuceros de Ávalos. Aún así, los suizos intentaron penetrar en las líneas imperiales mediante una serie de cargas desesperadas. Grupos de piqueros alcanzaron la cima del terraplén; no obstante los hombres que lo intentaron cayeron bajo los golpes de pica de los lansquenetes alemanes, quienes en formación compacta habían tomado posiciones frente a los arcabuceros, desarbolando ataque tras ataque con gallarda firmeza. Uno de los capitanes suizos fue muerto por Frundsberg en combate singular, y las compañías suizas, incapaces de superar el muro de tierra, fueron rechazados de nuevo a la carretera. Después de media hora de intentos, los restos de la vanguardia suiza se retiraron hacia la línea principal francesa. En los campos que habían cruzado dejaban más de 3000 muertos. Entre ellos se encontraban veintidós capitanes, incluyendo a Winkelried y Albert von Stein. De los nobles franceses que acompañaron el asalto, sólo sobrevivió Montmorency. La osadía de este asalto fuera de lugar tan solo rivaliza con el ataque británico al fuerte Ticonderoga en 1758.

Imagen Anne de Montmorency

Los suizos regresaron a sus montañas reducido su número, pero mucho más reducida su audacia; pues es conocido que tras las pérdidas sufridas en Bicoca les afectaron tanto que, durante los siguientes años, no mostraron de nuevo su vigor acostumbrado. Aunque los mercenarios suizos seguirían interviniendo en las Guerras Italianas, no volverían a efectuar los ataques frontales que llevaran a cabo en Novara en 1513, o en Marignano en 1515. Su desempeño durante la Batalla de Pavía de 1525 sorprendería a los observadores por su falta de iniciativa. La doctrina ofensiva suiza, "presión de picas" sin soporte de armas de fuego, había quedado obsoleta. De hecho, las doctrinas ofensivas en general fueron reemplazadas por otras más defensivas. La combinación de arcabuces y fortificaciones de campo convertían los asaltos frontales sobre posiciones atrincheradas en demasiado costosos para ser efectivos.

Mientras los españoles quedaron intactos, y el arcabuz probada su eficacia. Este arma se convertiría en conditio sine qua non para cualquier ejército que no quisiera otorgar una ventaja decisiva a sus oponentes. Aunque los piqueros seguirían jugando un importante rol en combate, se igualaba su importancia a la de los arcabuceros. Juntos, ambos tipos de infantería serían combinados en las unidades llamadas de "pica y disparo", cuyo mejor ejemplo son los tercios españoles, y que se mantendrían hasta el nacimiento de la bayoneta a finales del siglo XVII.

Imagen Mosquero y arcabucero español

Desde entonces en español la palabra “conseguir una bicoca" se utiliza para definir una ganancia fácil, un chollo.

http://es.geocities.com/capitancontreras/

http://www.ingenierosdelrey.com/guerras ... bicoca.htm

http://es.wikipedia.org/wiki/Batalla_de_Bicoca
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Tosk
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Mensaje por Tosk »

Interesantísimo hilo, Gebis...sigue así :dpm:

PD: la verdad desconocía el significado de la palabra bicoca

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Mensaje por Gebisjager »

LA BATALLA DE KOLIN 1757:El fin de la invencibilidad de Federico II el Grande

Imagen Federico II el Grande

Durante la guerra de los Sietes Años, Federico II el Grande realizó prodigios frente a las fuerzas aliadas de Austria, Francia y Rusia, todos ellos países con mayor población y recursos que la propia Prusia. No obstante, pese a la sucesiva cadena de victorias, Fedrico sufrió en Kolin, el 18 de junio de 1757, una pasmosa derrota a manos del Mariscal austriaco Daun. Por vez primera su mando fue inequivocamente erróneo.

Desde mediados de mayo Federico II sitiaba Praga. El Mariscal Daun había participado demasiado tarde en la batalla de Praga; no obstante pudo recoger unos 16.000 hombres que habían escapado de dicha batalla. Con este ejército se movió cautelosamente para aliviar la presión sobre Praga y obligar a las fuerzas prusianas a dividirse y perseguirle.

Imagen

Imagen Tropas austriacas

Federico tomó a 35.000 de sus hombres para interceptar a Daun. A sabiendas que las fuerzas prusianas eran demasiado débiles para realizar simultáneamente tanto el sitio de Praga como mantener alejado a Daun de Praga (o luchar contra el ejército austriaco reforzado por la guarnición de Praga), los austriacos tomaron pacientemente posiciones defensivas en las colinas suavemente redondeadas cercanas de Kolín. Aunque Federico era sabedor de la fuerza de la posición del Mariscal Daun, cometió el error elemental de subestimar la capacidad de su adversario. Habida cuenta que el ejército austriaco en Kolin se había incrementado a unos efectivos que rodaban entre los 44.000 o 65.000 hombres que superaban a sus 35.000 soldados no tenía necesidad alguna de entablar batalla. En palabras de un testigo presencial, “la causa de nuestra desgracia se debe en gran medida a los enormes éxitos que las tropas del rey de Prusia había obtenido en ocho batallas sucesivas contra los austriacos…”

Imagen

ImagenTropas prusianas

El plan original de Federico era envolver el ala derecha austriaca con la mayor parte de su ejército. A lo largo de las líneas austriacas (en el centro y ala derecha prusiana) el rey solo conservó suficientes tropas para ocultar la concentración de sus tropas en su ala izquierda. La fuerza principal prusiana, al mando del Príncipe Moritz von Anhalt-Dessau, debía dar vuelta a la derecha hacia los austriacos para atacar así su flanco. Con estos movimientos el ala izquierda prusiana superaría en número localmente a los austriacos. Una vez que el ala derecha austriaca hubiese sido barrida la suerte de la batalla estaría decidida.

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Contrariamente a lo planeado la fuerza principal de Federico deliberadamente y prematuramente dió la vuelta hacia los austriacos más numerosos y atacó sus posiciones defensivas bien atrincheradas frontalmente en vez de flanquearlos. A ello contribuyeron además la infantería ligera austriaca (croatas), pues estos no pararon de hostigar continuamente a la infantería regular prusiana, bajo Generales von Manstein y Tresckow, lo que también contribuyó a precipitar el ataque. Pese al intento del príncipe Moritz de desobedecer las órdenes de Federico de lanzar un ataque frontal contra la loma en poder de los austriacos, defendida por 16 cañones pesados, el rey pasó por encima de él y ordenó que los nueve batallones de infantería de Moritz avanzaran hacia la colina de Zreczhorz. El resultado fue una auténtica masacre con la infantería prusiana “escalando las pilas de sus propios muertos y heridos” y los cañones austriacos segando hombres de entre sus bien ordenadas filas.

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Las columnas prusianas desconectadas entre sí cometieron el error de ejecutar en una serie de ataques no coordinados, cada uno contra tropas superiores. Antes de la tarde, después de aproximadamente cinco horas de asaltos, los prusianos quedaron desmoralizados y ahora eran las tropas de Daun las que arremetían contra ellos haciéndoles retroceder. Los Coraceros prusianos bajo Oberst von Seydlitz (promovido al general principal durante aquel día) también empezaron a resentirse. Hubo muchas cargas y contracargas en la Colina Zreczhorz. Con todo, el primer batallón de Guardia, bajo von general Tauentzien, salvó el ejército prusiano de un desastre completo, cubriendo la retirada prusiana. Casi el 65 por 100 de la infantería prusiana resultó muerta o herida.

ImagenEl Batallón Leibgarde cubriendo la retirada en Kolin

La batalla fue el primer fracaso de Federico en la guerra de los Siete Años. Este desastre lo obligó a abandonar su planeada marcha hacia Viena, y levantar el sitio de Praga, y echar la mano a Leitmeritz. Los austriacos, reforzados por las 48.000 tropas en Praga, le siguieron, formando un ejército de unos 100.000 hombres, los cuales obligaron al rey de Prusia a abandonar Bohemia.

Federico culpó su fracaso de sus generales, como el Príncipe Moritz , pero la mayor culpa debe ser achacada al propio Fedrico. Él optó por un asalto contra un enemigo numéricamente superior y eligió una estrategia arriesgada. En otras batallas Federico ganó con la misma estrategia de flanqueo, pero esta vez el ejército austriaco de Daun no sólo resistió los asaltos prusianos sino también eligió el momento preciso para realizar un contraataque cuidadoso.

Dos son los errores más notables del genial Federico en Kolin:

- Su fe en la invencibilidad de sus tropas, infravalorando las del enemigo, que le rebasa ampliamente en efectivos numéricos.

- Su fe en el éxito del empuje de un asalto frontal.

Su audaz estratagema al quedar variada, simple y llanamente se convirtió en un previsible desperdicio de recursos humanos, pues quienes pagaron el precio de tales errores fueron sus valientes soldados.
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Mensaje por Gebisjager »

LA BATALLA DE COLD HARBOR 1864: La amarga derrota de Grant

También los generales más notables de la guerra civil norteamericana fueron culpables de incompetencia al despilfarrar la vida de los hombres bajo su mando. Incluido el combativo y celebrado Ulyses Simpson Grant, alias "Unconditional Surrender Grant", rendición incondicional Grant.

ImagenGeneral U. S. Grant

La guerra había derivado hacia un combate de agotamiento en torno a la capital sudista en Richmond. El 1 de junio de 1864 los ejércitos de la Unión del Potomac y la Confederación de Virginia del Norte volvieron a enfrentarse en el cruce de caminos de Cold Harbor, que se hallaba en poder de las tropas federales. Los confederados del General Anderson atacaron en ese punto estratégico cercano a la capital rebelde, pero el General Sheridan pudo resistir hasta que llegaron refuerzos. A media mañana , la actividad militar iba “in crescendo” y ambos ejercitos se enfrentaban ya en un frente de 11 kms.

ImagenCold Harbor el 1 de junio de 1864

Allí continuó la misma dinámica de desgaste planteda por Grant en Spotsylvania, pero las fuerzas confederadas opondría esta vez una resistencia desesperada. En esta ocasión, las pérdidas nordistas serían todavía mayores; en un contraataque lanzado a las 6 de la tarde de ese primer día de batalla los federales perderían la friolera de 2.200 hombres.

Grant cosiguió reunir 108.000 soldados para hacer frente a 59.000 confederados, lo que le animó a lanzar un ataque frontal en masa. Se dice que la paciencia de Grant había llegado a su límite: “La vigilancia era incesante, la tensión de los combates diarios, empezaba a hacer mella en los cuarteles generales de la Unión, donde los nervios de todos estaban ya rotos. Grant refunfuñaba ante sus ayudantes; Meade sentía un placer perverso haciéndoles la vida difícil a los miembros de su Estado Mayor, los coroneles a duras penas se atrevían a hablarle, su voz “sonaba como la barra de hierro cortada por una sierra”… como consecuencia de alguna conversación que provocó su enfado, Grant juró que acabaría con la situación por la fuerza y ordenó un asalto frontal general para el alba del 3 de junio, la única cosa de que se arrepintió amargamente a lo largo de su carrera militar”

En la oscuridad que precedió al alba el 3 de junio, los cinco Cuerpos del Ejército del Potomac seleccionados para el ataque comenzaron a formarse a lo largo de una línea. El concepto para el ataque era simple, pero carente de una base militar sólida. Los II, VI y XVIII Cuerpos encabezarían el ataque principal contra el flanco derecho de Lee. Mientras tanto el V e IX Cuerpos bajo el mando de los Generales Gouverneur Warren y Ambrose Burnside, respectivamente, atacarían el flanco izquierdo del Ejército de Virginia del Norte para distraer las unidades allí existentes evitando que Lee pudiera transferirlos para ayudar a sostener la línea derecha. La única medida de coordinación en este plan consistía en que cada Cuerpo atacaría a las 04.30 horas.

ImagenCold Harbor el 3 de junio de 1864

A la hora marcada, una pistola de señales sonó dando la señal de avance general al Ejército del Potomac el cual empezó a avanzar a través de una espesa niebla. Ya en los primeros minutos, cuando la primera oleada avanzada, debido a la tupida vegetación y los arroyos antes invisibles comenzaron a romperse las ordenadas formaciones, y cualquier aspecto de la coordinación desapareció por completo dentro de cada Cuerpo. Así el asalto se convirtió rápidamente en una serie de acciones aisladas e individuales. Considerando la configuración de las líneas Lee y la ausencia de cualquier reconocimiento previo del terreno, la aproximación de las tropas federales fue totalmente inconexo, exponiendo ángulos, y ocasionando que cada Cuerpo perdiera todo contacto con las unidades que tenían en sus laterales. En consecuencia, cuando los Confederados abrieron el fuego podían enfilar a las tropas unionistas con una eficacia devastadora.

Imagen

En una guerra que había visto más de una de la matanza, Cold Harbor puso un nuevo y terrible listón. Las fuerzas de Unión avanzaron bajo una tormenta de fuego de fusilería y artillería, de modo que las grandes formaciones soportaron descargas arrolladoras. En el curso de la primera hora dos oleadas fueron adelante, y sólo la división del General de Brigada Francis Barlow del Cuerpo de Hancock logró cierto el éxito, al tomar y sostener una parte del extremo derecho de la línea confederada. Pero una vez más la coordinación falló. A Pesar de las peticiones repetidas de Barlow, la división del General de Brigada. David B. Birney, que estaba en la reserva, se quedó donde estaba y nunca le fue dada la orden de avanzar para explotar lo ganado por los hombres de Barlow. Los restantes cuatro Cuerpos de la Unión fueron adelante, algunos obteniendo más terreno que otros, hasta el aplastante fuego de las trincheras de Lee ralentizó el avance, los frenó en seco y finalmente los fijó al propio terreno. Así las cosas las tropas simplemente se enterraron donde estaban y trataron de sobrevivir.

ImagenCarga de la división de F. Barlow

El asalto sólo duró poco menos de una hora y en ese tiempo los soldados de la federación sufrieron 7.000 bajas, por sólo 1.500 sudistas. Si alguna vez se llevó a cabo una batalla en un momento de resentimiento probablemente fue ésta, y Grant lo acabó lamentado profundamente, no volviendo a hablar de Cold Harbor, salvo en raras ocasiones.

Al día siguiente el coronel federal Emory Upton, que había participado en la batalla, escribió a su hermana:
“Desde el 1 de junio, día de un combate sangriento, estamos en Cold Harbour. Digo sangriento porque, contra todo buen criterio y sin ignorar el poder de las fuerzas enemigas y la solidez de sus trincheras, nos dieron la orden de atacar. Nuestras pérdidas han sido muy graves e inútiles. Nuestros hombres son valientes, pero no pueden hacer lo imposible. Mi brigada perdió alrededor de 300 hombres. Mi caballo murió mientras lo montaba, pero he salido del incidente sin heridas. Hace cuatro días que estamos a trescientos metros del enemigo, protegidos en trincheras. De una y otra parte, se intercambia una fusilería interrumpida.

Es triste decirlo, pero nuestros jefes dan prueba de una completa falta de capacidad militar durante esta campaña. Varios de nuestros comandantes de Cuerpo de Ejécito no merecían ser Cabos. Perezosos y apáticos, no se toman ni el trabajo de montar a caballo para inspeccionar sus posiciones pero, sin titubear, nos ordenan atacar sin importar la fuerza y la posición del enemigo. En este día, 20.000 de nuestros hombres, muertos o heridos, deberían estar todavía en nuestras filas. En fin, basta de críticas. Espero que al fin de cuentas, nuestra superioridad numérica nos permita tomar Richmond”.


Algunos de los principales errores de esta sangrienta batalla se resumen:

- En que no hubo planificación ni coordinación (ni voluntad de entendiemiento) entre Meade y de Grant, así como sus respectivos Estados Mayores.

- No hubo reconocimientos previos del terreno ni de la potencia de las defensas confederadas.

- Durante la batalla la transmisión de órdenes fue confusa y deficiente, mientras que la coordinación de las unidades subordinadas fue caótica. No hubo un control general del ataque.

La tragedia de Cold Harbor radica en que era evitable, si se hubieran evitado los grandes errores mencionados. Su mando falló, y falló miserablemente. Cold Harbor fue un horrible ejemplo de lo que pasa cuando la unidad del mando se rompe bajo el peso de un sistema impracticable, cuando la tensión de batalla vence el profesionalismo, y cuando los buenos oficiales olvidan los fundamentos básicos del mando así como sus responsabilidades como comandantes. Al final, sus hombres, soldados medios, lo pagaron en un último y terrible sacrificio de sangre.

Imagen

http://www.nps.gov/archive/rich/ri_cold.htm

http://www.historynet.com/battle-of-col ... horror.htm

http://en.wikipedia.org/wiki/Battle_of_Cold_Harbor
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Mensaje por hoff »

No se si Kolin merece estar entre los ejemplos de incompetencia... quizás entre los de exceso de confianza (ya en Praga Federico pudo comprobar que los austriacos no eran ya las desmoralizadas huestes de las dos guerras de Silesia).

Una muestra mucho mayor de incompetencia me parece Rossbach. La "gloriosa" idea del príncipe de Sachsen-Hildburghausen de realizar una marcha de flanco frente a las mismísimas narices del mejor general de la época, sin que su colega al mando, Soubise, tuviera las narices de protestar siquiera me parece un ejemplo muy superior de incompetencia en la época.
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Mensaje por Koniev »

Me gustaría incluir le carga de la brigada ligera en Balaclava, en la que Lord Raglan, quién ordenó el ataque no supo transmitió mal las ordenes y eso, combinado con la negligencia de el capitan Lewis Nolas, su intendente general y quien transmitió el mesaje diciendo ``Allí está el enemigo, allí estan sus cañones´´provocaron el desastre. :roll:

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Mensaje por Koniev »

Por si mes esplique mal, huvo un severo problema de juicio y de comunicacion

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Mensaje por hoff »

Koniev escribió:Por si mes esplique mal, huvo un severo problema de juicio y de comunicacion
¿Solo de eso?

Raglan dió una orden confusa, que pasó a Lucan (el comandante de la división de caballería) y de ahí a Raglan. El problema es que Raglan y Lucan eran concuñados y se odiaban aún más de lo habitual en este tipo de relación. Esto, unido al hecho de que los cañones contra los que había que marchar no eran visibles desde la posición de Raglan y a la inestabilidad emocional de Nolan, que prácticamente le desafió a cargar (y eso no se le hace a un general aristocrático convencido de que Dios le debe pleitesía) fué lo que acabó con una carga valerosa y estúpida, un bonito poema y una grave mutilación en el órden de batalla británico.
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Mensaje por Gebisjager »

NICOPÓLIS 1396: LA ULTIMA CRUZADA

Imagen Extensión del imperio otomano hacia 1396

Desde que en 1352 las tropas de Solimán tomaron la fortaleza de Zimpe y dos años más tarde Gallípoli, ya nunca más los turcos otomanos abandonarían Europa. Tras la abdicación de Cantacuceno al trono, Juan V empezó a pedir con mayor frecuencia ayuda a Occidente para contener la marea turca que se le venía encima. Realmente, los otomanos rebasaron Constantinopla, eludiéndola a la manera de una verdadera inundación. En 1359, después de saquear sus arrabales, se dirigieron al interior de Tracia, y tomaron sucesivamente Demótica y Filípolis. En 1365, Murad llevó su capital a Adrinópolis, doscientos kilómetros tierra adentro. Cinco años después, serbios y búlgaros, ante un futuro tan desolador trataron de frenar la embestida otomana, pero fueron barridos a orillas del río Maritza. En 1389, la batalla de Kosovo, significó la tumba de la independencia serbia. En treinta y cinco años, desde su establecimiento en Gallípoli, los otomanos habían sometido los Balcanes orientales hasta el Danubio y se hallaban ya a las puertas de Hungría. Los reinos de Serbia, Bulgaria y otros principados menores, así como Bizancio, eran ya todos vasallos de los turcos y algunos pronto se convertirían en meras provincias del flamante Imperio Otomano.

Imagen Bayazid I

En 1393, Bayazid, sultán al morir Murad en la batalla de Kosovo, conquistó Tirnovo, la capital del Reino Búlgaro Oriental. Poco más tarde ocupó Nicópolis, la fortaleza búlgara más importante de las riberas del Danubio. En ese estratégico paraje chocarían una vez más los ejércitos de la Cristiandad y del Islam.

En 1394, a solo un año de la caída de Tirnovo, Occidente empezó a pensar en serio en la posibilidad de una Cruzada contra los otomanos. Pero lo hizo, no porque temiera por la suerte de Constantinopla, sino porque Segismundo, el nuevo rey de Hungría, utilizó toda sus influencias en Francia para alentar a sus hermanos cristianos. Un siglo de gobierno de la dinastía angevina había estrechado los lazos de Hungría con la corona francesa, y la ascensión de Segismundo, el primero de los Luxemburgos confirmó estas amistosas relaciones. En agosto, una embajada magiar visitó París, donde relató todo el cuadro de atrocidades que padecían los cristianos a manos de los turcos, como el secuestro de sus hijos para convertirlos al Islam o la violación de las doncellas. Conmovidos, Eu, condestable de Francia, y Bouciccaut, mariscal, declararon que era deber de todo varón tomar las armas contra el infiel. De modo, que los embajadores retornaron a Hungría con la mejor de las noticias: habría una Cruzada.

Imagen Segismundo

El cisma pontificio existente no obstaculizó dicha expedición. Tanto Bonifacio, en Roma, como Benedicto, en Aviñon, bendijeron la Cruzada con las acostumbradas absoluciones plenarias. No obstante, la aventura comenzaba como casi todas las anteriores: prodigalidad e indisciplina, lujo y arrogancia. Como siempre, los objetivos fueron desmedidos. Los cabecillas de la expedición pretendían expulsar a los turcos de los Balcanes, liberar a Constantinopla, pasar al Asia Menor y de allí marchar directo hacia Tierra Santa para reconquistar Jerusalén y el Santo Sepulcro. La vuelta la harían por mar. La ruta escogida pasaba por Estrasburgo, Baviera, el Danubio superior y finalmente Buda, adonde les esperaban Segismundo y su mesnada.

Llegadados a Buda, la Cruzada era un crisol de razas: había franceses, ingleses, alemanes (especialmente de Sajonia, Renania y Baviera), caballeros hospitalarios dirigidos por el gran maestre de Rodas en persona, valacos, transilvanos, hispanos, bohemios, polacos y por su puesto, húngaros.

La cuestión del mando, agregó un problema adicional. Se celebró un consejo de guerra en Buda, donde Segismundo, apelando a su experiencia en la lucha contra los turcos, aconsejó esperar a que Bayazid tomara la iniciativa. Sostenía, con razón, que sería más conveniente aguardar a que los otomanos se cansaran en una marcha forzada (pues se creía que para entonces sitiaban Constantinopla), en lugar de salir ellos en busca del sultán. Además estaba la cuestión del terreno. Segismundo también opinaba que el territorio al sur del Danubio era muy peligroso, dado que tanto Serbia como Bulgaria eran vasallos de Bayazid, y en tal condición estaban obligados a prestar ayuda militar al sultán (eran por lo tanto enemigos). Los franceses le trataron de cobarde. Con sus ideales de caballería y henchidos de orgullo, así como de desprecio por sus adversarios trucos (sólo algo mayor al que sentían por sus aliados húngaros) aseguraron que ellos podrían expulsar a los turcos de Europa dondequiera que se hallaran. “Si el cielo se desplomase, nosotros lo sostendríamos con las puntas de nuestras lanzas”. Segismundo debió resignarse.

Imagen Marcha hacia Nicópolis

Las fuerzas combinadas de la Cristiandad salieron de Buda y siguieron el curso del Danubio. Segismundo con sus aliados ortodoxos de Valaquia y Transilvania, al mando de Mircea el Viejo, iban en la retaguardia, observando azorados el pillaje, los crímenes y el saqueo que cometían adelante los franceses. Al ingresar en territorio cismático (territorios de cristianos ortodoxos), el bandidaje fue total. En casi doscientos años de Cruzadas los franceses no solo no habían aprendido nada de sus errores sino que su arrogancia y frivolidad eran ahora casi tan grandes como su ego. La primera victoria de los cruzados fue la captura de Vidin, ciudad que fuera capital del Reino Búlgaro occidental. El señor vasallo que la defendía prefirió rendirla cuando los sitiadores prometieron respetar las vidas y bienes de la población. En Orjahovo sucedió lo mismo, con la diferencia de que, tras la promesa, los cruzados se desdijeron de lo dicho y robaron y asesinaron sin piedad a sus habitantes búlgaros.

Lo cierto que tras estos excesos y pillajes en aldeas y ciudades los caballeros franceses, teñidas de su exceso de confianza, solo consiguieron ofender a sus aliados húngaros. Realmente los francos desconocían el modo de guerra oriental, y mejor les hubiese ido de haber escuchado a sus más experimentados aliados magiares. Tanto desdén muestra que eran presa de un etnocentrismo radical que les llevó a menospreciar seriamente la pericia de sus adversarios, de modo que, al considerar a los otomanos como enemigos insignificantes, no creyeron necesario calibrar las intenciones y fuerzas del oponente. Desoyeron las advertencias del rey Segismundo para que fueran cautos y en lugar de allo se fiaron de su indubitatible bravura .

El 12 de Septiembre de 1396 las vanguardias de la Cruzada divisaban la ciudad Nicópolis. Si los cruzados no tomaron por asalto Nicópolis fue porque su improvisación era descomunal. No tenían máquinas de asedio, trabucos, balistas, catapultas ni nada que se le pareciese. Según Bouciccaut, el mariscal de Francia, un empedernido amante de la caballería, en su opinión, las escalas a mano eran más rápidas de fabricar y valían más que las catapultas cuando eran hombres valerosos quienes echaban mano a ellas. La realidad fue muy diferente. Rebotando contra los muros sin hacer mella en ellos, los cruzados debieron contentarse con tender un cerco.

Entretanto, Bayazid (apodado “el rayo” por la velocidad de sus desplazamientos), había dejado con su ejército Adrinópolis y avanzaba a marchas forzadas rumbo a Tirnovo.

En el campamento cristiano se celebró un nuevo consejo de guerra para definir la estrategia para enfrentarse al sultán. Del debate surgieron dos posturas abiertamente opuestas:

- Segismundo aconsejó emplear a los peones valacos como punta de lanza para extenuar a los ya de por sí cansados turcos. Conocía las tácticas de combate otomanas y por ello sabía que los turcos solían emplear la chusma “indigna” de campesinos conscriptos como vanguardia. Luego de que los valacos desgastaran la primera línea enemiga, tocaría el turno a la caballería francesa de entrar en combate. El mismo en persona, con sus aliados transilvanos, se ocuparía de evitar que los sipahis (la caballería ligera turca) arremetieran contra los flancos de los franceses. Según el rey húngaro, "quién golpeaba último golpeaba mejor". Esta propuesta del rey Segismundo estaba llena de buen sentido militar y procedía, además de una larga experiencia de la forma de guerrear de los turcos.

- Eu, el condestable de Francia, sostuvo por su parte que no habían viajado tan lejos, y con tales gastos, para ver cómo al primer choque la chusma se desbandaba y huía. “Ocuparnos de la retaguardia es un deshonor y nos exponerdría al desprecio de todos”, dijo. Y no solo eso: exigió el primer puesto ya que era condestable, y el ser precedido por alguien representaba todo un insulto mortal. Bouciccaut y Nevers le apoyaron incondicionalmente. Los ideales de caballería seducían el ego mejor que las damas el corazón.

Cuando abandonaban la tienda llegó un mensajero con la noticia de que el sultán estaba solo a seis horas de distancia. Segismundo envió a su maestro de ceremonias a rogar a los caballeros que no actuarn tn impetuosamente, y que obraran de forma coordinada, según el plan de batalla. Parece que algunos jefes franceses como Coucy y Vienne estaban dispuestos a hacerlo, pero el condestable les increpó vociferante que el rey les arrebataría la gloria y reservásela para él. El Almirante Vienne le respondió tal que así: “cuando no se puede escuchar la razón y la verdad, gobierna el atrevimiento”, tras lo cual el condestable lanzó ferozmente las tropas francesas a la batalla.

Imagen Plano de la batalla

El 25 de septiembre de 1396, dando la espalda a Nicópolis, la caballería francesa con Eu y Coucy al frente avanzaron en orden de combate. En la retaguardia quedaron los hospitalarios de Rodas, los alemanes y Segismundo, que impotente, seguía rumiando su iracundia. Segismundo dividió sus tropas en tres: él comandaba el centro, los transilvanos el flanco derecho y los valacos bajo el mando de Mircea el Viejo el flanco izquierdo.

Al primer choque, los caballeros de Eu aplastaron a la fuerza campesina que conformaba la vanguardia de Bayazid. La verdad nadie puede negar que los caballeros franceses eran unos formidables luchadores, auténticos “carros de combate” tras sus brillantes armaduras; así los franceses arrollaron la primera línea de la infantería turca, tras ella se encontraron estacas de tres metros que servían de parapeto a los arqueros y los jenízaros. Desafiando densas nubes de flechas y venablos, los franceses se abrieron paso mediante la fuerza bruta y combates duros. No cabe duda Bien utilizados probablemente habrían dado una jornada victoriosa a Segismundo y a la Cristiandad. Superados no en número sino en fuerza, los soldados turcos de a pié fueron también derrotados y puestos en fuga hacia la tercera línea, la de los sipahis. Los caballeros más experimentados, como Coucy y Vienne, aconsejaron entonces una pausa y esperar al grueso del ejército húngaro para completar juntos la victoria.. Era necesario restablecer contacto con la vanguardia, que había quedado muy atrás. Pero los caballeros más jóvenes, y como no el condestable D´Eu , crecidos por el éxito, bregaban por seguir adelante. Y se salieron con la suya.

Imagen Batalla final

Mientras tanto, a sus espaldas, los veteranos y resabiados de la primera y segunda línea turca, junto con algunos sipahis, se habían reagrupado y atacaban las posiciones de Segismundo y sus aliados. Hubo una estampida de caballos sin jinetes pertenecientes a la caballería de reserva, que los pajes no pudieron contener. Los valacos y transilvanos creyeron que se trataba del preludio del desbande y se retiraron de la lucha. Con todo, Segismundo y el gran maestre del Hospital consiguieron mantener sus posiciones. Pero a último momento apareció un regimiento de 1500 serbios comandados por el déspota Esteban Lazarevich, que odiaba a los húngaros más que a los propios otomanos. Estos serbios, que componían el ejército de Bayazid en calidad de vasallos, decidieron la contienda. Segismundo debió ser retirado del campo de batalla y junto con el gran maestre de Rodas huyeron en una balsa por el Danubio.

Adelante, entretanto, las cosas tampoco iban bien para Eu y Coucy. Avanzando hacia una altiplanicie, esquivando empalizadas, caballos despanzurrados y cuerpos aplastados, los franceses perseguían al resto de la infantería. Pero en lo alto, donde esperaban encontrar a un sultán desmoralizado, se hallaron cara a cara con un cuerpo fresco y descansado de sipahis de reserva. Supieron de inmediato que había llegado el fin. Algunos huyeron pero gran parte de los sobrevivientes luchó hasta que los abatió el cansancio. Eu, Nevers y Coucy cayeron prisioneros. Pero muchos otros nobles, entre ellos Philippe de Bar y Odard de Chaseron murieron en la batalla.

Imagen Masacre de prisioneros

El 26 de septiembre Bayaceto ordenó que 3.000 prisioneros fueran ejecutados como respuesta a los asesinatos de Orjahovo. Segismundo tomó el camino del retorno a su sede imperial por la ruta del Mar Negro, sin pasar por Valaquia, sospechando que le habían traicionado. El rey Carlos VI de Francia se enteró de la derrota en Navidad.

Segismundo comentó tras la batalla:“la jornada ha sido aciaga por el orgullo y vanidad de los franceses; si me hubieran hecho caso habríamos contado con suficientes fuerzas para luchar con nuestros enemigos”.

La derrota de los cruzados en Nicópolis podría haberse evitado. El buen parecer de los jefes franceses más capaces y sensatos, Coucy y Vienne, quedó eclipsado ante el condestable D´Eu, que erraba de cabo a robo en concebir la guerra a partir de prejuicios y perjuicios. Los húngaros conocían , dada su dilatada experiencia, los métodos guerreros de los turcos, y algo o mucho podrían haber ayudado a los franceses. Son tantos los errores que llevaron al descalabro, que una relación se quedaría corta: La indisciplina, la carencia de un mando unificado y sujeto a disensiones, la falta de un adiestramiento y planificación común, etc. El problema fue que Segismundo necesitaba de los caballeros franceses porque sus cargas eran conocidas y temidas por los turcos, pero éste era incapaz de dominar su arrogancia y orgullo para que aceptaran las maneras de guerrear orientales, que estos frívolamente, despreciaban y no querían aprender. Por tanto el exceso de confianza y el desprecio al enemigo sellaron el destino de la batalla y el final de la Cruzada.

Epílogo: La batalla de Nicópolis tuvo un impacto profundo en la relación de fuerzas, en los Balcanes. En lo inmediato, aseguró el sometimiento de búlgaros y serbios a los otomanos y la estrangulación de Constantinopla (que se salvó de caer porque Bayazid fue destrozado por Tamerlán en el verano de 1402 en la Batalla de Angora), cada vez más aislada de Occidente. El dominio otomano sobre los Balcanes se fijó durante unos quinientos años más y dejó al Reino de Hungría delante de las fauces del Islam. Huelga decir, que con la batalla de Nicópolis llegó el ocaso del movimiento cruzado en oriente, que se había iniciado tan exitosamente con la toma de Jerusalén, allá por finales del siglo XI.

http://www.imperiobizantino.com/la_bata ... polis.html

http://www.angelfire.com/nb/nbulgaria/b ... cop96s.htm

http://www.historyofwar.org/articles/ba ... polis.html

http://es.wikipedia.org/wiki/Batalla_de_Nic%C3%B3polis
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Jaro
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Mensaje por Jaro »

La batalla de Nicópolis también está muy bien descrita en el libro Un espejo lejano, de Barbara Tuchman (la autora de Los cañones de agosto).
Un espejo lejano está dedicado a los caballeros franceses del siglo XIV con toda su "arrogancia y frivolidad" como bien dice Gebisjäger, y culmina en Nicópolis, donde tanto de ellos encontraron la muerte.
Un lugar donde todos piensan lo mismo es un lugar donde nadie piensa.

APV
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Mensaje por APV »

Sujeto interesante el mariscal Jean II Le Maingre apodado Boucicaut.
También participó en otras campañas contra los otomanos y en la derrota de Agincourt ante los ingleses.
Conoce al enemigo y conócete a ti mismo y; en cien batallas, no estarás jamás en peligro Sun Tzu.

Lee
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Mensaje por Lee »

También os falta en la lista el General Brevet Custer, que en su última batalla además de separarse de la infantería, ordenó depositar los sables de su regimiento en los carros de bagages para evitar hacer ruido y ser descubierto, algo inutil pues ya sabian que llegaba.
Además de que no murieron rodeados y luchando a pie como reflejó Hollywood, sino corriendo y muertos por la espalda. Comprobado al desenterrar los cuerpos hace unos años.

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Mensaje por Gebisjager »

LA BATALLA DE KARÁNSEBES: Por un barril de aguardiente

En marzo de 1788, durante la guerra Ruso-Turca (1787-1792), el ambicioso emperador José II, aliado de los rusos partió de Viena hacia el Banato, en la conflictiva frontera entre el Islam y la Cristiandad. Su iniciativa estaba destinada hacerle un hueco en la historia, y se la hizo pero no de la manera deseada sino ante uno de los sucesos más calamitosos y manifiestos de incompetencia militar.

Imagen

El objetivo inicial de los austriacos era liberar el Sava, una vía fluvial estratégica, tomando las plazas fuertes turcas de Savak, Belgrado y Vindin, y finalmente la importante fortaliza de Nis, e incorporar toda Serbia al imperio austriaco. Para lograrlo reunió un ejército de de 245.000 hombres, 36.725 caballos y 898 cañones.

Aquellas fuerzas iban dirigidas por los hombres más incompetentes que hayan podido constituir el ejército austriaco: Coburg, Fabius, Wartersleben, Mitrovsy, Devins o Liechtenstein. Más que generales eran burócratas, despreocupados de las más elementales necesidades logísticas. “Los austriacos veían con gran recelo la intervención de su emperador en una campaña militar. Eran de sobra conocidos sus puntos de vista humanitarios y nadie entendía de qué manera podría contribuir a ganar una guerra. Pero su querencia por la gloria que acompañaba a la victoria hizo imposible convercerlo de que desistiese. Así las cosas, muchos vaticinaron ya al comienzo de la campaña que aquello acabaría mal, y los acontecimientos les dieron la razón”.

Tras una campaña llena de altibajos, en la tarde del 19 de septiembre de 1788, vino a acontecer la llamada Batalla de Karánsebes. El principal Cuerpo de Ejército, aproximadamente 100.000 hombres, estableció su campamento cerca de la pequeña ciudad de Karánsebes (en Rumanía). “Aquí tenemos que vencer”, exclamo alegremente el emperador, “la Historia lo ha previsto así. Aquí e donde el príncipe Eugenio consiguió una brillante victoria sobre los turcos y éste es el mejor lugar para volver a derrotarlos”. En efecto habría una segunda batalla de Karánsebes. Pero lo que iba a ocurrir allí es probablemente uno de los hechos más bochornosos de la historia bélica. Tal incidente refleja el extremo de decandencia moral al que había llegado el ejército austriaco.

Imagen Husares austriacos.

En la vanguardia del ejército, un contingente de húsares imperiales, cruzó el puente sobre el Timisul en Karánsebes en busca de turcos hostiles. Allí no había señal de un ejército otomano, pero los húsares se encontraron con un grupo de nómadas valacos (o gitanos), quienes se ofrecieron a vender aguardiente y muchachas a los cansados soldados. Los soldados de caballería después de un breve regateo llegaron a un acuerdo y se entregaron a los placeres que les ofrecían.

Unas horas más tarde, las primeras compañias de infantería cruzaban el mismo puente con las gargantas igual de secas. Cuando vieron la fiesta, los soldados de infantería pidieron alcohol también para ellos. Los húsares se negaron a repartir el aguardiente, y mientras que todavía estaban bebidos, construyeron fortificaciones improvisadas alrededor de su barril de aguardiente. Se originó una discusión acalorada, y un soldado disparó un tiro.

Inmediatamente los húsares y la infantería entablaron un combate unos contra otros. Los húsares desenvainaron sus sables y la infantería intentó una carga frontal con mosquetes y bayonetas caladas. Sonaron disparos y empezaron a caer muertos. Las cargas eran inútiles puesto que los húsares no cedían, entonces para sobrepasar la posición fortificada los infantes intentaron una estratagema. Gritaron: “¡Turken! ¡Turken!”, y la mera idea de enfrentarse con una de hueste de turcos aterrorizó de tal manera a los húsares borrachos que volvieron a cruzar el puente en dirección opuesta al galope tendido. Entre las unidades de infantería de la vanguardia también comenzó a cundir el pánico, asustados por sus propios gritos. Los oficiales gritaban desesperadamente a sus hombres “Halt Stehen bleiben! Halt! (¡Quédense donde están! ¡Alto!), pero era completamente inútil, la fuga ya era pura estampida sin orden ni concierto, además la mayoría de aquellos soldados eran húngaros, lombardos o eslovacos y a duras penas entendían una palabra de alemán en aquél “totum revolutum”. Se les había enseñado la palabra Vorwärts (¡Adelante!) y poco más. La situación empeoró cuando los oficiales, en un intento de restaurar el orden, gritaron “Halt! Halt!” (¡Alto! ¡Alto!), que fue interpretado mal por aquellos bisoños soldados sin conocimiento del idioma alemán como “¡Alá! ¡Alá!”.

Como la caballería corrió a través de los campos, un comandante de Cuerpo razonó que era una carga de caballería del ejército otomano, y ordenó que la artillería abriera fuego. Mientras tanto, al otro lado del río Timisul donde acampaba el grueso del ejército, ante tanto ruido y alboroto empezaron a huir los caballos de tiro, más los gritos y los fogonazos empezaron a excitar el ánimo de aquellos hombres y la angustia del gran miedo a morir. Ningún jefe capacitado trató de evaluar la situación y mantener y persuadir aunque fuera a sus hombres más inmediatos, todos sin excepción se unieron a la huida. ¿Quién podría explicar en aquél torrente políglota lo que había ocurrido al otro lado del río?. Los regimientos de retaguardia fueron alertados, pero incomunicados, empezaron a disparar a las sombras que se aproximaban hacia ellos, creyendo que eran hordas turcas que estaban en todas partes; mientras que en realidad estaban disparando a sus compañeros que huían del campamento.

El emperador José II, aún convaleciente de una enfermedad, aturdido, recibió un caballo para ser evacuado. Pero apenas acababa de montar fue derribado por la turba enloquecida, su guardia personal se abrió camino a sablazos para asistir a su emperador; pero eso no evitó que nuevo el emperador fuera derribado y acabara en el lecho del río Timisul. Empapado y espantado ante la idea de ser capturado por los turcos , se arrastró hasta una casa de Karánsebes donde finalmente fue rescatado por su guardía. A tal grado llegó aquella alocada fuga que ni la vida del emperador estuvo completamente a salvo. El pánico alcanzó proporciones desmesuradas. Todos corrían, imprecaban, rezaban, disparaban o morían. Las casas fueron saqueadas, las mujeres violadas y los pueblos incendiados. La senda del pánico quedó salpicada de mosquetes, sillas de montar, caballos muertos, tiendas de campaña,… de todos los despojos propios de un campo de batalla. Sólo mucho tiempo después los generales austriacos frenaron aquella fuga enloquecida, pero para entonces aquellas tropas estaban destrozadas y aturdidas por la conmoción.

Dos días después apareció ante Karánsebes el gran visir con sus tropas. No encontraron ningún ejército austriaco. En cambio, descubrieron ante ellos un espectáculo difícilmente superable: no menos de 10.000 austríacos muertos o heridos, cuyas cabezas fueron rápidamente cortadas.

Imagen José II

Tras esta debacle el emperador escribió al canciller Kaunitz: “Este desastre sufrido por nuestro ejército a causa de la cobardía de alguna de nuestras unidades aún es incalculable. El pánico reinaba por doquier, en nuestro ejército, en el pueblo de Karánsebes y en todo el camino hasta Timisoara, a diez leguas largas de allí. No puedo describir con palabras los terribles asesinatos y violaciones que se produjeron”.

Fuente: El Factor Clave. Erik Durschemied. Ed. Salvat
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Mensaje por Flogger »

Gebisjäger escribió:LA BATALLA DE KARÁNSEBES: Por un barril de aguardiente

En marzo de 1788, durante la guerra Ruso-Turca (1787-1792), el ambicioso emperador José II, aliado de los rusos partió de Viena hacia el Banato, en la conflictiva frontera entre el Islam y la Cristiandad. Su iniciativa estaba destinada hacerle un hueco en la historia, y se la hizo pero no de la manera deseada sino ante uno de los sucesos más calamitosos y manifiestos de incompetencia militar.

Imagen

El objetivo inicial de los austriacos era liberar el Sava, una vía fluvial estratégica, tomando las plazas fuertes turcas de Savak, Belgrado y Vindin, y finalmente la importante fortaliza de Nis, e incorporar toda Serbia al imperio austriaco. Para lograrlo reunió un ejército de de 245.000 hombres, 36.725 caballos y 898 cañones.

Aquellas fuerzas iban dirigidas por los hombres más incompetentes que hayan podido constituir el ejército austriaco: Coburg, Fabius, Wartersleben, Mitrovsy, Devins o Liechtenstein. Más que generales eran burócratas, despreocupados de las más elementales necesidades logísticas. “Los austriacos veían con gran recelo la intervención de su emperador en una campaña militar. Eran de sobra conocidos sus puntos de vista humanitarios y nadie entendía de qué manera podría contribuir a ganar una guerra. Pero su querencia por la gloria que acompañaba a la victoria hizo imposible convercerlo de que desistiese. Así las cosas, muchos vaticinaron ya al comienzo de la campaña que aquello acabaría mal, y los acontecimientos les dieron la razón”.

Tras una campaña llena de altibajos, en la tarde del 19 de septiembre de 1788, vino a acontecer la llamada Batalla de Karánsebes. El principal Cuerpo de Ejército, aproximadamente 100.000 hombres, estableció su campamento cerca de la pequeña ciudad de Karánsebes (en Rumanía). “Aquí tenemos que vencer”, exclamo alegremente el emperador, “la Historia lo ha previsto así. Aquí e donde el príncipe Eugenio consiguió una brillante victoria sobre los turcos y éste es el mejor lugar para volver a derrotarlos”. En efecto habría una segunda batalla de Karánsebes. Pero lo que iba a ocurrir allí es probablemente uno de los hechos más bochornosos de la historia bélica. Tal incidente refleja el extremo de decandencia moral al que había llegado el ejército austriaco.

Imagen Husares austriacos.

En la vanguardia del ejército, un contingente de húsares imperiales, cruzó el puente sobre el Timisul en Karánsebes en busca de turcos hostiles. Allí no había señal de un ejército otomano, pero los húsares se encontraron con un grupo de nómadas valacos (o gitanos), quienes se ofrecieron a vender aguardiente y muchachas a los cansados soldados. Los soldados de caballería después de un breve regateo llegaron a un acuerdo y se entregaron a los placeres que les ofrecían.

Unas horas más tarde, las primeras compañias de infantería cruzaban el mismo puente con las gargantas igual de secas. Cuando vieron la fiesta, los soldados de infantería pidieron alcohol también para ellos. Los húsares se negaron a repartir el aguardiente, y mientras que todavía estaban bebidos, construyeron fortificaciones improvisadas alrededor de su barril de aguardiente. Se originó una discusión acalorada, y un soldado disparó un tiro.

Inmediatamente los húsares y la infantería entablaron un combate unos contra otros. Los húsares desenvainaron sus sables y la infantería intentó una carga frontal con mosquetes y bayonetas caladas. Sonaron disparos y empezaron a caer muertos. Las cargas eran inútiles puesto que los húsares no cedían, entonces para sobrepasar la posición fortificada los infantes intentaron una estratagema. Gritaron: “¡Turken! ¡Turken!”, y la mera idea de enfrentarse con una de hueste de turcos aterrorizó de tal manera a los húsares borrachos que volvieron a cruzar el puente en dirección opuesta al galope tendido. Entre las unidades de infantería de la vanguardia también comenzó a cundir el pánico, asustados por sus propios gritos. Los oficiales gritaban desesperadamente a sus hombres “Halt Stehen bleiben! Halt! (¡Quédense donde están! ¡Alto!), pero era completamente inútil, la fuga ya era pura estampida sin orden ni concierto, además la mayoría de aquellos soldados eran húngaros, lombardos o eslovacos y a duras penas entendían una palabra de alemán en aquél “totum revolutum”. Se les había enseñado la palabra Vorwärts (¡Adelante!) y poco más. La situación empeoró cuando los oficiales, en un intento de restaurar el orden, gritaron “Halt! Halt!” (¡Alto! ¡Alto!), que fue interpretado mal por aquellos bisoños soldados sin conocimiento del idioma alemán como “¡Alá! ¡Alá!”.

Como la caballería corrió a través de los campos, un comandante de Cuerpo razonó que era una carga de caballería del ejército otomano, y ordenó que la artillería abriera fuego. Mientras tanto, al otro lado del río Timisul donde acampaba el grueso del ejército, ante tanto ruido y alboroto empezaron a huir los caballos de tiro, más los gritos y los fogonazos empezaron a excitar el ánimo de aquellos hombres y la angustia del gran miedo a morir. Ningún jefe capacitado trató de evaluar la situación y mantener y persuadir aunque fuera a sus hombres más inmediatos, todos sin excepción se unieron a la huida. ¿Quién podría explicar en aquél torrente políglota lo que había ocurrido al otro lado del río?. Los regimientos de retaguardia fueron alertados, pero incomunicados, empezaron a disparar a las sombras que se aproximaban hacia ellos, creyendo que eran hordas turcas que estaban en todas partes; mientras que en realidad estaban disparando a sus compañeros que huían del campamento.

El emperador José II, aún convaleciente de una enfermedad, aturdido, recibió un caballo para ser evacuado. Pero apenas acababa de montar fue derribado por la turba enloquecida, su guardia personal se abrió camino a sablazos para asistir a su emperador; pero eso no evitó que nuevo el emperador fuera derribado y acabara en el lecho del río Timisul. Empapado y espantado ante la idea de ser capturado por los turcos , se arrastró hasta una casa de Karánsebes donde finalmente fue rescatado por su guardía. A tal grado llegó aquella alocada fuga que ni la vida del emperador estuvo completamente a salvo. El pánico alcanzó proporciones desmesuradas. Todos corrían, imprecaban, rezaban, disparaban o morían. Las casas fueron saqueadas, las mujeres violadas y los pueblos incendiados. La senda del pánico quedó salpicada de mosquetes, sillas de montar, caballos muertos, tiendas de campaña,… de todos los despojos propios de un campo de batalla. Sólo mucho tiempo después los generales austriacos frenaron aquella fuga enloquecida, pero para entonces aquellas tropas estaban destrozadas y aturdidas por la conmoción.

Dos días después apareció ante Karánsebes el gran visir con sus tropas. No encontraron ningún ejército austriaco. En cambio, descubrieron ante ellos un espectáculo difícilmente superable: no menos de 10.000 austríacos muertos o heridos, cuyas cabezas fueron rápidamente cortadas.

Imagen José II

Tras esta debacle el emperador escribió al canciller Kaunitz: “Este desastre sufrido por nuestro ejército a causa de la cobardía de alguna de nuestras unidades aún es incalculable. El pánico reinaba por doquier, en nuestro ejército, en el pueblo de Karánsebes y en todo el camino hasta Timisoara, a diez leguas largas de allí. No puedo describir con palabras los terribles asesinatos y violaciones que se produjeron”.

Fuente: El Factor Clave. Erik Durschemied. Ed. Salvat


Interesantísimo relato Gebisjäger!
Definitivamente la Disciplina debe imperar en un ejército, que de hecho es un montón de hombres armados. Si falla el centro de mando o no se le tiene en cuenta sucede este tipo de cosas.:dpp:

Pensar que es el mismo ejército que al año se verá enfrentado a la Revolución Francesa y que unos años después sufriría todo el Genio de Napoleón.

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Mensaje por Trancos-Alatriste »

Gebisjäger escribió:LA BATALLA DE KARÁNSEBES: Por un barril de aguardiente

En marzo de 1788, durante la guerra Ruso-Turca (1787-1792), el ambicioso emperador José II, aliado de los rusos partió de Viena hacia el Banato, en la conflictiva frontera entre el Islam y la Cristiandad. Su iniciativa estaba destinada hacerle un hueco en la historia, y se la hizo pero no de la manera deseada sino ante uno de los sucesos más calamitosos y manifiestos de incompetencia militar.

Imagen

El objetivo inicial de los austriacos era liberar el Sava, una vía fluvial estratégica, tomando las plazas fuertes turcas de Savak, Belgrado y Vindin, y finalmente la importante fortaliza de Nis, e incorporar toda Serbia al imperio austriaco. Para lograrlo reunió un ejército de de 245.000 hombres, 36.725 caballos y 898 cañones.

Aquellas fuerzas iban dirigidas por los hombres más incompetentes que hayan podido constituir el ejército austriaco: Coburg, Fabius, Wartersleben, Mitrovsy, Devins o Liechtenstein. Más que generales eran burócratas, despreocupados de las más elementales necesidades logísticas. “Los austriacos veían con gran recelo la intervención de su emperador en una campaña militar. Eran de sobra conocidos sus puntos de vista humanitarios y nadie entendía de qué manera podría contribuir a ganar una guerra. Pero su querencia por la gloria que acompañaba a la victoria hizo imposible convercerlo de que desistiese. Así las cosas, muchos vaticinaron ya al comienzo de la campaña que aquello acabaría mal, y los acontecimientos les dieron la razón”.

Tras una campaña llena de altibajos, en la tarde del 19 de septiembre de 1788, vino a acontecer la llamada Batalla de Karánsebes. El principal Cuerpo de Ejército, aproximadamente 100.000 hombres, estableció su campamento cerca de la pequeña ciudad de Karánsebes (en Rumanía). “Aquí tenemos que vencer”, exclamo alegremente el emperador, “la Historia lo ha previsto así. Aquí e donde el príncipe Eugenio consiguió una brillante victoria sobre los turcos y éste es el mejor lugar para volver a derrotarlos”. En efecto habría una segunda batalla de Karánsebes. Pero lo que iba a ocurrir allí es probablemente uno de los hechos más bochornosos de la historia bélica. Tal incidente refleja el extremo de decandencia moral al que había llegado el ejército austriaco.

Imagen Husares austriacos.

En la vanguardia del ejército, un contingente de húsares imperiales, cruzó el puente sobre el Timisul en Karánsebes en busca de turcos hostiles. Allí no había señal de un ejército otomano, pero los húsares se encontraron con un grupo de nómadas valacos (o gitanos), quienes se ofrecieron a vender aguardiente y muchachas a los cansados soldados. Los soldados de caballería después de un breve regateo llegaron a un acuerdo y se entregaron a los placeres que les ofrecían.

Unas horas más tarde, las primeras compañias de infantería cruzaban el mismo puente con las gargantas igual de secas. Cuando vieron la fiesta, los soldados de infantería pidieron alcohol también para ellos. Los húsares se negaron a repartir el aguardiente, y mientras que todavía estaban bebidos, construyeron fortificaciones improvisadas alrededor de su barril de aguardiente. Se originó una discusión acalorada, y un soldado disparó un tiro.

Inmediatamente los húsares y la infantería entablaron un combate unos contra otros. Los húsares desenvainaron sus sables y la infantería intentó una carga frontal con mosquetes y bayonetas caladas. Sonaron disparos y empezaron a caer muertos. Las cargas eran inútiles puesto que los húsares no cedían, entonces para sobrepasar la posición fortificada los infantes intentaron una estratagema. Gritaron: “¡Turken! ¡Turken!”, y la mera idea de enfrentarse con una de hueste de turcos aterrorizó de tal manera a los húsares borrachos que volvieron a cruzar el puente en dirección opuesta al galope tendido. Entre las unidades de infantería de la vanguardia también comenzó a cundir el pánico, asustados por sus propios gritos. Los oficiales gritaban desesperadamente a sus hombres “Halt Stehen bleiben! Halt! (¡Quédense donde están! ¡Alto!), pero era completamente inútil, la fuga ya era pura estampida sin orden ni concierto, además la mayoría de aquellos soldados eran húngaros, lombardos o eslovacos y a duras penas entendían una palabra de alemán en aquél “totum revolutum”. Se les había enseñado la palabra Vorwärts (¡Adelante!) y poco más. La situación empeoró cuando los oficiales, en un intento de restaurar el orden, gritaron “Halt! Halt!” (¡Alto! ¡Alto!), que fue interpretado mal por aquellos bisoños soldados sin conocimiento del idioma alemán como “¡Alá! ¡Alá!”.

Como la caballería corrió a través de los campos, un comandante de Cuerpo razonó que era una carga de caballería del ejército otomano, y ordenó que la artillería abriera fuego. Mientras tanto, al otro lado del río Timisul donde acampaba el grueso del ejército, ante tanto ruido y alboroto empezaron a huir los caballos de tiro, más los gritos y los fogonazos empezaron a excitar el ánimo de aquellos hombres y la angustia del gran miedo a morir. Ningún jefe capacitado trató de evaluar la situación y mantener y persuadir aunque fuera a sus hombres más inmediatos, todos sin excepción se unieron a la huida. ¿Quién podría explicar en aquél torrente políglota lo que había ocurrido al otro lado del río?. Los regimientos de retaguardia fueron alertados, pero incomunicados, empezaron a disparar a las sombras que se aproximaban hacia ellos, creyendo que eran hordas turcas que estaban en todas partes; mientras que en realidad estaban disparando a sus compañeros que huían del campamento.

El emperador José II, aún convaleciente de una enfermedad, aturdido, recibió un caballo para ser evacuado. Pero apenas acababa de montar fue derribado por la turba enloquecida, su guardia personal se abrió camino a sablazos para asistir a su emperador; pero eso no evitó que nuevo el emperador fuera derribado y acabara en el lecho del río Timisul. Empapado y espantado ante la idea de ser capturado por los turcos , se arrastró hasta una casa de Karánsebes donde finalmente fue rescatado por su guardía. A tal grado llegó aquella alocada fuga que ni la vida del emperador estuvo completamente a salvo. El pánico alcanzó proporciones desmesuradas. Todos corrían, imprecaban, rezaban, disparaban o morían. Las casas fueron saqueadas, las mujeres violadas y los pueblos incendiados. La senda del pánico quedó salpicada de mosquetes, sillas de montar, caballos muertos, tiendas de campaña,… de todos los despojos propios de un campo de batalla. Sólo mucho tiempo después los generales austriacos frenaron aquella fuga enloquecida, pero para entonces aquellas tropas estaban destrozadas y aturdidas por la conmoción.

Dos días después apareció ante Karánsebes el gran visir con sus tropas. No encontraron ningún ejército austriaco. En cambio, descubrieron ante ellos un espectáculo difícilmente superable: no menos de 10.000 austríacos muertos o heridos, cuyas cabezas fueron rápidamente cortadas.

Imagen José II

Tras esta debacle el emperador escribió al canciller Kaunitz: “Este desastre sufrido por nuestro ejército a causa de la cobardía de alguna de nuestras unidades aún es incalculable. El pánico reinaba por doquier, en nuestro ejército, en el pueblo de Karánsebes y en todo el camino hasta Timisoara, a diez leguas largas de allí. No puedo describir con palabras los terribles asesinatos y violaciones que se produjeron”.

Fuente: El Factor Clave. Erik Durschemied. Ed. Salvat
¡Qué risas, por Dios! :) :) :) :) Gracias por el hilarante documento. Menudo ejemplo de "ejército" que se derrota a sí mismo por una "disciplina" que no merece tal nombre. Y que no me vengan ahora con los inconvenientes de un ejército políglota. Aníbal o Marlborough se las apañaron bastante bien con ejércitos políglotas.

Estocada: Los turcos, como musulmanes, tenían la ventaja de que no bebían alcohol (en teoría, claro).
"Un ejército de ciervos dirigido por un león es mucho más temible que un ejército de leones mandado por un ciervo." Plutarco.

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Mensaje por Flogger »

Jaro escribió: Un espejo lejano está dedicado a los caballeros franceses del siglo XIV con toda su "arrogancia y frivolidad" como bien dice Gebisjäger, y culmina en Nicópolis, donde tanto de ellos encontraron la muerte.
Qué te puedo decir Gebisjäger? Muy buen relato! :lol:

Los franceses siempre pierden sus batallas por luchar sin ton ni son?
Exceptuando la época donde fueron liderados por Napoleón,
la mayoría de sus derrotas podrían haber sido victorias sonadas.
Siempre son más valientes, mejor armados que sus enemigos,
pero por ser desorganizados en la lucha han salido, casi siempre, peor parados.
No sé si el Ejército Francés actual ha aprendido de sus errores.

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Mensaje por Gebisjager »

LA BATALLA DE MYRIOKEPHALON 1176: La última gran oportunidad de los bizantinos

Manuel I Comneno reunió un gran ejército para tomar y destruir la ciudad de Ikoniom, capital del sultanato selyúcida de Ikoniom, quizá el primer paso para recuperar la meseta de Anatolia para el imperio bizantino. Su sultán, Kilidj Arslan II, bien informado, intentó por todos los medios evitar el enfrentamiento y encontrar un compromiso, pero Manuel lo rechazó y optó por la guerra.

ImagenPeninsula de Anatolia hacia 1176

Los turcos practicaron política de tierra quemada, quemaron los pastos, arrasaron cosechas y villas, envenenaron los pozos.... Aslan mandó constantes ataques sobre el ejército bizantino para forzarle a dirigirse al valle del Meandro y tomar un difícil paso entre montañas, el Tzyvritzé, ante el cual permanecían las ruinas de la vieja fortaleza de Myriokephalon (en Griego: miríada de cabezas), en las alturas actualmente conocidas como Asar Kalesi. Este paso, de unos 25 kilómetros de longitud, se inicia con un estrecho desfiladero al que siguen secciones muy sinuosas, irregulares y boscosas, que alternan anchuras y estrecheces, a veces limitadas por vertiginosos precipicios. La zona central es una amplia llanura elevada de casi 6 kilómetros de anchura. Después, una segunda sección estrecha similar a la primera continúa antes de abrirse a la región periférica de Ikoniom, ciudad que apenas dista 50 kilómetros del final del paso.

Los generales más expertos de Manuel le previnieron del peligro de llevar su pesado ejército a través del difícil desfiladero teniendo al enemigo enfrente; pero los príncipes más jóvenes confiaban en sus proezas y estaban ávidos de gloria. Convencieron a Manuel, que conocía bien el terreno, de que siguiera avanzando, en lugar de retroceder y flanquear a través de la ruta que pasaba por la ciudad de Philomelion, (actual Aksehir), pues ello les privaría del deseo de una rápida victoria.

Un estudio riguroso de fuentes y, sobre todo, el análisis del terreno permite afirmar que las tropas bizantinas, en total no superaban los 25.000 hombres. En estas cifras se incluía la fuerza del principado de Antioquía. De los turcos es casi imposibles dar cifras, siquiera aproximadas.

El ejército turco parecía esperar al bizantino en las angosturas del paso de Asar Kalesi , lo cual era, en teoría, la opción más juiciosa, dada su teórica inferioridad. Muy de madrugada los dos ejércitos establecieron contacto visual. La vanguardia bizantina (sobre todo infantería) arremetió casi inesperadamente contra los turcos que aparentaban astutamente haber sido sorprendidos y emprendieron lo que parecía una alocada huida a través del paso.

El ejército bizantino siguió a su vanguardia sin tomar más precauciones. Penetraron en tromba por el paso siguiendo un orden clásico "romano". En segundo lugar marchaban los regimientos de élite, los Tágmata; detrás el "ala derecha", la caballería bajo el mando de Balduino de Jerusalén, seguido por el pesado bagaje y el tren de asedio. Después el "ala izquierda", la guardia del emperador, y por último la retaguardia, con tropas escogidas dirigidas por el comandante más capaz, Andrónico Vatatzés. Cuando la vanguardia llegó al final de la primera parte del paso, la retaguardia empezaba a entrar. Las secciones habían perdido contacto y el ejército estaba estirado al máximo, sobre todo el ala derecha que intentaba no perder de vista a los que marchaban por delante ni tampoco el bagaje y el tren de asedio, que cada vez hacía más lento su camino en aquel espacio tan difícil.

Importantes destacamentos turcos se habían ocultado entre los árboles y barrancos, en los sectores más propicios de aquel primer tramo del paso. En un momento dado cayeron como una marea furiosa sobre la desparramada ala derecha y el bagaje. Los soldados imperiales estaban tan estrechamente amontonados que apenas podían mover las manos. La carnicería fue grande. Balduino mismo resultó muerto, los carros incendiados y los animales yacentes bloquearon el camino. Al parecer una inesperada tormenta de arena que se desencadenó complicó aún más el panorama para los bizantinos que no eran capaces de entender bien qué estaba ocurriendo.

Imagen Emboscada turca en el paso

Afirman que el emperador Manuel perdió la compostura y no fue capaz, durante algún tiempo, de tomar medida alguna. Sus mejores oficiales al final consiguieron que reaccionara, se organizaron compañías que en cerrada formación defensiva se fueron abriendo paso, limpiaron de enemigos el recorrido, empujaron fuera los bagajes y carros y permitieron que todas las tropas, al caer la tarde llegaran al espacio abierto "medianero" en el paso. Allí la vanguardia y los Tágmata les esperaban, en una posición fortificada en un tiempo record, porque intuían que atrás habían ocurrido problemas serios.

Durante toda la noche los bizantinos hubieron de repeler ataques feroces de jinetes turcos cuyos alaridos retumbaban entre las "mil" rocas o picos del paso.
.
Al día siguiente, Manuel y sus oficiales pudieron valorar la situación. El ejército combatiente no había sufrido pérdidas decisivas, seguía siendo muy superior al turco; pero habían desaparecido los elementos de logística (no quedaba forraje, alimentos ni agua) y, sobre todo, los artefactos y materiales imprescindibles para el asedio a Ikoniom cuya construcción no podía improvisarse.

Procedía, ahora sí, llegar a un acuerdo con Kilidj Aíslan, el cual tampoco estaba en condiciones de batir al ejército imperial . Se aceptó mantener el statu quo y el ejército bizantino pudo regresar a su país sin mayores contratiempos. "La retirada al día siguiente le permitió ver a Manuel, a cada paso, el sangriento recuerdo de la batalla, máquinas de guerra volcadas, caballos con el vientre abierto, cadáveres por millares".

Manuel cometió errores tácticos muy graves, y ello condujo a su ejército a una sangrienta y cantadísima emboscada:

- Por no explorar adecuadamente el terreno montañoso y considerar otras alternativas

- Por comportarse de manera temeraria y fuera de toda sensatez continuando adelante, a pesar de que sus exploradores le informaron de que los turcos seljúcidas ocupaban la sierra que dominaba el paso.

El propio Manuel comparó la derrota con la de Mantzikert, y como en aquel caso, se convirtió en un desastre legendario. En Occidente, Federico I pudo ufanarse y humillar al emperador Manuel, según una carta que se conserva, exigíendo a Manuel que, como rey de los griegos, que le tributase la sumisión debida. Mayor ultraje no cabía para quien se consideraba el genuino Emperador de los romanos. Al parecer, "dicen que a partir de ese día, no se le vio nunca más reír”. En realidad, aunque fue una grave derrota, Myriokephalon no arruinó el ejército bizantino. En 1177, las fuerzas imperiales ya estaban nuevamente combatiendo en la zona ganando algunos territorios perdidos. Hasta su muerte en 1180, Manuel continuó batallando contra los selyúcidas con cierto éxito.

Sin embargo, ya no volvió a intentarse, nunca más, otra campaña a gran escala. El Imperio había perdido la iniciativa, y, al igual que en Manzikert, el equilibrio entre ambos poderes empezó a cambiar. Myriokephalon tuvo mayor impacto psicológico que militar, pues demostró que el Imperio aún no podía derrotar a los selyúcidas. Todo lo cual dio a los selyúcidas tiempo suficiente para rearmar sus huestes, y aprovechar la creciente debilidad bizantina y adentrarse cada vez más al oeste.

Imagen Manuel I Comneno

Con la muerte de Manuel, y tras el trágico final del usurpador Andrónico I Comneno, el Imperio cayó en el caos y la apatía; ya no sería capaz de emprender una gran ofensiva en el este. En último término, la derrota significó que los bizantinos perdieron definitivamente el control sobre la meseta de Anatolia.

http://www.imperiobizantino.com/myriokephalon.html
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Mensaje por Gebisjager »

SIRACUSA 413 a.C: El declive de la talasocracia ateniense

Creer que el resultado de ciertos acontecimientos está predeterminado, avocarse al fatalismo o preferir dejar decisiones vitales a la suerte, es un caso de incompetencia que puede acarrear trágicas consecuencias, más que por acción por omisión.

Imagen Sitio de Siracusa

Un ejemplo temprano lo encontramos en Nicias, comandante de la expedición ateniense a Siracusa. En el verano del 413 a. C. Nicias se encontraba agotado y enfermo, por lo que pasó el mando a Demóstenes (el general que había fortificado Pilos una docena de años antes), el cual había llegado con nuevos refuerzos ( 65 navíos y 1200 hoplitas atenienses). En la primera noche de su llegada, emprendió el asalto de las fortificaciones siracusanas en Epípolas; sin embargo, los atenienses sufrieron grandes pérdidas, viéndose obligados a retirarse. Demóstenes analizándo objetivamente el panorama, llegó a la conclusión, junto con su segundo estratega Eurimedonte, de que lo único que se podía hacer era levantar el sitio de Siracusa y marcharse, y pronto.

Pero el comandante en jefe era el insensato y vacilante Nicias. Había sido lento en atacar cuando el ataque podía haberle dado la victoria; y ahora era lento en retirarse cuando la evacuación era necesaria .Sabía que la culpa del fracaso sería suya y no osaba enfrentarse a la ira del pueblo ateniense. Por ello, difirió la toma de una decisión por un mes, con la excusa de que había facciones pro-atenienses en Siracusa se estaban preparando para entregarle la ciudad. Un mes después, lo único que había sucedido era que el enemigo había recibido más refuerzos. Parecía obvio que los atenienses debían partir ya, sin menor demora.

Imagen Hoplita ateniense

Cuando la expedición estaba a punto de embarcar, el 24 de agosto de 413 a. C., se produjo un eclipse total de luna. Las tropas declararon que aquello era un mal presagio y se negaron a embarcar, presionando a su general para que esperara un día más apropiado. Nicias, hombre tremendamente supersticioso, prohibió todo movimiento hasta la realización de ciertos ritos religiosos, y esperar “las tres veces nueve días prescritos por los adivinos”.

“Cuando todo estaba a punto, sin que ninguno de los enemigos lo observase, como que tampoco lo esperaban, en aquella misma noche se eclipsó la Luna; cosa de gran terror para Nicias y para todos aquellos que, por ignorancia y superstición, se asustan con tales acontecimientos, porque, en cuanto a oscurecerse el Sol hacia el día trigésimo, ya casi todos saben que aquel oscurecimiento lo causa la Luna; pero en cuanto a ésta, que es lo que se le opone, y como hallándose en su lleno de repente pierde su luz y cambia diferentes colores, esto no era fácil de comprender, sino que lo tenían por cosa muy extraordinaria y por anuncio que hacia la Diosa de grandes calamidades…” (Vidas paralelas de Plutarco IV Nicias, XXIII)

Imagen Trirreme griega

Tal decisión fue suicida. Así las cosas, Gilipo (general espartano al mando de los siracusanos) ordenó bloquear la entrada del Puerto Grande colocando una hilera de trirremes y naves mercantes, anclados y amarrados unos a otros. Hubo dos intentos atenienses, concluidos en desastrosas batallas navales. En concreto, el 10 de septiembre los atenienses zarparon en una acción deseperada y navegaron en línea recta hacia la salida del puerto. La batalla fue caótica por lo reducido del espacio y la cantidad de naves, dando como resultado una victoria aplastante de los siracusanos. En esta acción murió Eurimedonte.

No quedaba más posibilidad que luchar en tierra hacia Helorum, en desesperadas batallas que era imposible ganar. Nicias luchó bravamente, al menos, pero no podía haber más que un fin. El ejército ateniense fue muerto o capturado en su totalidad. De los 50.000 soldados enviados por Atenas contra Siracusa sólo se salvaron estos 7.000, los cuales tras ser sometidos a duros y penosos trabajos durante 7 meses en la canteras, fueron vendidos como esclavos. Nicias y Demóstenes fueron ejecutados.

Imagen Retirada de Nicias y Demóstenes

La catástrofe de la campaña siciliana quebró para siempre el espíritu de Atenas. Siguió luchando bravamente en la guerra del Peloponeso, y en el siglo siguiente tuvo alguna actuación brillante, pero nunca recuperó su ilimítada confianza en sí misma.

http://www.livius.org/pb-pem/peloponnes ... ition.html

http://www.livius.org/su-sz/syracuse/siege.html

http://es.wikipedia.org/wiki/Expedici%C3%B3n_a_Sicilia
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Mensaje por Gebisjager »

LA BATALLA DE HATTIN 1187: Jerusalén derrotada en el desierto

“… porque está escrito, aquel que se aventure en los páramos sin rendir homenaje a Alá está condenado a perecer….”

El movimiento cruzado se había iniciado hacia el último cuarto del siglo XI, tras la derrota de Manzikert (1071), cuando las hordas de turcos seljúcidas habían derrotado a los ejércitos de Imperio Romano de Oriente, y amenazaban su propia existencia. Entonces, Constantinopla, a pesar de su abierta disputa con la Iglesia de Roma, pidió ayuda al Papa para recuperar Asia Menor. Urbano II proclamó en 1095 la primera cruzada, y en 1099 los cruzados ya habían tomado la “Ciudad de Dios”, Jerusalén. Durante casi un centenar de años la existencia de los reinos cristianos en Tierra Santa transcurrió tranquila y resueltamente, pero con la desastrosa derrota del emperador bizantino Manuel Conmeno en Myriokephalon (1176) las cosas comenzaron a cambiar . Sin el apoyo de Bizancio, los caballeros francos no contaban con hombres suficientes para resistir la cada vez mayor presión que ejercían los estados musulmanes.

Imagen Imperio Saladino 1171-1193

Saladino, o Salah ed-Din, a partir de 1171 fue nombrado Califa de Egipto y visir de Siria, de modo que los reinos francos eran unos enclaves prácticamente rodeados por sus tierras, que sólo contaban por corredor marítimo con Chipre, y de ahí a Europa. Durante 13 años los cristianos habían podido mantener a raya a Saladino, hasta que dos sucesos alteraron este precario equilibrio:

- El asalto de una gran caravana de peregrinos musulmanes por parte de Reinaldo de Chatillón, señor del Krak y del señorio de Oultrejordain, capturando oro y especias, así como numerosos prisioneros. Se cree que la historia de que la hermana de Saladino y su hijo se encontraban en dicha caravana es falsa.

- El incidente de las fuentes de Cresson . Un contigente de tropas musulmanas, al mando del hijo de Saladino, Malik al-Afdaf, cruzaban pactadamente las tierras de Raimundo de Trípoli, pero eso no impidió que Gérard de Ridefort, Maestre del Temple, se enfrentara a las mismas en clara desventaja numérica. Una precipitada carga de caballería y el rápido cerco de los cristianos selló su derrota, de la que escapó Gerád de Ridefort milagrosamente.

Imagen Saladin

Sin embargo, tales hechos fueron la excusa perfecta para romper la tregua y reanudar la guerra, tanto por parte de Saladino como del rey de Jerusalén, Guy de Lusignan, que congregaron sus huestes y se prepararon para la batalla.

Saldino concentró “un ejército innumerable como el océano”, al que se sumaron unidades de Egipto, Mosul y Maradin. El día 2 de julio de 1187, Saladino atacaba y sitiaba Tiberiades, donde por un accidente en los almacenes de la ciudad el fuego se extendió a todo el villorrio a excepción de la ciudadela, que resistía heroicamente, bajo el liderazago de Eschiva, la esposa del conde de Trípoli.

Imagen Guy de Lusignan

Ese mismo día, el rey Guy celebraba un consejo de guerra en Sephorie. Durante el consejo, reunido por orden del rey, Raimundo III de Trípoli se inclinó por dejar caer Tiberíades, a pesar de que su mujer, estuviera en la ciudadela. Sabía que el sultán Saladino, siempre obraría de acuerdo con el honor sarraceno y nunca haría daño a una mujer de alcurnia, a la vez que era consciente de que el sultán era astuto como un zorro del desierto. Sabía a la perfección que era lo que buscaba Saladino: Forzar al ejército franco a realizar una precipitada misión de rescate que sólo podría llevarlo al desastre. El rey se inclinaba a seguir el sabio consejo de Raimundo. No obstante, esa misma noche, después de la cena que el rey compartió con sus caballeros, entraron en juego la intriga, la vanidad y la ambición (los componentes perfectos para una nueva historia de incompetencia militar). Gérard de Ridefort ( caballero muy poderoso, cuyo apoyo había sido vital para usurpar la corona), quería borrar su fracaso en fuentes de Cresson y se aprovechó de la debilidad del rey para persuadirlo de atacar cuanto antes. “Señor, el conde de Trípoli quiere que nos arrastremos como cobardes”.

La opinión del Maestre del Temple surtió efecto, y el día 3, al alba, el rey hizo levantar el campamento , a pesar de la oposición de los barones. Por última vez, el conde de Trípoli intentó cambiar la decisición del rey: “Rey Guy, te lo advierto, no debemos movernos de aquí o Saladino caerá sobre nosotros en el desierto con toda seguridad”. El rey se volvió a aquél que no había apoyado sus aspiraciones al trono de Jerusalén, y le replicó con indignación: “¡No tenéis por qué decir a vuestro rey lo que tiene que hacer! Quiero que mis caballeros monten y se preparen para avanzar hacia Tiberiades”.

Ahora frente a las huestes francas se extendía un desierto abrasador y árido: la llanura de Baruf. Aventurarse en él en el calor del día sería ir a una muerte segura para un ejército de caballeros con armadura y cota de malla. Pero eso era precisamente lo que Guy de Lusignan, rey de Jerusalén,había ordenado hacer.

Imagen Caballeros cruzados

Aproximadamente 15.000 caballeros e infantes comenzaron la marcha hacia el lejano mar de Galilea. A la cabeza de la vanguardia iba Raimundo de Trípoli, dirigiendo la retaguardia Balian d´Ibelin. En el centro cabalgaba el rey Guy de Lusignan protegiendo junto a los obispos Rufino de Acre y Benardo de Lydda la Vera Cruz. Otros jefes cristianos eran los Maestres del Temple y del Hospital, Reinaldo de Chatillón, Reginaldo de Sidón y Walter de Garnier, señor de Cesarea. Como la distancia que había que cubrir era relativamente corta el rey esperaba cruzar los páramos en menos de un día, y no queriendo que los carros con agua tirados por bueyes frenaran la marcha de su ejército, decidió no llevarlos. Tal decisión se mostraría como un terrible error de cálculo.

Cuando Saladino recibió el informe de que el ejército cristiano había iniciado la marcha quedó encantado. Ordenó que arqueros de caballería ligera hostigaran a los cristianos que avanzaban lentamente. Estos provocaron a los cruzados con fechas pero sin lanzarse a ataque abierto, conocedores de la precisión de los dardos disparados por los arqueros francos. El rey Guy no estaba demasiado preocupado; unos pocos arqueros no podían causar daño a sus caballeros con recias corazas. Aunque los infantes protegían a los caballeros de las flechas, no podían resguardecer a los guerreros vestidos de cota de malla, ni a sí mismos del impecable sol del desierto. El terreno calcáreo reflejaba el calor desde los riscos y convertía el valle en una caldera hirviente. Pronto estuvieron vacías todas las cantimploras y los hombres comenzaron a quejarse de sed, el calor y el polvo. El rey Guy de Lusignan dejó pasar la oportunidad de abastecer de agua a sus huestes cuando ignoró un pequeño desvío hacia los llanos de Touraan. A última hora de la mañana todos eran conscientes de que no era posible retornar y que la provisión de agua solo era posible en las cercanías del mar de Galilea. La columna tendía a alargarse, perdiendo orden y disciplina. De repente de aujeros en el suelo comenzaron a emerger hombres con antorchas que incendiaron montones de matorrales secos que habían sido apilados para formar un semicírculo de fuego que cortase el camino. Sin duda el calor y la densa humareda empeoraron las condiciones de los cruzados. Esto fue el golpe de gracia, la retirada era imposible y la sed insoportable.

La sed comenzaba a cobrarse su tributo entre los hombres y las bestias. Mientras los animales caían exhaustos o simplemente morían, los hombres perdieron la razón por la falta de agua y comenzaron a pelear entre ellos. Los caballeros que intentaban escapar a través del denso humo caían bajo las espadas de los sarracenos. Otros, heridos por las flechas o enloquecidos por la sed, cayeron de sus caballos y quedaron asándose entre los matorrales en llamas. Algunos infantes salieron de la formación y fueron a rendirse a los sarracenos. A cambio de agua aceptaban el Islam como su nueva fe.

Desde su posición elevada, los cruzados podían ver a lo lejos los reflejos de las claras aguas del mar de Galilea, lo que empeoraba en gran manera su tortura. Pero el ejército cristiano no podía alcanzarlas porque dicha ruta estaba cortada por el numeroso ejército de Saladino. Llegados a este punto, el conde Raimundo viendo la imposibilidad de atravesar el frente, convenció al rey Guy en hacer un giro hacia el norte tomando un sendero que conducía a las fuentes de los Cuernos de Hattin, que distaban unos 6 kilometros de allí, y desde donde poder alcanzar el lago Tiberiades al día siguiente.

Cuando la hueste de francos se volvió hacia el norte, Saladino ya había sido informado del plan de Raimundo por uno de los caballeros capturados. Así para cortar el camino de los cruzados hacia los pozos lanzó un ataque con toda su caballería, encabezada por su sobrino Taqui ed-Din, que bloqueó el paso por las colinas hacia los Cuernos de Hattin. En el mismo lugar donde según la leyenda pronunció Cristo su Sermón de la Montaña, Raimundo cargó, y el combate que hubo a continuación fue una terrible carnicería. Los hombres de Taqui chocaban inútilmente contra los caballeros vestidos con cotas de malla, que luchaban con la furia de hombres enloquecidos por la sed. La superioridad numérica de los musulmanes no servía de nada al combatir en un frente estrecho. Los turcos comenzaron a titubear y finalmente cededieron ante el implacable ariete cristiano.

Imagen

La furiosa carga del conde de Trípoli había obrado el milagro de romper las líneas turcas. De modo que volvió su montura para hacer la seña al cuerpo principal de que le siguiese. Pero, ¡no se movían!. Es como si el rey tuviera miedo de exponer la sagrada reliquia. Al poco, llegó un mensajero del Guy transmitiendo a Raimundo la orden de no perseguir a los turcos, parar y plantar un campamento en aquel suelo rocoso. Deseperado, Raimundo cabalgó hasta el rey: “Mi señor, tenemos que movernos o esto es el fin. La guerra ha terminado, hemos sido traicionados y hemos perdido nuestras tierras. Si no podemos llegar al agua esta noche nuestro ejército estará acabado”.

El rey no cambió de idea y plantó su tienda en una colina cercana. Esa noche, todas las fuerzas del ejército de Saladino se pusieron en movimiento y rodearon el campamento de tal manera que “ni un gato podría haber escapado”. Cuatrocientos camellos cargados de flechas llegaron, las cuales fueron distrubidas. Además una caravana camellos iba y traía pellejos llenos de agua desde el lago Tiberiades, que se vaciaban en depósitos previamente preparados. Su moral era elevada. Mientras la vigilia en ejército latino sediento y desmoralizado se hizo insoportable, tenían que oir los tambores, oraciones y cantos de sus crecidos enemigos, que además se burlaban esparciéndoles agua.

A la amanecer del 4 de julio de 1187 el ejército cristiano se despertó y formó preparándose para subir la larga cuesta hacia los pozos de Hattin. En lugar de avanzar en columnas ordenadas, muchos infantes rompieron las filas y echaron a correr por las colinas con la esperanza de llegar al agua. Lo que encontraron fueron apretadas formaciones de sarracenos que los diezmaron con una nube de flechas, oremados bajo el peso de sus espadas. Entonces Saladino cargó sobre las alas de los caballeros cruzados. La vanguardia de Raimundo recibió el primer golpe. Los infantes que habían sobrevivido con sus lanzas descabalgaron muchos sarracenos. Mientras los caballeros con sus corazas formaban una muralla impenetrable a las fechas de los arcos cortos. Las cargas y contracargas se sucedían. Se masacraron unos y otros en una tremenda carnicería. Saladino seguía el desarrollo de los acontecimientos con ansiedad creciente. A pesar de su exiguo número, los caballeros hacían retroceder a los turcos. La batalla cambiaba de signo alternativamente: los templarios y hospitalarios cargaban contra los sarracenos hasta que una nueva oleada de turcos cargaba contra los cristianos, cuyo número se reducía con cada asalto. No podían durar; los últimos cientos de caballeros cristianos no podían aguantar mucho más tiempo las sucesivas oleadas de miles de soldados que caían sobre ellos desde todas las partes.

Imagen Saladin contra Guy de Lusignan

El conde Raimundo de Trípoli en un último y desesperado esfuerzo alzó su espada y dirigió un reducido grupo de los suyos en una furiosa carga contra el centro de la línea de Taqui ed-Din. Tal vez por orden del sultán Saladino, que respetaba más que nadie el valor de aquel enemigo cristiano, los sarracenos no ofrecieron casi resistencia y permitieron la salida de Raimundo y los suyos hacia las colinas. Entonces las filas volvieron a cerrarse y el destino del rey y sus últimos seguidores quedó definitivamente sellado.

Los infantes que quedaban corrieron a la colina norte de los cuernos y dejaron a los caballeros a su suerte. Ningún argumento ni súplica del rey Guy los hizo volver al combate. Entonces el rey reunió a sus menguadas alrededor del estandarte real y de la Vera Cruz. Saladino envió sus últimas fuerzas de reserva contra los caballeros ahora desmontados. Lo que acabó definitivamente con la resistencia de los francos no fue la caída de la tienda roja de su rey, sino un contundente ataque de Taqui ed-Din, que dió muerte al obispo de Acre , custodio de la sagrada reliquia, y tomándo la Cruz para gran júbilo de los turcos. Con la perdida de la reliquia más sagrada de la cristiandad la moral de los caballeros francos se derrumbó por completo. Arrojaron las armas y esperaron su captura. Las hordas de sarracenos cayeron sobre ellos causando una gran matanza. En la retaguardia hacia el final de la batalla aún pudieron huir cierto número de caballeros junto a Balian d´Ibelin y Reginaldo de Sidón. Entre los cautivos se hallaban el rey Guy, su hermano Godofredo, el condestable Amalric de Lusignan, Reinaldo de Chatillón (en breve ajusticiado), el Maestro de los Templarios, el Maestre de los Hospitalarios, el obispo de Lidde y otros barones principales. Por tanto, prácticamente todo el mando del reino, a excepción de Raimundo, Balian d´Ibelin y Joscelyn de Courtnay habían caído en las manos de Saladino.

Las consecuencias de la desastrosa batalla de los Cuernos de Hattin, resultado de un mando tan desafortunado, pronto se hicieron sentir. Saladino empezó casi sin oposición una “guerra relámpago”. Tres días después de Hattin, el 7 de julio, se rindió Tiberiades, y el 10 Acre abría sus puertas al victorioso sultán. Luego cayeron Jaffa y Nazaret, seguidas de Sefuria, Cesárea y Haifa. Nablus fue la siguiente, Sidón cayó el 29 de julio y Beirut el 6 de agosto. Solo Tiro aguantó gracias a la oportuna llegada por mar del conde Conrado de Montferrato. Saladino levantó el sitio y se trasladó a Askelón, que se rindió el 5 de septiembre. Desde allí Saladino se dirigió a lnorte, al corazón del conflicto: Jerusalén, defendida por Balian d´Ibelin. El sultán llegó a sus puertas el 19 de septiembre y pronto sus ingenieros habían abierto una brecha en sus murallas. Los defensores aún resistieron, pero todo había acabado el 2 de octubre. La ciudad fue saqueada, los símbolos cristianos destruidos y los católicos muertos o tomados como rehenes. Con la noticia de la caída de Jerusalén en Europa se preparó la 3ª Cruzada para recuperar todo lo perdido.

Imagen Estados cruzados en 1190

Fuentes: El factor clave. Eric Durschmied. Ed. SALVAT
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Mensaje por Flogger »

Excelente como siempre tus relatos.
Un par de observaciones.
Los sarracenos eran turcos?

Respecto a la caída de Jerusalen luego de Hattin creo que no hubo una matanza de la población cristiana. Saladino pactó con la guarnición la evacuación de la ciudad.

Sin embargo, cuando la ciudad fue conquistada por los cruzados, en el siglo anterior, realizaron tal orgía de destrucción que se decía que la sangre llegaba hasta los tobillos.

Saludos

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Mensaje por satrack »

Desde luego Gebis, vales tu peso en oro, :dpm:
Gracias
Flogger, en general sarraceno era el nombre que se les daba a los arabes musulmanes, no creo que con este nombre se denominase a los turcos.
Saladino era kurdo y ahora sería iraqui, de Tikrit, por eso Saddam se autodenominaba el nuevo Saladino (eran del mismo pueblo) y tambien Nabucodonosor
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Flogger escribió:Excelente como siempre tus relatos.
Un par de observaciones.
Los sarracenos eran turcos?

Respecto a la caída de Jerusalen luego de Hattin creo que no hubo una matanza de la población cristiana. Saladino pactó con la guarnición la evacuación de la ciudad.

Sin embargo, cuando la ciudad fue conquistada por los cruzados, en el siglo anterior, realizaron tal orgía de destrucción que se decía que la sangre llegaba hasta los tobillos.

Saludos
Sarraceno es el nombre común que como apunta correctamente satrack que se da a los musulmanes.

Saladino es de origen kurdo, pero el grueso de sus tropas profesionales estaban formadas por turcos (caballeria y arqueros) y kurdos.

Respecto del punto de la rendición de Jerusalén ciertamente las fuentes hablan de negociación y salida pactada de la población cristiana latina o católica (capitulaciones del 2 de octubre), pues se otorgó un plazo de 40 días para pagar rescate, y unos 7.000 cristianos pobres fueron liberados a cambio de 30.000 besantes. Sin embargo, muchos otros no pudieron pagar su libertad (más de 15.000), los cuales serían sometidos al cautiverio y esclavitud. La mayoría de los edificios religiosos se trasformaron para el culto musulmán, y si acaso se respetaron los templos de rito cristiano no latino.

Sin duda, Saladino fue caballeroso y aplicó la caridad musulmana con los vencidos (se dice también que liberó a los ancianos incapaces de pagar el rescate). Pero en realidad esta amnistía no alcanzó a todos. Desde luego no hubo masacres como las que en el 1099 protagonizaron los cruzados, pero cuando entraron los musulmanes seguro que no fue un camino de paz y gloria, y en ese sentido (conforme a mí fuente Eric Durschmied) entiendo que hubo saqueos, rehenes y destrucción de templos y símbolos cristianos.

Mientras voy a buscar haber que encuentro de la caída de Jerusalén en 1187.

Saludos.
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Gebisjäger escribió:
Flogger escribió:Excelente como siempre tus relatos.
Un par de observaciones.
Los sarracenos eran turcos?

Respecto a la caída de Jerusalen luego de Hattin creo que no hubo una matanza de la población cristiana. Saladino pactó con la guarnición la evacuación de la ciudad.

Sin embargo, cuando la ciudad fue conquistada por los cruzados, en el siglo anterior, realizaron tal orgía de destrucción que se decía que la sangre llegaba hasta los tobillos.

Saludos
Sarraceno es el nombre común que como apunta correctamente satrack que se da a los musulmanes.

Saladino es de origen kurdo, pero el grueso de sus tropas profesionales estaban formadas por turcos (caballeria y arqueros) y kurdos.

Respecto del punto de la rendición de Jerusalén ciertamente las fuentes hablan de negociación y salida pactada de la población cristiana latina o católica (capitulaciones del 2 de octubre), pues se otorgó un plazo de 40 días para pagar rescate, y unos 7.000 cristianos pobres fueron liberados a cambio de 30.000 besantes. Sin embargo, muchos otros no pudieron pagar su libertad (más de 15.000), los cuales serían sometidos al cautiverio y esclavitud. La mayoría de los edificios religiosos se trasformaron para el culto musulmán, y si acaso se respetaron los templos de rito cristiano no latino.

Sin duda, Saladino fue caballeroso y aplicó la caridad musulmana con los vencidos (se dice también que liberó a los ancianos incapaces de pagar el rescate). Pero en realidad esta amnistía no alcanzó a todos. Desde luego no hubo masacres como las que en el 1099 protagonizaron los cruzados, pero cuando entraron los musulmanes seguro que no fue un camino de paz y gloria, y en ese sentido (conforme a mí fuente Eric Durschmied) entiendo que hubo saqueos, rehenes y destrucción de templos y símbolos cristianos.

Mientras voy a buscar haber que encuentro de la caída de Jerusalén en 1187.

Saludos.
Gracias por la información Satrack y Gebisjäger.
No esperaba que Saladino fuera un Humanista del siglo XXI,
pero no pagó con la misma moneda de la conquista de Jerusalen por los cristianos

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Mensaje por Gebisjager »

Respecto a la toma de Jerusalen por Saladino en 1187, la historia oficial alaba su generosidad al permitir el paso de todos los que se pudieron permitir el pago de una tasa o rescate, remarcar si acaso que decapitó delante de las murallas a todos los caballeros templarios que capturó.

Es interesante leer el relato de Amin Maalouf en "Las Cruzadas vistas por los árabes" (capítulo X).
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Gebisjäger escribió:Respecto a la toma de Jerusalen por Saladino en 1187, la historia oficial alaba su generosidad al permitir el paso de todos los que se pudieron permitir el pago de una tasa o rescate, remarcar si acaso que decapitó delante de las murallas a todos los caballeros templarios que capturó.

Es interesante leer el relato de Amin Maalouf en "Las Cruzadas vistas por los árabes" (capítulo X).
Lo tengo, pero aún no he tenido tiempo para leerlo.
Recorrí todo Buenos Aires hasta encontrarlo, ya que lo habían recomendado aquí en EGC.

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