Fútbol, Trincheras y Diplomacia de Guerra

Toda la Historia Militar desde 1453 hasta 1900

Moderador: Prinzregent

Responder
Avatar de Usuario
Rafa.Rodrigo (kappo)
General de División
General de División
Mensajes: 9745
Registrado por: 18 años 1 mes
Ubicación: Pozuelo de Alarcón
Contactar:

Medallas

Parches

Fútbol, Trincheras y Diplomacia de Guerra

Mensaje por Rafa.Rodrigo (kappo) »

Ha comenzado el mundial y el mundo se vuelve loco viendo a 22 hombrecillos peleando por el mismo balón. ¿Por qué no comprar a cada uno el suyo propio y evitar tanta tensión y disputa?

Bueno, pongámonos en serio:

Estimados compañeros y apasionados todos de la historia y muchos del fútbol o deporte rey :

Con motivo del inicio del campeonato mundial, iniciamos hoy una serie dedicada a analizar una relación tan estrecha como, a menudo, pasada por alto en las academias militares: el cruce de caminos entre el balompié, la historia militar y la geopolítica de los siglos XIX, XX y XXI.

A primera vista, vincular el deporte rey con la guerra puede parecer un ejercicio de frivolidad superficial. Sin embargo, si profundizamos en los acontecimientos, descubrimos que el fútbol ha operado repetidamente como un elemento de movilización de masas, un instrumento de propaganda, una extensión de la guerra psicológica en el frente y, en ocasiones, el único lenguaje común capaz de imponer un alto al fuego temporal entre enemigos irreconciliables. (Si por un partido llegó a pararse una guerra)

El escritor Eduardo Galeano definió perspicazmente el fútbol como la "sublimación de la guerra". No le faltaba razón desde el punto de vista del análisis estratégico. Un partido de fútbol replica, a escala reducida y sin derramamiento deliberado de sangre, los principios fundamentales de la doctrina militar clásica descritos por teóricos como Carl von Clausewitz o Sun Tzu (Autores a los que todos dicen haber leído por completo) :

La ocupación del espacio y el control territorial: Dos fuerzas enfrentadas que despliegan líneas de defensa, contención y vanguardia para romper el dispositivo enemigo. (¿Falso 9, 4-4-2 o mejor aquel 3-2-5)
La guerra de movimientos frente a la guerra de posiciones: Evoluciones tácticas que varían desde el contragolpe fulminante (la Blitzkrieg futbolística) hasta el repliegue intensivo y el desgaste del rival. (Plantar el autobús)
La cadena de mando: La figura del estratega en el banquillo y los oficiales tácticos sobre el terreno de juego (los capitanes) dirigiendo el esfuerzo colectivo. (Del Bosque, Miguel Muñoz o Maradona - que tmbién fue entrenador-)

A lo largo de los próximos días, examinaremos cómo esta estructura conceptual saltó de los tableros de juego a los teatros de operaciones reales. No nos detendremos en la simple anécdota superficial; analizaremos los hechos bajo el prisma de la historiografía militar. Veremos cómo el esfuerzo de guerra británico durante la Primera Guerra Mundial recurrió al alistamiento en masa de plantillas completas para formar unidades de choque específicas, como el 17º Batallón del Regimiento de Middlesex (los famosos Football Battalions), cuya moral en el Somme dependió literalmente de un balón de cuero. (Y ellos no pero otro batallón atacó con ¡4 balones de cuero!Dos de ellos hoy están en sendos museos :-o )

Analizaremos con frialdad documental el uso que los regímenes totalitarios del siglo XX hicieron del deporte: desde la absorción forzosa de la mejor generación austríaca por el Tercer Reich tras el Anschluss de 1938, hasta la macabra instrumentalización de la Liga Terezin en el gueto de Theresienstadt, utilizada por las SS como una operación de desinformación visual frente a la Cruz Roja Internacional. O aquel mítico equipo ucraniano que inspiró la película "Evasión o victoria" - vaya elenco de futbolistas -.

Asimismo, desmontaremos mitos historiográficos muy extendidos, como la mal llamada "Guerra del Fútbol" de 1969 entre El Salvador y Honduras, demostrando que el partido de clasificación mundialista no fue la causa del conflicto, sino el detonante propagandístico de una crisis estructural de carácter agrario y migratorio largamente incubada.

Viajaremos también a los conflictos de finales del siglo XX, analizando cómo el Estadio Nacional de Chile se transformó en un centro de detención y de guerra política tras el golpe de 1973, o cómo las gradas de los estadios yugoslavos (como el Maksimir de Zagreb o el Marakana de Belgrado) funcionaron como los verdaderos laboratorios de reclutamiento para las milicias paramilitares que asolaron los Balcanes en los años 90.

El fútbol, en definitiva, ha demostrado ser un elemento de cohesión identitaria tan potente que los estados mayores no han podido ignorarlo. Ha servido para financiar ejércitos en el exilio—como la Selección de Euskadi durante la Guerra Civil Española—y ha funcionado como herramienta de diplomacia blanda o soft power para pacificar temporalmente una nación rota, como ocurrió con el célebre "Milagro de Bouaké" liderado por Didier Drogba en la Costa de Marfil de 2007.

Queda abierto este espacio introductorio para el debate. En la próxima entrega, nos pondremos el casco de trinchera para viajar a 1914 y 1916, analizando el papel del balón en el frente occidental de la Gran Guerra.

Imagen
Miembros del 17.º Batallón del Regimiento de Middlesex, ​​1915 (c)

PD: Hablamos de fútbol y conflictos bélicos, por favor opiniones fuera de tono serán severamente censuradas, ya que vamos a mezclar en un coctel más peligroso que el Molotov fútbol, política y guerra. Ahí es nada. Así que espero sepan guardar bien la compostura o soltare a "Cancerbero" para que os meta en cintura. :-|>-
[...] y 100 millones de ducados [...]
------------------------------------
Ab insomne non custita dracone
Avatar de Usuario
Rafa.Rodrigo (kappo)
General de División
General de División
Mensajes: 9745
Registrado por: 18 años 1 mes
Ubicación: Pozuelo de Alarcón
Contactar:

Medallas

Parches

Re: Fútbol, Trincheras y Diplomacia de Guerra

Mensaje por Rafa.Rodrigo (kappo) »

El 17º de Middlesex y el Avance de Nevill: Los "Football Battalions" en el Somme

Imagen

En junio de 1916, el Frente Occidental se encontraba sumido en un estancamiento estratégico absoluto. La sangría mutua en Verdún consumía las divisiones francesas, forzando al Alto Mando aliado a adelantar una ofensiva conjunta en la región del río Somme para aliviar la presión sobre el sector galo. El peso de la operación recayó sobre el IVº Ejército Británico del general Sir Henry Rawlinson.

En las islas británicas, la movilización industrial y humana había alcanzado cotas sin precedentes. A finales de 1914, la opinión pública criticaba con dureza que los jóvenes atletas de las ligas de fútbol continuaran disputando partidos mientras los soldados morían en las trincheras. En respuesta a esta presión política y social, el Ministerio de Guerra autorizó la creación de unidades del "Nuevo Ejército de Kitchener" integradas por gremios específicos.

Así nació el 17º Batallón del Regimiento de Middlesex (1st Football Battalion), fundado oficialmente el 12 de diciembre de 1914 por iniciativa del parlamentario William Joynson-Hicks. La unidad agrupó a futbolistas, árbitros, directivos y aficionados de clubes como el Chelsea, Arsenal, Tottenham y, muy especialmente, la plantilla al completo del Clapton Orient (hoy Leyton Orient). No se trataba de una unidad de exhibición propagandística; los integrantes del 17º de Middlesex recibieron entrenamiento de infantería de línea y enviados directamente a los sectores más calientes del frente en Francia, integrados en la 6ª Brigada de la 2ª División del Ejército Británico.

La hora de la verdad para estas unidades llegó el 1 de julio de 1916, el primer día de la Batalla del Somme, una jornada que quedaría registrada como el día más sangriento en la historia militar británica. El objetivo asignado al sector de la 2ª División era asaltar las fortificaciones alemanas fuertemente defendidas en las inmediaciones de Montauban.

En los días previos, la artillería aliada disparó más de un millón y medio de obuses, pero falló en destruir los búnkeres profundos de hormigón alemanes y los densos entramados de alambre de espino. Las tropas aliadas, cargando mochilas de más de 30 kilos con equipo de fortificación y munición, debían salir a terreno descubierto y avanzar a paso lento bajo una doctrina rígida que prohibía correr para mantener la cohesión de la línea.

En la línea de partida del 8º Batallón del Regimiento de East Surrey, unidad que acompañaba al 17º de Middlesex, el Capitán Wilfred "Billie" Nevill, comandante de la Compañía B, identificó con antelación el colapso psicológico latente entre sus hombres. La tropa estaba compuesta por jóvenes reclutas que jamás habían pisado el frente y que mostraban signos evidentes de terror ante el inminente fuego cruzado de las ametralladoras imperiales Maxim MG08. Nevill, un oficial educado en el Dover College donde destacó como atleta, ideó una estratagema heterodoxa: compró cuatro balones de cuero durante un permiso en Londres y repartió uno a cada sección de su compañía. En los balones inscribió lemas como "The Great European Cup-Tie" (La Gran Eliminatoria Europea) y "East Surreys v Germans".

Imagen

A las 07:30 horas, tras el estallido de las minas subterráneas aliadas, sonaron los silbatos de asalto. El propio Capitán Nevill se subió al parapeto de la trinchera y chutó con fuerza el primer balón hacia la Tierra de Nadie, ordenando a sus hombres que avanzaran pasándose el esférico de sección en sección. La Compañía B avanzó pateando los balones en medio del humo, el lodo y la metralla. El efecto psicológico inicial funcionó: los soldados se concentraron en mantener el balón en movimiento, rompiendo momentáneamente el pánico paralizante que provocaba el tableteo de las ametralladoras enemigas.

Sin embargo, el coraje no pudo contener la física de las armas automatizadas. Los nidos de ametralladoras alemanes salieron intactos de sus refugios subterráneos y abrieron fuego cruzado segando las líneas aliadas. El Capitán Nevill cayó abatido de un disparo en la cabeza apenas a veinte metros de las alambradas alemanas, junto al balón que él mismo había rematado. Horas más tarde, el 17º de Middlesex entró en acción en la misma oleada de asalto sufriendo un castigo atroz. El Clapton Orient perdió ese día a sus tres máximas figuras: Richard McFadden, William Jonas y George Scott, quienes cayeron bajo el fuego de artillería pesada en el sector de Delville Wood. El batallón fue virtualmente aniquilado como fuerza de combate operativa en menos de 48 horas de combate continuado.

Para el analista militar, la acción de los balones del Somme requiere un examen crítico alejado del romanticismo de la prensa de la época. Periódicos londinenses como el Daily Mail o el Illustrated London News transformaron de inmediato la muerte de Nevill en un mito heroico de tintes deportivos, presentándolo como la prueba definitiva del "carácter flemático e indomable" de la juventud británica frente a la máquina de guerra prusiana.

Sin embargo, si contrastamos los diarios de campaña originales del 8º de East Surrey (War Diary, WO 95/2043) y los informes de bajas de la 6ª Brigada, la realidad táctica se impone. La orden de Nevill no fue una excentricidad irresponsable, sino un recurso desesperado de liderazgo táctico ante el fallo de la doctrina de asalto del Alto Mando. El general Rawlinson asumió erróneamente que la artillería habría eliminado toda resistencia, obligando a la infantería a avanzar erguida en oleadas compactas. Nevill sabía que sus hombres entrarían en pánico al descubrir que las defensas enemigas seguían operativas. Los balones funcionaron como un dispositivo de control del estrés de combate en las primeras 50 yardas, pero resultaron inútiles cuando la unidad quedó atrapada en las zonas de muerte prefijadas por las ametralladoras alemanas.

Los partes de guerra del bando alemán (pertenecientes al 109º Regimiento de Infantería de Reserva que defendía el sector) registran con asombro la aparición de los balones en el campo de batalla, pero aclaran que el avance enemigo fue repelido estrictamente mediante el fuego disciplinado de fusilería y ametralladoras, sin que el esférico supusiera ventaja táctica alguna para los atacantes.

El sacrificio del 17º de Middlesex y de la compañía de Nevill supuso el fin de la era del "fútbol de los caballeros" y de los batallones de camaradas (Pals Battalions). Las bajas sufridas impidieron que el Clapton Orient volviera a competir en igualdad de condiciones en la posguerra, marcando el destino del club. Dos de los cuatro balones usados por los hombres de Nevill fueron recuperados de la Tierra de Nadie entre los cadáveres y hoy se conservan como reliquias militares de primer orden en el Imperial War Museum de Londres y en el museo del Regimiento de la Reina en Clandon Park.

Imagen

------------------------------
Anexo

Unidades (Sector Montauban - 1 Julio 1916)

Unidades Británicas Implicadas:

* 17º Batallón, Regimiento de Middlesex (1st Football Battalion): Integrado en la 6ª Brigada, 2ª División del IV Ejército.
Fuerza de asalto nominal: 940 hombres.
* 8º Batallón, Regimiento de East Surrey: Unidad de flanco de la 18ª División (asignada temporalmente al sector).

Tasa de Bajas (1 al 3 de julio de 1916):

* 17º de Middlesex: 462 bajas confirmadas (entre ellos, 11 oficiales y los futbolistas profesionales McFadden, Jonas y Scott).
* 8º de East Surrey: 446 bajas (incluyendo al Capitán Wilfred Nevill y dos jefes de sección).

Bibliografía y Fuentes Documentales:

* The National Archives (Kew, Reino Unido): War Diary of the 17th Battalion, Middlesex Regiment (Clasificación de documento oficial WO 95/1365).
* Imperial War Museum (IWM): Colección de cartas privadas y diarios de campaña del Capitán Wilfred Percy Nevill (Ref: Documents.11652).
* Middlebrook, Martin. The First Day on the Somme. Pen & Sword Military, 2006.
* Taylor, Fred. The Football Battalion: A History of the 17th Middlesex Regiment. Wharncliffe Books, 2011.

------------------------------
Queda abierto el hilo para vuestras aportaciones, preguntas ruegos y sugerencias...

En la próxima entrega, analizaremos La Disolución del "Wunderteam" de Austria y el Caso Sindelar bajo la bota del Tercer Reich en 1938.

Imagen
[...] y 100 millones de ducados [...]
------------------------------------
Ab insomne non custita dracone
Avatar de Usuario
Rafa.Rodrigo (kappo)
General de División
General de División
Mensajes: 9745
Registrado por: 18 años 1 mes
Ubicación: Pozuelo de Alarcón
Contactar:

Medallas

Parches

Re: Fútbol, Trincheras y Diplomacia de Guerra

Mensaje por Rafa.Rodrigo (kappo) »

La Disolución del wunderteam y el Caso Sindelar: El Anschluss en el Césped (I)

La desaparición de Austria y la absorción de un símbolo nacional

Cuando las unidades de la Wehrmacht cruzaron la frontera austríaca el 12 de marzo de 1938 (Operación Otto - ¿No tenemos ningún hilo sobre ella?), el acontecimiento fue presentado por la propaganda nazi como la culminación natural de la unidad nacional alemana. Las imágenes de Adolf Hitler entrando triunfalmente en Linz y posteriormente en Viena transmitían la impresión de una anexión inevitable, casi histórica. Sin embargo, bajo aquella aparente simplicidad se ocultaba una realidad mucho más compleja. El Anschluss no fue únicamente una operación política y diplomática que alteró el equilibrio europeo de entreguerras. Supuso también la desaparición de Austria como entidad estatal independiente y la absorción de todas sus instituciones dentro de las estructuras del Tercer Reich. Entre ellas figuraba el fútbol.

Imagen

La historia del Wunderteam austríaco y de Matthias Sindelar suele tratarse desde una óptica deportiva o biográfica. Sin embargo, hacerlo exclusivamente desde esa perspectiva implica correr el riesgo de perder de vista la cuestión esencial. La verdadera pregunta histórica no es qué ocurrió con Sindelar, sino qué sucede con los símbolos nacionales cuando desaparece el Estado que les da significado. La desaparición de la selección austríaca en 1938 fue una consecuencia directa de la desaparición de Austria como sujeto político. El fútbol se convirtió así en un escenario de excepción para observar cómo los regímenes totalitarios extendían su control más allá de la administración o del ejército para alcanzar también la esfera de la identidad colectiva.

Pongámonos en situación retrocediendo unos años. La Austria nacida tras el colapso del Imperio Austro-húngaro en 1918 era un Estado marcado por la incertidumbre. La nueva república había heredado una capital imperial desproporcionada para sus dimensiones territoriales, una economía debilitada y una sociedad profundamente polarizada. Durante la década de 1920 y los primeros años de la década siguiente, el país se convirtió en uno de los principales laboratorios de las tensiones ideológicas que recorrían Europa.

La crisis económica, l enfrentamiento entre socialdemócratas y conservadores, así como el ascenso de movimientos nacionalistas radicales, erosionaron progresivamente las bases del sistema parlamentario. En 1933, el canciller Engelbert Dollfuss inició la construcción de un régimen autoritario corporativo conocido posteriormente como Ständestaat. Inspirado parcialmente por el modelo fascista italiano, este sistema eliminó el pluralismo político y reprimió a la oposición socialista. Sin embargo, existía una diferencia fundamental respecto al nacionalsocialismo alemán: mientras Hitler defendía la integración de Austria dentro de una comunidad nacional alemana unificada, Dollfuss concebía la independencia austríaca como un elemento irrenunciable de su proyecto político.

Esta contradicción convirtió a Austria en un objetivo prioritario para Berlín. Como ha señalado el historiador Gerhard Botz, la política austríaca de Hitler combinó presión diplomática, infiltración política y apoyo a los movimientos nazis locales con el objetivo de desestabilizar al gobierno de Viena. El intento de golpe de Estado de julio de 1934, durante el cual Dollfuss fue asesinado por conspiradores vinculados al nacionalsocialismo austríaco, demostró hasta qué punto el futuro del país estaba condicionado por la creciente influencia alemana.

Durante algunos años, la independencia austríaca sobrevivió gracias a la protección de Benito Mussolini. La Italia fascista contemplaba con preocupación una expansión alemana hacia el sur que alterara el equilibrio estratégico en la región alpina. Sin embargo, la situación internacional evolucionó rápidamente. La invasión italiana de Etiopía en 1935, las sanciones impuestas por la Sociedad de Naciones y la progresiva aproximación entre Roma y Berlín transformaron completamente el escenario diplomático. Cuando nació el Eje Roma-Berlín, Austria perdió su principal garante internacional.

Tiempos modernos -189- Hitler y Mussolini, de enemigos a aliados (Rafael Rodrigo, F. Paz) video:
https://www.youtube.com/watch?v=6I66UYorNnU

El sucesor de Dollfuss, Kurt Schuschnigg, intentó mantener la soberanía del país mediante una política de concesiones crecientes hacia Alemania. Sin embargo, la relación de fuerzas resultaba cada vez más desigual. La reunión celebrada en Berchtesgaden en febrero de 1938 simbolizó ese desequilibrio. Allí, Hitler impuso una serie de exigencias que limitaban gravemente la autonomía austríaca. Cuando Schuschnigg respondió convocando un plebiscito para reafirmar la independencia nacional, Berlín decidió acelerar los acontecimientos. El canciller fue obligado a dimitir y las tropas alemanas entraron en Austria pocos días después.

La desaparición del Estado austríaco desencadenó un proceso de absorción institucional cuya amplitud suele quedar eclipsada por los aspectos diplomáticos y militares del Anschluss. La anexión no terminaba con la entrada de las tropas. De hecho, podría argumentarse que su fase más profunda comenzaba precisamente entonces. Universidades, sindicatos, administraciones públicas, asociaciones culturales y organizaciones profesionales fueron incorporadas a las estructuras del Reich mediante el proceso conocido como Gleichschaltung, la coordinación política y administrativa de toda la sociedad bajo el control del Partido Nazi.

El deporte ocupaba un lugar relevante dentro de este proyecto. Desde la llegada de Hitler al poder en 1933, las organizaciones deportivas alemanas habían sido sometidas a una profunda reorganización. Bajo la dirección de Hans von Tschammer und Osten, nombrado Reichssportführer, se creó el Nationalsozialistischer Reichsbund für Leibesübungen (NSRL), organismo encargado de supervisar todas las actividades deportivas del país. Como han señalado Hajo Bernett y Arnd Krüger en sus estudios sobre el deporte bajo el nacionalsocialismo, la función de estas estructuras trascendía ampliamente la competición. El deporte debía contribuir a la formación física de la población, a la difusión de valores ideológicos y a la integración de los individuos dentro de la comunidad racial imaginada por el régimen.

Imagen

La incorporación de Austria significó automáticamente la integración de sus instituciones deportivas en este sistema. La Federación Austríaca dejó de existir como entidad independiente. Los clubes fueron reorganizados administrativamente. Los dirigentes considerados políticamente sospechosos fueron cesados. Los deportistas y funcionarios judíos fueron expulsados de la competición oficial. Este último aspecto merece una atención especial porque revela hasta qué punto el fútbol vienés reflejaba las transformaciones sociales provocadas por el Anschluss.

La Viena futbolística de entreguerras era inseparable de la diversidad cultural de la capital imperial. Clubes como Austria Viena habían contado con una importante presencia de dirigentes, patrocinadores y mecenas judíos. Más significativo aún fue el caso del Hakoah Viena, símbolo del asociacionismo deportivo judío en Europa Central y uno de los equipos más influyentes del continente durante la década de 1920. La anexión significó el desmantelamiento de buena parte de este ecosistema. Muchos dirigentes fueron perseguidos, otros emprendieron el exilio y numerosos deportistas quedaron excluidos de la vida pública. La transformación del fútbol austríaco no fue únicamente administrativa. También fue social, cultural y racial.

Imagen

Pero existía un problema aún más delicado para las autoridades nazis. Austria poseía una de las selecciones nacionales más prestigiosas del mundo. Bajo la dirección de Hugo Meisl, el Wunderteam había revolucionado el fútbol europeo a comienzos de la década de 1930. Entre 1931 y 1933 acumuló una serie de resultados extraordinarios que lo convirtieron en referencia obligada para contemporáneos y analistas. Su estilo técnico, combinativo y ofensivo contribuyó a consolidar el prestigio internacional de Viena como uno de los grandes centros futbolísticos de Europa.

Para muchos austríacos, aquella selección representaba algo más que un éxito deportivo. En una república pequeña y políticamente frágil, el Wunderteam había adquirido una dimensión simbólica considerable. Era una expresión visible de una identidad nacional construida tras el derrumbe del Imperio Austro-húngaro. Aquí surge una cuestión que resulta fundamental para nuestro análisis: ¿podía sobrevivir una selección nacional cuando el propio Estado al que representaba había desaparecido?

Desde la lógica del Anschluss, la respuesta era evidente. Mantener una selección austríaca independiente habría contradicho el mensaje político central del régimen. Si Austria había dejado de existir como nación soberana, tampoco podía seguir existiendo una representación deportiva diferenciada. La desaparición del Wunderteam era, por tanto, una consecuencia lógica de la desaparición de Austria.

Sin embargo, la absorción de aquella selección también ofrecía importantes ventajas propagandísticas. Los dirigentes nazis confiaban en incorporar a varios de los mejores futbolistas europeos a la selección alemana y presentar esa integración como una demostración de la fortaleza de la nueva Gran Alemania. Sobre el papel, la operación parecía sencilla. En la práctica, resultaría mucho más complicada.

Porque las instituciones pueden disolverse mediante decretos administrativos, pero las identidades colectivas rara vez desaparecen con la misma rapidez. Precisamente esa tensión entre integración política e identidad nacional latente constituirá el trasfondo del episodio que convirtió a Matthias Sindelar en una de las figuras más controvertidas de la historia del deporte europeo: el partido disputado entre Austria y Alemania el 3 de abril de 1938, apenas unas semanas después del Anschluss. Un encuentro concebido por la propaganda nazi como una celebración de la unidad alemana y que, con el paso del tiempo, terminaría transformándose en uno de los episodios más debatidos de la memoria histórica austríaca.

Imagen

Continuará...
[...] y 100 millones de ducados [...]
------------------------------------
Ab insomne non custita dracone
Avatar de Usuario
Viribus
Suboficial Mayor
Suboficial Mayor
Mensajes: 1118
Registrado por: 7 años 3 meses
Ubicación: Suspiros de Cisleitania

Medallas

Parches

Re: Fútbol, Trincheras y Diplomacia de Guerra

Mensaje por Viribus »

¡Magnífico, Rafa! Aquí quedo, pegado al transmisor, obviamente con una camiseta de Sindelar y mordiéndome las uñas con ese Austria-Alemania de abril de 1938 :dpm:
"Es evidente que usted no estuvo en Wagram." Napoleón
---------------------------------------------------
Ab insomne non custita dracone
Avatar de Usuario
Rafa.Rodrigo (kappo)
General de División
General de División
Mensajes: 9745
Registrado por: 18 años 1 mes
Ubicación: Pozuelo de Alarcón
Contactar:

Medallas

Parches

Re: Fútbol, Trincheras y Diplomacia de Guerra

Mensaje por Rafa.Rodrigo (kappo) »

La Disolución del Wunderteam y el Caso Sindelar: El Anschluss en el Césped (II)

Cuando el 3 de abril de 1938 más de 60.000 espectadores acudieron al Praterstadion de Viena, el fútbol había dejado de ser el verdadero protagonista de la jornada. Apenas habían transcurrido tres semanas desde el Anschluss y el encuentro entre Austria y Alemania estaba concebido como una representación política cuidadosamente escenificada. Oficialmente se trataba del partido de despedida de la selección austríaca antes de su integración definitiva en la estructura deportiva del Reich. En realidad, constituía una ceremonia destinada a demostrar que la desaparición del Estado austríaco se desarrollaba con absoluta normalidad y contaba con el respaldo de la población.

Imagen
El programa del llamado “juego de la reconciliación” entre Austria y Alemania en Viena en abril de 1938. Fotografía: ullstein bild Dtl./ullstein bild

Como en tantas otras ocasiones, el deporte se convertía en un escenario privilegiado para la propaganda. Joseph Goebbels había comprendido desde los primeros años del régimen el extraordinario valor político de los grandes acontecimientos deportivos. No era casual que el nacionalsocialismo hubiese invertido tantos recursos en los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936 ni que el Ministerio de Propaganda prestara una atención creciente al fútbol como instrumento de movilización social. Los estadios reunían a decenas de miles de personas, generaban imágenes fácilmente reproducibles por la prensa y permitían presentar la integración del Reich como un proceso espontáneo y popular.

En este contexto, el partido de Viena debía transmitir un mensaje laro: Austria había dejado de existir como nación independiente y sus mejores futbolistas iban a pasar a formar parte de la nueva Gran Alemania. La lógica política era impecable. Si el Estado había desaparecido, también debía desaparecer una de sus representaciones internacionales más prestigiosas.

Sin embargo, la historia rara vez se ajusta completamente a los planes de los gobiernos. Como ha señalado Pierre Lanfranchi al estudiar las relaciones entre nacionalismo y fútbol en la Europa de entreguerras, las selecciones nacionales representan comunidades imaginadas cuya legitimidad no desaparece necesariamente cuando cambian las fronteras políticas. Los decretos modifican las instituciones; las identidades colectivas suelen evolucionar con mucha mayor lentitud.

El desarrollo del partido reflejó precisamente esa tensión.

Austria venció por 2-0 y Matthias Sindelar marcó uno de los goles. Las crónicas publicadas al día siguiente por periódicos vieneses como el Neues Wiener Tagblatt describieron principalmente el desarrollo deportivo del encuentro, destacando la calidad técnica del conjunto austríaco y la brillante actuación de Sindelar. Resulta significativo que los relatos contemporáneos apenas otorgasen el dramatismo político que adquiriría el episodio décadas después. Es precisamente esa distancia entre la documentación inmediata y la memoria posterior uno de los aspectos más interesantes del caso.

Con el paso de los años comenzó a difundirse una narración mucho más poderosa. Según esa versión, Sindelar habría celebrado deliberadamente su gol frente al palco de las autoridades nazis, desafiando públicamente al nuevo régimen en su última aparición con la camiseta austríaca. La escena posee una enorme fuerza simbólica y ha sido reproducida en innumerables libros, documentales y artículos divulgativos.

Pero ¿hasta qué punto puede sostenerse documentalmente?

Imagen

Aquí conviene separar cuidadosamente la memoria de la historia. Investigadores como Roman Horak y Georg Spitaler han advertido que muchas de las versiones más conocidas proceden de testimonios recogidos décadas después de los acontecimientos, cuando Austria había reconstruido buena parte de su identidad nacional alrededor de la idea de haber sido la primera víctima de la expansión hitleriana. La ausencia de testimonios contemporáneos igualmente contundentes no invalida automáticamente esos recuerdos, pero obliga al historiador a manejarlos con prudencia. Como ocurre con frecuencia, la memoria conserva hechos, pero también los reorganiza, los dota de nuevos significados y, en ocasiones, los simplifica.

Esta reflexión conduce a una cuestión metodológica de mayor alcance. ¿Debe el historiador aceptar una narración porque resulta coherente con el desenlace posterior de los acontecimientos? La respuesta sólo puede ser negativa. La historia no consiste en construir relatos satisfactorios, sino en aproximarse críticamente a la documentación disponible, incluso cuando ésta resulta incompleta o contradictoria.

Ello no significa reducir la importancia de Matthias Sindelar. Muy al contrario. Lo que la documentación permite afirmar con bastante seguridad es que su relación con el nuevo régimen estuvo marcada por una evidente incomodidad. Sindelar era mucho más que el mejor futbolista austríaco de su generación. Representaba la Viena cosmopolita de entreguerras, aquella ciudad donde convivían tradiciones culturales centroeuropeas, una importante burguesía judía, una intensa vida intelectual y un fútbol profesional que se había convertido en uno de los más refinados del continente.

Imagen

No resulta casual que hubiera mantenido estrechas relaciones con dirigentes y empresarios vinculados al Austria Viena, muchos de ellos judíos, ni que desarrollara su carrera en un ambiente muy distinto del ideal deportivo promovido por el nacionalsocialismo. El fútbol vienés de Hugo Meisl había nacido de una cultura urbana abierta e internacional, mientras que el deporte concebido por Hans von Tschammer und Osten debía integrarse en un proyecto político basado en la disciplina, la homogeneidad racial y la subordinación del individuo al Estado.

Tras la desaparición de la selección austríaca, las autoridades deportivas del Reich esperaban incorporar a Sindelar al combinado alemán que debía participar en el Campeonato del Mundo celebrado en Francia durante el verano de 1938. Deportivamente parecía una decisión lógica. Políticamente resultaba casi imprescindible.

Sin embargo, Sindelar nunca llegó a vestir la camiseta alemana.

Las explicaciones continúan siendo objeto de debate. La versión oficial aludía a la edad del jugador y a diversos problemas físicos. Otros investigadores consideran que el delantero mostró un escaso interés por integrarse en el nuevo proyecto deportivo. David Goldblatt advierte, sin embargo, contra la tentación de interpretar esa decisión como una forma inequívoca de resistencia política. La realidad de las sociedades sometidas a regímenes autoritarios suele desenvolverse en espacios mucho más ambiguos que los construidos posteriormente por la memoria.

Quizá ésta sea una de las principales enseñanzas historiográficas del caso Sindelar. Durante décadas predominó una visión dicotómica según la cual los individuos sólo podían ser clasificados como colaboradores o resistentes. La investigación más reciente ha demostrado que la mayor parte de la población ocupó zonas intermedias marcadas por la adaptación, la resignación, el oportunismo o formas discretas de distanciamiento. Pretender reducir trayectorias humanas extraordinariamente complejas a categorías morales absolutas supone, con frecuencia, proyectar sobre el pasado preocupaciones del presente.

La muerte de Sindelar, el 23 de enero de 1939, acentuó todavía más esa complejidad. Él y su compañera Camilla Castagnola aparecieron sin vida en su apartamento vienés. La investigación policial concluyó que ambos habían fallecido por intoxicación de monóxido de carbono debido a un defecto en la calefacción. El expediente fue archivado y, aparentemente, el asunto quedó resuelto.

Sin embargo, los interrogantes nunca desaparecieron.

Desde entonces han coexistido tres interpretaciones principales. La primera acepta la explicación oficial del accidente. La segunda contempla la posibilidad de un suicidio. La tercera sostiene que Sindelar fue asesinado por la Gestapo debido a su actitud frente al régimen.

Esta última hipótesis ha alcanzado una enorme difusión popular. Su fuerza narrativa es evidente: el gran símbolo del fútbol austríaco habría pagado con su vida un gesto de resistencia frente al nazismo. Sin embargo, la tarea del historiador consiste precisamente en preguntarse qué pruebas sostienen una afirmación de semejante trascendencia.

Hasta el momento, ni los archivos de la Gestapo, ni la documentación policial conservada, ni las investigaciones realizadas tras la apertura de numerosos fondos documentales centroeuropeos han proporcionado evidencias concluyentes que permitan demostrar la existencia de una operación organizada contra Sindelar. Autores como Gerhard Botz o Evan Burr Bukey insisten en distinguir cuidadosamente entre aquello que resulta posible y aquello que puede demostrarse documentalmente. La diferencia es esencial.

Naturalmente, la ausencia de pruebas tampoco permite descartar completamente ninguna hipótesis. Éste constituye uno de esos casos donde el historiador debe aceptar una conclusión incómoda: existen preguntas para las que quizá nunca dispongamos de una respuesta definitiva.

Pero precisamente ahí comienza otro debate todavía más interesante.

¿Por qué la interpretación del asesinato terminó imponiéndose en la memoria colectiva austríaca?

La respuesta obliga a abandonar el terreno del deporte para adentrarse en la construcción política de la memoria tras la Segunda Guerra Mundial. La Austria reconstruida después de 1945 necesitaba redefinir su identidad nacional. La Declaración de Moscú de 1943 había presentado al país como la primera víctima de la agresión nazi, una formulación que desempeñó un papel importante durante la ocupación aliada y la recuperación de la soberanía en 1955. Sin embargo, la historiografía posterior ha mostrado que esa imagen convivía con otra realidad menos cómoda: decenas de miles de austríacos habían apoyado activamente el Anschluss y participaron posteriormente en las estructuras políticas, administrativas y militares del Tercer Reich.

Imagen

En ese contexto, Matthias Sindelar adquirió un significado que trascendía completamente el fútbol. Su figura permitía personalizar una resistencia moral que facilitaba la construcción de un relato nacional menos traumático. Poco a poco, determinados episodios ambiguos fueron reinterpretados como gestos inequívocos de desafío; una muerte nunca completamente aclarada terminó convirtiéndose, para buena parte de la opinión pública, en un crimen prácticamente indiscutido.

No debe sorprendernos este proceso. La memoria colectiva rara vez funciona como un archivo. Funciona como una narración. Selecciona unos hechos, olvida otros y reorganiza el pasado para responder a las necesidades del presente. La historia, por el contrario, debe recorrer el camino inverso: cuestionar los relatos consolidados y volver constantemente a las fuentes.

Quizá ésta sea la auténtica aportación del caso Sindelar a la historia contemporánea. No demuestra únicamente cómo un régimen totalitario utilizó el deporte como instrumento político. Muestra también cómo las sociedades democráticas reconstruyen posteriormente ese mismo pasado mediante símbolos, héroes y mitos nacionales.

Al comienzo de este artículo nos preguntábamos qué sucede con los símbolos cuando desaparece un Estado. La respuesta no termina en marzo de 1938. El Wunderteam desapareció porque Austria dejó de existir como entidad política independiente. Pero la memoria de aquel equipo sobrevivió porque las sociedades necesitan conservar referentes capaces de explicar sus propias rupturas históricas.

La absorción del fútbol austríaco ilustra una característica común a todos los regímenes totalitarios del siglo XX. Conquistar un territorio constituye únicamente la primera fase del proceso. La segunda, mucho más profunda y duradera, consiste en apropiarse de las instituciones encargadas de producir identidad colectiva: la escuela, la universidad, la administración, las asociaciones culturales, la prensa, las organizaciones juveniles… y también los clubes y las selecciones nacionales. Porque un régimen que aspira a controlar el futuro necesita, antes, controlar los símbolos mediante los cuales una sociedad interpreta su pasado.

Quizá, después de todo, la cuestión más importante no sea si Matthias Sindelar fue asesinado por la Gestapo. Es posible que nunca podamos responderla con absoluta certeza. La pregunta verdaderamente reveladora es otra: ¿por qué varias generaciones de austríacos sintieron la necesidad de creer que así había sucedido?

Responder a esa cuestión nos aleja definitivamente del terreno de juego para situarnos en el espacio donde confluyen la historia política, la memoria colectiva y la construcción de las identidades nacionales. Y es precisamente ahí donde el caso Sindelar deja de ser una simple historia del fútbol europeo para convertirse en un magnífico observatorio desde el que comprender cómo los Estados, los regímenes y las sociedades utilizan el deporte para representar, disputar y reconstruir el poder.

Continuará con : Estadios en Vanguardia: El Parón de 1936, la Copa de la España Libre y el Tour de Euskadi

Imagen
[...] y 100 millones de ducados [...]
------------------------------------
Ab insomne non custita dracone
Avatar de Usuario
gcoenders
Großadmiral
Großadmiral
Mensajes: 35064
Registrado por: 6 años 10 meses
Ubicación: Girona

Medallas

Parches

Re: Fútbol, Trincheras y Diplomacia de Guerra

Mensaje por gcoenders »

Rafa, cuando sugeriste este hilo no imaginaba que sería algo de tal magnitud e interés. :Bravo
Ab insomne non custita dracone
Avatar de Usuario
Tirador
General de División
General de División
Mensajes: 9344
Registrado por: 20 años 2 meses
Ubicación: Por tierras del Viejo Reino de León

Medallas

Parches

Re: Fútbol, Trincheras y Diplomacia de Guerra

Mensaje por Tirador »

Que hilo más interesante, por el tema y por las derivaciones. No conocía los detalles exactos de la muerte de Sindelar, había leído en su día, en una historia de los mundiales de fútbol, que se había suicidado y que sus funerales fueron multitudinarios, y que en Austria le tenían por un gran patriota.
Esperando los siguientes capítulos.
"Wellington esta acabado, Sire. Muy mal se nos tiene que dar".

Dicho por un ayudante de campo desconocido a Napoleón la mañana del 18 de junio de 1.815...

---------------------------------------------------------------------------

Ab insomne non custita dracone
Avatar de Usuario
Viribus
Suboficial Mayor
Suboficial Mayor
Mensajes: 1118
Registrado por: 7 años 3 meses
Ubicación: Suspiros de Cisleitania

Medallas

Parches

Re: Fútbol, Trincheras y Diplomacia de Guerra

Mensaje por Viribus »

Efectivamente, la continuación no decepciona y toca asuntos muy profundos sobre la relación entre historia, memoria y construcción de narrativas nacionales que son de absoluta actualidad.

A este respecto me gustaría hacer un comentario sobre la cuestión de la construcción de la "nacionalidad austríaca", porque es, en verdad, un asunto fascinante y que me parece que se relaciona con cuestiones que no son indiferentes respecto a los dilemas a los que nos enfrentamos hoy en Europa.

En el hilo se habla de la "reconstrucción" de la identidad nacional austríaca tras 1945 sobre la base de haber sido la primera víctima nazi. Eso, como narrativa memorialística de construcción nacional es cierto, por más problemático que sea históricamente. La cuestión, y por eso es fascinante, es que no pienso que haya tal cosa como una re-construcción, pues eso implica una construcción previa, y no creo que eso existiera antes de 1945. La realidad es que la república austríaca entre 1918 y 1938 vivió en un limbo identitario y no cabe hablar de ella como un Estado-nación. La Austra imperial antes de 1918 era una entidad dinástica multi-étnica, pre o supra nacional. Ser "austríaco" no era una identidad nacional, no era una esencia adosada al individuo independientemente de las preferencias de éste. Era un acto de lealtad política a una dinastía que unía a gentes de las más diversas nacionalidades: un polaco de Cracovia, un ucraniano de Lviv, un húngaro de Kolozsvár, un checo de Brno, un croata de Zagreb o un alemán de Graz eran todos ellos igualmente "austríacos" (tal vez, el húngaro algo menos :) ) en tanto se hallaban avenidos bajo la lealtad al Emperador. El hecho de que tal construcción se mantuviera tanto tiempo una vez entrada en la era de los nacionalismos es extraordinario. Durante mucho tiempo, incluso mientras el Imperio aún vivía, se vio esta pervivencia como una anacronismo reaccionario. Los efectos que para Europa tuvo el nacionalismo durante el siglo XX matizaron esa visión negativa y pusieron el acento en las formas de identidad y relación que eso generó, que no podían ser tildadas simplemente como "retardatarias" o "feudales". Esa vibrante Viena cosmopolita a la vanguardia cultural mundial es tal vez la mejor decantación de ese medio ambiente históricamente excepcional. El artículo de Rafa, por cierto, apunta a esto magníficamente cuando señala que, posiblemente, la verdadera identidad de Sindelar es que él era ante todo vienés. En un sentido históricamente profundo ello quería decir naturalmente reluctante y desconfiado ante el nacionalismo. Esa era probablemente la raíz de la instintiva antipatía del futbolista por los nazis... antipatía que era naturalmente correspondida: la "Viena judía" era para los nazis el símbolo mismo de la decadencia. Y "judío" aquí no era simplemente la referencia a un grupo étnico o religioso particular, era también una forma peyorativa de referirse precisamente al cosmopolitismo.

La cuestión es que al colapsar el Imperio en 1918, mientras que el resto de nacionalidades pudieron rellenar el vacío político e identitario en sus respectivos Estados nacionales, los alemanes de Austria se encontraron forzosamente en ese limbo. Dado que el momento estaba signado por lo nacional, la tendencia popular, mayoritaria entre la población, era a buscar el Anschluss: como habían hecho rumanos o polacos, buscar la reunión con el resto de su nación. Esto fue explícitamente prohibido por los aliados victoriosos, particularmente los franceses, incapaces de aceptar que la derrota de Alemania resultara en un paradójico agrandamiento de la misma. De hecho, el primer nombre oficial de la nueva república fue República de Austria Alemana, nombre censurado rápidamente por los aliados, y que ya de por sí expresaba que no había tal cosa como una nacionalidad "austríaca" ajena al Imperio, sino que, en ausencia de éste, la identidad nacional de estos territorios se entendía naturalmente como alemana. Es por eso que, para incomodidad de la narrativa, ahora sí, nacional post-1945, probablemente la mayoría de austríacos estuvieran a favor del Anschluss en 1938. Eso sí, no necesariamente como respaldo de la ideología nazi, sino como reunión "natural" en un mundo que parecía denegar cualquier otra vía de construcción política que no fuera la del Estado-nación.

Es por eso que, como apunta el artículo, es difícil encontrar una clara y unívoca resistencia "patriótica" a los nazis en 1938. Si había algo identitario o proto-nacional en esa oposición era más bien ese orgullo vienés (megalópolis de 2 millones de habitantes, crecida como la cabeza de un imperio de 50 millones, pero ahora disfuncionalmente reducida a gobernar un país de 6 millones), extraña permanencia de un organismo, el Imperio, que ya no existía. Otros elementos de diferenciación y resistencia podían provenir del viejo conservadurismo católico (en la base del corporativismo de Dolfuss) o lo que sobreviviera (precisamente a la represión de Dolfuss) de la antiguamente poderosa tradición socialista austríaca, pero en cualquier caso no eran identidades y resistencias nacionales, sino de otro tipo y que también podían encontrarse en la misma Alemania.

Podría seguir enrollándome, pero lo voy a dejar aquí. Disculpad el tocho, pero en todo caso es "culpa" del magnífico artículo de Rafa, que toca temas tan profundos y sugerentes.
"Es evidente que usted no estuvo en Wagram." Napoleón
---------------------------------------------------
Ab insomne non custita dracone
Avatar de Usuario
Rafa.Rodrigo (kappo)
General de División
General de División
Mensajes: 9745
Registrado por: 18 años 1 mes
Ubicación: Pozuelo de Alarcón
Contactar:

Medallas

Parches

Re: Fútbol, Trincheras y Diplomacia de Guerra

Mensaje por Rafa.Rodrigo (kappo) »

Caramba, pues muchas gracias por los elogios. Espero que los siguientes estén a la altura.

Y claro, hablar de nación austríaca pre1938 tiene asistas y matices a raudales.

Me alegra, el tocho, que los hilos están para generar debate, preguntas y reflexiones.
[...] y 100 millones de ducados [...]
------------------------------------
Ab insomne non custita dracone
Avatar de Usuario
Rafa.Rodrigo (kappo)
General de División
General de División
Mensajes: 9745
Registrado por: 18 años 1 mes
Ubicación: Pozuelo de Alarcón
Contactar:

Medallas

Parches

Re: Fútbol, Trincheras y Diplomacia de Guerra

Mensaje por Rafa.Rodrigo (kappo) »

Estadios en Vanguardia: Guerra Civil, Diplomacia y Supervivencia del Fútbol Republicano (I)

Madrid bajo las bombas y la militarización de los espacios deportivos (1936-1937)

La historiografía del deporte ha tendido tradicionalmente a presentar el estallido de la Guerra Civil española como el momento en que el fútbol desapareció de la vida nacional. La afirmación es, en términos cronológicos, correcta: el Campeonato de Liga quedó interrumpido tras la temporada 1935-1936 y la estructura competitiva construida durante la década anterior dejó de funcionar. Sin embargo, desde una perspectiva histórica, esa explicación resulta insuficiente. El fútbol no dejó de existir porque comenzaran los combates; dejó de organizarse porque previamente se había derrumbado el Estado que garantizaba su funcionamiento.

Imagen

Esta precisión no es menor. Como han señalado Paul Preston, Santos Juliá o Julián Casanova, el golpe de Estado del 17 y 18 de julio de 1936 no provocó únicamente un enfrentamiento militar, sino la fragmentación de la administración, de la economía y de las instituciones civiles. La desaparición de un poder efectivo sobre el conjunto del territorio afectó tanto a los ministerios como a los tribunales, las universidades o las federaciones deportivas. El fútbol, convertido desde finales de los años veinte en el principal espectáculo de masas del país, quedó atrapado en esa misma dinámica de descomposición institucional.

Por ello, el interés de este episodio no solamente afecta a la historia del deporte. La cuestión fundamental no consiste en determinar cuándo dejó de disputarse la Liga, sino en analizar cómo un conflicto armado transforma infraestructuras concebidas para la vida civil y las incorpora a la lógica de la guerra. Los estadios, al igual que las estaciones ferroviarias, los hospitales o los edificios universitarios, dejaron de ser valorados por la función para la que habían sido construidos y comenzaron a medirse por su utilidad estratégica. Las plazas de tors convertidas en improvisadas cárceles, depósitos y hasta morgues.

Pocas ciudades ilustran mejor este proceso que Madrid. La defensa de la capital entre noviembre de 1936 y marzo de 1937 ha sido estudiada con detalle por autores como Beevor, Alpert, Cardona o Jorge Martínez Reverte, quienes coinciden en señalar que la estabilización del frente en torno a la Casa de Campo y la Ciudad Universitaria convirtió a Madrid en una anomalía dentro de la Europa occidental: una gran capital cuya vida cotidiana transcurría a escasos centenares de metros de una línea de combate permanente.

En ese contexto, los estadios dejaron de ser únicamente escenarios deportivos para integrarse en una ciudad organizada en función de las necesidades del conflicto. Su historia constituye, por tanto, una vía privilegiada para comprender un fenómeno mucho más amplio: la militarización del espacio urbano durante la primera gran guerra librada en el interior de una capital europea desde 1918.

Imagen

La guerra antes que el fútbol: la descomposición del marco institucional

Cuando comenzó la sublevación militar, el fútbol español atravesaba uno de los momentos de mayor estabilidad de su corta historia. La Liga Nacional, instaurada en 1929, había consolidado un calendario competitivo relativamente homogéneo; la profesionalización avanzaba con rapidez y los grandes clubes comenzaban a convertirse en instituciones de notable relevancia económica y social. La temporada 1935-1936 había concluido apenas unas semanas antes con el Athletic Club proclamándose campeón de Liga y el Madrid Football Club conquistando la Copa del Presidente de la República tras imponerse al FC Barcelona en Mestalla.

Aquel sistema dependía, sin embargo, de un requisito esencial: la existencia de un Estado capaz de garantizar la unidad administrativa del país.

La Guerra Civil destruyó precisamente ese marco. La fragmentación territorial hizo imposible el funcionamiento de la Federación Española de Fútbol como autoridad nacional. Las comunicaciones ferroviarias quedaron interrumpidas, numerosas carreteras pasaron a convertirse en zonas de operaciones y el traslado de personas comenzó a depender de autorizaciones militares. Simultáneamente, jugadores, árbitros, dirigentes y empleados de los clubes fueron movilizados o abandonaron las ciudades donde desarrollaban su actividad profesional.

Desde ese momento, la continuidad del fútbol dejó de depender de criterios deportivos para quedar subordinada a la evolución de la guerra.

No obstante, sería un error interpretar este proceso como una desaparición absoluta del deporte. La experiencia europea durante la Primera Guerra Mundial había demostrado que incluso en conflictos de gran intensidad las actividades deportivas podían sobrevivir adaptadas a nuevas circunstancias. En Francia, Bélgica o Gran Bretaña numerosos encuentros fueron organizados con fines benéficos, propagandísticos o destinados a mantener la moral de la población civil. España reproduciría, con las particularidades propias de una guerra civil, una evolución semejante.

El deporte dejaba de ser una actividad autónoma para integrarse en la economía política del conflicto.

Imagen
Partido del Madrid Foot-Ball Club celebrado en mayo de 1937 en homenaje a la 21ª Brigada Mixta republicana.

Madrid como objetivo estratégico

Para comprender el destino de las instalaciones deportivas madrileñas resulta imprescindible abandonar, siquiera temporalmente, la historia del fútbol y situarse en el plano estrictamente militar.

Desde el verano de 1936, la conquista de Madrid se convirtió en el principal objetivo estratégico del bando sublevado. La capital concentraba el Gobierno de la República, buena parte de la administración central y un enorme valor simbólico. Como señalaría años después el general Vicente Rojo, la caída de Madrid podía haber supuesto no sólo una derrota militar, sino el colapso político de la República.

La ofensiva iniciada por las columnas del general Varela, pretendía culminar una campaña rápida. Sin embargo, la resistencia republicana, reorganizada bajo la Junta de Defensa de Madrid presidida por el general José Miaja y con Vicente Rojo como principal responsable de la planificación operativa, modificó completamente el desarrollo de la guerra.

Las batallas libradas entre noviembre de 1936 y comienzos de 1937 estabilizaron definitivamente el frente occidental de la ciudad. La Casa de Campo, el Puente de los Franceses, la Ciudad Universitaria y el entorno de Moncloa dejaron de ser simples referencias urbanas para convertirse en algunos de los escenarios más disputados del conflicto. Durante meses, ambos ejércitos mantuvieron posiciones separadas, en ocasiones, por apenas unos centenares de metros. Como consecuencia, Madrid dejó de poseer una auténtica retaguardia.

Ese hecho constituye uno de los rasgos más singulares de la campaña. A diferencia de otras capitales europeas durante el período de entreguerras, Madrid desarrolló buena parte de su vida administrativa, económica y social mientras una línea de combate atravesaba literalmente el extremo occidental de la ciudad. La transformación afectó a toda la estructura urbana. Las facultades de la Ciudad Universitaria fueron convertidas en posiciones fortificadas; hospitales civiles pasaron a integrarse en la red sanitaria militar; estaciones ferroviarias y depósitos industriales adquirieron un valor estratégico creciente. El espacio urbano dejó de organizarse según criterios funcionales propios de una gran ciudad para responder a las necesidades inmediatas de una plaza sitiada.

Imagen

La militarización del espacio urbano

Uno de los errores más frecuentes al estudiar la Guerra Civil consiste en analizar aisladamente la transformación de determinadas infraestructuras. En realidad, los estadios no fueron una excepción, sino un elemento más de un fenómeno mucho más amplio: la progresiva militarización de la ciudad.

La guerra industrial del siglo XX había demostrado que cualquier edificio capaz de aportar capacidad logística terminaba siendo incorporado al esfuerzo bélico. Durante la Primera Guerra Mundial, hipódromos, velódromos y campos deportivos europeos fueron utilizados como hospitales temporales, parques automovilísticos, depósitos de intendencia o centros de concentración de tropas. La Guerra Civil española reproduciría ese mismo patrón bajo circunstancias distintas.

Madrid ofrecía, además, características especialmente favorables para este tipo de transformación. Su condición de capital administrativa implicaba la existencia de amplios edificios públicos, grandes espacios abiertos y modernas infraestructuras de transporte susceptibles de ser reutilizadas con rapidez. En consecuencia, la utilidad de cada instalación comenzó a medirse menos por la función para la que había sido diseñada que por el servicio que podía prestar a la defensa de la ciudad.

En ese nuevo escenario, los recintos deportivos reunían cualidades especialmente valiosas. Disponían de amplias explanadas para concentrar personal o material, accesos relativamente cómodos, edificaciones auxiliares y espacios cubiertos fácilmente adaptables a funciones logísticas. Su incorporación al dispositivo defensivo no respondió a decisiones propagandísticas, sino a una lógica estrictamente militar.

Fue precisamente esa lógica la que determinaría el destino del Estadio Metropolitano, situado en uno de los sectores donde la geografía deportiva y la geografía del frente terminaron por confundirse. En ningún otro recinto madrileño resulta tan evidente cómo una instalación concebida para el espectáculo de masas pasó a integrarse en la organización material de una capital sometida a un prolongado asedio.

Imagen

Continuará ...
[...] y 100 millones de ducados [...]
------------------------------------
Ab insomne non custita dracone
Buscaglia
Teniente General
Teniente General
Mensajes: 16882
Registrado por: 21 años

Medallas

Parches

Re: Fútbol, Trincheras y Diplomacia de Guerra

Mensaje por Buscaglia »

Saludos.

Interesantísimo. Cuando acabe Rafa, entraré en el hilo para hacer alguna aportación en relación al Osasuna y la Selección de Euskadi.
Según reza una antigua inscripción en la portada de la iglesia de Otxate, cuando el mundo era joven, solo habitaban la tierra y los océanos seres primordiales a los que no resultaba agradable contemplar. Extraños y deformes, procedentes del vacío y las estrellas. En una época aún arcana, estos seres primordiales se ocultaron más allá del tiempo, pero dejaron su semilla. Cthulhu engendró a los seres de la tierra; Dagón, a los marinos, y Derleta, a los lunares.

"Caperucita y otros relatos vascos de terror"
Avatar de Usuario
Rafa.Rodrigo (kappo)
General de División
General de División
Mensajes: 9745
Registrado por: 18 años 1 mes
Ubicación: Pozuelo de Alarcón
Contactar:

Medallas

Parches

Re: Fútbol, Trincheras y Diplomacia de Guerra

Mensaje por Rafa.Rodrigo (kappo) »

Buf, pues este último me ha dejado un poco con mal sabor de boca, se que tiene que ser introductorio, pero me hubiese gustado profundizar un poco más, veremos con los siguientes.

Gracias por los piropos y a ver si no tardo mucho y puedes meter baza que el tema tiene miga.
[...] y 100 millones de ducados [...]
------------------------------------
Ab insomne non custita dracone
Avatar de Usuario
Rafa.Rodrigo (kappo)
General de División
General de División
Mensajes: 9745
Registrado por: 18 años 1 mes
Ubicación: Pozuelo de Alarcón
Contactar:

Medallas

Parches

Re: Fútbol, Trincheras y Diplomacia de Guerra

Mensaje por Rafa.Rodrigo (kappo) »

El Gobierno Vasco y la diplomacia del balón

El fútbol como instrumento de legitimidad internacional durante la Guerra Civil (1936-1937)

La historia de la selección de Euskadi durante la Guerra Civil suele presentarse como la de un equipo de fútbol que recorrió Europa y América para recaudar fondos destinados a los refugiados vascos. La afirmación es cierta, pero insuficiente. Reducir aquella gira a una iniciativa benéfica supone ignorar el contexto político en el que nació y, sobre todo, la estrategia que la hizo posible. El verdadero protagonista de esta historia no fue un equipo de fútbol, sino un gobierno que intentaba sobrevivir diplomáticamente mientras su territorio era progresivamente ocupado por las tropas sublevadas.

Imagen
José Antonio Aguirre, primero agachado por la izquierda.

Desde esta perspectiva, la selección vasca constituye un ejemplo especialmente revelador de cómo un conflicto armado puede transformar el deporte en un instrumento de política exterior. En ausencia de reconocimiento internacional pleno y con una capacidad diplomática muy limitada, el Gobierno de Euzkadi encontró en el fútbol una herramienta capaz de abrir puertas que la diplomacia tradicional difícilmente podía franquear. Los estadios se convirtieron en espacios de representación política, los futbolistas en embajadores oficiosos y los partidos en acontecimientos cuidadosamente aprovechados para mantener viva la presencia internacional de la causa vasca y republicana.

El origen de esta estrategia debe situarse en el otoño de 1936. El 1 de octubre, las Cortes de la República aprobaron el Estatuto de Autonomía del País Vasco, culminando un proceso político largamente esperado por el nacionalismo vasco. Apenas seis días después, José Antonio Aguirre fue investido primer lehendakari de un gobierno que nacía en circunstancias excepcionales. A diferencia de otros ejecutivos autonómicos surgidos en tiempos de paz, el Gobierno Vasco tuvo que organizar simultáneamente una administración civil, un aparato militar y una política exterior mientras combatía por su propia supervivencia.

La prioridad inmediata era sostener el frente del Norte. Sin embargo, Aguirre comprendió desde muy temprano que el desenlace de la guerra no dependería exclusivamente de las operaciones militares. La República sufría las consecuencias de la política de No Intervención promovida por Francia y el Reino Unido, mientras Alemania e Italia incrementaban su apoyo a los sublevados. En aquel escenario, la batalla por la opinión pública internacional adquiría una importancia estratégica comparable a la del propio campo de batalla.

Imagen
La Selección debutó ganando en el parisino Parque de los Príncipes al campeón de la liga francesa, el Racing de París, por 0-3 y posteriormente al Olympique de Marsella por 1-5 y, tras jugar una docena de partidos en Europa, ya, en 1938, acabó cruzando el Atlántico para recalar en México.
El Gobierno Vasco desarrolló entonces una red de delegaciones en París, Londres, Bruselas, Nueva York y diversas ciudades americanas. Estas oficinas desempeñaban funciones que iban mucho más allá de la representación institucional. Coordinaban la asistencia a refugiados, mantenían contactos con organizaciones humanitarias, buscaban recursos financieros y difundían información sobre la situación del frente norte. Como han señalado historiadores como Santiago de Pablo o Ludger Mees, aquella actividad constituyó uno de los primeros intentos del nacionalismo vasco de desarrollar una política exterior propia dentro del marco de la legalidad republicana.

Fue en este contexto donde el fútbol adquirió una dimensión política inédita. A mediados de los años treinta, ningún otro espectáculo movilizaba a decenas de miles de personas con tanta facilidad. Los encuentros internacionales ocupaban las portadas de la prensa, generaban una enorme atención pública y permitían acceder a audiencias que la propaganda convencional difícilmente alcanzaba. Aguirre y sus colaboradores comprendieron que aquel fenómeno podía convertirse en un recurso diplomático de extraordinaria eficacia.

La creación de una selección vasca respondía, por tanto, a una estrategia cuidadosamente planificada. Su misión no consistía únicamente en disputar partidos. Debía recaudar fondos para sostener la creciente red de asistencia a refugiados, proyectar una imagen de normalidad institucional y recordar a la comunidad internacional que el Gobierno de Euzkadi seguía existiendo pese al deterioro de la situación militar. Cada encuentro suponía una oportunidad para establecer contactos con autoridades locales, representantes diplomáticos, organizaciones de solidaridad y comunidades de emigrantes españoles.

Imagen

Esta dimensión política explica también la composición del equipo. La selección reunió a algunos de los mejores futbolistas vascos del momento, muchos de ellos procedentes del Athletic Club, la Real Sociedad, el Arenas de Guecho o el Barakaldo, configurando un conjunto de enorme prestigio deportivo. Pero su valor para el Gobierno Vasco no residía únicamente en su calidad futbolística. Eran figuras conocidas dentro y fuera de España, capaces de atraer público y de otorgar visibilidad internacional a una causa política que corría el riesgo de quedar eclipsada por la evolución militar del conflicto.

La financiación obtenida durante la gira respondía igualmente a una lógica de Estado. Los ingresos procedentes de taquillas y exhibiciones no constituían un beneficio privado para jugadores o clubes. Una parte sustancial se destinó a la asistencia de miles de refugiados vascos desplazados tras la ofensiva franquista sobre el Norte, especialmente después de la caída de Bilbao en junio de 1937. El deporte se integraba así en una red humanitaria donde confluyeron instituciones públicas, organizaciones benéficas y comunidades de exiliados.

Imagen
Estadio del Dínamo de Moscú: Euzkadi-Locomotiv, 24 de junio de 1937. El avión echó flores y balones. Fotos: Athletic Club Museoa y Sabino Arana Fundazioa
Sería un error, sin embargo, interpretar esta política como un éxito diplomático sin matices. El reconocimiento internacional del Gobierno Vasco siguió siendo limitado y la política de No Intervención apenas se modificó. Ningún partido de fútbol podía alterar por sí solo el equilibrio estratégico de la guerra. Pero ese no era su objetivo. Su importancia residió en mantener abierta una presencia política exterior cuando las vías diplomáticas tradicionales resultaban insuficientes.

Continuará...
[...] y 100 millones de ducados [...]
------------------------------------
Ab insomne non custita dracone
Buscaglia
Teniente General
Teniente General
Mensajes: 16882
Registrado por: 21 años

Medallas

Parches

Re: Fútbol, Trincheras y Diplomacia de Guerra

Mensaje por Buscaglia »

Saludos.

Muy interesante. En asunto de política exterior hay que señalar que la visibilidad del Gobierno vasco le convenía al Gobierno republicano porque al ser el PNV (por cierto, señalo que creo que Aguirre jugó un solo partido oficial con el Athletic de Bilbao) un partido confesional era la mejor forma de mostrar su causa ante las democracias liberales. Por eso mismo cuando murió un oficial vasco en el Ebro hicieron un funeral religioso de estado en Barcelona, que salió en toda la prensa internacional y se grabó en noticias cinematográficos.
Según reza una antigua inscripción en la portada de la iglesia de Otxate, cuando el mundo era joven, solo habitaban la tierra y los océanos seres primordiales a los que no resultaba agradable contemplar. Extraños y deformes, procedentes del vacío y las estrellas. En una época aún arcana, estos seres primordiales se ocultaron más allá del tiempo, pero dejaron su semilla. Cthulhu engendró a los seres de la tierra; Dagón, a los marinos, y Derleta, a los lunares.

"Caperucita y otros relatos vascos de terror"
Avatar de Usuario
Rafa.Rodrigo (kappo)
General de División
General de División
Mensajes: 9745
Registrado por: 18 años 1 mes
Ubicación: Pozuelo de Alarcón
Contactar:

Medallas

Parches

Re: Fútbol, Trincheras y Diplomacia de Guerra

Mensaje por Rafa.Rodrigo (kappo) »

La gira internacional de la selección de Euzkadi constituye uno de los episodios más singulares de la historia política del deporte europeo durante el período de entreguerras. Sin embargo, valorar su alcance exige separar cuidadosamente los objetivos perseguidos por el Gobierno Vasco de los resultados efectivamente obtenidos. La historiografía ha tendido, en ocasiones, a presentar la expedición como un éxito diplomático casi absoluto o, por el contrario, como una iniciativa de escasa trascendencia política. Ninguna de ambas interpretaciones hace plenamente justicia a la complejidad del contexto internacional de 1937.

Desde un punto de vista estrictamente financiero, la gira cumplió parcialmente sus objetivos. Los encuentros disputados en Francia, Checoslovaquia, Polonia, la Unión Soviética y, posteriormente, en América permitieron obtener recursos destinados al sostenimiento de la red asistencial organizada por el Gobierno Vasco para atender a miles de refugiados y evacuados del Frente Norte. La caída de Bilbao en junio de 1937 y el progresivo derrumbe del frente cantábrico incrementaron las necesidades económicas de una administración que debía sostener hospitales, colonias infantiles y servicios de asistencia en el exilio. En ese aspecto, el fútbol se convirtió en una fuente extraordinaria de financiación difícilmente sustituible por otros mecanismos.

Imagen

Su importancia política, sin embargo, fue aún mayor. Cada partido suponía una oportunidad para mantener viva la existencia internacional del Gobierno de Euzkadi cuando su territorio efectivo se reducía progresivamente. Las recepciones oficiales, los contactos con organizaciones sindicales, las entrevistas con representantes políticos y la cobertura ofrecida por la prensa extranjera permitieron proyectar una imagen de continuidad institucional que la evolución militar del conflicto amenazaba con hacer desaparecer. En términos contemporáneos, podría hablarse de un ejercicio temprano de diplomacia pública, aunque el concepto no formara parte todavía del vocabulario de las relaciones internacionales.

No obstante, conviene evitar interpretaciones excesivamente optimistas. La política de No Intervención permaneció inalterada. Ni Londres ni París modificaron su posición respecto a la Guerra Civil, y ninguna de las grandes democracias occidentales reconoció al Gobierno Vasco como un sujeto diplomático autónomo. El margen de actuación de la expedición estuvo condicionado por una realidad internacional marcada por el ascenso de los regímenes fascistas, la debilidad de la Sociedad de Naciones y la creciente polarización ideológica del continente. Ningún éxito deportivo podía alterar ese equilibrio estratégico.

Precisamente por ello, el verdadero valor histórico de la gira no debe medirse por su capacidad para modificar la política internacional, sino por su contribución a la construcción de una identidad política en el exilio. La selección actuó como un símbolo de continuidad institucional para miles de refugiados dispersos por Europa y América. En ausencia de un territorio sobre el que ejercer plenamente su autoridad, el Gobierno Vasco encontró en el deporte un instrumento capaz de mantener la cohesión de una comunidad política amenazada por la derrota militar y la dispersión geográfica.

Imagen

La experiencia vasca anticipó, además, una práctica que adquiriría creciente importancia durante la segunda mitad del siglo XX. Estados, gobiernos en el exilio y movimientos nacionales utilizarían con frecuencia el deporte como vehículo de representación exterior cuando las vías diplomáticas tradicionales resultaban insuficientes o estaban cerradas. Desde las selecciones de territorios sin Estado hasta los boicots deportivos de la Guerra Fría, el deporte pasó a formar parte del repertorio habitual de las relaciones internacionales. La gira de Euzkadi constituye uno de los precedentes más tempranos y mejor documentados de ese fenómeno.

Desde el punto de vista historiográfico, este episodio invita también a revisar una idea profundamente arraigada en la historia del deporte: la pretendida neutralidad de las competiciones internacionales. La selección vasca demuestra que el fútbol difícilmente puede entenderse como una actividad ajena a los procesos políticos cuando quienes lo organizan persiguen objetivos que trascienden el resultado deportivo. El balón fue, en este caso, un medio de comunicación política, una herramienta de recaudación de recursos y un instrumento de representación institucional.
El último partido disputado por los restos de la Selección Vasca fue el que le enfrentó el 18 de junio de 1939 al Atlético Corrales de Asunción (Paraguay) que se encontraba de gira en México, finalizando con empate a cuatro tantos.
Imagen

En consecuencia, la pregunta inicial admite una respuesta matizada. La diplomacia del balón no alteró el curso de la Guerra Civil ni modificó la actitud de las grandes potencias. Pero sí permitió al Gobierno Vasco prolongar su presencia en el escenario internacional, sostener parte de su labor humanitaria y preservar una identidad política que sobreviviría a la derrota militar de 1937. Su importancia radica, precisamente, en demostrar que incluso en una guerra donde el poder parecía decidirse exclusivamente en los frentes de combate, existían otros escenarios —los estadios, la prensa y la opinión pública internacional— donde también se disputaba una parte del conflicto.

Continuará...

FC Start de Kiev y el "Partido de la Muerte": entre la propaganda soviética y la realidad de la ocupación nazi
¿Fue realmente el llamado "Partido de la Muerte" un acto de resistencia deportiva castigado por la Wehrmacht, o se trata de un relato construido por la propaganda soviética tras la guerra?
Imagen
[...] y 100 millones de ducados [...]
------------------------------------
Ab insomne non custita dracone
Avatar de Usuario
Rafa.Rodrigo (kappo)
General de División
General de División
Mensajes: 9745
Registrado por: 18 años 1 mes
Ubicación: Pozuelo de Alarcón
Contactar:

Medallas

Parches

Re: Fútbol, Trincheras y Diplomacia de Guerra

Mensaje por Rafa.Rodrigo (kappo) »

FC Start de Kiev: fútbol, ocupación y supervivencia bajo la administración alemana

I. Kiev 1941

Cuando se habla del llamado "Partido de la Muerte" de Kiev, la imagen que ha quedado en la memoria es conocida: un grupo de futbolistas soviéticos se enfrenta a un equipo alemán en una ciudad ocupada, vence a pesar de las amenazas y, poco después, varios de sus jugadores son detenidos y asesinados. Durante décadas, aquella secuencia fue presentada como un ejemplo de resistencia deportiva frente al nazismo y terminó convirtiéndose en uno de los episodios más conocidos de la historia del fútbol durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, cuando se abandona el relato construido después de 1945 y se acude al contexto de la ocupación, la historia resulta bastante más compleja.

Hay un dato que conviene tener presente desde el principio: 19 de septiembre de 1941. Ese día las tropas alemanas entraron en Kiev después de una de las mayores operaciones de cerco de la primera campaña contra la Unión Soviética. La batalla había terminado con una catástrofe para el Ejército Rojo, pero para la población civil la caída de la ciudad no significó el final de las dificultades. Comenzaba una ocupación que estaría marcada por la represión, el hambre, las deportaciones, el trabajo forzoso y una política racial que convertiría a Ucrania en uno de los principales escenarios de la violencia alemana en el Este.

Imagen

El fútbol apareció dentro de ese mundo, no al margen de él. Los hombres que formarían el FC Start no eran, cuando comenzaron a jugar en 1942, una organización clandestina de combatientes ni un grupo creado expresamente para desafiar al ocupante. Eran antiguos futbolistas que habían perdido su mundo anterior, que necesitaban encontrar un trabajo y que descubrieron en la práctica deportiva una posibilidad de recuperar parte de su antigua existencia. Éste es el punto de partida que debemos tener presente antes de llegar al famoso partido del 9 de agosto de 1942, porque de otro modo corremos el riesgo de interpretar toda la historia desde su desenlace y convertir en resistencia organizada lo que inicialmente fue, sobre todo, una cuestión de supervivencia.

Barbarroja y la conquista de Ucrania

La invasión alemana de la Unión Soviética comenzó el 22 de junio de 1941. La Unternehmen Barbarossa no era únicamente una gigantesca operación militar destinada a destruir al Ejército Rojo y ocupar Moscú, Leningrado y Ucrania. Formaba parte de un proyecto mucho más amplio de transformación de Europa oriental. Hitler contemplaba los territorios soviéticos como un espacio colonial destinado a proporcionar alimentos, materias primas y mano de obra al Reich, y la guerra contra la Unión Soviética estaba concebida desde el principio como un conflicto de carácter ideológico y racial.

Ucrania ocupaba una posición especialmente importante dentro de aquellos planes. Sus grandes extensiones agrícolas, sus recursos minerales, las industrias del Donbass y su situación geográfica convertían el territorio en uno de los principales objetivos estratégicos de Alemania. La conquista no debía proporcionar solamente una victoria militar; debía permitir que la economía alemana dispusiera de los recursos necesarios para sostener una guerra cada vez más larga.

En el sector meridional avanzó el Grupo de Ejércitos Sur, mandado por el mariscal Gerd von Rundstedt. Durante el verano de 1941 las fuerzas alemanas avanzaron hacia el territorio ucraniano mientras las unidades soviéticas intentaban contener una ofensiva que se desarrollaba a una escala desconocida hasta entonces. La batalla de Kiev terminaría siendo uno de los mayores cercos de la campaña. Las fuerzas alemanas consiguieron envolver a buena parte de los ejércitos soviéticos que defendían la capital y, cuando la bolsa se derrumbó en septiembre, centenares de miles de soldados del Ejército Rojo habían muerto, desaparecido o caído prisioneros.

El 19 de septiembre, la Wehrmacht entró en Kiev. La victoria tenía una enorme importancia militar, pero la conquista territorial planteaba inmediatamente otro problema: cómo administrar una región inmensa y someter a una población de decenas de millones de personas. Los alemanes establecieron diferentes sistemas de ocupación. Algunas zonas quedaron bajo autoridad militar, mientras una parte importante de Ucrania fue incorporada al Reichskommissariat Ukraine, creado formalmente en septiembre de 1941.

Su máximo responsable fue Erich Koch, uno de los dirigentes nazis que mejor encarnaban el carácter colonial de la política alemana en el Este. La administración alemana no pretendía reconstruir la economía ucraniana en beneficio de sus habitantes ni establecer una relación de colaboración entre iguales. Ucrania debía servir a los intereses del Reich. Sus campos debían producir alimentos, sus recursos debían alimentar la industria y su población debía proporcionar mano de obra.

Imagen
Erich Koch (derecha) y Alfred Rosenberg (centro) en Kiev, en el Reichskommissariat Ukraine.

Por ello, la caída de Kiev no puede entenderse simplemente como el cambio de una administración soviética por otra alemana. La ocupación significaba una transformación profunda de la vida política, económica y social de la ciudad, y esa realidad condicionaría también cualquier actividad deportiva que pudiera desarrollarse durante los meses siguientes.

La ciudad ocupada

La vida cotidiana de Kiev sufrió una transformación radical. La guerra había destruido buena parte de las redes de transporte y abastecimiento, y la ocupación agravó una situación alimentaria ya muy difícil. Para muchos habitantes conseguir comida se convirtió en una actividad diaria que exigía recurrir a intercambios, contactos personales o al mercado negro. En estas circunstancias, tener un trabajo estable podía ser una cuestión de supervivencia y no simplemente una forma de obtener ingresos.

La represión fue todavía más importante. Las autoridades alemanas y las organizaciones policiales que las acompañaban emprendieron desde los primeros momentos una política sistemática de persecución. Funcionarios soviéticos, militantes comunistas, prisioneros de guerra y, de manera especialmente brutal, la población judía fueron perseguidos y asesinados. Los días 29 y 30 de septiembre de 1941, pocos días después de la ocupación de la ciudad, decenas de miles de judíos fueron conducidos a Babi Yar y asesinados allí. Las matanzas continuarían durante los meses posteriores y convertirían aquel barranco en uno de los símbolos más terribles del exterminio en los territorios soviéticos ocupados.

La explotación económica acompañó a la represión. Miles de habitantes fueron destinados al trabajo forzoso y posteriormente muchos serían enviados a Alemania. La población de Kiev quedó sometida a una administración que necesitaba mano de obra, alimentos y recursos y que utilizaba la coerción como uno de sus principales instrumentos de gobierno.

Al mismo tiempo, la sociedad ocupada desarrolló comportamientos muy diversos. Hubo colaboración política y administrativa, pero también personas que cooperaron simplemente para conseguir alimentos o evitar represalias. Existieron individuos que habían sido enemigos del régimen soviético y que inicialmente recibieron a los alemanes como una posible alternativa, mientras otros participaron en actividades clandestinas o de resistencia. La realidad cotidiana fue mucho menos limpia que la división posterior entre héroes y traidores.

En este escenario apareció de nuevo el fútbol. No porque la ocupación hubiera creado unas condiciones favorables para el deporte, sino porque el deporte formaba parte de la vida anterior de Kiev y podía ser recuperado dentro de los márgenes que permitía la nueva administración. Para algunos habitantes suponía entretenimiento; para otros, una oportunidad de volver a ejercer su profesión. Para las autoridades, podía contribuir a mantener una apariencia de normalidad en una ciudad que, en realidad, estaba sometida a una violencia extraordinaria.

Imagen

El fútbol bajo la ocupación

La ocupación alemana no supuso la desaparición de todas las actividades deportivas. Al contrario, durante 1942 comenzaron a organizarse competiciones locales y distintos equipos volvieron a disputar encuentros. Conviene, sin embargo, evitar una interpretación excesivamente simple. No parece correcto presentar todo este proceso como una gran operación propagandística alemana cuidadosamente planificada alrededor del fútbol de Kiev. Las autoridades que controlaban la ciudad tenían prioridades mucho más graves: la seguridad, la explotación económica, la represión y la guerra.

Pero el deporte resultaba útil para mantener una cierta apariencia de normalidad. Un partido podía reunir a numerosos espectadores durante unas horas, permitía recuperar una actividad que había formado parte de la vida urbana anterior a la guerra y, al mismo tiempo, podía ser supervisado por las autoridades de ocupación. En una ciudad donde escaseaban los entretenimientos y donde la población vivía sometida a enormes tensiones, aquello tenía también un valor psicológico evidente.

Para los antiguos futbolistas de Kiev, además, el problema era mucho más práctico. La guerra había destruido sus clubes, sus carreras profesionales y sus medios de vida. Algunos habían sido movilizados; otros permanecían en la ciudad intentando encontrar un trabajo que les permitiera sobrevivir.

Entre ellos se encontraba Nikolai Trusevich, antiguo guardameta del Dinamo de Kiev. Trusevich había sido uno de los jugadores destacados del fútbol soviético de la ciudad, pero en 1941 esa carrera pertenecía ya al pasado. Como otros deportistas, necesitaba encontrar una forma de ganarse la vida dentro de la nueva realidad creada por la ocupación.

La Panadería número 1 y el nacimiento del FC Start

Trusevich encontró trabajo en la Panadería número 1 de Kiev, y aquel lugar tendría una importancia decisiva en la formación del futuro FC Start. Allí coincidió con otros antiguos futbolistas y pudo establecerse una pequeña comunidad de jugadores que compartían una misma experiencia: habían sido deportistas profesionales antes de la guerra y ahora dependían de un empleo para sobrevivir en una ciudad ocupada.

Imagen
Nikolai Trusevich en el centro antes de la guerra.

En la historia del equipo aparece también Josef Kordik, de origen checo y relacionado con la dirección de la panadería. Kordik conocía el mundo del fútbol y ayudó a que algunos de aquellos antiguos jugadores pudieran encontrar trabajo en el establecimiento. En una Kiev donde conseguir alimentos y conservar un empleo podían ser cuestiones de vida o muerte, disponer de un puesto en una panadería tenía una importancia que desde la perspectiva actual resulta fácil subestimar.

Poco a poco se reunió un grupo de futbolistas procedentes principalmente del Dinamo de Kiev y del Lokomotiv, entre ellos Trusevich, Makar Goncharenko, Ivan Kuzmenko y Alexei Klimenko. Durante el verano de 1942 comenzaron a disputar encuentros bajo el nombre de FC Start.

Aquí es donde debemos detenernos antes de entrar en la leyenda. No existe base suficiente para presentar el nacimiento del equipo como la creación de una organización clandestina de resistencia. Aquellos hombres no formaron el Start con un programa político destinado a enfrentarse a la ocupación alemana. Eran futbolistas que habían encontrado una manera de trabajar, de jugar y, en cierta medida, de recuperar una parte de la vida que la guerra les había arrebatado.

El significado de sus partidos cambiaría después. Al principio, jugar al fútbol podía significar sencillamente volver a hacer aquello para lo que habían sido entrenados durante años. Pero el contexto hacía imposible que las victorias fueran completamente neutrales. El FC Start comenzó a ganar partidos y pronto se enfrentó también a equipos relacionados con las fuerzas alemanas y sus aliados. Las victorias se sucedieron y el equipo adquirió una reputación cada vez mayor entre los habitantes de Kiev.

Durante 1942, el FC Start jugó varios partidos con equipos de guarniciones militares y logró ganar todos los partidos:

Fecha Oponente Resultado
21 de junio Guarnición húngara 6-2
5 de julio Guarnición rumana 11-0
12 de julio Equipo trabajadores del ferrocarril militar 9-1
17 de julio PGS (Alemania) 6-0
19 de julio MSG.Wal (Hungría) 5-1
21 de julio MSG.Wal (Hungría) 3-2
6 de agosto Flakelf (Alemania) 5-1

Lo que para los jugadores podía seguir siendo una competición deportiva empezó a tener una lectura diferente para quienes acudían a verla. En una ciudad ocupada, derrotar a un equipo asociado con el ocupante podía convertirse inevitablemente en un acto cargado de significado, aunque los protagonistas no hubieran salido al campo con esa intención. Y precisamente ahí comienza la parte más interesante de la historia: cuando un partido de fútbol deja de ser únicamente un partido de fútbol porque se juega en una sociedad sometida a la ocupación y porque jugadores y espectadores atribuyen al resultado significados que van mucho más allá del marcador.

La siguiente cuestión será, por tanto, reconstruir aquellos partidos de 1942 sin adelantar todavía el mito posterior: quiénes fueron los adversarios, qué relación tenían realmente con las autoridades alemanas, cómo reaccionó la población de Kiev ante las victorias del Start y qué ocurrió después del famoso encuentro del 9 de agosto de 1942. Sólo siguiendo esa secuencia podremos comprobar cuánto hay de realidad en el relato del «Partido de la Muerte» y cuánto fue añadido posteriormente por la propaganda y por la memoria de la guerra.

Continuará....
[...] y 100 millones de ducados [...]
------------------------------------
Ab insomne non custita dracone
Avatar de Usuario
Rafa.Rodrigo (kappo)
General de División
General de División
Mensajes: 9745
Registrado por: 18 años 1 mes
Ubicación: Pozuelo de Alarcón
Contactar:

Medallas

Parches

Re: Fútbol, Trincheras y Diplomacia de Guerra

Mensaje por Rafa.Rodrigo (kappo) »

En la primera parte vimos cómo nació el FC Start en una Kiev ocupada por los alemanes, en unas circunstancias bastante más complejas y menos heroicas de lo que posteriormente quiso presentar la leyenda. Antiguos jugadores del Dinamo y del Lokomotiv habían encontrado trabajo en la Panadería nº 1 y, gracias a ello, pudieron recuperar algo tan cotidiano como jugar al fútbol. No era poca cosa. La ciudad vivía sometida a la administración alemana desde septiembre de 1941, buena parte de su población padecía hambre, deportaciones, trabajos forzados y represión, y cualquier actividad pública debía desarrollarse dentro de los límites marcados por las autoridades de ocupación. El fútbol ofrecía unas horas de aparente normalidad, pero también podía convertirse, voluntariamente o no, en algo más que un simple entretenimiento.

Para los jugadores, volver a un terreno de juego significaba recuperar durante unas horas una parte de la vida anterior a la guerra. Para los espectadores podía representar todavía más. En una ciudad conquistada por un ejército extranjero, donde los ocupantes controlaban las calles, los alimentos, el trabajo y buena parte de la vida cotidiana, una victoria deportiva sobre un equipo relacionado con las fuerzas del Eje difícilmente podía contemplarse de manera completamente neutral. No hacía falta que los futbolistas fueran resistentes clandestinos ni que existiera una consigna política detrás de cada encuentro. Bastaba con que miles de personas identificasen a unos jugadores como los suyos y al equipo contrario como representantes del poder que dominaba la ciudad.

Durante el verano de 1942 el FC Start comenzó a ganar partido tras partido. El primer encuentro documentado tuvo lugar el 7 de junio, cuando derrotó al Rukh por 7-2. Después llegaron nuevas victorias: 6-2 frente a una selección militar húngara, 11-0 ante un equipo rumano y 9-1 contra un conjunto de trabajadores ferroviarios. El 17 de julio venció por 6-0 al PGS alemán y, poco después, se impuso al MSG Wal húngaro por 5-1 y 3-2. Los resultados permiten comprender que el Start ya se había convertido en un equipo extraordinariamente competitivo mucho antes del encuentro que acabaría pasando a la historia. No surgió como símbolo el 9 de agosto. Llevaba semanas derrotando con claridad a equipos vinculados, de una u otra forma, con las fuerzas del Eje.

Imagen

El 6 de agosto de 1942 se produjo el primer enfrentamiento con el Flakelf, un equipo relacionado con la Luftwaffe y las unidades alemanas de defensa antiaérea desplegadas en Kiev. El Start venció por un contundente 5-1. El resultado debió de resultar especialmente satisfactorio para buena parte del público local, aunque conviene evitar proyectar sobre aquel encuentro significados políticos que las fuentes no permiten demostrar. Lo importante es que tres días después ambos equipos volvieron a enfrentarse en el estadio Zenit. Aquel segundo partido acabaría transformándose con el paso de los años en uno de los episodios deportivos más famosos de la Segunda Guerra Mundial: el llamado «Partido de la Muerte».

Conviene subrayar desde el principio que nadie lo denominó así aquel 9 de agosto. Tampoco tenemos pruebas de que el encuentro fuese presentado de antemano como una elección entre la derrota deportiva y la muerte. Ese significado fue construyéndose posteriormente, cuando los acontecimientos comenzaron a ser recordados, reinterpretados y adaptados a las necesidades de la memoria soviética de la guerra. Precisamente por ello resulta necesario separar tres niveles que durante décadas se han confundido con frecuencia: lo que sabemos que ocurrió, lo que resulta posible o probable y aquello que pertenece a la construcción posterior del mito.

El segundo encuentro entre el Start y el Flakelf se disputó el 9 de agosto de 1942 ante unos 2.000 espectadores. El conjunto alemán consiguió adelantarse, pero los futbolistas de Kiev reaccionaron y llegaron al descanso con ventaja de 3-1. El Flakelf recortó posteriormente las diferencias, pero el Start terminó imponiéndose por 5-3. Hasta aquí podemos movernos sobre un terreno relativamente firme. Conocemos el partido, conocemos el resultado y sabemos que el equipo local volvió a derrotar a los alemanes. El problema comienza cuando intentamos reconstruir todo lo que, según versiones posteriores, habría ocurrido alrededor del encuentro.

La narración tradicional transformó el partido en un combate simbólico entre la Alemania nazi y el pueblo soviético. Según esa versión, antes de comenzar los futbolistas del Start habrían recibido una advertencia inequívoca: debían dejarse ganar. Algunas reconstrucciones fueron todavía más lejos y afirmaron que un oficial de las SS entró en el vestuario para comunicarles que serían ejecutados si derrotaban al Flakelf. Los jugadores, conscientes del peligro, habrían decidido desafiar a los ocupantes y jugar para ganar, aun sabiendo que aquella victoria podía costarles la vida. Desde el punto de vista narrativo, la escena era difícil de superar: una ciudad ocupada, once futbolistas desarmados, un equipo alemán, una amenaza de muerte y una victoria conseguida a pesar del miedo.

Precisamente por eso resultaba perfecta para convertirse en leyenda. El problema es que la documentación disponible no permite demostrar que aquella amenaza se produjera en los términos en los que después fue contada. Esto no significa que el partido careciera de tensión política ni que los jugadores ignorasen quiénes eran sus adversarios. Resulta difícil imaginar algo semejante en la Kiev de 1942. Tanto los futbolistas como los espectadores sabían perfectamente que vivían bajo ocupación militar y que delante de ellos había un equipo alemán. Una victoria podía adquirir, por tanto, un significado que trascendiese lo deportivo. Pero una cosa es reconocer ese contexto y otra muy diferente afirmar que existió una orden expresa de perder acompañada de una amenaza de ejecución.

Algo parecido ocurre con otro de los episodios más repetidos: el saludo previo al encuentro. Durante décadas se afirmó que los alemanes realizaron el saludo nazi y que los jugadores del Start se negaron a imitarlos, respondiendo con un saludo deportivo soviético o con el grito de Fizkultura. La escena terminó convirtiéndose en uno de los momentos centrales del relato porque simbolizaba perfectamente el desafío: los futbolistas no sólo habían decidido vencer, sino que habían rechazado públicamente someterse al ritual político de sus adversarios. Sin embargo, las investigaciones posteriores han cuestionado algunos detalles de esta reconstrucción y no contamos con pruebas contemporáneas suficientemente sólidas para repetirla como un hecho indiscutible.

Existe además una conocida fotografía tomada después del partido en la que aparecen juntos miembros de ambos equipos. Evidentemente, una imagen de grupo no demuestra que existiera cordialidad, amistad o ausencia de tensiones. Sería absurdo extraer semejante conclusión. Pero sí obliga a manejar con prudencia determinadas reconstrucciones que presentan el encuentro como una sucesión ininterrumpida de amenazas y violencia desde el vestuario hasta el final del partido. Como suele ocurrir con los acontecimientos convertidos en símbolos, la memoria posterior simplificó una realidad mucho más ambigua.

Imagen

La mejor manera de comprobarlo es observar lo que sucedió inmediatamente después. Los jugadores del Start no fueron detenidos aquella tarde, tampoco fueron fusilados al abandonar el estadio ni desaparecieron al día siguiente. Una semana más tarde, el 16 de agosto, volvieron a jugar y derrotaron al Rukh por un contundente 8-0. Las detenciones comenzaron dos días después, el 18 de agosto. La cronología por sí sola no demuestra que no pudiera existir alguna relación entre los encuentros y la posterior represión, pero sí contradice la imagen popular de unos jugadores sentenciados inmediatamente por haber vencido al Flakelf.

La cuestión central consiste, por tanto, en determinar si realmente recibieron amenazas antes del partido. La respuesta más prudente es que no podemos asegurarlo con la rotundidad con la que se ha contado durante décadas. Existen testimonios posteriores que hablan de presiones, advertencias y presencia de oficiales alemanes, pero no disponemos de documentación contemporánea que permita demostrar una orden explícita de perder bajo pena de muerte. En historia, y especialmente cuando estudiamos episodios convertidos en símbolos nacionales, esta diferencia resulta fundamental.

Además, buena parte de los testimonios fueron recogidos después de la guerra, cuando el episodio estaba comenzando a integrarse en la memoria soviética de la llamada Gran Guerra Patria. Las autoridades soviéticas tenían razones evidentes para convertir aquel partido en un ejemplo de resistencia. El relato encajaba perfectamente en una interpretación general de la guerra según la cual toda la sociedad soviética había combatido al invasor: los soldados en el frente, los partisanos en la retaguardia, los obreros en las fábricas y, ahora también, unos futbolistas sobre un terreno de juego. Era una historia sencilla, comprensible y extraordinariamente poderosa.

Sin embargo, tampoco deberíamos cometer el error contrario y considerar falso todo aquello que proceda de testimonios soviéticos o fuese utilizado posteriormente por la propaganda. La tarea del historiador es bastante más complicada. Hay que analizar cuándo apareció cada testimonio, quién lo proporcionó, en qué circunstancias fue recogido, qué podía conocer realmente su autor y hasta qué punto coincide con otras fuentes independientes. La propaganda puede transformar acontecimientos reales sin necesidad de inventarlos por completo, exagerando determinados aspectos, eliminando otros y estableciendo relaciones causales que quizá nunca existieron.

Las investigaciones desarrolladas después de la desaparición de la Unión Soviética permitieron revisar el caso con una documentación más amplia. Historiadores ucranianos pudieron consultar materiales que habían permanecido inaccesibles durante décadas y estudiar el fútbol practicado bajo la ocupación alemana dentro de un marco mucho más general. Entre ellos destaca Volodymyr Hinda, cuyos trabajos han mostrado que las derrotas sufridas por equipos alemanes frente a conjuntos ucranianos no fueron un fenómeno excepcional. Durante la ocupación se disputaron numerosos encuentros contra equipos alemanes, húngaros, rumanos y de otras procedencias, y las victorias locales no conducían automáticamente a la detención o ejecución de los jugadores.

Este dato resulta especialmente importante porque obliga a buscar explicaciones más complejas para lo sucedido al FC Start. Si otros equipos podían derrotar a conjuntos relacionados con las fuerzas de ocupación sin sufrir represalias mortales, resulta difícil sostener que el resultado del 9 de agosto constituya por sí solo la explicación de las posteriores detenciones. Para comprender qué ocurrió hay que abandonar por un momento el terreno de juego y seguir a los futbolistas durante los días siguientes.

El 18 de agosto de 1942, varios jugadores fueron detenidos por la Gestapo en la Panadería nº 1. Otros serían arrestados posteriormente. Entre ellos se encontraba Nikolai Korotkykh, antiguo miembro de estructuras soviéticas de seguridad según diversas investigaciones, una circunstancia que pudo tener una importancia decisiva en su destino. Korotkykh murió durante los interrogatorios. Los demás detenidos fueron enviados a diferentes centros de reclusión y algunos acabaron en Syrets, el campo situado en las proximidades de Kiev que formaba parte del aparato represivo establecido por las autoridades alemanas de ocupación.

Imagen
Fotografía aérea de la Luftwaffe de Babi Yar, tomada el 26 de septiembre.

Syrets no había sido creado para castigar a unos futbolistas que habían derrotado a un equipo alemán. Era un campo en el que se encerraba principalmente a prisioneros políticos y trabajadores sometidos a unas condiciones extremadamente duras. Este contexto resulta esencial porque permite situar a los jugadores dentro de una estructura represiva mucho más amplia. No todos fueron detenidos por las mismas razones, no todos siguieron el mismo recorrido y tampoco todos tuvieron el mismo destino. La leyenda necesitaba un equipo unido hasta la muerte; la historia real, en cambio, presenta trayectorias individuales mucho más difíciles de reducir a una sola explicación.

Ivan Kuzmenko, Alexei Klimenko y Nikolai Trusevich murieron en Syrets en febrero de 1943 durante una represalia alemana en el campo. Habían transcurrido aproximadamente seis meses desde el partido contra el Flakelf. Este intervalo temporal resulta imposible de ignorar. No murieron en el estadio, tampoco fueron ejecutados al día siguiente ni conducidos inmediatamente ante un pelotón de fusilamiento por haber ganado 5-3. Su muerte se produjo dentro de un sistema de violencia y represión que afectaba a miles de personas y cuyo funcionamiento iba mucho más allá de un partido de fútbol.

Otros miembros del Start sobrevivieron. Makar Goncharenko, Mikhail Sviridovsky y Fedir Tyutchev, entre otros, siguieron trayectorias diferentes. Precisamente esta diversidad de destinos fue uno de los elementos que las versiones posteriores tendieron a reducir o directamente eliminar. Desde el punto de vista propagandístico resultaba mucho más eficaz imaginar a todo un equipo avanzando unido hacia la muerte después de desafiar a los ocupantes que explicar una historia formada por arrestos en diferentes fechas, interrogatorios, campos de concentración, ejecuciones, sospechas políticas y supervivientes.

Después de la guerra se intentó esclarecer si existía una relación directa entre el partido y las posteriores muertes. También las autoridades judiciales alemanas investigaron el caso. Un procedimiento abierto en Hamburgo en 1974 fue cerrado dos años después ante las dificultades para obtener documentación soviética. Décadas más tarde volvió a examinarse el episodio y, finalmente, en 2005 la investigación concluyó sin poder demostrar una conexión directa entre la victoria del FC Start y la ejecución de los jugadores que murieron posteriormente.

Naturalmente, esta conclusión no exonera en absoluto a las autoridades alemanas de ocupación. Trusevich, Kuzmenko, Klimenko, Korotkykh y otros prisioneros murieron dentro de un sistema represivo creado y administrado por los ocupantes. La cuestión historiográfica es diferente: determinar si fueron asesinados específicamente porque habían derrotado a un equipo alemán. Y aquí las pruebas disponibles no permiten afirmarlo. La ocupación de Kiev fue suficientemente brutal como para que no necesitemos añadir una sentencia de muerte pronunciada antes de un partido de fútbol para comprender la tragedia de aquellos hombres.

La transformación de los acontecimientos en mito comenzó después de la guerra y fue desarrollándose progresivamente. La Unión Soviética construyó buena parte de la memoria de la Gran Guerra Patria alrededor de conceptos como resistencia, sacrificio, patriotismo y victoria sobre el fascismo. El FC Start ofrecía un material extraordinario para esa tarea porque sus protagonistas no eran generales, dirigentes del Partido ni héroes militares profesionales. Eran hombres corrientes que jugaban al fútbol. Según la versión que comenzó a consolidarse, habían tenido que elegir entre obedecer al ocupante y conservar su dignidad. Eligieron ganar y pagaron con la vida. Pocas historias podían resultar más eficaces.

En 1957, Petr Severov y Naum Khalemsky publicaron Ostannij Poiedynok, El último encuentro, obra que contribuyó decisivamente a fijar determinados elementos del relato. Cinco años después, en 1962, la película soviética Tretiy taym, El tercer tiempo, llevó aquella historia a millones de espectadores. Fue durante estos años cuando terminaron de consolidarse buena parte de los componentes que todavía asociamos inmediatamente con el «Partido de la Muerte»: la orden de perder, la amenaza de ejecución, el saludo nazi, el desafío consciente de los futbolistas y la muerte como consecuencia directa de la victoria.

Imagen

La memoria soviética tampoco había sido completamente uniforme. Durante los primeros años de la posguerra existió cierta incomodidad respecto a algunos de los protagonistas, porque habían sobrevivido bajo la ocupación, trabajado en una empresa controlada por las autoridades alemanas y participado en competiciones autorizadas por los ocupantes. En el clima político de los años inmediatamente posteriores a la guerra, estas circunstancias podían despertar sospechas. Con el paso del tiempo, sin embargo, aquellas ambigüedades fueron desapareciendo y los futbolistas quedaron plenamente integrados dentro del relato heroico soviético. Se levantaron monumentos en Kiev y el antiguo estadio Zenit terminó recibiendo el nombre de Estadio Start.

Para entonces, la leyenda había adquirido prácticamente su forma definitiva, pero todavía le quedaba dar un paso más: abandonar el espacio soviético y convertirse en una historia internacional. La Guerra Fría no impidió que el relato atravesase las fronteras. Al contrario, la idea de unos hombres corrientes que empleaban el deporte para desafiar al totalitarismo resultaba fácilmente comprensible para públicos muy diferentes y podía adaptarse sin demasiados problemas a otras narrativas políticas.

En 2001, Andy Dougan publicó Dynamo: Defending the Honour of Kiev, una obra que popularizó enormemente la historia entre los lectores occidentales. Su libro posee una notable fuerza narrativa y recuperó el episodio para una nueva generación, aunque distintos investigadores han criticado su tendencia a presentar como hechos demostrados algunas escenas procedentes de la tradición soviética cuya base documental resulta mucho más incierta. Es un buen ejemplo de cómo una historia puede ganar eficacia narrativa precisamente en aquellos puntos donde pierde matices historiográficos.

Imagen

Mucho antes, el cine occidental ya había transformado el episodio de Kiev en una historia completamente diferente. En 1981, John Huston estrenó Escape to Victory, conocida en España como Evasión o victoria, con Michael Caine, Sylvester Stallone, Max von Sydow y varios futbolistas profesionales, entre ellos Pelé y Ardiles. La película se apartaba considerablemente de los acontecimientos reales y trasladaba la acción a un partido disputado entre prisioneros aliados y un equipo alemán. Sin embargo, conservaba intacta la esencia del mito: el fútbol convertido en escenario de resistencia frente a un poder totalitario.

Imagen

Así, el partido disputado en Kiev el 9 de agosto de 1942 dejó de pertenecer exclusivamente a la memoria soviética y pasó a formar parte de una cultura internacional de la Segunda Guerra Mundial. La historia había adquirido vida propia. Ya no importaba demasiado que determinadas escenas hubieran sucedido exactamente de aquella manera. Lo importante era lo que representaban: la posibilidad de enfrentarse al ocupante incluso cuando la superioridad política, militar y coercitiva parecía absoluta.

Llegamos entonces a la pregunta que ha acompañado a esta historia durante más de ochenta años: ¿murieron los jugadores del Start por ganar aquel partido? Sabemos que varios futbolistas murieron durante la ocupación alemana, que algunos fueron detenidos por la Gestapo y que Trusevich, Kuzmenko y Klimenko perecieron en Syrets. Lo que no podemos demostrar con la documentación disponible es que fueran ejecutados como consecuencia directa de la victoria del 9 de agosto. La diferencia puede parecer pequeña para quien contempla el episodio únicamente como una leyenda deportiva, pero desde el punto de vista historiográfico resulta decisiva.

Las investigaciones posteriores han permitido separar cada vez mejor los acontecimientos documentados de las capas de interpretación acumuladas durante décadas. Autores como Simon Kuper, David Goldblatt o James Riordan han estudiado desde diferentes perspectivas las relaciones entre fútbol, sociedad y política en Europa oriental y la Unión Soviética, aunque no todos han trabajado el episodio con el mismo grado de profundidad. Para el caso concreto de Kiev han resultado especialmente importantes los estudios ucranianos posteriores a 1991, entre ellos los de Volodymyr Hinda, porque han permitido colocar aquellos partidos dentro de la vida cotidiana de la ocupación y comparar lo ocurrido al Start con otros encuentros celebrados durante el mismo periodo.

Revisar el mito no significa negar que el partido tuviese importancia, ni convertir a los futbolistas en colaboradores, ni reducir el encuentro a noventa minutos de deporte sin trascendencia. El Start jugó en una ciudad conquistada, derrotó repetidamente a equipos relacionados con las fuerzas del Eje y sus victorias probablemente proporcionaron a una parte de la población de Kiev una satisfacción que trascendía los resultados deportivos. Algunos de sus jugadores fueron posteriormente detenidos por la Gestapo y varios murieron dentro del sistema represivo alemán. Todo ello resulta suficientemente dramático sin necesidad de añadir acontecimientos que no podemos demostrar.

Quizá precisamente ahí se encuentre el verdadero interés de la historia. El fútbol no creó la represión alemana en Kiev, porque aquella represión formaba parte de la propia estructura de la ocupación. El partido proporcionó posteriormente algo diferente: un escenario sencillo y poderoso desde el que explicar una realidad mucho más amplia. Unos hombres desarmados, un balón, un adversario identificado con el ocupante y una victoria obtenida a pesar de las circunstancias constituían una imagen mucho más fácil de recordar que la complejidad de expedientes policiales, estructuras represivas, campos de concentración y motivaciones individuales.

La historia del FC Start, por tanto, no terminó cuando el árbitro señaló el final del 5-3. Continuó en las detenciones, los interrogatorios y Syrets; siguió después en los expedientes soviéticos, las investigaciones judiciales, los testimonios de los supervivientes, los libros, los monumentos y el cine. Y continúa todavía hoy cuando intentamos separar lo que realmente ocurrió en Kiev de aquello que diferentes generaciones necesitaron creer que había ocurrido.

Por eso quizá la pregunta más interesante no sea únicamente qué sucedió en aquel estadio el 9 de agosto de 1942, sino por qué la Unión Soviética de la posguerra, la Europa de la Guerra Fría y posteriormente la cultura popular occidental necesitaron recordar aquel partido de una forma determinada. Es ahí donde el «Partido de la Muerte» deja de ser solamente una historia de fútbol y se convierte en algo mucho más revelador: una historia sobre la guerra, la memoria, la propaganda y la manera en que las sociedades construyen sus propios héroes.

Continuará...
[...] y 100 millones de ducados [...]
------------------------------------
Ab insomne non custita dracone
Avatar de Usuario
Rafa.Rodrigo (kappo)
General de División
General de División
Mensajes: 9745
Registrado por: 18 años 1 mes
Ubicación: Pozuelo de Alarcón
Contactar:

Medallas

Parches

Re: Fútbol, Trincheras y Diplomacia de Guerra

Mensaje por Rafa.Rodrigo (kappo) »

Fútbol tras las alambradas: la Liga de Theresienstadt y el deporte en los campos de prisioneros

En el patio de una de las grandes barracas de Theresienstadt dos equipos corren detrás de un balón. A su alrededor se apiñan cientos de espectadores. Algunos observan desde las ventanas y otros siguen el partido junto al terreno de juego. Hay árbitro, camisetas distintas, equipos conocidos y aficionados que discuten cada jugada. Durante unos minutos la escena podría recordar a cualquier modesto encuentro de fútbol de la Europa central. Pero los jugadores son judíos deportados y el campo forma parte de un gueto controlado por las SS. Tras los muros esperan el hambre, las enfermedades y, para muchos, un transporte hacia Auschwitz. Precisamente por eso aquel fútbol resulta tan difícil de comprender desde nuestra perspectiva: en uno de los lugares creados por el régimen nazi para concentrar, aislar y deportar seres humanos, el balón continuaba rodando.

Theresienstadt, Terezín en checo, había sido una ciudad fortificada situada al norte de Praga. Los alemanes comenzaron a utilizarla como gueto a finales de 1941 y pronto se convirtió en una pieza singular dentro del sistema nazi de persecución de los judíos europeos. No era un campo de exterminio, aunque decenas de miles de personas murieron allí por hambre y enfermedad o fueron enviadas posteriormente a centros de exterminio. Al mismo tiempo, las autoridades alemanas presentaron el lugar como una especie de asentamiento judío privilegiado. La presencia de numerosos artistas, músicos, profesores e intelectuales favoreció una intensa vida cultural desarrollada por los propios presos, pero esa actividad fue después aprovechada por las SS para construir una imagen falsa del gueto.
Imagen

El fútbol formaba parte de aquella vida interna. Desde 1942 funcionó una auténtica Liga de Terezín, organizada fundamentalmente por los propios prisioneros. Los equipos se formaban muchas veces alrededor de los trabajos desempeñados en el gueto: estaban los cocineros, los electricistas, los jardineros, los trabajadores del almacén de ropa o quienes se ocupaban de los jóvenes. Otros conjuntos adoptaron nombres relacionados con ciudades, clubes anteriores a la guerra o asociaciones deportivas judías. Había antiguos futbolistas profesionales y aficionados, árbitros, clasificaciones y resultados. Los partidos se celebraban generalmente los domingos y llegaron a convertirse en uno de los espectáculos más populares entre los internos. Incluso han sobrevivido tablas de clasificación, dibujos y crónicas deportivas realizadas dentro del propio gueto.

Imagen

Nada de aquello convertía Theresienstadt en un lugar soportable. La comida seguía siendo insuficiente, el hacinamiento era enorme y los transportes podían deshacer una plantilla de un día para otro. Un delantero que marcaba varios goles el domingo podía recibir pocos días después la orden de presentarse para una deportación. También existían desigualdades entre los propios equipos. Quienes trabajaban cerca de los alimentos, especialmente cocineros o carniceros, podían encontrarse físicamente en mejores condiciones que otros prisioneros. El deporte reproducía así, de manera inevitable, algunas diferencias de la vida cotidiana del gueto.

Sin embargo, su importancia iba mucho más allá del resultado. Jugar significaba recuperar temporalmente algo que el cautiverio intentaba destruir: la rutina. Había que entrenar, elegir jugadores, formar equipos, respetar unas reglas y esperar el siguiente partido. Para el espectador suponía discutir una jugada, celebrar un gol o identificarse con unos colores. Eran gestos absolutamente normales en una situación que no tenía nada de normal. El fútbol proporcionaba también actividad física, relaciones sociales y, sobre todo, una ocupación mental frente al miedo permanente. No hacía desaparecer el hambre ni evitaba las deportaciones, pero durante un breve espacio de tiempo devolvía a jugadores y espectadores una parcela de control sobre sus propias vidas.

Las SS comprendieron pronto el valor de aquella apariencia de normalidad. En 1944 Theresienstadt adquirió una nueva función propagandística. Las noticias sobre las deportaciones de judíos y las presiones internacionales habían aumentado, especialmente después del traslado al gueto de judíos daneses. Finalmente, los alemanes aceptaron que una delegación formada por representantes del Comité Internacional de la Cruz Roja, la Cruz Roja danesa y el gobierno de Dinamarca visitara Theresienstadt el 23 de junio de 1944.

La visita fue preparada hasta el último detalle. Las autoridades nazis ordenaron una extensa operación de «embellecimiento»: se arreglaron fachadas, se colocaron carteles, se acondicionaron espacios culturales y zonas infantiles y se intentó presentar el gueto como una comunidad razonablemente próspera. El hacinamiento constituía un problema demasiado evidente, por lo que en mayo unos 7.500 prisioneros fueron deportados a Auschwitz. El recorrido de los inspectores quedó cuidadosamente fijado y las escenas que debían contemplar fueron preparadas de antemano. No se trataba de mostrar Theresienstadt, sino de representar una Theresienstadt inexistente.

Imagen

El fútbol ocupó un lugar destacado en aquella representación. La delegación presenció un partido ante una multitud que animaba a los jugadores, junto con otras actividades culturales como una representación de la ópera infantil Brundibár. Para un observador exterior, la escena podía transmitir una impresión poderosa: hombres haciendo deporte, niños asistiendo a espectáculos, músicos actuando y una comunidad aparentemente organizada. Los inspectores fueron engañados y redactaron informes favorables sobre la visita. La pelota había adquirido así un significado completamente distinto. Para los presos podía representar evasión y normalidad; para las SS era una pieza más dentro de una operación destinada a ocultar la persecución y el asesinato de los judíos europeos.

El montaje continuó después de marcharse la delegación. Entre agosto y septiembre de 1944 se rodaron nuevas escenas para la película Theresienstadt: Ein Dokumentarfilm aus dem jüdischen Siedlungsgebiet, escrita y dirigida bajo coacción por el actor y director judío alemán Kurt Gerron. Las imágenes mostraban talleres, conciertos, niños jugando, personas leyendo, jardines y nuevamente un partido de fútbol. Las cámaras evitaban cuidadosamente todo aquello que revelara la realidad del lugar: el hambre, las enfermedades, las alambradas y el miedo a los transportes. La película se terminó en 1945, aunque nunca llegó a proyectarse públicamente. Muchos de quienes aparecieron ante las cámaras, incluido Gerron, fueron deportados después a Auschwitz y asesinados.

Imagen

El deporte, sin embargo, no fue exclusivo del sistema de campos alemanes. También apareció con frecuencia en los campos de prisioneros de guerra, aunque conviene establecer una diferencia fundamental. Un Stalag u Oflag alemán albergaba militares enemigos protegidos, al menos formalmente, por la Convención de Ginebra de 1929; Theresienstadt formaba parte de la política racial y genocida del Tercer Reich. Compararlos no significa equiparar ambas experiencias, sino observar cómo personas sometidas al cautiverio recurrían a mecanismos semejantes para afrontar el aislamiento, la incertidumbre y el aburrimiento.

Entre los prisioneros británicos y de la Commonwealth retenidos en Alemania se organizaron fútbol, atletismo y otras competiciones. Los oficiales y determinados suboficiales, que de acuerdo con las normas internacionales no estaban obligados a realizar trabajos ordinarios, dispusieron generalmente de más posibilidades para estas actividades. Los propios cautivos organizaban la mayor parte de los encuentros, aunque en ocasiones los guardianes o la Cruz Roja proporcionaban material. En Stalag XX-B, por ejemplo, se celebraban competiciones atléticas. Para los hombres encerrados durante meses o años, jugar o simplemente contemplar un partido permitía mantenerse físicamente activos, ocupar el tiempo y conservar la identificación con el regimiento, la unidad o la nacionalidad.

Imagen
Prisioneros italianos

En los campos aliados ocurrió algo semejante. Gran Bretaña recibió primero numerosos prisioneros italianos y, desde 1944, cantidades crecientes de alemanes capturados durante la campaña de Europa occidental. Muchos fueron empleados en labores agrícolas y otros trabajos, pero los campos disponían también de instalaciones recreativas, talleres, espacios culturales y actividades organizadas por los propios internos. Desde el punto de vista de las autoridades, mantener ocupados a miles de hombres tenía además una utilidad evidente: reducía tensiones y facilitaba la disciplina. Para los cautivos, en cambio, aquellas actividades constituían una forma de estructurar días que de otro modo podían hacerse interminables.
El deporte cumplía, por tanto, varias funciones simultáneas. Ayudaba a mantener la condición física, combatía el aburrimiento, reforzaba la solidaridad del grupo y proporcionaba objetivos inmediatos en un mundo dominado por la incertidumbre. Pero también podía ser utilizado desde arriba. Un comandante podía verlo como una herramienta para mantener el orden; una administración podía considerarlo parte de una política de bienestar; las SS, en Theresienstadt, llegaron mucho más lejos y lo transformaron en propaganda.

Imagen
Un equipo de prisioneros británicos

Quizá por eso las fotografías y los fragmentos cinematográficos de aquellos partidos siguen resultando tan perturbadores. Vemos jugadores disputando un balón y espectadores siguiendo el encuentro como lo harían en cualquier otro lugar, pero conocemos lo que ellos tenían alrededor y, sobre todo, lo que muchos tenían por delante. El fútbol no derrotó a las alambradas ni detuvo los trenes. Tampoco debemos convertir cada partido en un acto consciente de resistencia. Su significado fue más sencillo y, precisamente por ello, más humano. Permitió conservar costumbres, relaciones y pequeñas decisiones propias cuando casi todo lo demás había sido arrebatado. Durante unos minutos existían un campo, dos equipos, un marcador y un próximo partido. Después sonaba el final y las alambradas seguían allí.

Continuará…
[...] y 100 millones de ducados [...]
------------------------------------
Ab insomne non custita dracone
Responder

Volver a “Historia Militar Moderna y Contemporánea”