En la primera parte vimos cómo nació el FC Start en una Kiev ocupada por los alemanes, en unas circunstancias bastante más complejas y menos heroicas de lo que posteriormente quiso presentar la leyenda. Antiguos jugadores del Dinamo y del Lokomotiv habían encontrado trabajo en la Panadería nº 1 y, gracias a ello, pudieron recuperar algo tan cotidiano como jugar al fútbol. No era poca cosa. La ciudad vivía sometida a la administración alemana desde septiembre de 1941, buena parte de su población padecía hambre, deportaciones, trabajos forzados y represión, y cualquier actividad pública debía desarrollarse dentro de los límites marcados por las autoridades de ocupación. El fútbol ofrecía unas horas de aparente normalidad, pero también podía convertirse, voluntariamente o no, en algo más que un simple entretenimiento.
Para los jugadores, volver a un terreno de juego significaba recuperar durante unas horas una parte de la vida anterior a la guerra. Para los espectadores podía representar todavía más. En una ciudad conquistada por un ejército extranjero, donde los ocupantes controlaban las calles, los alimentos, el trabajo y buena parte de la vida cotidiana, una victoria deportiva sobre un equipo relacionado con las fuerzas del Eje difícilmente podía contemplarse de manera completamente neutral. No hacía falta que los futbolistas fueran resistentes clandestinos ni que existiera una consigna política detrás de cada encuentro. Bastaba con que miles de personas identificasen a unos jugadores como los suyos y al equipo contrario como representantes del poder que dominaba la ciudad.
Durante el verano de 1942 el FC Start comenzó a ganar partido tras partido. El primer encuentro documentado tuvo lugar el 7 de junio, cuando derrotó al Rukh por 7-2. Después llegaron nuevas victorias: 6-2 frente a una selección militar húngara, 11-0 ante un equipo rumano y 9-1 contra un conjunto de trabajadores ferroviarios. El 17 de julio venció por 6-0 al PGS alemán y, poco después, se impuso al MSG Wal húngaro por 5-1 y 3-2. Los resultados permiten comprender que el Start ya se había convertido en un equipo extraordinariamente competitivo mucho antes del encuentro que acabaría pasando a la historia. No surgió como símbolo el 9 de agosto. Llevaba semanas derrotando con claridad a equipos vinculados, de una u otra forma, con las fuerzas del Eje.
El 6 de agosto de 1942 se produjo el primer enfrentamiento con el Flakelf, un equipo relacionado con la Luftwaffe y las unidades alemanas de defensa antiaérea desplegadas en Kiev. El Start venció por un contundente 5-1. El resultado debió de resultar especialmente satisfactorio para buena parte del público local, aunque conviene evitar proyectar sobre aquel encuentro significados políticos que las fuentes no permiten demostrar. Lo importante es que tres días después ambos equipos volvieron a enfrentarse en el estadio Zenit. Aquel segundo partido acabaría transformándose con el paso de los años en uno de los episodios deportivos más famosos de la Segunda Guerra Mundial: el llamado «Partido de la Muerte».
Conviene subrayar desde el principio que nadie lo denominó así aquel 9 de agosto. Tampoco tenemos pruebas de que el encuentro fuese presentado de antemano como una elección entre la derrota deportiva y la muerte. Ese significado fue construyéndose posteriormente, cuando los acontecimientos comenzaron a ser recordados, reinterpretados y adaptados a las necesidades de la memoria soviética de la guerra. Precisamente por ello resulta necesario separar tres niveles que durante décadas se han confundido con frecuencia: lo que sabemos que ocurrió, lo que resulta posible o probable y aquello que pertenece a la construcción posterior del mito.
El segundo encuentro entre el Start y el Flakelf se disputó el 9 de agosto de 1942 ante unos 2.000 espectadores. El conjunto alemán consiguió adelantarse, pero los futbolistas de Kiev reaccionaron y llegaron al descanso con ventaja de 3-1. El Flakelf recortó posteriormente las diferencias, pero el Start terminó imponiéndose por 5-3. Hasta aquí podemos movernos sobre un terreno relativamente firme. Conocemos el partido, conocemos el resultado y sabemos que el equipo local volvió a derrotar a los alemanes. El problema comienza cuando intentamos reconstruir todo lo que, según versiones posteriores, habría ocurrido alrededor del encuentro.
La narración tradicional transformó el partido en un combate simbólico entre la Alemania nazi y el pueblo soviético. Según esa versión, antes de comenzar los futbolistas del Start habrían recibido una advertencia inequívoca: debían dejarse ganar. Algunas reconstrucciones fueron todavía más lejos y afirmaron que un oficial de las SS entró en el vestuario para comunicarles que serían ejecutados si derrotaban al Flakelf. Los jugadores, conscientes del peligro, habrían decidido desafiar a los ocupantes y jugar para ganar, aun sabiendo que aquella victoria podía costarles la vida. Desde el punto de vista narrativo, la escena era difícil de superar: una ciudad ocupada, once futbolistas desarmados, un equipo alemán, una amenaza de muerte y una victoria conseguida a pesar del miedo.
Precisamente por eso resultaba perfecta para convertirse en leyenda. El problema es que la documentación disponible no permite demostrar que aquella amenaza se produjera en los términos en los que después fue contada. Esto no significa que el partido careciera de tensión política ni que los jugadores ignorasen quiénes eran sus adversarios. Resulta difícil imaginar algo semejante en la Kiev de 1942. Tanto los futbolistas como los espectadores sabían perfectamente que vivían bajo ocupación militar y que delante de ellos había un equipo alemán. Una victoria podía adquirir, por tanto, un significado que trascendiese lo deportivo. Pero una cosa es reconocer ese contexto y otra muy diferente afirmar que existió una orden expresa de perder acompañada de una amenaza de ejecución.
Algo parecido ocurre con otro de los episodios más repetidos: el saludo previo al encuentro. Durante décadas se afirmó que los alemanes realizaron el saludo nazi y que los jugadores del Start se negaron a imitarlos, respondiendo con un saludo deportivo soviético o con el grito de Fizkultura. La escena terminó convirtiéndose en uno de los momentos centrales del relato porque simbolizaba perfectamente el desafío: los futbolistas no sólo habían decidido vencer, sino que habían rechazado públicamente someterse al ritual político de sus adversarios. Sin embargo, las investigaciones posteriores han cuestionado algunos detalles de esta reconstrucción y no contamos con pruebas contemporáneas suficientemente sólidas para repetirla como un hecho indiscutible.
Existe además una conocida fotografía tomada después del partido en la que aparecen juntos miembros de ambos equipos. Evidentemente, una imagen de grupo no demuestra que existiera cordialidad, amistad o ausencia de tensiones. Sería absurdo extraer semejante conclusión. Pero sí obliga a manejar con prudencia determinadas reconstrucciones que presentan el encuentro como una sucesión ininterrumpida de amenazas y violencia desde el vestuario hasta el final del partido. Como suele ocurrir con los acontecimientos convertidos en símbolos, la memoria posterior simplificó una realidad mucho más ambigua.
La mejor manera de comprobarlo es observar lo que sucedió inmediatamente después. Los jugadores del Start no fueron detenidos aquella tarde, tampoco fueron fusilados al abandonar el estadio ni desaparecieron al día siguiente. Una semana más tarde, el 16 de agosto, volvieron a jugar y derrotaron al Rukh por un contundente 8-0. Las detenciones comenzaron dos días después, el 18 de agosto. La cronología por sí sola no demuestra que no pudiera existir alguna relación entre los encuentros y la posterior represión, pero sí contradice la imagen popular de unos jugadores sentenciados inmediatamente por haber vencido al Flakelf.
La cuestión central consiste, por tanto, en determinar si realmente recibieron amenazas antes del partido. La respuesta más prudente es que no podemos asegurarlo con la rotundidad con la que se ha contado durante décadas. Existen testimonios posteriores que hablan de presiones, advertencias y presencia de oficiales alemanes, pero no disponemos de documentación contemporánea que permita demostrar una orden explícita de perder bajo pena de muerte. En historia, y especialmente cuando estudiamos episodios convertidos en símbolos nacionales, esta diferencia resulta fundamental.
Además, buena parte de los testimonios fueron recogidos después de la guerra, cuando el episodio estaba comenzando a integrarse en la memoria soviética de la llamada Gran Guerra Patria. Las autoridades soviéticas tenían razones evidentes para convertir aquel partido en un ejemplo de resistencia. El relato encajaba perfectamente en una interpretación general de la guerra según la cual toda la sociedad soviética había combatido al invasor: los soldados en el frente, los partisanos en la retaguardia, los obreros en las fábricas y, ahora también, unos futbolistas sobre un terreno de juego. Era una historia sencilla, comprensible y extraordinariamente poderosa.
Sin embargo, tampoco deberíamos cometer el error contrario y considerar falso todo aquello que proceda de testimonios soviéticos o fuese utilizado posteriormente por la propaganda. La tarea del historiador es bastante más complicada. Hay que analizar cuándo apareció cada testimonio, quién lo proporcionó, en qué circunstancias fue recogido, qué podía conocer realmente su autor y hasta qué punto coincide con otras fuentes independientes. La propaganda puede transformar acontecimientos reales sin necesidad de inventarlos por completo, exagerando determinados aspectos, eliminando otros y estableciendo relaciones causales que quizá nunca existieron.
Las investigaciones desarrolladas después de la desaparición de la Unión Soviética permitieron revisar el caso con una documentación más amplia. Historiadores ucranianos pudieron consultar materiales que habían permanecido inaccesibles durante décadas y estudiar el fútbol practicado bajo la ocupación alemana dentro de un marco mucho más general. Entre ellos destaca Volodymyr Hinda, cuyos trabajos han mostrado que las derrotas sufridas por equipos alemanes frente a conjuntos ucranianos no fueron un fenómeno excepcional. Durante la ocupación se disputaron numerosos encuentros contra equipos alemanes, húngaros, rumanos y de otras procedencias, y las victorias locales no conducían automáticamente a la detención o ejecución de los jugadores.
Este dato resulta especialmente importante porque obliga a buscar explicaciones más complejas para lo sucedido al FC Start. Si otros equipos podían derrotar a conjuntos relacionados con las fuerzas de ocupación sin sufrir represalias mortales, resulta difícil sostener que el resultado del 9 de agosto constituya por sí solo la explicación de las posteriores detenciones. Para comprender qué ocurrió hay que abandonar por un momento el terreno de juego y seguir a los futbolistas durante los días siguientes.
El 18 de agosto de 1942, varios jugadores fueron detenidos por la Gestapo en la Panadería nº 1. Otros serían arrestados posteriormente. Entre ellos se encontraba Nikolai Korotkykh, antiguo miembro de estructuras soviéticas de seguridad según diversas investigaciones, una circunstancia que pudo tener una importancia decisiva en su destino. Korotkykh murió durante los interrogatorios. Los demás detenidos fueron enviados a diferentes centros de reclusión y algunos acabaron en Syrets, el campo situado en las proximidades de Kiev que formaba parte del aparato represivo establecido por las autoridades alemanas de ocupación.

Fotografía aérea de la Luftwaffe de Babi Yar, tomada el 26 de septiembre.
Syrets no había sido creado para castigar a unos futbolistas que habían derrotado a un equipo alemán. Era un campo en el que se encerraba principalmente a prisioneros políticos y trabajadores sometidos a unas condiciones extremadamente duras. Este contexto resulta esencial porque permite situar a los jugadores dentro de una estructura represiva mucho más amplia. No todos fueron detenidos por las mismas razones, no todos siguieron el mismo recorrido y tampoco todos tuvieron el mismo destino. La leyenda necesitaba un equipo unido hasta la muerte; la historia real, en cambio, presenta trayectorias individuales mucho más difíciles de reducir a una sola explicación.
Ivan Kuzmenko, Alexei Klimenko y Nikolai Trusevich murieron en Syrets en febrero de 1943 durante una represalia alemana en el campo. Habían transcurrido aproximadamente seis meses desde el partido contra el Flakelf. Este intervalo temporal resulta imposible de ignorar. No murieron en el estadio, tampoco fueron ejecutados al día siguiente ni conducidos inmediatamente ante un pelotón de fusilamiento por haber ganado 5-3. Su muerte se produjo dentro de un sistema de violencia y represión que afectaba a miles de personas y cuyo funcionamiento iba mucho más allá de un partido de fútbol.
Otros miembros del Start sobrevivieron. Makar Goncharenko, Mikhail Sviridovsky y Fedir Tyutchev, entre otros, siguieron trayectorias diferentes. Precisamente esta diversidad de destinos fue uno de los elementos que las versiones posteriores tendieron a reducir o directamente eliminar. Desde el punto de vista propagandístico resultaba mucho más eficaz imaginar a todo un equipo avanzando unido hacia la muerte después de desafiar a los ocupantes que explicar una historia formada por arrestos en diferentes fechas, interrogatorios, campos de concentración, ejecuciones, sospechas políticas y supervivientes.
Después de la guerra se intentó esclarecer si existía una relación directa entre el partido y las posteriores muertes. También las autoridades judiciales alemanas investigaron el caso. Un procedimiento abierto en Hamburgo en 1974 fue cerrado dos años después ante las dificultades para obtener documentación soviética. Décadas más tarde volvió a examinarse el episodio y, finalmente, en 2005 la investigación concluyó sin poder demostrar una conexión directa entre la victoria del FC Start y la ejecución de los jugadores que murieron posteriormente.
Naturalmente, esta conclusión no exonera en absoluto a las autoridades alemanas de ocupación. Trusevich, Kuzmenko, Klimenko, Korotkykh y otros prisioneros murieron dentro de un sistema represivo creado y administrado por los ocupantes. La cuestión historiográfica es diferente: determinar si fueron asesinados específicamente porque habían derrotado a un equipo alemán. Y aquí las pruebas disponibles no permiten afirmarlo. La ocupación de Kiev fue suficientemente brutal como para que no necesitemos añadir una sentencia de muerte pronunciada antes de un partido de fútbol para comprender la tragedia de aquellos hombres.
La transformación de los acontecimientos en mito comenzó después de la guerra y fue desarrollándose progresivamente. La Unión Soviética construyó buena parte de la memoria de la Gran Guerra Patria alrededor de conceptos como resistencia, sacrificio, patriotismo y victoria sobre el fascismo. El FC Start ofrecía un material extraordinario para esa tarea porque sus protagonistas no eran generales, dirigentes del Partido ni héroes militares profesionales. Eran hombres corrientes que jugaban al fútbol. Según la versión que comenzó a consolidarse, habían tenido que elegir entre obedecer al ocupante y conservar su dignidad. Eligieron ganar y pagaron con la vida. Pocas historias podían resultar más eficaces.
En 1957, Petr Severov y Naum Khalemsky publicaron Ostannij Poiedynok, El último encuentro, obra que contribuyó decisivamente a fijar determinados elementos del relato. Cinco años después, en 1962, la película soviética Tretiy taym, El tercer tiempo, llevó aquella historia a millones de espectadores. Fue durante estos años cuando terminaron de consolidarse buena parte de los componentes que todavía asociamos inmediatamente con el «Partido de la Muerte»: la orden de perder, la amenaza de ejecución, el saludo nazi, el desafío consciente de los futbolistas y la muerte como consecuencia directa de la victoria.
La memoria soviética tampoco había sido completamente uniforme. Durante los primeros años de la posguerra existió cierta incomodidad respecto a algunos de los protagonistas, porque habían sobrevivido bajo la ocupación, trabajado en una empresa controlada por las autoridades alemanas y participado en competiciones autorizadas por los ocupantes. En el clima político de los años inmediatamente posteriores a la guerra, estas circunstancias podían despertar sospechas. Con el paso del tiempo, sin embargo, aquellas ambigüedades fueron desapareciendo y los futbolistas quedaron plenamente integrados dentro del relato heroico soviético. Se levantaron monumentos en Kiev y el antiguo estadio Zenit terminó recibiendo el nombre de Estadio Start.
Para entonces, la leyenda había adquirido prácticamente su forma definitiva, pero todavía le quedaba dar un paso más: abandonar el espacio soviético y convertirse en una historia internacional. La Guerra Fría no impidió que el relato atravesase las fronteras. Al contrario, la idea de unos hombres corrientes que empleaban el deporte para desafiar al totalitarismo resultaba fácilmente comprensible para públicos muy diferentes y podía adaptarse sin demasiados problemas a otras narrativas políticas.
En 2001, Andy Dougan publicó Dynamo: Defending the Honour of Kiev, una obra que popularizó enormemente la historia entre los lectores occidentales. Su libro posee una notable fuerza narrativa y recuperó el episodio para una nueva generación, aunque distintos investigadores han criticado su tendencia a presentar como hechos demostrados algunas escenas procedentes de la tradición soviética cuya base documental resulta mucho más incierta. Es un buen ejemplo de cómo una historia puede ganar eficacia narrativa precisamente en aquellos puntos donde pierde matices historiográficos.
Mucho antes, el cine occidental ya había transformado el episodio de Kiev en una historia completamente diferente. En 1981, John Huston estrenó Escape to Victory, conocida en España como Evasión o victoria, con Michael Caine, Sylvester Stallone, Max von Sydow y varios futbolistas profesionales, entre ellos Pelé y Ardiles. La película se apartaba considerablemente de los acontecimientos reales y trasladaba la acción a un partido disputado entre prisioneros aliados y un equipo alemán. Sin embargo, conservaba intacta la esencia del mito: el fútbol convertido en escenario de resistencia frente a un poder totalitario.
Así, el partido disputado en Kiev el 9 de agosto de 1942 dejó de pertenecer exclusivamente a la memoria soviética y pasó a formar parte de una cultura internacional de la Segunda Guerra Mundial. La historia había adquirido vida propia. Ya no importaba demasiado que determinadas escenas hubieran sucedido exactamente de aquella manera. Lo importante era lo que representaban: la posibilidad de enfrentarse al ocupante incluso cuando la superioridad política, militar y coercitiva parecía absoluta.
Llegamos entonces a la pregunta que ha acompañado a esta historia durante más de ochenta años: ¿murieron los jugadores del Start por ganar aquel partido? Sabemos que varios futbolistas murieron durante la ocupación alemana, que algunos fueron detenidos por la Gestapo y que Trusevich, Kuzmenko y Klimenko perecieron en Syrets. Lo que no podemos demostrar con la documentación disponible es que fueran ejecutados como consecuencia directa de la victoria del 9 de agosto. La diferencia puede parecer pequeña para quien contempla el episodio únicamente como una leyenda deportiva, pero desde el punto de vista historiográfico resulta decisiva.
Las investigaciones posteriores han permitido separar cada vez mejor los acontecimientos documentados de las capas de interpretación acumuladas durante décadas. Autores como Simon Kuper, David Goldblatt o James Riordan han estudiado desde diferentes perspectivas las relaciones entre fútbol, sociedad y política en Europa oriental y la Unión Soviética, aunque no todos han trabajado el episodio con el mismo grado de profundidad. Para el caso concreto de Kiev han resultado especialmente importantes los estudios ucranianos posteriores a 1991, entre ellos los de Volodymyr Hinda, porque han permitido colocar aquellos partidos dentro de la vida cotidiana de la ocupación y comparar lo ocurrido al Start con otros encuentros celebrados durante el mismo periodo.
Revisar el mito no significa negar que el partido tuviese importancia, ni convertir a los futbolistas en colaboradores, ni reducir el encuentro a noventa minutos de deporte sin trascendencia. El Start jugó en una ciudad conquistada, derrotó repetidamente a equipos relacionados con las fuerzas del Eje y sus victorias probablemente proporcionaron a una parte de la población de Kiev una satisfacción que trascendía los resultados deportivos. Algunos de sus jugadores fueron posteriormente detenidos por la Gestapo y varios murieron dentro del sistema represivo alemán. Todo ello resulta suficientemente dramático sin necesidad de añadir acontecimientos que no podemos demostrar.
Quizá precisamente ahí se encuentre el verdadero interés de la historia. El fútbol no creó la represión alemana en Kiev, porque aquella represión formaba parte de la propia estructura de la ocupación. El partido proporcionó posteriormente algo diferente: un escenario sencillo y poderoso desde el que explicar una realidad mucho más amplia. Unos hombres desarmados, un balón, un adversario identificado con el ocupante y una victoria obtenida a pesar de las circunstancias constituían una imagen mucho más fácil de recordar que la complejidad de expedientes policiales, estructuras represivas, campos de concentración y motivaciones individuales.
La historia del FC Start, por tanto, no terminó cuando el árbitro señaló el final del 5-3. Continuó en las detenciones, los interrogatorios y Syrets; siguió después en los expedientes soviéticos, las investigaciones judiciales, los testimonios de los supervivientes, los libros, los monumentos y el cine. Y continúa todavía hoy cuando intentamos separar lo que realmente ocurrió en Kiev de aquello que diferentes generaciones necesitaron creer que había ocurrido.
Por eso quizá la pregunta más interesante no sea únicamente qué sucedió en aquel estadio el 9 de agosto de 1942, sino por qué la Unión Soviética de la posguerra, la Europa de la Guerra Fría y posteriormente la cultura popular occidental necesitaron recordar aquel partido de una forma determinada. Es ahí donde el «Partido de la Muerte» deja de ser solamente una historia de fútbol y se convierte en algo mucho más revelador: una historia sobre la guerra, la memoria, la propaganda y la manera en que las sociedades construyen sus propios héroes.
Continuará...