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Rebelión de los Mercenarios (241 - 238 a. C)

La situación en Cartago en la fase final de la guerra contra Roma era de profundo y general malestar, casi diríamos que de depresión generalizada, situación que se magnificó con la definitiva derrota. Por un lado, los comerciantes y mercaderes, la flor y nata de la economía púnica, abatidos por la sobresaliente pérdida de la flota (y lo que es más importante, de sus tripulaciones), que conllevaba no solo la destrucción del transporte de mercancías, sino también el de la escolta que hasta entonces mantenía seguras las rutas comerciales y por supuesto, la privación del rentable monopolio comercial marítimo en favor de Roma. Por otro lado, los campesinos y propietarios de tierras veían que la duración de la guerra había esquilmado por completo sus reservas. El Senado se encontraba pues con un problema grave y es que, aparte de que las condiciones de la rendición ante Roma suponían una humillante sumisión al vencedor, las arcas del estado estaban casi vacías, tanto por el coste de ejército y por las pérdidas sufridas como por los tributos y rescates que ahora tocaba pagar al bando victorioso.

 

Así que la desazón se hacía ahora especialmente ardua entre las tropas mercenarias que reclamaban su paga, ya que algunos no la cobraban desde varios años antes de acabar el conflicto, a pesar de haber luchado disciplinada y valientemente, tal y como de ellos se esperaba, e incluso antes de la finalización del conflicto ya se tiene conocimiento de motines de mercenarios a menor escala, por ejemplo en el propio contingente de Amílcar en Sicilia o los que exitosamente había extinguido Hannón el Grande en Libia. Poco a poco el problema se había ido extendiendo, afectando rápidamente a campesinos y mercenarios libios, que aparte de todo lo demás estaban en una situación de sometimiento a Cartago y que ahora veían, ante la debilitada metrópoli, una ocasión estupenda para liberarse del yugo cartaginés.

La crisis estallaría finalmente con toda su crudeza en lo que se vino en llamar la Guerra de Libia o Rebelión de los Mercenarios.

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Principales movimientos de la Guerra de los Mercenarios

Mercenarios de diversos orígenes, recordamos, habían formado tradicionalmente el grueso de la infantería púnica, por lo tanto contaban con amplia experiencia militar y, lógicamente, un perfecto conocimiento del que a partir de ahora sería su enemigo púnico. Reforzados con algunas tribus númidas, también con esclavos fugitivos y sobre todo con el apoyo de los enfurecidos campesinos libios sometidos y ahora empobrecidos, se levantaron definitivamente en armas contra sus patrones en una cruenta guerra.

El contingente rebelde estaba distribuido en tres grupos: el principal, dirigido por el líder de la Rebelión, el libio Mathos, con unos 40.000 hombres en el sur, en la ciudad de Túnez; un segundo contingente, dirigido por el mercenario galo Autárito, con 16.000 hombres al nordeste, en Útica, en la ribera izquierda del río Bagradas (actual río Medjerda); y un tercero de 10.000 hombres, también en los aledaños de Útica, bajo el mando del esclavo campano Spendios, junto con Autárito, ambos hombres de confianza de Mathos.

Se constituye pues un enorme ejército casi exclusivamente de infantería, que algunas fuentes sitúan por momentos en torno a los 90.000 hombres, bien provisionados por tierra desde Libia, incluyendo eso sí en esa cifra tanto a los mercenarios (20.000 soldados bien preparados, veteranos, experimentados y bien equipados) como a los campesinos libios sublevados (una leva "circunstancial", con escasa preparación, en su mayoría sin experiencia ni equipo adecuado), promoviendo un alzamiento popular masivo contra Cartago por parte de sus aliados y vecinos, apoderándose y posteriormente levantando la mayoría de las ciudades aliadas, y llegando hasta el punto de poner cerco a la misma capital y de poner en serio peligro a la confederación púnica.

Ante la coyuntura de profunda crisis económica del estado cartaginés y con una notable escasez de medios militares, la situación se agravó todavía más cuando, tratando de aliviar la presión rebelde, llega una estrepitosa derrota de las tropas cartaginesas al mando de Hannón el Grande en Útica, a manos de los lugartenientes de Mathos.

La potencia norteafricana se encontraba en jaque, pues estaba ahora en una situación todavía más peligrosa y cercana al saqueo y a la destrucción, quién lo iba a decir, de lo que lo había llegado a estar durante toda la Primera Guerra Púnica.

Tras aquel sonoro fracaso militar de Hannón y con la evolución del conflicto peligrosamente favorable hacia el lado rebelde, el dividido y voluble Senado Cartaginés decidió dejar a Hannón con sus tropas en la retaguardia, protegiendo la capital, y confiar de nuevo en Amílcar, que sería de nuevo elegido para tratar de sofocar tan peligrosa revuelta. Esta decisión se tomó en parte por el respeto y el temor que la imagen del Barca infundía entre los mercenarios -muchos de los sublevados habían servido a sus órdenes-; en parte también por el prestigio militar y la demostrada capacidad en el manejo de tropas que había mostrado contra las legiones romanas, ya entonces como ahora, en inferioridad numérica. Y por supuesto, para ello influyó notablemente el apoyo de la facción probárcida del Senado, liderada por el cada vez más influyente Asdrúbal el Bello, el que a la postre sería su yerno.
Así pues, con los dominios púnicos cercados por los rebeldes, con el país aterrado, sin apenas aliados y esquilmados los recursos, Amílcar se encontraba de nuevo con el mando de uno de los dos contingentes púnicos (como hemos dicho, al mando del otro se encontraba Hannón), ambos de composición similar: cerca de 9.000 infantes, unas 1.000 unidades de caballería y, en el caso de Amílcar, 70 elefantes.

Como primer paso, retomaría la iniciativa perdida tras la derrota de Hannón, marcándose de nuevo como objetivo abrir el cerco rebelde, tratando de abrirse camino desde la capital africana hacia el interior del país. Aprovechando su talento para los movimientos de tropas con sigilo (como a menudo hiciera magistralmente en Sicilia), movió sus tropas de noche y, sin que los rebeldes se apercibieran, logró situarlas finalmente allí donde su enemigo íntimo había sido derrotado: en las inmediaciones de Útica, junto al río Bagradas.

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Dicho río, demasiado caudaloso para ser cruzado, solamente era vadeable de manera estacional y además, en un punto concreto al norte, cerca de su desembocadura. Esto convertía al único puente que había sobre el Bagradas en un punto estratégico fundamental, objetivo que estaba siendo controlado por los rebeldes. Así pues, Amílcar esperó paciente su oportunidad, cruzó por el vado y, remontando la ribera izquierda del Bagradas, comenzó la tarea de reconquistar el puente.

Deduciendo las intenciones del Barca, los dos contingentes mercenarios avanzados (el de Autárito y el de Spendios) trataron de reagruparse entonces en torno al puente para protegerlo, y Amílcar concluyó que debía actuar rápidamente, antes de que ambos grupos consiguieran unirse peligrosamente en el margen izquierdo del río. Tras una serie de maniobras, anticipándose antes de que ambas fuerzas se terminaran de unir, consiguió flanquear primero, derrotar y poner en fuga después, tanto al uno como al otro. Para ello aprovechó magistralmente la ventaja táctica con la que contaba (algo que aprendería muy bien su hijo), haciendo uso de la movilidad de su caballería y la potencia de sus elefantes en terreno abierto, para flanquear a la falange enemiga que, a pesar de la clara superioridad numérica de la infantería rebelde (26.000 rebeldes contra 9.000 cartagineses), no disponía de caballería.

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Infantería pesada cartaginase

Tras aquella primera derrota, el competente y astuto líder rebelde Mathos llegó a la conclusión de que, a pesar de la aplastante superioridad numérica rebelde en cuanto a infantería, la ventaja táctica de la unidad móvil (caballería y elefantes) cartaginesa resultaba inabordable en campo abierto, por lo que en adelante trataría, en primer lugar, de obtener caballería propia reclutándola en Libia y Numidia, y en segundo lugar, evitaría volver a plantear batalla a Amílcar en terreno abierto hasta contar con ella, haciéndoselo así saber a sus lugartenientes.

Del mismo modo y en sentido inverso, Cartago ve por fin desbloqueada la situación, abierto por primera vez el cerco rebelde por tierra. Con aquella victoria, la facción probárcida en el Senado fortalece su posición.

Amílcar pensó entonces en exprimir la inercia de su victoria. Para ello debía acceder a Túnez, donde le esperaba Mathos, pero el único acceso se encontraba en pasos más o menos escarpados, donde los reorganizados contingentes rebeldes de Spendios y Autárito le cerrarían el paso con sus cerca de 10.000 hombres. Amílcar buscó el mejor sitio por donde cruzar, conocedor de que en terrenos abruptos no iba a poder sacar ventaja de su caballería.

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Caballería númida

En su continua búsqueda de apoyos, Mathos había conseguido el favor de una facción númida capitaneada por su líder, Naravas. Con esta incorporación (cerca de 2.000 jinetes que reforzaron el contingente de Autáritos y Spendio), el ejército rebelde se siente preparado para volver a enfrentarse con Amílcar, pues ya tiene con qué defender sus flancos y flanquear a su vez, y aparecieron al fin ante Amílcar para cortarle el paso hacia la posición de Mathos. En algún momento antes de la batalla, las fuentes hablan de un encuentro entre Naravas y el propio Amílcar. En dicho encuentro, Amílcar hizo proselitismo con el líder númida, haciendo gala de su prestigio y aprovechando la creciente situación favorable tras la inapelable victoria en el Bagradas, y fruto de ello, en plena batalla (como haría el célebre líder númida Masinisa años después abandonando el bando cartaginés en favor del romano), Naravas y su caballería númida traicionan el bando rebelde, atacando la retaguardia y los flancos mercenarios incrementando las fuerzas del Bárcida. El resultado de esta maniobra, fruto de la habilidad diplomática de Amílcar, es devastador: una derrota estrepitosa, donde la falange mercenaria se ve de nuevo flanqueada por la caballería cartaginesa (y ahora también por la de Naravas), con unas pérdidas en torno a los 10.000 hombres entre muertos y heridos, y el consiguiente fortalecimiento del ejército de Amílcar, ahora formado por 15.000 infantes, 3.000 unidades de caballería, aparte de sus elefantes.

Tras esta segunda derrota, la guerra se recrudece. El trato a los prisioneros púnicos se traduce ahora en una vorágine de sangrientas torturas y crucifixiones, y a dichas crueldades Cartago responde con idéntica y sanguinaria dureza.

Retomada la inercia victoriosa, el desarrollo de la guerra habría sido mucho más ágil y efectivo de no ser por los continuos e irreconciliables enfrentamientos que producía el odio personal profesado entre Amílcar y Hannón. Las fuerzas púnicas son ahora el reflejo del propio Senado Cartaginés, una bestia de dos cabezas que jamás logran ponerse de acuerdo, y que tanta culpa tendría de las derrotas púnicas ante Roma. Finalmente, se decide sustituir a Hannón por otro general, llamado Aníbal, con el cual Amílcar sí se mostraba dispuesto a colaborar.

Con el grueso de las tropas mercenarias de Mathos acantonadas en Túnez, el contingente de los ya dos veces derrotados Spendios y Autárito recibe un nuevo y último refuerzo de hombres procedentes de Libia bajo el mando del caudillo libio Zarzas, formado en su mayor parte por campesinos y escalvos pero muy numeroso, a sumar a los mercenarios de estos (cerca de 45-50.000 rebeldes en total).

El desarrollo de los acontecimientos, poco claro y con contradicciones constantes entre los historiadores clásicos, nos lleva a la célebre situación en un paraje cercano a Djebel Ressas denominado La Sierra, en el que tras continuos hostigamientos previos por parte del contingente de Amílcar, mejor conocedor del terreno que los caudillos enemigos, consigue aun en clara inferioridad numérica acorralar a los mercenarios dentro de un angosto valle, una especie de callejón sin salida montañoso. Allí los cerca y bloquea mediante la elaboración de fosos y trincheras en la entrada, aislándolos durante meses, hasta que finalmente los rinde por hambre (los historiadores relatan que antes se había incluso llegado a producirse episodios de canibalismo). Parece ser que, ante la desesperada situación de los cercados, se atienen a negociar con Amílcar la entrega de una muestra de oficiales rebeldes como prisioneros, entre ellos los caudillos principales (Spendios, Autárito y Zarzas) que serían ejecutados, acordando que el resto sería desarmado y liberado. No obstante esto, por alguna razón, los supervivientes rebeldes fueron ejecutados. El motivo no está claro: tal vez se trató de una traición por parte de Amílcar a lo acordado, en represalia por las torturas y ejecuciones de los prisioneros y oficiales púnicos capturados. Tal vez, para sofocar una postrera revuelta de los cercados, al no entender los términos del acuerdo al que habían llegado sus jefes con Amílcar -pudieron pensar que los líderes tomados como prisioneros les habían traicionado, que serían ellos los mantenidos con vida y el resto los ejecutados, justamente lo contrario de lo aparentemente acordado-. En cualquier caso, no hubo supervivientes entre los rebeldes (la inmensa mayoría murió por inanición y el resto fue ejecutado). Con todo esto se continúa el incremento en la escala de crueldad del conflicto.

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Cartago

Así pues, liberada primero la capital, derrotado por dos veces y finalmente destruido el contingente rebelde de vanguardia, que hasta entonces había estorbado el avance de las tropas de Cartago, Amílcar y Aníbal se dirigen divididos en dos grupos hacia el sur, hacia Túnez, para terminar de una vez por todas con la rebelión.

Sin embargo, durante el avance, el grupo comandado por Aníbal es atacado por sorpresa y derrotado con contundencia por las tropas de Mathos, siendo el propio general y su oficialidad crucificados, sin que Amílcar pueda acudir a tiempo en su ayuda. Esto supone un varapalo importante, tanto por las pérdidas sufridas para Cartago como por el refuerzo moral y logístico que supuso para los rebeldes, ahora de nuevo crecidos, motivados, enfurecidos y mejor equipados.

Ante la falta de equipo de asedio para atacar al acantonado Mathos, Amílcar se ve obligado a retroceder a terreno abierto, evitando con ello la superioridad numérica de Mathos, pero lo peor de todo para el Bárcida resulta ser que desde Cartago se envía un nuevo contingente que sustituiría al derrotado de Aníbal bajo el mando, de nuevo... ¡¡de Hannón el Grande!! Sólo que esta vez, para evitar odios, disputas y enfrentamientos entre sus enfrentados generales, se nombra por parte del Senado una especie de estado mayor delegado conjunto que coordinaría y consensuaría las decisiones.

Las acciones, ejecutadas ahora por fin de manera coordinada, se encaminan primero a soliviantar los apoyos de Mathos en Libia, cortarle después las líneas de suministro y finalmente, Mathos es derrotado en Leptis. La pérdida de tropas experimentadas y de calidad a lo largo del conflicto, la aplastante inferioridad en caballería y elefantes, y finalmente, la falta de aprovisionamiento, refuerzos y apoyos cuando Cartago cortó sus lineas de abastecimiento resultaron letales para la rebelión.

El conflicto líbico había durado un total de tres años y cuatro meses de sangrientas y crueles luchas, y acabó con la aniquilación de la cruenta rebelión mercenaria, con los rebeldes supervivientes torturados o crucificados a modo de ejemplo para el futuro y con la confederación cartaginesa en el norte de África de nuevo restaurada.

Expansión hacia Iberia (236 a. C)

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Colonización púnica de Iberia

Terminada la Rebelión y salvada la situación, Amílcar es ya un auténtico líder de masas. En el Senado, dentro de la facción de su opositor, el ahora compungido Hannón el Grande, recelan del gran poder y la popularidad adquiridos por su odiado Bárcida, pero evidentemente no pueden evitar acceder a este ascenso popular. Amílcar, que se encuentra con capacidad para decidir acerca de qué rumbo tomar, vista la situación de un país con las arcas vacías, los abusivos tributos a pagar por la paz con Roma (incrementados ahora a raíz de la pérdida de Cerdeña durante la Rebelión), con el ejército agotado y una armada aniquilada, programa un renacimiento que pueda permitir la recuperación de la herida Cartago, y ese renacimiento pasa solamente por un sitio: Iberia. Allí, con la venia del Senado podría el Barca volver a llenar las arcas y los silos de la metrópoli, reactivar el comercio, incrementar de nuevo los territorios del imperio y de paso, establecer nuevas bases de cara al futuro, para poder hacer frente a la eventual amenaza romana que sin duda esperaba apostada en la otra orilla del Mediterráneo.


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Mapa del Mediterráneo previo a la II Guerra Púnica

En este punto, muchos autores como Polibio, Apiano y Cornelio Nepote nos hablan del célebre y mítico juramento de "odio eterno hacia Roma" que Amílcar habría obligado a realizar a sus "cachorros" en el templo de Baal-Hamán de Cartago, justo antes de partir hacia la conquista de nuevos territorios en Iberia. Algunos historiadores presentan este supuesto odio enfermizo y sentimiento de revancha como el principal motivo para que Amílcar proyectara una nueva guerra contra Roma y que finalmente perpetraría su heredero. Cierto es que, tras la derrota ante Roma, la otrora suprema potencia púnica se encontraba ahora de rodillas, empobrecida y humillada, por lo que la población cartaginesa no debía sentir precisamente simpatía hacia su enemigo, eso es evidente. Sin embargo, este capítulo de un juramento ritual parece más fruto de la leyenda y de la fábula literaria que un acontecimiento probable. Hay sin duda muchos motivos económicos, políticos y militares que justificarían el estallido de aquella Segunda Guerra Púnica, ya que ante todo, se trataba de una guerra de supervivencia más que de ninguna otra cosa, una guerra que había quedado latente desde la finalización de la Primera (perfectamente se puede hablar de una continuación del primero más que de un segundo y nuevo conflicto). Y todos estos motivos, Amílcar, patriota como era, los compartía y los aprobaba, por lo que parece ser que la idea de atacar Roma una vez recuperada anímica, económica y militarmente Cartago sería sin duda un proyecto lógico del propio Amílcar, trasladado mediante su influencia a su "camada", en un proyecto paralelo al que Filipo II había esbozado de cara a la conquista del Imperio Persa, proyecto que su muerte también le impediría llevar a cabo, y que finalmente interpretó Alejandro -éste sí y al contrario que Aníbal, con éxito-.

Queda pues clara una muestra más del paralelismo entre ambos padres y sus respectivos hijos, con proyectos y sueños que quedan rotos por fallecimientos prematuros y que sin embargo, son llevados a cabo con entusiasmo por sus sucesores, tras haberlos asimilado como suyos, llevándolos en la práctica tal vez hasta donde sus padres nunca soñaron.

A pesar de los recelos de sus adversarios en el Senado, que le ven como un líder en peligroso auge, consigue sin oposición el puesto de comandante en jefe de un nuevo ejército expedicionario, convirtiéndose prácticamente en el auténtico dueño y señor de Cartago, una especie de caudillo nacional, aunque sin serlo realmente.

Tras la pérdida de las ricas pertenencias territoriales ante Roma, el desgaste y el empobrecimiento notable de la ciudad, decíamos que Cartago había puesto sus miras en Iberia, inhóspita tierra de extraordinaria riqueza, como base para una nueva expansión, y también, cómo no, para poder compensar las pérdidas económicas y navales sufridas, comenzando de esta manera la reconstrucción y el renacimiento de la potencia cartaginesa.
Amílcar recluta y entrena pues un nuevo ejército con el que comenzar el resurgir púnico y, encomendada a su yerno y lugarteniente Asdrúbal la pacificación de Numidia y sellado el control cartaginés sobre el norte de África, decide lanzarse por fin sobre Iberia (236 a. C), desembarcando en Gades (actual Cádiz).

Durante ocho años de continuas guerras, con sus cachorros creciendo en las mismas tiendas de campaña del ejército, consolidaría Amílcar los cimientos de lo que devengaría en la nueva potencia cartaginesa a partir de la riqueza de los nuevos territorios conquistados en Iberia, estableciendo alianzas diplomáticas con los pueblos nativos y sacando provecho de los ricos yacimientos mineros ibéricos, así como de las demás materias primas del territorio.
Se dedica a engrosar y fortalecer las tropas cartaginesas con los válidos y fieros soldados íberos y baleares, y consigue sofocar, en compañía de su yerno Asdrúbal el Bello, una tras otra las numerosas y continuas rebeliones de los belicosos pueblos nativos, poco sumisos ante la ocupación cartaginesa. Sería precisamente en el invierno de 229 a. C, en una escaramuza contra rebeldes oretanos donde acontecería su prematura muerte en las cercanías de Helike (Elche de la Sierra- A lbacete; o tal vez Elche-Alicante), parece ser que en una emboscada donde, según la tradición, el ejército cartaginés fue atacado mientras marchaba desde las laderas de un valle, utilizando carros cargados de leña con brea tirados por bueyes, que previamente habían sido incendiados. La estampida de bestias y fuego desorganizó al ejército, haciéndolo vulnerable, y Amílcar quedó aislado junto con un puñado de escoltas, siendo muerto por los oretanos -parece ser que primero herido y posteriormente ahogado- en un pequeño cauce fluvial.
Aníbal Barca y Asdrúbal el Bello le acompañaban en dicha acción, pero nada pudieron hacer por salvarle.

Tras la repentina muerte de Amílcar en 229 a. C se produce en la Iberia Púnica un momentáneo vacío de poder. La elección del yerno de Amílcar, Asdrúbal el Bello, por parte del Senado Cartaginés se lleva a cabo por varias razones: en primer lugar porque Aníbal, el sucesor natural de Amílcar, aun siendo el mayor y más competente de sus hermanos varones, tenía alrededor de 15 años y carecía de la debida experiencia, ya que simplemente empezaba por aquel entonces a comandar por sí sólo la caballería cartaginesa. En cambio, Asdrúbal era ya un hombre hecho y derecho de cerca de 40 años, con amplio prestigio y un sólido apoyo de la facción probárcida en el Senado.


En segundo lugar, Asdrúbal había sido considerado desde su matrimonio con Sofonisba, como ya sabemos, un “cachorro” más de la camada de Amílcar. Contaba con experiencia militar y, sobre todo, con una notable mano izquierda en la diplomacia, superior en esto incluso a la del propio Amílcar. Su valía como jefe había quedado demostrada de facto ya que era el comandante de la flota púnica que había partido a la conquista de Iberia, y además había representado a Amílcar, alrededor del 230 a. C, en la brillante campaña contra los númidas en el norte de África con notable éxito diplomático y militar, sometiendo y ganando para la causa púnica a la mayoría de tribus de este legendario pueblo de jinetes que a la postre tanta repercusión tendría el la Segunda Guerra Púnica, primero en la preliminar fase de victorias de Aníbal como, a raíz de su posterior cambio de bando por parte del rey númida Masinisa, en la definitiva derrota cartaginesa.

Por último, la constante revuelta en los territorios ibero-púnicos no permitía la regencia, sino que se hacía necesario gobernar con firmeza desde el principio para consolidar a unos pueblos, los de Iberia, belicosos e indomables, so pena de perder lo que tan duramente había conseguido Amílcar durante los últimos ocho años.

El miedo que el Senado de Cartago tenía -seguramente con razón- desde el principio ante la administración de aquellos nuevos territorios en Iberia era la posibilidad de que, ante la inmensa riqueza y no escasa lejanía de aquellos territorios, la colonia pudiera convertirse primero en una especie de "virreinato" para seguidamente pasar a emanciparse (como lo hizo en su día la misma Cartago de la fenicia Tiro). Si bien es cierto que Amílcar mostró siempre gran autonomía del Senado Cartaginés tanto en su política como en la conquista y administración de los nuevos territorios, basada sobre todo en su prestigio y liderazgo personales, llevó su labor a cabo siempre dentro de una incuestionable, inquebrantable y absoluta lealtad a la metrópoli.

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Busto de Asdrúbal el Bello, fundador de Nueva Cartago (actual Cartagena)

En el período de Asdrúbal el Bello, esta fidelidad a Cartago se mantendría de una manera no tan clara, pues si bien todas las acciones de Amílcar habían ido encaminadas a enriquecer a la metrópoli con materias primas, hombres y nuevos territorios, Asdrúbal se dedicaría a desarrollar más los nuevos territorios en sí comenzando por crear, al estilo de los reyes helenísticos, una capital en Qart-Hadast (la actual Cartagena) y estableciendo aquella especie de “virreinato” cuyo creciente esplendor el Senado tanto temía. Tal vez el breve cuasi-reinado del Bello evitó posibles problemas secesionistas ulteriores, problemas que quedarían atajados de golpe cuando a la muerte de su cuñado, Aníbal tomó el poder, retomando a la vez la senda de la fidelidad absoluta hacia una metrópoli a la que apenas recordaba físicamente pero a la cual amaba profundamente, ya que Amílcar se había dedicado en cuerpo y alma a transmitirle dicho sentimiento a su progenie.

Así pues, y ya para terminar, tratando de dejar a un lado el mito de la fides punica, la perfidia púnica que los historiadores romanos convertirían para la posteridad en sinónimo latino de traición, y en el marco de la cual nos han sido transmitidos los escasos datos que poseemos acerca de la vida de los Bárcidas, podemos destejer de todo ello que detrás del hondo desprecio y los prejuicios romanos latía también un miedo estremecedor, mezclado todo ello con una honda admiración por un linaje que sería capaz de llevar a cabo empresas inimaginables; que hizo renacer el poder de Cartago a partir de sus cenizas en otras tierras; que desarrollaría maniobras, tácticas y pacificaría territorios tremendamente hostiles, conduciendo para ello poderosos y complejos ejércitos con un rotundo éxito, la mayoría de las veces sin el debido respaldo por parte de los órganos de gobierno de la metrópoli, pero mostrando a la vez, en todo momento, la máxima lealtad hacia la misma, hasta el punto de conseguir poner contra las cuerdas a la mayor potencia mundial del mundo antiguo.

Lo que se ha pretendido a lo largo de estas líneas, es pues hacer un repaso a la figura del hombre que esbozara y encarrilara la brillante carrera de Aníbal, y que si bien -y esto es innegable- la nación a la que ambos tan fielmente defendieron finalmente acabó derrotada, la impronta dejada en sus tropas, en sus enemigos y en los anales de la Historia quedó grabada con tanta brillantez y profundidad que aun hoy en día siguen siendo un indeleble ejemplo y una magistral doctrina a seguir, tanto de la disciplina táctica como del manejo de tropas mixtas.
Es por tanto justo vindicar a Amílcar reconociendo que, a pesar de las cualidades innatas y del talento de Aníbal, el célebre general no habría conseguido la excelencia sin la notable influencia y el concurso de su padre Amílcar, el León de Cartago.

BIBLIOGRAFÍA:

http://www.wikipedia.org
http://www.livius.org/ha-hd/hamilcar/hamilcar2.html
http://www.answers.com/topic/hamilcar-barca
• NASA, fotos vía satélite
• Polis: Revista de ideas y formas políticas de antigüedad clásica, números 7 y 13
• The First Punic War (John Lazenby)
• Historia de Roma (Indro Montanelli)
• Vidas (Cornelio Nepote)
• Historia de Roma (Polibio)
• Historia de Roma desde su fundación (Tito Livio)
• Historia Romana I (Apiano)
• Poliorcética/Estratagemas (Polieno)
• La República Romana (Isaac Asimov)
• Aníbal, enemigo de Roma (Gabriel Glassman)
• La Guerra en el Mundo Antiguo (Víctor Barreiro Rubín)
• Amílcar Barca y la política cartaginesa (249-237 a. C) (Jaime Gómez de Caso Zuriaga)
• Cartago contra Roma: soldados y batallas de las Guerras Púnicas (Rubén Sáez)
• La Caída de Cartago (Adrian Goldsworthy)
• César, Alejandro, Aníbal: genios militares de la Antigüedad (José Ignacio Lago)
• Roma, Cartago, íberos y celtíberos (Francisco Gracia Alonso)
• Guerras Púnicas: varios títulos de Osprey
• Aníbal y los enemigos de Roma (Peter Connoly)
• Greece and Rome at war (Peter Connoly)
• Pasajes de la Historia LRV (Juan Antonio Cebrián)