Pedro de Estopiñán, contador de la Casa de Medina Sidonia y jefe de la expedición que ocupó Melilla en septiembre de 1497. Monumento de Restituto Martín Cano, inaugurado en 1970 en Melilla.
1. Frente a las murallas
Cuando las primeras embarcaciones se aproximaron al promontorio de Melilla, la cuestión que durante años había ocupado a secretarios, informadores, negociadores y capitanes dejó de pertenecer a los despachos. Delante de los hombres de Pedro de Estopiñán se extendía una ciudad dañada, parcialmente abandonada y protegida todavía por un recinto medieval que conservaba buena parte de su valor militar. Lo que ocurrió durante las horas siguientes resulta bastante menos claro de lo que sugerirían después las narraciones tradicionales.
La ocupación se produjo en septiembre de 1497, tradicionalmente el día 17, aunque esa precisión diaria pertenece a una tradición historiográfica posterior. Para nuestro propósito interesa mucho más la naturaleza de la operación que establecer una jornada cuya comprobación documental continúa ofreciendo dificultades. Andrés Bernáldez, nuestra fuente narrativa más cercana, afirma que los expedicionarios encontraron Melilla «vacía de gente y despoblada», y ninguna fuente suficientemente fiable describe una batalla importante por el control inicial del recinto.
Esta ausencia resulta significativa porque las crónicas castellanas del periodo disponían de un vocabulario bastante preciso para describir asedios, escaladas, bombardeos, combates ante las puertas y capitulaciones negociadas después de una resistencia. Nada semejante aparece asociado con seguridad a la entrada de Estopiñán. La ciudad había perdido una parte considerable de su población durante los años anteriores y sus defensas presentaban daños importantes, circunstancias que reducían extraordinariamente las posibilidades de una resistencia organizada.
Esto tampoco significa que los expedicionarios desembarcasen tranquilamente en una playa desierta y comenzasen después a ocupar unas ruinas indefensas. Toda operación anfibia realizada en una costa potencialmente hostil exigía rapidez, disciplina y una considerable preparación logística. Los castellanos necesitaban desembarcar hombres, armas, artillería, víveres, caballos y materiales constructivos antes de que fuerzas procedentes del interior pudieran concentrarse contra ellos. La seguridad de la expedición dependía precisamente de convertir cuanto antes aquella ciudad deteriorada en una posición militar cerrada.
Pedro Barrantes Maldonado proporciona el relato más desarrollado de aquellas primeras horas. Según el cronista de la Casa de Medina Sidonia, los hombres de Estopiñán desembarcaron durante la noche y comenzaron inmediatamente a reparar los sectores vulnerables de las defensas. Barrantes describe estructuras de madera preparadas previamente, capaces de cerrar provisionalmente las brechas abiertas en los muros mientras se organizaban trabajos de fortificación más permanentes.
La imagen de una ciudad reconstruida casi milagrosamente antes del amanecer pertenece, sin embargo, al terreno de la elaboración cronística. Lo razonable es aceptar un núcleo técnico mucho menos espectacular. La expedición conocía el mal estado de Melilla y llevaba materiales destinados a reparar rápidamente sus defensas, de manera que resulta perfectamente plausible que utilizase tablones, vigas y estructuras previamente trabajadas para cerrar determinados sectores durante las primeras horas.
Los documentos posteriores permiten comprender mejor aquello que Barrantes transformaría en una escena memorable. Diego de Olea de Reinoso, enviado por la Corona durante 1498 para inspeccionar la plaza, describió determinadas fortificaciones como obras hechas «de prisa e con agua de la mar y con gentes no oficiales». Su observación encaja bastante bien con una primera fase constructiva dominada por la urgencia, aunque al mismo tiempo demuestra que aquellas defensas estaban muy lejos de constituir una reconstrucción definitiva.
Los castellanos aprovecharon todo cuanto permanecía utilizable del recinto musulmán. Murallas, torres, fosos, pozos y espacios interiores proporcionaban una base defensiva que podía reforzarse progresivamente. El perímetro ocupado durante estos primeros años rondaba aproximadamente los 27.000 metros cuadrados, una superficie manejable para una guarnición que debía concentrar sus esfuerzos sobre el frente terrestre y mantener abierta su comunicación marítima.
Durante aquellas primeras horas importaba mucho menos reconstruir Melilla que cerrarla. Una brecha cubierta mediante madera y defendida por ballesteros podía resultar suficiente hasta que llegasen albañiles y canteros, mientras una pieza de artillería correctamente situada compensaba temporalmente numerosas carencias de obra permanente. La prioridad consistía en impedir que cualquier fuerza reunida en el exterior pudiera recuperar la ciudad antes de que los expedicionarios consolidasen su posición.
La operación inicial parece haber cumplido ese objetivo sin sufrir una oposición organizada dentro del recinto. Precisamente entonces comenzó una fase mucho más difícil, porque los castellanos podían ocupar las murallas sin controlar todavía el territorio circundante.
2. Los hombres que facilitaron la entrada
La aparente facilidad de la ocupación tampoco puede explicarse únicamente mediante el despoblamiento de Melilla. La documentación posterior obliga a considerar seriamente la colaboración prestada por determinados habitantes de la ciudad, aunque resulte imposible reconstruir con precisión cuál fue su intervención durante las horas concretas del desembarco.
Entre los personajes mejor documentados aparecen Andrés y Lorenzo de Melilla, nombres cristianos adoptados posteriormente por dos musulmanes vinculados a la antigua élite local. Sus contactos con Castilla pertenecían a un proceso anterior, pero las noticias posteriores resultan particularmente significativas porque fueron escritas por Íñigo López de Mendoza, II conde de Tendilla, capitán general del reino de Granada y uno de los hombres mejor informados sobre los asuntos norteafricanos.
El 26 de agosto de 1504, Tendilla intervino ante el corregidor Juan Gaitán para proteger a Andrés y Lorenzo frente a determinadas obligaciones impuestas a otros moriscos. Su justificación iba mucho más allá de una vaga referencia a servicios pasados, pues afirmaba expresamente que ambos habían servido a los Reyes Católicos «viniendo a darles y entregarles la çibdad de Melilla».
Un año después volvió a expresarse de manera todavía más rotunda. El 23 de octubre de 1505 recordó que Andrés y Lorenzo «son los que dieron a Melilla al rey», frase difícil de considerar una simple exageración ocasional cuando aparece repetida en dos comunicaciones separadas. Tendilla escribía, además, apenas siete y ocho años después de la ocupación y conocía personalmente buena parte de las redes políticas creadas alrededor del antiguo reino de Granada.
Las palabras «dar» y «entregar» necesitan, sin embargo, una interpretación prudente. No demuestran que ambos hombres abrieran físicamente una puerta durante la noche, entregasen unas llaves a Estopiñán o se encontrasen personalmente junto al desembarcadero. Ninguna de esas escenas aparece documentada y añadirlas convertiría una colaboración suficientemente demostrada en una narración imaginada.
Su participación pudo desarrollarse durante un periodo bastante más amplio. Información sobre el estado de las defensas, conocimiento de las divisiones internas, identificación de accesos practicables, contactos con otros habitantes o noticias sobre la presencia de fuerzas en las cercanías podían resultar tan importantes como una intervención física durante el desembarco. Las operaciones preparadas varios años antes habían demostrado que Castilla utilizaba precisamente esa combinación entre información local y capacidad militar.
La trayectoria posterior de Andrés refuerza la importancia atribuida a sus servicios. Una carta de hidalguía concedida el 6 de mayo de 1509 recordaba los «muchos y buenos y leales serviçios» prestados a Fernando e Isabel «en la ciudad de Melilla». El privilegio mencionaba también la muerte de su padre, un hermano y otros parientes, además de la pérdida de toda su hacienda como consecuencia de aquella colaboración.
El documento regio no dice literalmente que Andrés entregase la ciudad, de manera que conviene mantener separadas ambas formulaciones. Tendilla afirma en 1504 y 1505 que Andrés y Lorenzo habían «dado» Melilla, mientras la carta de hidalguía reconoce oficialmente servicios muy importantes relacionados con la plaza. Consideradas conjuntamente, ambas líneas documentales proporcionan una base bastante sólida para aceptar que determinados miembros de la antigua sociedad melillense desempeñaron un papel relevante en el cambio de dominio.
Todavía aparece otro personaje que complica cualquier explicación excesivamente sencilla. El 3 de julio de 1523 compareció en Granada Mahomad, hijo de Hamete, quien se identificó como antiguo alguacil de Melilla y presentó una información judicial destinada a demostrar sus servicios a la Corona. Mahomad afirmó que había dado «aviso e manera a los cristianos para que tomasen a la dicha Melilla».
El testimonio fue pronunciado veintiséis años después de la ocupación y dentro de una petición de mercedes, circunstancia que obliga a valorarlo con cautela. Mahomad tenía un interés evidente en engrandecer sus servicios, pero otros testimonios demuestran que colaboró durante años con las fuerzas castellanas y participó posteriormente en operaciones desarrolladas alrededor de Cazaza.
La documentación permite así distinguir una realidad bastante más compleja que la figura tradicional de un único traidor encargado de entregar la ciudad. Parece haber existido una red de colaboradores, informadores y antiguos dirigentes cuyas trayectorias personales continuaron durante años después de 1497. Algunos terminaron convertidos al cristianismo y establecidos en el reino de Granada, mientras otros permanecieron vinculados a las operaciones norteafricanas de Castilla.
No podemos saber cuántos colaboraron directamente durante el desembarco de Estopiñán, pero tampoco resulta razonable escribir la historia de la ocupación como si la expedición hubiese actuado completamente a ciegas. La facilidad relativa con que los castellanos se hicieron con el recinto debe contemplarse junto a la información y las relaciones acumuladas previamente con sectores de la sociedad melillense.
Plano del recinto fortificado ocupado por los castellanos durante el primer año de presencia en Melilla. El alarde de 1498 describe un espacio de unos 27.000 m², protegido por la antigua fortificación medieval parcialmente reparada. Archivo General de Simancas.
3. Después de la entrada comenzó el peligro
La primera reacción militar procedió necesariamente del exterior. Una ciudad prácticamente vacía podía ocuparse con rapidez, pero el territorio circundante seguía poblado por grupos capaces de reunir hombres armados y de reaccionar frente a una presencia cristiana que modificaba radicalmente el equilibrio político de la región.
Barrantes relata ataques producidos poco después de la llegada castellana y describe incluso salidas efectuadas por los hombres de Estopiñán contra quienes se concentraban alrededor de Melilla. Los detalles pertenecen fundamentalmente a la tradición ducal y deberían utilizarse con cierta reserva, pero el contexto militar que reflejan resulta perfectamente creíble. Una fuerza ocupante debía esperar ataques antes de completar las reparaciones y necesitaba impedir que el enemigo observase tranquilamente sus puntos débiles.
Las ballestas y las primeras armas de fuego portátiles proporcionaban una ventaja considerable cuando podían emplearse desde posiciones elevadas. A ellas se añadía una artillería que, incluso con las limitaciones técnicas del periodo, podía resultar devastadora contra grupos concentrados delante de las murallas. La ciudad arruinada que había permitido una entrada relativamente sencilla podía convertirse rápidamente en un objetivo mucho más difícil de recuperar una vez ocupados sus principales puntos defensivos.
La caballería tenía también una función que excedía cualquier batalla formal. Los jinetes podían reconocer caminos, vigilar aproximaciones, perseguir pequeños grupos y mantener despejado el espacio inmediato. Esta capacidad sería institucionalizada pocos meses después cuando el asiento de 1498 definiese con mayor precisión las funciones de los hombres de caballo destinados a la plaza.
La reacción exterior otorgó además un significado diferente a las fortificaciones provisionales. Aquellos tablones, parapetos y reparaciones de urgencia debían sobrevivir el tiempo suficiente para permitir que los castellanos introdujesen hombres, materiales y trabajadores capaces de ejecutar obras permanentes. Cada jornada ganada aumentaba las posibilidades de conservar Melilla.
El primer documento completamente contemporáneo que permite medir la gravedad de aquella situación está fechado el 18 de octubre de 1497. Apenas había transcurrido aproximadamente un mes desde la ocupación cuando Fernando e Isabel escribieron desde El Endrinal al duque de Medina Sidonia, y las circunstancias de aquella carta permiten comprender mejor que cualquier relato heroico la verdadera inseguridad de la nueva posición.
El príncipe Juan había muerto en Salamanca el 4 de octubre, y Juan Alonso Pérez de Guzmán emprendió viaje hacia la corte para manifestar personalmente sus condolencias. Los Reyes agradecieron aquella intención, pero le ordenaron regresar inmediatamente hacia Andalucía porque «las cosas de Melilla están en tal estado» que su presencia resultaba necesaria en aquellas comarcas.
Fernando e Isabel querían que el duque permaneciese donde pudiera «de hora en hora proveer todo lo que se ofreciere». Añadían, además, que su ausencia «podría traer mucho peligro», una advertencia que difícilmente encaja con la imagen de una conquista completamente asegurada después de una operación breve y triunfal.
La carta demuestra que el problema esencial durante octubre no consistía únicamente en conservar unas murallas. Medina Sidonia debía permanecer cerca del sistema de puertos, hombres y recursos encargado de sostener Melilla desde Andalucía. Cualquier ataque, escasez de víveres, pérdida de una embarcación o necesidad de refuerzos podía exigir decisiones inmediatas.
Los monarcas concedían además a la nueva adquisición una importancia política y religiosa considerable. La describían como asunto relacionado con el «ensalzamiento de nuestra santa fe» y afirmaban estimar tanto «esto de Melilla» que otros asuntos podían posponerse provisionalmente. La retórica religiosa resulta coherente con el lenguaje utilizado por la Monarquía después de la conquista de Granada, aunque la documentación previa y posterior muestra que los motivos estratégicos continuaban siendo igualmente importantes.
El valor principal de esta carta se encuentra precisamente en su proximidad temporal. Frente a las crónicas redactadas décadas después, Fernando e Isabel escribían mientras todavía desconocían cómo evolucionaría la situación. Para ellos, Melilla no constituía entonces una conquista acabada, sino una posición recientemente ocupada cuya conservación podía fracasar todavía.
La toma había terminado. La campaña para conservar la ciudad acababa realmente de comenzar.
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Ballestero castellano representado hacia 1470. En el alarde de Melilla de 1498 se contabilizaron 342 ballesteros, muestra de la plena vigencia de esta arma durante la transición hacia las armas de fuego portátiles.
4. Convertir una ocupación en una institución
Durante los meses siguientes hubo que decidir cuántos hombres necesitaba Melilla, quién debía pagarlos, qué responsabilidades corresponderían al duque y qué parte asumiría directamente la Corona. Aquellas cuestiones quedaron formalizadas mediante el asiento acordado en Alcalá de Henares el 13 de abril de 1498.
Pedro de Estopiñán aparece nuevamente en este documento, aunque desempeñando ahora una función diferente de aquella asociada a la expedición. Junto con Martín Bocanegra actuó como representante de Medina Sidonia durante una negociación dominada por cuestiones financieras, administrativas y militares. Su presencia confirma la continuidad de responsabilidades, pero también recuerda que Estopiñán era ante todo un servidor ducal acostumbrado a manejar hombres, dinero y recursos.
El primer problema quedaba resuelto mediante una fórmula jurídica bastante clara. Los Reyes confiaban al duque «la tenencia e guarda» de Melilla, pero establecían que debía mantenerla en nombre de la Corona durante el tiempo que determinase la voluntad real. La ciudad permanecía, por tanto, bajo soberanía regia, aunque su administración ordinaria quedase encomendada a Medina Sidonia.
Este modelo resultaba práctico porque distribuía los costes y aprovechaba capacidades existentes. La Monarquía evitaba asumir directamente todos los gastos de una plaza distante, mientras el duque utilizaba sus redes andaluzas, sus puertos y su administración para movilizar recursos con mayor rapidez. A cambio, Medina Sidonia recibía una responsabilidad política y militar que reforzaba su posición dentro del sistema defensivo del Estrecho.
El asiento fijó una guarnición ordinaria de setecientos hombres. La cifra no representaba una estimación vaga, sino una plantilla diseñada para sostener permanentemente la plaza cuando desapareciesen los contingentes extraordinarios utilizados durante la fase inicial.
Doscientos escuderos procedentes de las Guardas Reales formarían una parte sustancial del contingente regio. Cincuenta servirían a caballo y ciento cincuenta combatirían a pie. Los primeros debían realizar funciones de vigilancia y reconocimiento, saliendo a «atajar» movimientos observados en los alrededores y manteniendo las necesarias atalayas.
Medina Sidonia debía organizar trescientos ballesteros, fuerza extraordinariamente numerosa dentro de una guarnición de aquellas dimensiones. Cada uno percibiría aproximadamente catorce maravedíes diarios, lo que convertía solamente este contingente en una partida anual superior al millón y medio de maravedíes.
Otros cien hombres serían espingarderos, sesenta aportados por la Corona y cuarenta integrados mediante la administración ducal. La coexistencia entre trescientos ballesteros y cien soldados armados con espingardas refleja magníficamente la situación tecnológica de finales del siglo XV, cuando las armas de fuego portátiles ganaban importancia sin haber sustituido todavía a la ballesta.
La defensa necesitaba igualmente artilleros, fundidores y especialistas capaces de mantener unas piezas sometidas constantemente al desgaste causado por salitre, humedad y utilización. A ellos se añadían treinta y cinco trabajadores especializados, entre quienes debían encontrarse albañiles, carpinteros, herreros, canteros y otros oficios imprescindibles para continuar las obras.
La organización incluía además servicios médicos y religiosos, porque setecientos hombres establecidos permanentemente en una posición aislada constituían una pequeña comunidad que necesitaba mucho más que armamento. Médico, cirujano, boticario y clérigos formaban parte de una estructura destinada a hacer sostenible una ocupación prolongada.
La relación con Andalucía descansaba sobre una pequeña flotilla de cuatro fustas servidas por cuarenta hombres. Su importancia resultaba difícil de exagerar porque casi cualquier necesidad de Melilla dependía del mar. Correspondencia, dinero, armas, trigo, trabajadores, relevos y enfermos debían cruzar constantemente unas aguas cuyo estado podía interrumpir la navegación durante varios días.
La financiación permite comprender todavía mejor la escala del compromiso asumido. Los cálculos derivados del asiento sitúan el gasto monetario ordinario anual cerca de los tres millones de maravedíes, acompañado por más de cuatro mil fanegas de trigo y diferentes cantidades destinadas a artillería, mantenimiento naval y reparaciones.
Estas cifras cambian bastante la perspectiva sobre la conquista. Una expedición podía costearse durante algunas semanas mediante reservas acumuladas previamente, pero una plaza permanente exigía repetir salarios, abastecimientos y reparaciones todos los años. Melilla empezaba a convertirse en una obligación financiera continua para una Monarquía que simultáneamente combatía en Italia y mantenía numerosas necesidades militares dentro de la Península.
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Espingarderos castellanos representados en 1493. Cinco años después, el alarde de Melilla registraba 170 hombres armados con espingardas, junto a 342 ballesteros, reflejo de la convivencia entre ambas tecnologías
5. El alarde de 1498: la guarnición real
El asiento describía cómo debía organizarse Melilla, aunque la realidad encontrada pocas semanas después resultaba considerablemente más complicada. A finales de mayo o comienzos de junio de 1498, Juan de Benavides y Luis Méndez de Figueredo realizaron un alarde que permite conocer con una precisión excepcional la fuerza concentrada entonces dentro de la ciudad.
El recuento alcanzó exactamente 1.357 hombres, casi el doble de la guarnición ordinaria prevista en abril. Aquella diferencia responde probablemente a la presencia simultánea de fuerzas anteriores y nuevas capitanías enviadas para estabilizar la posición durante una fase todavía considerada peligrosa.
La distribución de los efectivos resulta particularmente interesante. Había setenta y siete hombres de caballo, 276 escuderos a pie, 386 peones lanceros, 342 ballesteros y 170 espingarderos. A ellos se añadían cincuenta y un oficiales de distintos oficios, veinticinco lombarderos, veinticinco hombres de campo y cinco trompetas.
La suma proporciona una imagen militar bastante diferente de cualquier ejército homogéneo. Algunos escuderos a pie llevaban corazas, capacetes, lanzas y adargas, conservando una panoplia muy relacionada con las prácticas de la frontera granadina. Al mismo tiempo, los 170 espingarderos muestran la creciente importancia de las armas de fuego portátiles dentro de una guarnición concebida fundamentalmente para combatir desde posiciones fortificadas.
Los 342 ballesteros continuaban siendo casi exactamente el doble que los espingarderos. La proporción resulta útil para evitar cualquier visión demasiado acelerada de la revolución de la pólvora. Durante 1498, la ballesta todavía formaba uno de los pilares esenciales de la defensa castellana en el norte de África.
Los veinticinco lombarderos servían un parque artillero considerable, aunque los inventarios posteriores presentan diferencias que aconsejan no buscar una cifra definitiva de piezas disponibles durante todo el año. Algunas fueron devueltas, otras quedaron inutilizadas y diferentes escribanos podían utilizar denominaciones distintas para armas semejantes.
El alarde registró también murallas, torres, fosos, pozos y espacios interiores, de manera que proporciona algo parecido a una inspección general de la plaza durante su primer año castellano. La estructura medieval continuaba siendo perfectamente reconocible, aunque los ocupantes la adaptaban continuamente a sus necesidades.
La concentración de 1.357 hombres ofrecía una seguridad considerable frente a un ataque inmediato. Generaba, al mismo tiempo, un problema todavía más peligroso para una fortaleza cuya supervivencia dependía de que cada saco de trigo llegase desde Andalucía.

Plano de Melilla en 1699
6. Reinoso inspecciona la conquista
El 12 de mayo de 1498, los Reyes habían nombrado veedor y contador de Melilla a Diego de Olea de Reinoso. Su obligación consistía en fiscalizar el cumplimiento del asiento, controlar hombres y pagas, informar sobre los bastimentos y comprobar el estado de las obras. Sus memoriales constituyen una de las fuentes más valiosas de todo el proceso porque ofrecen una visión administrativa desprovista de cualquier necesidad de convertir la conquista en una empresa heroica.
Reinoso llegó para detectar problemas y los encontró prácticamente en todos los ámbitos. Las obras iniciales mostraban las consecuencias de la improvisación, faltaban trabajadores especializados y muchos materiales prometidos todavía no habían cruzado el mar. La fortaleza podía resistir provisionalmente, aunque estaba lejos de reunir las condiciones que el propio asiento consideraba necesarias.
El frente terrestre preocupaba especialmente al veedor. La cava necesitaba mayor anchura y profundidad, mientras varios puntos requerían torres de cantería capaces de mejorar la defensa. La piedra disponible en las inmediaciones ofrecía buenas posibilidades, pero disponer de materia prima servía de poco mientras faltasen suficientes albañiles y canteros.
El asiento establecía la presencia de treinta y cinco artesanos especializados y Reinoso comprobó que ninguno se encontraba donde debía. Había reclamado repetidamente su envío y recibió promesas de que llegarían, aunque su paciencia terminó produciendo una frase especialmente expresiva: aquella ciudad no podía mantenerse mediante palabras, porque necesitaba obras efectivas.
También faltaban herramientas elementales para un programa constructivo continuado. Sogas, tornos, garruchas, espuertas, tapiales y distintos instrumentos necesarios para mover piedra y levantar estructuras aparecían entre sus peticiones. A ello debían añadirse cal, madera, ladrillo y tejas en cantidades suficientes.
La precariedad urbanística era todavía más evidente. Hacia mediados de julio de 1498 existían solamente unas quince casas consideradas buenas o malas, cifra que obliga a imaginar una ciudad ocupada principalmente por soldados instalados en espacios improvisados. Muchas cuevas del antiguo recinto se utilizaban simultáneamente como viviendas y almacenes.
La humedad creaba un problema constante porque los mismos espacios destinados a proteger los alimentos podían favorecer su deterioro. Reinoso reclamaba alhóndigas adecuadas para guardar trigo y cebada, mientras otros responsables consideraban que determinadas cuevas podían continuar utilizándose para productos menos sensibles.
Los caballos permanecían igualmente expuestos a condiciones poco apropiadas. El veedor denunciaba que los animales sufrían bajo el sol, el agua y el sereno porque no existían suficientes caballerizas. Aquella carencia afectaba directamente a uno de los recursos más importantes para mantener una vigilancia eficaz fuera de las murallas.
La situación naval presentaba otro incumplimiento significativo. El asiento había establecido cuatro fustas, pero Reinoso encontraba solamente tres disponibles en el momento de redactar sus informes. La diferencia de una embarcación podía parecer escasa desde la Península, aunque suponía perder una cuarta parte de la capacidad naval permanente prevista para una ciudad dependiente completamente del mar.
Tampoco la artillería ofrecía una imagen completamente satisfactoria. Reinoso identificaba piezas útiles junto a otras dañadas, viejas o corroídas y reclamaba armas adicionales capaces de aumentar la potencia defensiva. Sus propuestas muestran que las necesidades evolucionaban rápidamente conforme los responsables castellanos comprendían mejor las condiciones de la plaza.
La diferencia entre el alarde y los memoriales resulta precisamente reveladora. Melilla podía parecer formidable cuando se contaban sus 1.357 hombres, cientos de ballestas y espingardas y numerosas piezas de artillería. Vista desde la mesa del veedor, aquella misma fortaleza carecía de casas, almacenes, caballerizas, artesanos, herramientas y una parte de los barcos necesarios.
Ambas imágenes son verdaderas y solamente adquieren sentido cuando se contemplan juntas.

Galera mercante mediterránea representada por Michael of Rhodes en 1434. Aunque de mayores dimensiones que las fustas destinadas a Melilla, muestra la arquitectura naval mediterránea del siglo XV
7. El trigo podía derrotar a Melilla
La concentración de tropas llegó finalmente a convertirse en un problema mayor que algunas amenazas exteriores. Alimentar diariamente a más de mil trescientos hombres exigía un flujo marítimo constante y dejaba escaso margen cuando el tiempo retrasaba la llegada de barcos o cuando determinadas remesas resultaban insuficientes.
La aritmética resultaba implacable. Cada soldado necesitaba una cantidad diaria de cereal, además de otros alimentos que podían conseguirse con mayor o menor regularidad. Los caballos consumían igualmente recursos y las necesidades aumentaban todavía más cuando permanecían trabajadores, marinos y personal especializado fuera de la plantilla ordinaria.
Fernando terminó interviniendo directamente. El 6 de septiembre de 1498 ordenó al duque de Medina Sidonia retirar de Melilla los hombres que excediesen la guarnición necesaria, conservando únicamente los especialistas cuya presencia resultase imprescindible. El rey utilizó una formulación extraordinariamente gráfica al advertir que la plaza «ha estado para se perder aquella gente».
No parece referirse aquí a una derrota militar sufrida ante las murallas. El peligro procedía fundamentalmente de una concentración humana que superaba la capacidad logística razonable de la posición. Una fuerza excesiva podía convertirse en una debilidad cuando todos sus alimentos llegaban por mar.
Esta paradoja constituye uno de los elementos fundamentales de la historia militar de Melilla durante estos años. Mandar más soldados no mejoraba necesariamente la seguridad, porque cada refuerzo exigía incrementar simultáneamente el transporte marítimo, los almacenes y las reservas disponibles. Una guarnición de setecientos hombres podía resistir mejor durante una interrupción naval que otra formada por casi el doble de efectivos.
El problema continuaría condicionando durante décadas la estrategia española en numerosos presidios norteafricanos. La fuerza de sus murallas dependía menos de su capacidad para producir recursos locales que de la continuidad de un sistema naval situado al otro lado del Mediterráneo.
Melilla era ya, en este sentido, un laboratorio temprano de una forma de guerra que Castilla y después la Monarquía Hispánica conocerían perfectamente.
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Caña de falconete de hierro, fechada entre 1476 y 1525, Museo Naval de Madrid. Las piezas ligeras de este tipo formaban parte de la rápida transformación de la artillería a finales del siglo XV.
8. El mar como cordón umbilical
Los documentos conservados por Medina Sidonia permiten seguir mejor el funcionamiento de aquella dependencia durante los años siguientes. En diciembre de 1498 aparecen tres fustas y una carabela relacionadas con la comunicación y las operaciones ordinarias de la plaza. Las embarcaciones podían variar, pero la necesidad permanecía constantemente.
Los barcos transportaban mensajes, dinero, soldados, armas y provisiones. También podían realizar reconocimientos, apoyar pequeñas operaciones costeras o evacuar enfermos y heridos. Sin ellos, Melilla quedaba reducida a una posición aislada dentro de un entorno políticamente hostil.
Las discusiones surgieron muy pronto alrededor de una pregunta inevitable: quién debía pagar aquella flotilla. Una carta de abril de 1499 muestra negociaciones sobre el aumento de embarcaciones y el reparto de sus costes. El simple mantenimiento naval amenazaba con convertirse en otra partida permanente añadida a salarios, trigo y fortificaciones.
La navegación tampoco ofrecía una regularidad garantizada. Los vientos podían impedir durante días la aproximación a la costa y el puerto no proporcionaba protección absoluta durante cualquier estación. Aquello obligaba a mantener reservas suficientes dentro de la fortaleza y a prever retrasos que podían convertir una escasez temporal en una crisis grave.
Esta vulnerabilidad explica también la importancia adquirida por los grandes señores andaluces dentro del sistema. Medina Sidonia disponía de puertos, barcos y una administración acostumbrada a movilizar recursos en el litoral, capacidades difíciles de improvisar desde la corte cada vez que Melilla necesitaba trigo o municiones.
La conquista había unido así dos espacios separados por el mar. La frontera se encontraba físicamente en África, pero buena parte de su infraestructura permanecía en Andalucía.

Representación de Marruecos y Argelia en la edición boloñesa de la Geographia de Ptolomeo, 1477. La toma de Melilla se produjo en un momento de creciente conocimiento y actividad castellana sobre la costa norteafricana
9. Construir una ciudad dentro de la fortaleza
Durante 1499 comenzaron a apreciarse resultados más visibles de aquel esfuerzo. Frente a las aproximadamente quince casas registradas durante el verano anterior, en abril de 1499 existirían alrededor de doscientas construcciones habitables, unas cien consideradas razonablemente buenas.
El crecimiento demuestra la intensidad de las obras realizadas durante aquellos meses. Albañiles, carpinteros y otros trabajadores terminaron llegando en mayor número, mientras los responsables de la plaza transformaban progresivamente los espacios provisionales en instalaciones adecuadas para una ocupación duradera.
La Corona intentó también atraer pobladores procedentes de Andalucía. Diversas cartas buscaban hombres dispuestos a trasladarse con sus mujeres y familias, ofreciendo franquicias, casas, salarios y otras ventajas destinadas a compensar las evidentes incomodidades de vivir en aquella frontera.
La iniciativa revela una aspiración que iba más allá del simple acuartelamiento militar. Una comunidad estable podía proporcionar artesanos, pequeños comerciantes, agricultores y familias capaces de reducir la dependencia de los constantes relevos procedentes de la Península. En teoría, aquella población convertiría una fortaleza recién ocupada en una verdadera ciudad castellana.
La geografía y la inseguridad limitaron rápidamente ese proyecto. Melilla controlaba con solidez el recinto amurallado, pero dominaba un territorio exterior demasiado reducido para garantizar una agricultura suficiente. Cultivar campos alejados de las murallas exponía a los habitantes a incursiones y dificultaba proteger animales, caminos y cosechas.
Tampoco se desarrolló inmediatamente una gran actividad mercantil capaz de sustituir esas carencias. En abril de 1499, Fernando llegó a ordenar restricciones sobre determinadas personas que acudían con «tratos nin mercaderías», porque la prioridad continuaba siendo controlar militarmente la plaza antes de permitir un crecimiento comercial difícil de supervisar.
El modelo resultante fue adquiriendo así un carácter muy definido. Melilla no se convirtió rápidamente en una colonia agrícola ni recuperó inmediatamente la función mercantil que había poseído durante algunos periodos medievales. Su primera razón de existencia dentro de la Corona castellana fue militar.
La población civil creció alrededor de una guarnición que continuaba ocupando una parte fundamental del espacio, mientras almacenes, artillería, talleres y alojamientos se integraban dentro de un recinto relativamente reducido. Las fronteras entre ciudad y fortaleza permanecieron necesariamente difusas.
Durante aquellos mismos años comenzaron a organizarse también acciones ofensivas hacia el territorio circundante. Reconocimientos, cabalgadas y operaciones limitadas permitían obtener información, dificultar concentraciones enemigas y ejercer presión sobre grupos próximos. La supervivencia de la plaza exigía algo más que esperar detrás de las murallas.
Cazaza adquiriría progresivamente mayor importancia dentro de esa política. Su posterior ocupación perteneció a otro momento, aunque las operaciones que terminarían conduciendo hasta allí nacieron de la necesidad de ampliar la seguridad de Melilla y disponer de mejores posibilidades de actuación en su entorno inmediato.
La frontera castellana empezaba de este modo a extenderse lentamente fuera del recinto.
10. Lo que realmente se conquistó en 1497
La imagen tradicional de Melilla ha quedado inevitablemente asociada con Pedro de Estopiñán y aquella expedición llegada durante septiembre de 1497. Resultaría injustificado eliminar su protagonismo, porque dirigió la operación que hizo efectivo el cambio de dominio. Sin embargo, concentrar todo el significado de la conquista en aquellas primeras horas impide comprender la dimensión más importante del proceso.
Los castellanos ocuparon con relativa facilidad una ciudad profundamente debilitada, pero ninguna ventaja inicial garantizaba que pudieran conservarla. Apenas un mes después, Fernando e Isabel todavía consideraban que la situación exigía atención inmediata y advertían a Medina Sidonia sobre los peligros derivados de cualquier ausencia prolongada.
Durante 1498 hubo que convertir aquella posesión incierta en una institución. La Corona y el duque pactaron una guarnición permanente, distribuyeron responsabilidades financieras, organizaron una flotilla y establecieron los servicios necesarios para mantener una comunidad militar estable.
La realidad cotidiana demostró inmediatamente los límites del proyecto. Los 1.357 hombres contabilizados en el primer gran alarde representaban una fuerza impresionante para un recinto relativamente pequeño, aunque simultáneamente amenazaban con consumir los víveres disponibles. Las obras seguían incompletas, faltaban artesanos, los caballos carecían de instalaciones adecuadas y una parte del parque artillero necesitaba reparaciones.
El peligro más constante tampoco apareció siempre bajo la forma de un ejército enemigo. El viento podía detener un barco cargado de cereal, la humedad podía destruir parte del trigo almacenado y la ausencia de una sola fusta reducía considerablemente la capacidad de comunicación con Andalucía. Melilla enseñó muy pronto que una fortaleza dependía tanto de sus almacenes como de sus murallas.
Durante 1499 comenzaron a surgir casas, talleres y familias alrededor de aquella estructura militar. La ciudad castellana crecía lentamente dentro de los restos de la antigua medina, mientras la Corona comprobaba que poblarla y convertirla en una comunidad económicamente viable resultaba mucho más complicado que desembarcar una fuerza expedicionaria.
Ese proceso permite contemplar 1497 desde una perspectiva diferente. La jornada de la entrada determinó quién ocupaba las murallas, pero todavía quedaba por resolver quién podría seguir ocupándolas meses y años después.
La conquista definitiva de Melilla no terminó durante una noche de septiembre. Se construyó durante los meses siguientes con hombres, piedra, barcos, pólvora, salarios y cantidades cada vez mayores de trigo.
Foro de discusión:
https://www.elgrancapitan.org/foro/viewtopic.php?p=1533686&hilit=melilla#p1533686
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