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Primeros años (1769-1792).
Le rougenot (el “rubicundo”).
“Ciertamente Ney es el más valiente de entre los valientes”.
Nada hacía presagiar, cuando Michel Ney nació el 10 de enero de 1769 en la localidad francesa de Saarlouis (en la actualidad perteneciente a Alemania), que uno de los más insignes militares de la Historia, Napoleón Bonaparte, pronunciaría estas palabras refiriéndose a él.
Su padre, Pierre Ney, un tonelero de esa pequeña localidad francesa, era un veterano de la Guerra de los Siete Años, y conocía por tanto las vicisitudes de la vida del soldado, por lo que pretendía mantener a su hijo alejado de la profesión castrense. En el seno de esta familia creció el joven Michel, que se educó en una escuela de monjes agustinos, donde se hablaba francés, mientras que el hecho de que su madre, Margarethe Groevelinger, fuera de origen alemán, propició que Ney fuera siempre bilingüe. Segundo de cuatro hermanos, su hermano mayor, Jean, también formó parte del ejército francés, alcanzando el grado de teniente, pero falleció en 1799, en la batalla de Trebbia, durante la campaña de Italia.
A los once años abandonó los estudios y trabajó en diversas ocupaciones con un notario, con un comerciante de licores, en una fundición, hasta que en 1788, contraviniendo los deseos de su padre, se alista voluntariamente en el 5º de Húsares. Desde ese momento, Michel Ney encarnó las mejores virtudes propias de un soldado: valiente, generoso, amable no exento de temperamento y querido por sus compañeros, quienes pronto empezaron a llamarle “le rougenot” (el “rubicundo”) por su pelo rojizo y mejillas encarnadas.
Su carrera fue meteórica. En 1791 fue nombrado brigadier (cabo), en febrero de 1792 maréchal de logis (sargento), y tres meses después, maréchal de logis chef (sargento mayor), coincidiendo con la declaración de guerra a Austria, y que abriría un largo período de guerras revolucionarias y del Imperio. Antes de la Revolución de 1789, a lo máximo que podía aspirar un soldado que no procedía de la nobleza o de la alta burguesía, era a alcanzar el grado de teniente. Pero ahora todo era posible, y la frase de “llevar un bastón de mariscal en la mochila” era usada con asiduidad.
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Ney en un retrato de 1792
Guerras revolucionarias (1792 – 1803).
“Como recompensa por su valiente conducta durante la presente y la anterior campaña” (fragmento del documento oficial del nombramiento de Ney como general de brigada).
El mismo año 1792, es de nuevo ascendido, alcanzando el grado de adjuntant, la más alta graduación para un suboficial. Era un puesto esencialmente administrativo, pero que propició la cercanía a su coronel, Lamarche, que pronto ascendería a general.
El 5º de Húsares participó en la guerra contra Austria, bajo el mando del general Dumouriez, y estuvo presente en la batalla de Valmy, derrotando al coaligado ejército de Prusia, Austria y Ducado de Brunswick, el 20 de septiembre de 1792, así como en la victoria sobre los austríacos en Jemappes, el 6 de noviembre del mismo año.
En 1793, el ya general Lamarche asciende a Michel Ney al grado de subteniente y le elige como su propio ayuda de campo. En ese puesto combatió en Tirlemont y en Gossoncourt, liderando en este último, junto a su general, la carga del 5º de Húsares contra el enemigo en retirada, haciendo numerosos prisioneros. Sin embargo, esta primera etapa de la campaña terminaría con la derrota francesa en Neerwinden, el 18 de marzo de 1793.
La reorganización del ejército, la renumeración de los regimientos de húsares y la sustitución del general Lamarche, hizo que tuviera que volver a su regimiento, ahora 4º de Húsares, abandonado sus funciones de estado mayor. Sin embargo, escribió el siguiente testimonio de su ayudante:
“Yo, el General Lamarche, Comandante en Jefe del Ejército de las Ardenas, por la presente certifico que el Teniente Ney, del 4º regimiento de Húsares, ha sido empleado por mi como ayudante de campo desde el 19 de octubre de 1792 hasta el 3 de julio de 1793, y que ha cumplido con las obligaciones de su puesto con toda la inteligencia, intrepidez, diligencia y coraje requeridas en cada ocasión, y que en todas las circunstancias en las que ha sido empleado, incluso en medio del peligro, ha mostrado un discernimiento y una visión táctica difícil de encontrar”.
En diciembre de 1793 es nombrado de nuevo ayuda de campo, esta vez elegido por el general Colaud, que está al frente de una brigada de caballería, y con quien sirve hasta el 21 de abril de 1794, fecha en la que es ascendido a capitán y es puesto al frente de una compañía de su regimiento, el 4º de Húsares.
A principios de verano las hostilidades contra Austria se reactivan, y el 4º de Húsares es asignado al ala bajo el mando del general Kléber. La casualidad hizo que su compañía fuera destacada en funciones de escolta al general, el cual conoció al capitán Ney, y quedó impresionado por sus aptitudes castrenses, lo que llevó a Kléber a invitarle a integrarse en su estado mayor como adjunto-general, invitación que este finalmente aceptó.
La campaña contra Austria siguió adelante, y encontramos diversas menciones honoríficas del general Kléber a favor de Michel Ney, por diversas acciones al mando de pequeñas unidades de caballería que cubrían el flanco de los movimientos del ejército. Fruto de una de esas acciones, que incluyó la captura de un convoy de suministros austríaco con 33 carros, y la posterior captura del general Count Hompesch, fue ascendido a chef de brigade, graduación equivalente a la de coronel. Si le costó 3 años de servicio lograr el ascenso a cabo, hemos visto como en tan sólo dos pasaba de subteniente a coronel, con 25 años de edad. Su carrera era ya imparable.
Tras la toma de Maastricht, las tropas de Kléber fueron enviadas en apoyo del asedio de Mainz, a cuyas afueras Ney fue herido durante una acción de acoso a tropas austríacas que trabajaban en la construcción fortificaciones para la defensa de la ciudad. El 10 de diciembre, al mando de un destacamento de infantería y un grupo de dragones, trató de sorprender a los austríacos con un falso ataque frontal, que aprovechó para cargar al frente de sus dragones, bordeando las defensas. Pero una vez en la retaguardia austríaca, se toparon con una zanja demasiado ancha, que Ney, experto jinete, fue capaz de saltar, pero ninguno de los dragones siguió a su líder. Se encontró, en consecuencia, sólo y rodeado de enemigos, y aunque fue capaz de atravesar de nuevo la zanja y cabalgar tras sus hombres en retirada, se retiró bajo una lluvia de balas austríacas, una de las cuales le hirió seriamente en un brazo.
Los cirujanos examinaron su brazo, y apreciaron que se podría salvar. Se le informó de que, como consecuencia de su valiente acción, sería ascendido a general de brigada, pero Ney dijo que no podía aceptar esa propuesta después de haber fallado en su misión. Fue enviado a su ciudad natal para su completa recuperación.
En 1797, y ya con el rango de general de brigada, se le asigna el mando de un cuerpo de caballería. El 17 de abril de ese año, durante la Batalla de Neuwied, Ney lanza una carga contra un escuadrón de ulanos austriacos que iban a apoderarse de una batería de artillería, poniéndolos en fuga. Pero antes de poder reagrupar a sus hombres sufre un contraataque por parte de la caballería pesada austriaca, cayendo derribado de su caballo. Es hecho prisionero, pero recupera la libertad el 8 de mayo tras aceptarse su intercambio por otro general austriaco.
Se le mantiene en el frente de Maguncia, donde en 1799 participa activamente en la toma de Francfort, Hochstedt y Nidda. En Winterthur es herido en el muslo y la muñeca, por lo que recibe una baja temporal del servicio activo, que aprovecha para casarse con Aglaé Auguié. La boda se celebró en Grignon y tuvo como testigo al general Savary. Su matrimonio pudo tener mayor trascendencia que la meramente personal. Ney había sido nombrado Inspector General de la Caballería, pero se trataba de un puesto esencialmente administrativo, alejado del frente de batalla. Solicitó por ello ser trasladado a Santo Domingo, en las Indias Occidentales, donde las revueltas indígenas requerían de mayor presencia militar. Su solicitud fue aceptada y se le otorgó el mando de la caballería destacada en la isla caribeña. Sin embargo, poco antes de su partida conoció a la que sería su prometida y posteriormente su esposa, lo que le hizo reconsiderar su decisión, renunciando al nombramiento y quedándose en Francia. Evidentemente, si Ney hubiera marchado a Santo Domingo, su carrera militar hubiera sido muy distinta a partir de ese momento.
Cuando estalla el golpe de estado del 18 de brumario, que lleva al poder a Napoleón, Ney se muestra contrario a Bonaparte. Sin embargo, por consejo de su esposa, que era una bonapartista convencida y amiga íntima de Hortensia de Beauharnais, la hija de Josefina, refrena sus impulsos contra el nuevo Cónsul. A través de ella, conoce personalmente a Napoleón, quedando fascinado por el nuevo hombre fuerte de Francia. Este, por su parte, también queda impresionado por Ney, a quien desde entonces irá concediendo más y más responsabilidades.
Tras recuperarse de sus heridas, es destinado al ejército del General Moreau, con quien logra una gran victoria el 3 de diciembre de 1800 en la batalla de Hohenlinden. A partir de septiembre de 1802, es nombrado ministro plenipotenciario para los asuntos helvéticos, lo que conlleva el mando supremo de las fuerzas francesas destinadas en Suiza, así como funciones administrativas y diplomáticas. Con gran habilidad, consigue evitar un conflicto armado en el país alpino y se gana el reconocimiento público de Talleyrand. Pocos meses después es trasladado a Boulogne, donde Napoleón le encarga la instrucción de un nuevo cuerpo de reclutas que acabará convirtiéndose en la Grande Armée.
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Batalla de Eylau.
Mariscal del imperio (1804 – 1808)
“Este hombre es un león” (Napoleón refiriéndose a Ney, el 14 de junio de 1807, tras conocer la valentía de su actuación al frente de la Segunda División en la batalla de Friedland).
El 19 de Mayo de 1804, en una solemne ceremonia, recibe de Napoleón su bastón de Mariscal del Imperio. Acto seguido es destinado al frente del VI Cuerpo de la Grande Armée, invadiendo Austria en 1805 y logrando una gran victoria en la batalla de Elchingen. Esta maniobra de Ney se coordina perfectamente con la batalla de Ulm, donde Napoleón aplasta al ejército austriaco. En noviembre de ese año invade el Tirol y conquista Innsbruck y Carintia tras derrotar al Archiduque Juan. De esta forma, el derrotado Emperador Francisco I de Austria se ve obligado a firmar la paz.
En 1806, vuelve a tomar parte activa en la guerra contra Prusia. En la Batalla de Jena dirige un asalto frontal contra las líneas prusianas que fracasa, y bien hubiera podido ser su final si el mariscal Jean Lannes, que percibe su dramática situación, no hubiese intervenido en su apoyo. Tras Jena, combate en la batalla de Erfurt, pasando luego a dirigir el victorioso asedio de Magdeburgo, que es tomada en tan solo veinticuatro horas. En lugar de detenerse a reorganizar su ejército, avanza tras las tropas del propio Napoleón, lo que le permite intervenir a tiempo en la batalla de Eylau, justo en el momento en que el mariscal Murat luchaba heroicamente para evitar que el ejército francés fuese dividido en dos. La llegada de Ney provoca la retirada de las tropas rusas, de forma que la batalla acaba en tablas. Los soldados franceses estaban exhaustas, y Napoleón encarga al recién llegado la inspección del campo de batalla, una inmensa llanura cubierta de nieve enrojecida por la sangre. Ney recorrió el terreno en silencio, con la emoción en su rostro, para finalmente, dando la espalda a tan espantoso espectáculo, decir: "¡Qué masacre! ¡Y para nada!".
La guerra contra Rusia continúa en la batalla de Güttstadt, donde los 14.000 hombres de Ney derrotan a 70.000 rusos. Posteriormente, Napoleón le asigna el mando del ala derecha en la aplastante victoria de Friedland. Como reconocimiento a estos heroicos esfuerzos, en 1808 Bonaparte le nombra Duque de Elchingen.

Ney en España (1808 – 1811)
“No voy a obedecer más sus órdenes ni amedrentarme con sus amenazas” (fragmento de una carta de Ney a Masséna en junio de 1810)
En agosto de 1808 es enviado a España con su VI Cuerpo de ejército. Allí queda al servicio de José Bonaparte, pero enseguida se niega a obedecer sus órdenes, que considera inapropiadas. Sus tropas le apoyan fielmente, y José protesta ante Napoleón. Cuando el Emperador se entrevista con su hermano, en presencia de Ney, le espeta: "El general que hubiese obedecido tales instrucciones habría sido un estúpido". Así, aunque José permanece como Rey de España, el mando militar queda en manos de los mariscales nombrados por el Emperador.
Un par de anécdotas hablan claramente de la personalidad de Michel Ney. En enero de 1809, tras la derrota de los británicos en La Coruña, Soult continuó avanzando con su ejército hacia el norte de Portugal, dejando al VI cuerpo de ejército como guarnición en las principales ciudades gallegas. Ney permaneció allí varios meses, convirtiéndose en una suerte de virrey de Galicia.
La ley marcial estaba en vigor, pero él era un moderado y benévolo gobernante, y no era impopular entre la población. Organizó una recaudación de impuestos regular, de cuya cuidadosa administración era capaz de suministrar y pagar a su ejército, y disponer de fondos para las necesidades del distrito. Incluso encontró medios para asistir a algunas de las víctimas españolas de la guerra. Uno de sus actos de generosidad fue especialmente destacable. En La Coruña y El Ferrol se encontraban las esposas y familiares de miembros del ejército regular español, que estaban en esos momentos en armas contra el rey José. Separadas de ellos, y sin poder reclamar a los nuevos gobernantes, estas mujeres se encontraban en la pobreza más extrema. Ney organizó que, de los ingresos de la provincia, recibieran la mitad de la paga de sus maridos. Con este acto de humanidad, en realidad estaba ayudando a pagar a los oficiales del enemigo.
La otra anécdota se refiere a la creencia extendida entre las tropas francesas de que los conventos españoles estaban llenos de mujeres recluídas que suspiraban por su libertad. En cada ciudad o pueblo que visitaba en Galicia, Ney iba al convento local y después de reunir a todas las monjas y novicias, les comunicaba que eran libres de despojarse de sus hábitos conventuales y regresar a sus antiguos hogares. Bechet, barón de Léoncourt y ayuda de campo de Ney, cuenta cómo durante una de esas visitas militares, una joven novicia se arrojó de rodillas delante del mariscal, y con lágrimas en los ojos le hizo una larga petición en español, de la que ni Ney ni su estado mayor entendieron una palabra. La impresión de los oficiales era que la novicia estaba suplicando por su libertad, pero se pidió al intérprete que tradujera sus palabras. Se supo entonces que la joven monja no estaba pidiendo poder abandonar el convento, si no que imploraba al mariscal que usara su influencia y obtuviera permiso de inmediato para tomar los votos que la ligaran definitivamente a la vida conventual. Todavía no alcanzaba la edad mínima marcada por la ley para tomar dichos votos, pero se podía obtener un permiso consensuado por las autoridades civiles y eclesiásticas para adelantar dicha esa edad. La novicia dijo que tuvo una revelación durante su oración en la que vio como un personaje poderoso iba a llegar pronto al convento y que iba a obtener para ella la deseada dispensa a pesar de las trabas legales. Ella pensaba que esa persona, evidentemente, era Ney. El mariscal y sus oficiales se dieron cuenta de que toda su compasión había sido una pérdida de tiempo; de todos los conventos visitados, sólo encontraron una monja, posiblemente una novicia, que quisiera dejar los hábitos por voluntad propia, y que posteriormente se casó con un oficial francés. En resumen, Ney pudo comprobar que las noticias de claustros llenos de religiosas forzadas a permanecer allí eran pura leyenda, pero estas anécdotas hablan de la preocupación del mariscal por el bienestar de la población civil, asumiendo su presencia en Galicia como algo más que una mera ocupación.
Ney es destinado a las órdenes del mariscal Masséna, con quien invaden Portugal. Toma Ciudad Rodrigo, participa del asedio a Almeida y combate en la batalla del Río Côa. Tras ser derrotados en la batalla de Bussaco por el ejército anglo-portugués al mando de Wellington, acaba teniendo desavenencias con su nuevo comandante acerca de la manera más eficaz de dirigir la guerra. Posteriormente también tuvo desavenencias con Soult, y ambos mariscales, Masséna y Soult, le acusan formalmente de insubordinación. Napoleón no podía permitirse prescindir de forma permanente de los servicios de un líder como él, pero tampoco podía ignorar su conducta con Masséna, y entregarle otro mando independiente en España habría sido un insulto para el actual Comandante en Jefe, de quien a menudo hablaba como el mejor de sus mariscales. Todo ello provocó que a finales de 1810 Napoleón envíe a Ney una carta en la que critica con dureza su actitud, y le llama de regreso a París. Probablemente, el mariscal no estuvo demasiado contrariado por dejar un país donde no había la menor esperanza de obtener más laureles, permitiéndosele además disfrutar de unos cuantos meses en paz con su esposa y sus hijos.

La campaña de Rusia
“Ciertamente Ney es el más valiente de entre los valientes” (Napoleón Bonaparte).
Cuando Napoleón toma la decisión de invadir Rusia, pone a Ney al frente del III Cuerpo de Ejército. Durante la primera parte de la campaña, mientras los franceses avanzaban hacia Moscú, estuvo a cargo de la primera línea de combate en la Batalla de Smolensk, donde fue levemente herido por un disparo en el cuello. Sin embargo, pese a su herida, afirma estar totalmente recuperado para la Batalla de Borodino, donde vuelve a exhibir su impresionante valentía.
Durante la ocupación de Moscú, es partidario de reanudar la marcha y perseguir al ejército de Kutuzov, mientras que otros mariscales como Berthier prefieren una retirada ordenada. Napoleón, finalmente e ignorando la opinión de ambos, elige permanecer en la ciudad, decisión que tendrá fatales consecuencias cuando ésta sea incendiada por los propios rusos, dejando a los franceses sin víveres y a mereced de la crudeza del invierno ruso.
Fue en Rusia donde Michel Ney estaba destinado a convertirse en un personaje inmortal, como comandante de la retaguardia durante la tristemente famosa retirada de Moscú. Durante cuarenta días seguidos hubo de enfrentarse a ataques incontrolables de la caballería cosaca rusa, dirigiendo contraataques y planteando dispositivos defensivos que consigan mantener unido el ejército a pesar de sufrir miles de bajas.
El 17 de noviembre de 1812, la retaguardia de Ney, compuesta por unos 6.000 hombres y doce cañones, abandonó Smolensk para seguir el rastro de restos que lo que quedaba de la Grande Armée de Napoleón iba dejando. Pero la trampa se había cerrado, y se encontró su camino bloqueado por los rusos de Kutusov, estaba totalmente aislado de Napoleón, sin esperanza de abrirse camino a través de todo un ejército enemigo. Kutusov envió un oficial de caballería a proponer la rendición a Ney. Cuando aún no había terminado de proponer sus condiciones, una repentina andanada de metralla, procedente de cuarenta piezas de artillería del ala derecha del ejército ruso, destrozó las ya maltrechas formaciones francesas, con el consiguiente estupor del oficial ruso, que aún no había terminado de exponer su discurso. En ese momento, un oficial francés se lanzó contra él, lo capturó, y estuvo a punto de acabar con su vida, cuando Ney le gritó airadamente: “Un mariscal nunca se rinde; no hay negociación bajo el fuego enemigo, su bandera blanca ha dejado de protegerle. Señor, es usted mi prisionero”. Aun sabiendo con certeza que 80.000 rusos estaban entre él y el resto de la Grande Armée, Ney cargó y atravesó las líneas enemigas.
Al llegar al río Berezina, los ingenieros franceses son incapaces de tender a tiempo los puentes y la retaguardia francesa es alcanzada por el grueso de las tropas rusas, entablándose la célebre batalla del mismo nombre. Todos los hombres de Ney caen presa del pánico y huyen en desbandada, mientras que él queda sólo en su posición, armado con su sable y una bayoneta. Su ayuda de campo echa en cara a los soldados su cobardía y les conmina a volver, pero sólo consigue que doce de ellos permanezcan en la línea de batalla. Rápidamente construyen una trinchera tras la que se parapetan y desde ella consiguen retrasar el asalto de los cosacos, lo que permite huir a la mayor parte del ejército.
Cuando finalmente, y después de una serie de acciones heroicas, Ney consiguió reunirse con el grueso del ejército, Napoleón gritó de alegría y exclamó refiriéndose a su mariscal: “¡He salvado mis águilas1, pero habría dado trescientos millones de francos de mi fortuna antes que haber perdido a este hombre!”.
En las últimas fases de la retirada, con Napoleón replegándose con rapidez hacia París, y Murat huyendo de los cosacos, Ney continuó liderando la retaguardia. Luchando como un soldado, mosquete en mano, y ayudado por un puñado de irreductibles, consiguió a duras penas salir de Rusia y dirigirse hacia Gumbinnen, junto al río Pregel. Fue aquí donde el general Dumas, miembro del Estado Mayor, recuerda haberse encontrado en una posada con un hombre de extraño aspecto, envuelto en un capote marrón, luciendo una larga barba, la cara ennegrecida por la pólvora, sus patillas medio quemadas por el fuego, pero con un brillo chispeante en sus ojos. Entre ambos, según el historiador francés Ségur, se entabló la siguiente conversación:
- Bueno, aquí estoy por fin - dijo el hombre. ¿Qué ocurre, general Dumas, no me reconoce? - insistió.
- No, ¿quién es usted? - contestó el general.
- Soy la retaguardia de la Grande Armée: El mariscal Ney – dijo al asombrado general. He disparado el último mosquete en el puente de Kovno, he lanzado al fondo del Niemen nuestras últimas armas, y he caminado hasta aquí, como puede ver, a través de los bosques.
Ney había sobrevivido, al tiempo que salvaba a un ejército.
Pocas horas después, consigue presentarse ante el Emperador, informándole de que ha sido el último soldado francés en cruzar el crucial puente de Kovno, justo antes de su voladura, por lo que un emocionado Napoleón exclama: "Francia está llena de hombres valientes, pero ciertamente Ney es el más valiente de entre los valientes”.
Napoleón recompensó a su mariscal con otro título, el de Príncipe de la Moskowa.
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La Campaña de Alemania (1813)
“La máquina ya no tiene fuerza ni cohesión; necesitamos tranquilidad para reorganizar todo… sería una locura hacerlo ya en Alemania” (Valoración referida a la Grande Armée y a la bisoñez de numerosas tropas, escrita por Ney en abril de 1813, al inicio de la campaña).
Tras el desastre de Rusia, el mariscal Berthier logró reunir un nuevo ejército imperial con el cual Napoleón salió al paso de sus enemigos, en la denominada Campaña de Alemania, que se libró durante todo el año 1813. Como muchos oficiales franceses, Ney nunca se recuperó completamente de los horrores de 1812, mostrando ciertos síntomas de inseguridad durante algunos episodios de la campaña. Permaneció junto al Emperador, tomando parte activa en la batalla de Weissenfels, distinguiéndose en la batalla de Lützen y mandando el ala izquierda francesa en la batalla de Bautzen, donde fracasó al ejecutar la maniobra envolvente planeada por Bonaparte. Todos estos enfrentamientos se saldaron con un triunfo napoleónico, pero ninguno fue decisivo, ya que la suerte de la guerra se decidió en la Batalla de las Naciones, la batalla de Leipzig, cuyo resultado fue una dura derrota francesa. Durante las últimas fases de la misma, Ney se encontraba luchando contra las tropas rusas y prusianas de Langeron y Bülow cerca de las localidades de Schönfeld y Paunsdorf, perdiendo dos caballos durante el combate. Durante la huida de su destrozado cuerpo de ejército, apenas era capaz de mantenerse sobre la montura de su cabalgadura, ya que durante la retirada de Schönfeld resultó seriamente herido al recibir un disparo en un hombro.
El fracaso de la Grandée Armée de Napoleón en 1813, fue irónicamente resumido por el propio emperador poco después de Leipzig. Cuando el derrotado gran capitán cabalgaba hacia el Oeste desde aquel fatídico campo de batalla, murmurar: “Necesito hombres, no niños… Se necesita hombres para defender a Francia”.
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Napoleón firmando su abdicación
La Campaña de Francia (1814)
"Sire, los soldados obedecerán a sus generales" (Ney a Napoleón el 4 de abril de 1814, al proponerle su abdicación).
La Campaña de Francia o Campaña de los Seis Días fue una serie de batallas críticas libradas durante la guerra de la Sexta Coalición en la defensa final de Francia por Napoleón Bonaparte durante el avance aliado sobre París a inicios de 1814. Se extendió desde el 10 de febrero al 14 de febrero, tiempo durante el cual las tropas francesas consiguieron infligir severas derrotas al ejército de Blücher en las batallas de Champaubert, Montmirail y Vauchamps, en las regiones del norte de Francia. En estas batallas se enfrentaron los mermados restos de la Grande Armée, con únicamente 70.000 hombres contra al menos medio millón de soldados de los ejércitos aliados comandados por los mariscales Von Blücher y el Príncipe Karl de Schwarzenberg, entre otros.
El emperador asignó a Ney, mariscal de Francia que había comandado cuerpos de ejército de cuarenta o cincuenta mil hombres en anteriores campañas, el mando de una división de la Guardia Imperial. Dos años antes, con este contingente se hubiese formado una débil brigada o incluso un sólo regimiento, ya que contaba con tan sólo 2.500 oficiales y soldados. Que semejante mando fuera asignado a un mariscal ponía en evidencia cómo el poder militar del emperador se iba diluyendo. Además, las tropas de la división de Ney pertenecían a la Joven Guardia, por lo que sus componentes eran poco más que reclutas.
Durante la Campaña de los Seis Días, Napoleón Bonaparte se encargó de dirigir personalmente a las tropas francesas, causando unas 17.700 bajas a los 100.000 hombres que componían las fuerzas ruso-prusianas al mando de Blücher. Para ello Bonaparte contaba con sólo 30.000 soldados bajo su mando efectivo, y sufrió apenas unas 3.400 bajas. Con estas cifras, no es extraño que esta campaña se considere por parte de algunos expertos como la mejor demostración táctica del talento militar de Napoleón a lo largo de todas las guerras napoleónicas.
Pero pese a la brillantez de estas victorias francesas, y la gran habilidad táctica exhibida por Napoleón en esta campaña (por las bajas causadas al enemigo, las escasas bajas sufridas, y la breve duración de la lucha), estos triunfos resultaron inútiles para detener la ofensiva aliada. De hecho, otro ejército prusiano marcha sobre París, donde José Bonaparte rindió la ciudad. A consecuencia de ello, los principales mariscales del Imperio se reúnen secretamente en Fontainebleau y redactan un manifiesto en el que solicitan la abdicación de Napoleón. Se encarga a Ney, junto a Lefèbvre, Oudinot, Moncey y McDonald la entrega del ultimátum, a lo que un indignado Napoleón responde: "¡Los soldados obedecerán a su Emperador!"; y a lo que Ney responde con severidad: "Sire, los soldados obedecerán a sus generales". Abatido por el abandono de sus principales mariscales, finalmente Bonaparte cede y acepta el exilio en la isla de Elba. Ney se presenta ante el zar Alejandro I, a quien entrega el pliego con la abdicación. Sin embargo, quizá avergonzado, no acude al acto de despedida de Napoleón, que tuvo lugar el 20 de abril de 1814.
Como muchos de sus colegas, estaba cansado de una guerra sin fin, y esperaba que ahora comenzara un período de paz duradera para Francia y para Europa. Ansiaba una vida hogareña con su mujer e hijos, y disfrutar de los honores que había ganado durante su carrera. En esos momentos, no podía imaginar ni por asomo que pronto abandonaría su hogar otra vez para emprender una nueva campaña bajo el mando del comandante a quien recientemente había dicho “adiós para siempre”, y que en el siguiente año vería el trágico fin de su propia vida.
Lectura recomendada:
FORO DE DISCUSIÓN:
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