Los objetivos prioritarios de hasta entonces resultarían puestos en segundo nivel a partir de marzo para la preparación de Overlord; las líneas y estaciones de ferrocarril, así como toda la industria y talleres dedicada a la manufacturación y reparación de locomotoras y vagones, se convirtieron en objetivo de los bombarderos pesados a iniciativa del General Eisenhower, a pesar de la oposición inicial de Harris, y sobre todo el General Spaatz. Esto se conocería como Transport Plan, plan de transporte, y englobaba a las fuerzas de bombarderos en Gran Bretaña. Transport Plan fue otro momento de debate en el seno de las Fuerzas Armadas.
Mientras que Eisenhower y el Mariscal Tedder, asesorados por expertos civiles, sostenían que la destrucción de las infraestructuras de ferrocarril colapsarían Europa occidental impidiendo que los alemanes enviasen refuerzos para repeler las fuerzas de invasión, otros no estaban convencidos de su éxito, pues alegaban que sólo 1/5 parte de la red ferroviaria era utilizada por los alemanes, el bombardeo podría entorpecer a posteriori el avance aliado hacia Alemania y causaría miles de bajas entre civiles de un país aliado. Spaatz sostenía que ahora que la Luftwaffe se encontraba a la defensiva era el momento de atacar las plantas de combustible, de vital importancia para Alemania y seguir destruyendo a la Luftwaffe; los cazas germanos no saldrían para proteger trenes en Francia, pero sin duda despegarían para defender las industrias alemanas de vital importancia. Finalmente, la postura de Eisenhower acabó ganadora, desviando un gran número de bombarderos pesados contra las redes ferroviarias francesas, belgas y holandesas.
Las fuerzas del Mediterráneo, libres del Transport Plan, tuvieron manga ancha para seguir centrándose en objetivos estratégicos, y uno de estos era una vieja espina clavada en el recuerdo: Ploesti. La 15ª Fuerza Aérea organizó una serie de ataques durante el verano. Para entonces, las necesidades de cazas del Tercer Reich había desviado un importante número de aviones. Nuevamente, las baterías antiaéreas protagonizarían el principal escollo a superar, respaldadas por unos sistemas de enmascaramiento que creaban cortinas de humo que impedían el bombardeo de precisión. Las visitas irregulares se sucedieron durante junio y julio y duraron hasta el 19 de agosto. Estos ataques fueron destruyendo paulatinamente las refinerías de Ploesti y otros objetivos relacionados, destruyendo enormes cantidades de combustible, en principio parecía no afectar al transcurso de la guerra, pero a la larga, se haría palpable la necesidad alemana del tan preciado combustible. Once días después del último ataque, el Ejército Rojo capturaba Ploesti, poniendo punto y final a la producción. En total, el esfuerzo le costó a la USAAF alrededor de 350 aviones.
Tras el desembarco de Normandía, los alemanes empezaron a utilizar nuevas armas, la V1, bombas voladoras que empezaron a caer sobre Inglaterra. Temeroso de volver a los tiempos del Blitz y poner a prueba nuevamente a la población, Churchill se preparó para aumentar la escala de los ataques a un nivel más mortal. Abogó por la utilización de armas químicas sobre el Reich, sin embargo, los militares aliados evitaron tal escalada, los bombardeos convencionales y la relativa ineficacia de las bombas alemanas, consiguieron aplacar al Primer Ministro inglés. Sin embargo, ésto afectó también al bombardeo estratégico, pues Eisenhower puso las rampas de lanzamiento y demás infraestructuras de apoyo como la máxima prioridad de los bombarderos pesados; nuevamente, se dejó de lado objetivos de primer orden que podrían haber acortado la guerra de forma palpable. Habría que esperar hasta septiembre de 1944 para que los bombarderos pesados desistiesen de sus ataques generalizados contra las armas V, dejando el trabajo a los cazabombarderos de las fuerzas aéreas tácticas.
Las pesadillas alemanas se cumplen
A pesar de que el plan de transporte y Crossbow limitaron los ataques, al menos temporalmente, Spaatz finalmente consiguió permiso de Eisenhower para utilizar bombarderos contra objetivos estratégicos, siempre y cuando no interfiriera con los ataques a las vías de comunicación. A los ataques de Ploesti, la 8ª Fuerza Aérea contribuyó estrangulando los envíos de combustible, atacando refinerías de combustible sintético en el Reich. El 12 de mayo de 1944, 886 bombarderos, escoltados por más de 700 de cazas cruzaron la costa holandesa y belga rumbo a las plantas de hidrogenación para combustible sintético en Alemania central y Checoslovaquia. Alrededor de 400 cazas salieron a lo largo de la incursión para atacar a los diferentes grupos atacantes; pero la enérgica acción de la escolta que atacó a los alemanes en sus puntos de reunión desfavoreció a la Luftwaffe. La USAAF perdió 46 bombarderos, y 9 dañados más allá de la recuperación, junto a 7 cazas de escolta derribados. La Luftwaffe cifró sus pérdidas en 65 aviones. Los daños en las plantas de hidrogenación fueron moderados, pero sobre todo, había dejado de manifiesto que la Luftwaffe, aun reuniendo gran cantidad de aviones, había perdido la iniciativa. El 20 de junio, 1.361 bombarderos pesados con la escolta de 729 cazas atacaron los objetivos petrolíferos de Hamburgo, Harburg, Osterrnor, Misburg, Politz y Magdeburgo; se perdieron 48 bombarderos y otros 400 sufrieron daños de diversa consideración, en un día extraño en el que la Luftwaffe consiguió mantener la superioridad aérea, lo cual no impidió que perdiesen 28 cazas en el aire y que las instalaciones de Politz y Magdeburgo tuviesen que cerrar por los daños. Para el verano de 1944 las entregas de combustible a la Luftwaffe se habían reducido a 30.000 tn de combustible, de un mínimo de 160.000 para permanecer plenamente operativa. En mayo, el Reich producía 195.000 tn de combustible; en septiembre, la cifra se había reducido a 7.000 tn. La producción global había pasado de 180.000 tn al mes en marzo a 20.000 en noviembre, y el combustible almacenado para esa fecha era de 175.000 tn frente a los 575.000 tn que había en marzo. Esta escasez se fue haciendo cada vez más evidente, racionamiento y limitación de movimientos, hubo restricción de vuelos en la Luftwaffe, las escuelas de tanquistas y pilotos redujeron sus clases prácticas, mermando el entrenamiento de la nueva tropa y para el contraataque de las Ardenas a finales del año, los panzer alemanes tendrían que robar el combustible a los americanos para continuar una ofensiva que contaba con escaso combustible.
Las ofensivas siguieron su curso. Speer, en un intento de salvar la industria de los bombardeos, había ordenado dispersar la industria; por ejemplo, los componentes de una aeronave se fabricaban en diversos puntos, para ensamblar el aparato en otro distinto, en ocasiones, en refugios en bosques y montañas. En total, la producción se dispersó en casi 800 fábricas menores. Pero la situación era grave y preocupante, los bombarderos, libres de las amenazas de antaño, visitaban los objetivos una y otra vez hasta asegurarse de haberlo reducido a escombros. No obstante, la industria alemana, aun con los bombardeos, se las apañó para seguir fabricando grandes cantidades de armamento… armamento que no contaba con suficiente combustible para ser utilizado en grandes cantidades o bien no llegaba al frente tras la progresiva destrucción de las redes de comunicación debido a los bombardeos.
La Luftwaffe tuvo que replantear sus técnicas; los sobrecargados bimotores y monomotores de caza, armados con cañones y cohetes que lastraban sus prestaciones en combate, tuvieron que tener un servicio de escolta propio para no caer ante los Mustang; las pérdidas en cazas bimotores, tales como el Bf-110 o el Me-210 y 410, hizo que fuesen retirados nuevamente de las operaciones diurnas o usados limitadamente tras su segunda oportunidad con las incursiones americanas sin escolta. De la misma manera se evitó mandar grandes formaciones de cazas contra incursiones de gran tamaño con fuerte escolta de cazas, en un intento de conservar los efectivos. La respuesta fue que cada vez más, los cazas norteamericanos empezaban a volar ofensivamente mientras había grupos de escolta; otros, se dedicaban a buscar y destruir a la Luftwaffe. Los pilotos alemanes se enfrentaban en inferioridad numérica contra sus enemigos, pero no tecnológica, a los siempre eficientes Bf-109 y Fw-190, se habían sumado nuevos modelos de cazas, como los Me-262 a reacción, un salto cualitativo en la aviación de combate. Pero la situación era insostenible, demasiado pocos, demasiado tarde; cuando empezaron a aparecer de manera significativa en 1945, se convirtieron en el blanco de las bombas y de los cazas aliados que patrullaban los aeródromos alemanes, siendo necesario el uso de cazas a pistón para escoltarles en los despegues y aterrizajes, cuando eran más vulnerables. En abril de 1944, Adolf Galland ya presagiaba lo peor a sus superiores en un informe: “La relación numérica con la que se combate ahora, en horas del día es de aproximadamente 1 a 7. El grado de instrucción de los norteamericanos es extraordinariamente elevado. Nuestra caza diurna ha perdido en los últimos cuatro meses mucho más de mil pilotos, entre ellos sus mejores jefes de escuadrón, jefes de grupo y jefes de regimiento. No es posible llenar estos claros. Con cada incursión enemiga perdemos alrededor de 50 cazas. Se ha llegado a una situación que nos obliga a reconocer que existe para nuestra arma de caza el peligro de colapsarse”. Sólo en primavera de 1944, la Luftwaffe perdió el 20% de sus cazas, mientras la industria aeronáutica conseguía a duras penas reponer las perdidas. A finales de año, la Luftwaffe dio algunos golpes que mantuvieron alerta a los mandos aliados sobre la peligrosidad de los cazas alemanes. La Luftwaffe restringió sus salidas, haciendo acopio de combustible y conservando sus fuerzas para ocasiones especiales, pero se permitió lanzar algún que otro ataque ocasional que, aunque solo en número de interceptores, era suficiente para demostrar que aún no estaba erradicada. Se alternaban bombardeos sin mayores incidencias con ataques que topaban con gran oposición; el 21 de noviembre, tras tres semanas de inactividad, la Luftwaffe lanzó al aire 400 cazas contra una incursión en Leipzig; la decidida acción de los Mustang, unida a la descoordinación alemana, propició que tan solo se perdiesen 5 bombarderos; 5 días después 550 cazas consiguen derribar 25 bombarderos en las cercanías de Hannover. El 27 de noviembre se llegaron a poner en el aire 750 cazas alemanes; sin embargo, en un estúpido error, los pilotos germanos se lanzaron sobre los cazas de escolta; los americanos perdieron 11 cazas, pero los bombarderos volaron sin incidencia hasta sus objetivos. Diciembre transcurriría igual, períodos de calma con ocasionales apariciones de la Luftwaffe: el 2 de diciembre, se pierden 8 Liberator tras toparse los bombarderos con 150 cazas; tres días después, la USAAF ataca Berlín, oponiéndose en el aire a 300 interceptores, solo se pierden 4 bombarderos; después dos semanas de calma en las que apenas hay oposición aérea. Se calcula que durante el último mes del año, los alemanes pierden 220 cazas.
En un intento desesperado de dar un respiro, el propio Galland intentó reunir un considerable número de cazas para lo que él llamaba, “el Gran Golpe”. El plan era reunir una flota de unos 3.000 cazas y lanzarlos contra una gran incursión aliada; la pérdida de 500 cazas era asumible, pero se esperaba que, al menos, se derribasen otros 500 bombarderos como mínimo. Unas pérdidas tan grandes podrían hacer titubear a los mandos aliados sobre su verdadero control del aire. Pero las oportunidades fueron pasando debido al mal tiempo y en parte debido a la escasez de combustible, y finalmente, el gran golpe de Galland se reconvirtió en Bodenplatte, el ataque masivo contra aeródromos aliados en Europa occidental como apoyo en la ofensiva de las Ardenas en diciembre de 1944. Un ataque lanzado el 1 de enero de 1945, que destruyó 305 aviones aliados pero que costó a los alemanes 271 aviones, con 143 pilotos; unas pérdidas que a esas alturas de la guerra, no se podía permitir para tan pobres resultados. Los restos de la Luftwaffe quedaron acorralados, luchando titánicamente contra un enemigo superior ante un negro futuro: “Cada vez que cierro la carlinga antes de despegar, siento que estoy cerrando la tapa de mi propio ataúd”, escribió el piloto Heinz Knoke, que finalmente conseguiría sobrevivir al conflicto. 
Un Bf-109 vira para hacer una pasada sobre los bombarderos. Fue derribado por el caza de escolta que tomó esta fotografía.
Incluso hacia el final la Luftwaffe, como medida desesperada, formó el Sonderkommando Elba, cuya función era embestir a los bombarderos aliados, de forma parecida a los kamikazes japoneses, aunque el piloto debía hacer lo posible por sobrevivir al choque. Esta unidad solamente fue puesta en liza una vez, el 7 de abril de 1945, cuando 120 aviones intentaron poner en práctica la teoría de los kamikazes aéreos; sólo derribaron 8 aviones y dañaron otros 7; unos 40 Messerschmitt fueron derribados por los cazas de escolta (si la misión era sin retorno, los aviones habían sido despojados de blindaje y armamento, siendo vulnerables a la interceptación) y el resto retornó a la base por problemas mecánicos. Un fracaso que convenció de desechar la táctica de embestida, aunque ocasionalmente y de forma desesperada, fue puesta en práctica por pilotos alemanes cuando se quedaban sin municiones.
Por su parte, en la noche, la Luftwaffe también había perdido el control del cielo; sus bases de cazas nocturnos habían pasado a englobar la lista de blancos golpeados; la red de defensa Kammhuber había quedado desbaratada por los ataques aéreos y terrestres. El radar SN-2, que había dotado a los cazas nocturnos de nuevos ojos en la noche, había sido anulado gracias a dos ejemplares capturados por los británicos (a través de dos Ju-88, uno de un desertor que entregó su avión a los ingleses, y otro que aterrizó por error en Inglaterra). Ahora, los británicos habían creado un sistema para interferir el SN-2 y creado un nuevo tipo de Windows. Además, desde el año pasado, a finales de 1943, los británicos habían empezado a dotar a sus cazas nocturnos de un dispositivo de detección del radar Lichtenstein, el Serrate. Este radar localizaba la señal del radar alemán y guiaba al caza inglés hasta el caza alemán; como resultado, los cazas nocturnos alemanes se enfrentaban en el aire a un nuevo enemigo. Con la Luftwaffe acorralada, la RAF empezó nuevamente a retomar las operaciones diurnas en los últimos meses de la guerra.
Essen antes y después de un raid británico en octubre. Copyright Davyd Byrne
La superioridad aérea de los aliados era total, sirva decir que más de la mitad del tonelaje de bombas lanzados en la guerra fueron lanzados en los últimos meses de la misma.
El asalto final
Aunque los mandos quedaron algo preocupados tras la ofensiva de las Ardenas y por la aparición de los submarinos Tipo XXI y los reactores Me-262 que se fabricaban y entregaban a mayor ritmo, Alemania se encontraba contra las cuerdas. A principios de 1945, los ataques continuaron centrándose en la industria petrolífera, a la vez que las fabricas de reactores y aeródromos se convertían en objetivos prioritarios, pero también se recibieron nuevas instrucciones al finalizar el mes de enero. En apoyo a los soviéticos, los bombarderos deberían causar el caos y la confusión en los nudos de comunicaciones y ciudades, evitando la llegada masiva de refuerzos alemanes al frente oriental y quebrando la ya deshecha moral del pueblo, intentando precipitar la caída del régimen nazi. Estos objetivos, entrarían a formar parte de las prioridades del mando de bombardeos aliado. El 3 de febrero, cerca de 1.000 B-17 atacaron Berlín, paralelamente a una fuerza de 400 Liberator que atacaron las refinerías de Magdeburgo. En Berlín, la Flak fue la responsable de la mayoría de los 25 bombarderos perdidos en la misión. Los P-51, consiguieron alejar a los interceptores alemanes, dedicándose después a ametrallar objetivos de la red ferroviaria. El ataque fue un éxito gracias al buen tiempo que permitió un bombardeo de precisión. Aunque algunos medios y naturalmente la propaganda alemana insistió en el bombardeo indiscriminado; la USAAF alegó que siempre se había ceñido a los objetivos militares, si bien, al estar estos en núcleos urbanos, era imposible evitar la destrucción de las ciudades.
En la noche del 13 de febrero de 1945, 1.400 aviones aliados sobrevolaban Alemania. Sus objetivos: Magdeburgo, Bonn, Dortmund… 386 atacarían industrias energéticas en Böhlen, al norte de Leipzig; sin embargo, al margen del objetivo estratégico, este ataque cumplía otra meta, la distracción de recursos de la defensa aérea germana para golpear la ciudad de Dresde, a menos de 50 km al sureste de Böhlen.
A las diez menos cuarto empezaron a sonar las alarmas en la ciudad; pasando tres minutos de las diez de la noche, un puñado de aviones de la RAF sobrevolaba Dresde. Eran la vanguardia del ataque, protagonizado por aviones del 83 Sq del Mando de Bombarderos, Grupo 5. Estos aviones lanzaron sobre la ciudad bengalas verdes y blancas de magnesio para iluminar el objetivo. Poco después llegaron los Mosquitos para marcación de objetivos, lanzando sobre Dresde marcadores de 454 kilos que estallaban a sobre el objetivo, dejando caer una vistosa lluvia de colores rojos en una especie de fuegos artificiales. Volando a alturas inferiores a mil metros, sin respuesta enemiga desde tierra, los pilotos llegaron a descender hasta los 250 metros de altura antes de soltar su carga. Dresde había quedado marcado, 254 Lancaster llegaron volando a 4.000 mt con una separación de 2º, describiendo un abanico de 32º, sobre las diez y cuarto de la noche. Lanzaron primero bombas rompedoras, destruyendo tejados y ventanas, demoliendo edificios; después, las incendiarias, que favorecidas por la devastación precedente, no tardaron en crear incendios por toda la ciudad que acabaron fundiéndose; en total, 800 tn de bombas de todos los tipos, incluyendo del tipo “Blockbuster”, capaces de derruir manzanas enteras. Este ataque duro 20 minutos, y mientras los ciudadanos respiraban aliviados y salían de sus refugios, preparados para enfrentarse a una ciudad bombardeada, las alarmas volvieron a sonar. Eran la 1:23h de la madrugada cuando 529 Lancaster, en distintas oleadas, lanzaron más de 1.500 tn de bombas incendiarias. La ciudad quedó colapsada, una tormenta de fuego como la de Hamburgo se extendió por todo Dresde, impulsada caprichosamente por corrientes de aire, devorando a sus habitantes. El calor alcanzó altas temperaturas, fundiendo vidrio y metal; el fuego también consumía el oxígeno de los que intentaban refugiarse en el interior de los sótanos y refugios, pereciendo asfixiados o envenados si no, por los gases de la combustión.
Pero aún no había acabado. A la mañana siguiente, 311 bombarderos B-17 de la 8ª Fuerza Aérea atacaron la ya alcanzada estación y varias industrias de la periferia. Usando el radar debido a las malas condiciones atmosféricas, los Flying Fortress lanzaron su carga. A la mañana siguiente, en una ciudad fantasma, 211 B-17 lanzaron un último ataque sobre las ruinas de Dresde. Sin embargo, ambos ataques fueron poco precisos debido a las condiciones atmosféricas.
La ciudad, considerada la “Florencia del Elba” debido a sus monumentos artísticos y sus edificios que databan del Renacimiento y el Barroco quedó destruida, con incendios que llegaron a durar hasta cuatro días. Sus industrias quedaron gravemente dañadas, quedando muchas paralizadas por los daños del bombardeo o bien por haber perdido a su mano de obra en el ataque; la red de transporte por ferrocarril tardó dos semanas en volver a ponerse en funcionamiento, aunque sólo de modo provisional, si bien las vías de largo recorrido que atravesaban Dresde sufrieron daños menores y siguieron transportando tropas tan solo dos días después. En cuanto a las bajas, se creó una controversia que aún, a día de hoy, dura: se calcula que en Dresde había aproximadamente 842.000 personas (censo de 1939: 642.000 habitantes, más 200.000 refugiados y miles de soldados heridos). Los periódicos sólo pudieron especular, y las cifras variaban entre 100.000 y 200.000 muertos. Goebbels habla de 300.000. En 1948, un informe de la Cruz Roja mencionaba 275.000 cuerpos “identificados”, utilizando como fuentes informes nazis. David Irving, en 1963, en su libro, “La Destrucción de Dresde”, habla de entre 135.000 y 250.000; varios periodistas llegan a hablar de hasta 400.000 muertos durante los años 70. Sin embargo, diversos informes desclasificados del régimen nazi contradecían esta cifra. El Alto Mando de la Policía de Berlín daba cifras concretas: 18.375 caídos, 2.212 heridos graves y 13.718 heridos leves. Otro informe oficial habla de 20.204 cadáveres y se esperaba que en total el número ascendiese a 25.000. Da la casualidad que dicho informe, descubierto en 1966, contradecía uno idéntico que utilizó Irving como fuente para su trabajo, descubriéndose que dicho archivo había sido falsificado con la inclusión de un 0 de más. Un empleado de los servicios de limpieza de la ciudad habla de unos 30.000 cadáveres recuperados en una carta dirigida a Irving sobre la disparidad de sus cifras respecto a las que da el autor. A estas cifras siempre se les añade un pequeño porcentaje, en concepto de cuerpos incinerados o desaparecidos bajo los escombros, dándose por fiable una cifra que ronda entre los 35.000 y 40.000. Sin embargo, aún parece no estar todo dicho. En 2005, la ciudad encargó al catedrático Rolf-Dieter Müller, Director del Instituto de Investigaciones Científicas de Historia Militar del Ejército Alemán, encabezar una comisión para determinar de manera fiable el número de muertos. Según esta comisión, que hizo públicos los resultados en 2008, el número de muertos sería de un máximo de 25.000, argumentando que las incineraciones totales, a las que se aferran quienes hablan de números de seis cifras, son muy difíciles de darse y más teniendo en cuenta que, según el análisis de ladrillos de la ciudad sometidos al incendio del bombardeo, las temperaturas alcanzadas no llegaron a un nivel lo suficientemente alto como para incinerar un cuerpo humano. Se perdieron únicamente 6 Lancaster por fuego antiaéreo. Sea cual sea el numero de víctimas, la necesidad del ataque está en entredicho debido a la poca aportación que podría hacer a la victoria a estas alturas.
Era la culminación del Plan Thunderclap, que preveía ataques masivos contra núcleos urbanos alemanes, coordinados con el avance soviético para destruir la defensa en el este. Aunque los ataques fueron menos intensos y destructivos de lo que se había estipulado en un primer plan, con incursiones masivas en Berlín durante varios días consecutivos, con la creencia de que tal destrucción perjudicaría el movimiento de tropas alemanas al frente, aunque no se puede obviar la demostración de fuerza para Stalin.![]()


Dresde iluminada por los incendios durante el ataque y estado en el que quedó al apagarse los incendios
La destrucción de Dresde marcó un punto de inflexión en la ofensiva aérea. Fue entonces y no antes, a pesar de las escasas diferencias respecto a otros bombardeos, cuando los aliados se plantearon si tenía sentido continuar con los bombardeos a una Alemania ya derrotada. Pero la ofensiva continuaría hasta mediados de abril, cuando con todos los objetivos destruidos o bajo la ocupación de tropas terrestres, las fuerzas aéreas estratégicas se quedaron sin blancos que atacar.
Pocos días después del ataque a Dresde, se da luz verde a la operación “Clarion”, el ataque masivo a la red de comunicaciones alemanas: trenes, vías, nudos ferroviarios, muelles, puentes… etc. El ataque se lleva a cabo el 22 de febrero. Al día siguiente, se repiten los ataques en pos de destruir lo que se salvó el día anterior. Las pérdidas aliadas fueron escandalosamente mínimas y para disgusto de los pilotos de caza, la Luftwaffe rehuyó el combate. Sucesivamente los ataques continuaron, las pérdidas fueron mínimas, rara vez pasaron de la docena, y la Luftwaffe atacó tímidamente salvo excepciones. El 18 de marzo 1.250 bombarderos, escoltados por 14 grupos de Mustang, atacaron Berlín soltando 3.000 tn de bombas usando el radar H2S; los alemanes responden y 24 bombarderos y 5 cazas son derribados principalmente por los interceptores de la defensa aérea; la antiaérea se muestra fuerte, dañando a muchos bombarderos, de los cuales 16 resultan tan dañados que son irrecuperables. El 7 de abril, la Luftwaffe lanza 180 aviones contra los bombarderos americanos, de los cuales, al menos 50 son cazas Me-262. Sólo derriban 8 bombarderos, pero pierden más de un centenar de cazas frente a la escolta. En estos titánicos esfuerzos, los alemanes quemaron sus últimos recursos frente a un enemigo superior que aún les mantenía el respeto (cabe recordar que aunque aún se disponía de un nada despreciable número de aviones, el personal de vuelo estaba poco entrenado y la escasez de combustible era acuciante). El 10 de abril, los bombarderos estratégicos se quedaron sin blancos, siendo distribuidos como apoyo a operaciones de tierra.
Conclusiones
La primera y más palpable consecuencia respecto al bombardeo estratégico fue que el arma aérea podía colaborar decisivamente en la victoria (es factible pensar que el uso de los bombarderos acortó la guerra entre uno y dos años), pero no al nivel que pregonaban los valedores de la fuerza aérea. El bombardeo estratégico contra núcleos urbanos, aun terriblemente destructivos, no había socavado la moral del pueblo hasta hacerle clamar por la rendición, pero fueron una preocupación constante del ministro Goebbels, consciente de que la incapacidad del régimen para frenar los ataques podría hacer mella en la gente, tal y como ocurrió a partir de 1943, cuando la fe en la victoria final empezó a derrumbarse, o para el propio Churchill, el cual se preocupó seriamente por la ofensiva de las V1 y V2, hasta el punto de clamar represalias a gran escala. La industria enemiga se había visto afectada, en efecto, pero se subestimó la capacidad para reconstruir las fábricas. Además, faltó perseverancia, tal y como admite Albert Speer: si los bombarderos aliados hubiesen regresado una y otra vez para pulverizar las fábricas y paralizar las obras de reconstrucción, habrían conseguido efectos más palpables que los retrasos de pocos meses en las cadenas de montaje. Incluso podrían haber paralizado casi por completo la industria armamentística. Afortunadamente para Alemania, su sistema de defensa aérea hacía pagar cara cada incursión, lo que sumado a equivocados y optimistas informes post-bombardeo, conseguía que no se siguiese con el objetivo. Sólo a partir de mediados de 1944, con la superioridad aérea ganada, estuvieron los aliados en condiciones de devastar las fábricas del Reich, pero entonces, la producción, en manos de un eficiente Albert Speer, a pesar de las adversidades, se elevó a cotas más altas, incluso a las de años anteriores y más tranquilos, gracias a la descentralización de la industria que minimizaba daños, y el aumento de producción para compensar las pérdidas. Aun así, el peso de la ofensiva se pudo sentir. El ministerio de Armamento Alemán calculó que, en enero de 1945, la producción era de un 31% menos de aviones, un 35% menos de carros de combate y un 42% menos de camiones respecto a las previsiones del año anterior. Dos ventajas más, palpables, directamente relacionadas con el armamento, fueron la paulatina destrucción de la red ferroviaria alemana que, a partir de 1944, se convirtió en un serio problema para el suministro de armamento y movimientos de tropas, así como la destrucción de refinerías, plantas de hidrogenación y depósitos que hicieron del combustible otro grave problema para la estrategia alemana. Estos dos objetivos de los bombarderos se convirtieron en un grave problema crónico que sólo empeoraba mes tras mes, y que amenazaba con paralizar completamente al conjunto de fuerzas armadas del III Reich. Otra ventaja fue la de desviación de recursos, tanto de mano de obra para reconstrucción de daños y desperfectos hasta desplazamiento de recursos de defensa, sobre todo cazas y los valiosos cañones antiaéreos de 88 mm, que eran mortales en funciones contracarro, destinándose en gran parte a defensa antiaérea en lugar de a unidades anticarro, donde según los expertos, hubiesen sido más útiles. La utilidad de los cañones de 88 mm es un caso particularmente significativo. En su función antiaérea se mostró un arma más propagandística y psicológica que efectiva; para la población era en cierto modo tranquilizador ver las armas abrir fuego contra los bombarderos, por el sentimiento de no estar desprotegidos, pero por el contrario, se calculó que eran necesarios unos 16.000 disparos para derribar un solo avión, mientras que los cazas de defensa, solamente necesitaban unos pocos proyectiles bien encajados de sus cañones para tirar abajo al aparato enemigo. Así, todos los recursos metalúrgicos empleados en municiones para la Flak hubiesen dado para construir 40.000 cazas. Y durante la guerra, el 12% de la producción de municiones se destinó a armamento antiaéreo, el doble del destinado a artillería de campaña... y todo esto sin contar a los centenares de miles de jóvenes asignados a dotaciones antiaéreas. La aviación también sintió el peso, siendo incapaz de desplegarse efectivamente por todos los frentes. En julio de 1943, el 30% de la caza alemana se concentraba en el frente occidental, en octubre, ascendió al 56%. En enero de 1944 ascendió en torno al 67%, había más de 1.650 cazas en el frente occidental, frente a 425 en el oriental y 365 en el Mediterráneo. De esos 1.650, el 75% estaban concentrados en la defensa del Reich; esto hizo que, durante la invasión de Normandía, la caza alemana, ya superada numéricamente, poco pudiese hacer para proteger las operaciones terrestres de la Heer. A esta dispersión habría que sumar las severas pérdidas que aumentaban a medida que avanzaba la ofensiva de bombardeo, en una guerra de desgaste donde los cazas no sólo eran destruidos en el aire, sino también en las cadenas de montaje. Cierto es que los alemanes cada vez fabricaban más cazas a pesar de las adversidades, pero también los perdían a un ritmo más alto. La autentica problemática era que mientras los aviones podían reponerse, los pilotos no; cada vez caían más veteranos en combate y las nuevas tripulaciones, en muchas ocasiones con insuficiente entrenamiento por las restricciones de combustible y la rápida necesidad de reemplazos, no estaban a la altura de los cada vez más experimentados pilotos angloamericanos.
En los continuos ataques aliados, habían perdido la vida alrededor de 570.000 civiles alemanes (a las que hay que sumar unos 50.000 civiles de territorios ocupados y trabajadores desplazados al Reich), y algunas ciudades fueron prácticamente destruidas: Wesel fue destruida casi en su totalidad; Bocholt sufrió una destrucción del 89% de sus edificaciones; otras grandes ciudades, como Colonia, Hamburgo o Dortmund, también sufrieron graves daños, pero se vieron favorecidas por el dinero de la administración del Reich que invirtió en su reconstrucción. Respecto a estas víctimas, como se ha señalado, una ciudad tenía que ser defendida, desviando valiosos recursos para proteger a la ciudad, y durante los primeros años, la Luftwaffe defendió con mortal eficacia a su población, como atestiguan las severas pérdidas del Bomber Command, lo que hace que el apelativo de “población indefensa” no se ajuste del todo a la realidad. Aun con esta justificación, veo moralmente reprochable usar de blanco de las bombas a la población civil, siendo la destrucción de la industria con especial hincapié en objetivos tales como combustibles, rodamientos o fabricas de armamento, blancos de primer orden que habrían paralizado al ejército alemán, más que cualquier ciudad arrasada; si bien, se puede comprender la legitimidad de atacar blancos como nudos de comunicaciones o instalaciones bélicas en las ciudades, que por la falta de precisión de la época, traían casi siempre daños en la población civil. A partir de 1945, la total y absoluta superioridad aérea aliada, el ataque a ciudades es aún si cabe más discutible, pues la guerra estaba ganada prácticamente y el tormento de la población civil, cada vez más desprotegida, no tiene explicación alguna salvo en la insistencia de quebrar la moral y obligar a una rendición sin tener que tomar todo el país, pues los resultados de la campaña contra objetivos legítimos en ciudades poco afectaron a la victoria final que acontecería semanas después. Desgraciadamente para los alemanes, Hitler y su séquito jamás tantearon la posibilidad de una rendición anticipada, así pues, sin restar importancia y culpabilidad a los bombardeos aliados, la obstinación del Fürher también tuvo que ver en tan fatídica táctica de terror. En este punto de ataques contra poblaciones civiles, aún sigue vigente la eterna discusión de quien empezó primero; indiscutiblemente, las primeras bombas sobre poblaciones civiles fueron lanzadas por los alemanes en su condición de agresor, sin embargo, la escalada bélica y el primer bombardeo explícito contra una población civil en retaguardia aconteció el 25 de agosto de 1940 por parte de la RAF contra Berlín. Es cierto que la Luftwaffe ya había golpeado ciudades mucho antes, pero sus ataques no entraron nunca en la estrategia del bombardeo de terror, siendo de carácter más táctico cuando no un error. En Wielun (1 de septiembre de 1939), la Luftwaffe se encaminaba a atacar una división polaca y una brigada de caballería que se había formado en la ciudad. Una niebla baja cegó el ataque, que se cebó con los edificios civiles, causando 1.300 muertos. Varsovia y Rotterdam eran ciudades donde se desarrollaban combates con tropas enemigas. En cambio, una vez abierta “la caja de los truenos” tras la Batalla de Inglaterra, la Luftwaffe bombardeó furiosamente Belgrado, ciudad indefensa, del 6 al 10 de abril de 1941, como castigo a la insurrección que se opuso a la alianza con Alemania. No podemos pecar de inocencia en una estúpida discusión de “unos empezaron y otros simplemente se defendieron”; el bombardeo contra la población, como medida de ganar la guerra socavando la moral, fue una constante vigente incluso antes de la guerra. Si ambos bandos no empezaron ipso facto a utilizar dicha táctica se debió, en gran parte, al miedo de represalias del bando contendiente, tarde o temprano se acabaría recurriendo a este tipo de ataque. Si se sacó algo positivo de toda esta destrucción en la población civil fue, sin duda, crear un precedente que marcaría las reglas de la guerra aérea, en una búsqueda constante de evitar bajas civiles y perfeccionar la precisión, pues, en efecto, comprobado quedó que la victoria no la traería la moral de un pueblo bombardeado y las víctimas civiles, hechos moralmente reprochables, sino la paralización de los medios bélicos enemigos.
Pero los aliados también habían pagado cara su campaña de bombardeo estratégico: 46.000 británicos perecieron en la guerra, un 60% de las tripulaciones del Bomber Command (un 9% de ellos en accidente), junto a un 12% que fueron capturados al saltar sobre el territorio enemigo; solamente un 24% llegaron a cumplir su cupo de 30 misiones. Unas cifras sólo superadas por el servicio de submarinos de la Kriegmarine alemana. Los americanos por su parte, tuvieron 30.000 muertos y 28.000 prisioneros, además de 14.000 heridos. Su cupo de misiones, de 25, aunque fueron duras de conseguir, permitió mayor supervivencia de las tripulaciones americanas, cuyas pérdidas de avión por misión fueron al finalizar la guerra de un total 1,6% de aviones de la fuerza atacante, casi la mitad de las pérdidas británicas.
Antonio Salmerón Labrado
“Hicks”
Fuentes:
Bibliografía
- La muerte caía desde el cielo, Rolf-Dieter Müller. Edit. Destino
- Europa bajo los escombros, Fernando Paz. Edit. Altera
- La segunda guerra mundial. Vol. 7 y 8. La batalla de Inglaterra, Leonard Mosky. Edit. Time-Life y Folio
- La segunda guerra mundial. Vol. 29 y 30. La guerra aérea en Europa, Ronald H. Bailey. Edit. Time-Life y Folio
- U.S. Army Air Force in World War II. Combat chronology, Kit C. Carter y Robert Mueller
- Air Force Magazine. Nov 2009 – Artículo: Forceful “Argument”, Walter J. Boyne
- Los primeros y los últimos. Adolf Galland. Edit. Altaya
- Albert Speer: Memorias. Edit. Acantilado
Webs
- Wikipedia
http://wikipedia.org
Bombardeo de Dresde (Español)
Giulio Douhet (inglés)
William “Billy” Mitchell (inglés)
Bombing of Lübeck (inglés)
Operation Pointblank (inglés)
Battle of Berlin (inglés)
Big Week (inglés)
Defense of the Reich (inglés)
- First World War – The War in the air; Germany Gotha and Giant
http://www.firstworldwar.com/airwar/bom ... _giant.htm
- RAF Bomber Command
http://www.rafbombercommand.com/master_welcome.html
- Historisches Centrum Hagen – Battle of de Ruhr (por Ralph Blank)
http://www.historisches-centrum.de/index.php?id=427
- RAF History – Bomber Command – Diary of operations
http://www.raf.mod.uk/bombercommand/diary1939.html
- RAF History – Bomber Command – The thousand bomber raids
http://www.raf.mod.uk/bombercommand/thousands.html
- Air force Magazine – Operation Gomorrah (por Rebecca Grant)
http://www.airforce-magazine.com/Magazi ... orrah.aspx
- Dambusters
http://www.dambusters.org.uk/
- Air war Web Portal – The 8th AF in the E.T.O
http://www.airwarweb.net/usaaf/8af_start.php
- Foro El Gran Capitán – Ploesti, la historia (por Miguel Fiz)
viewtopic.php?f=52&t=14174&st=0&sk=t&sd=a
- History of War – Operation Tidal Wave
http://www.historyofwar.org/articles/op ... lwave.html
- Home of Heroes – Ploesti
http://www.homeofheroes.com/wings/part2/09_ploesti.html
- Republic P-47 Thunderbolt with the USAAF in Europe (por Richard J.)
http://www.historyofwar.org/articles/we ... urope.html
- Lockheed P-38 Lightning with de 8th and 9th Air Force (ETO) (Por Richard J.)
http://www.historyofwar.org/articles/we ... 8_ETO.html
- Army Air Force in II World War (por W.F Cravem, J. L. Cate, A. B. Ferguson y Alfred Goldberg) http://www.ibiblio.org/hyperwar/AAF/index.html
Si quieres debatir este artículo entra en su foro de discusión.


































