Cuando el poder moderador del Presidente de la Republica desapareció por dimisión de Azaña y antes, por imposibilidad de ejercer su cargo en el extranjero, quedaba el Gobierno investido de un poder absoluto, lo que es contrario a todo principio democrático.
Las Cortes pueden derribar a cuantos gobiernos no sean de su agrado, retirándoles o no otorgándoles su confianza, lo que obligaba, en estos casos, al presidente de la República a destituir al presidente del Consejo de Ministros, o a aceptar la dimisión que aquél que se ve obligado a presentarla. No obstante, puede actuar el Gobierno durante un periodo de tiempo, antes de presentarse a las Cortes. En cambio no puede hacerlo ni siquiera una hora si no cuenta con la confianza del presidente de la República.
Sólo considerándose Negrín con un poder dictatorial, pudo emitir disposiciones que rebasaban sus facultades naturales, ascendiendo a numerosos jefes del Ejército al empleo superior inmediato, sin publicar los ascensos en el Diario Oficial y sin el refrendo del presidente. Hizo más, concedió el empleo de teniente general a Rojo y Miaja, vulnerando las leyes de la República que había anulado dichas jerarquías. Como éstas, pudo haber cometido infracciones mucho más graves, lo que era muy lógico pensar de en quien había dado muestras de tener tan pocos escrúpulos. Llegado este caso, ¿quién podía evitar que las arbitrariedades surtieran efecto? Sólo el pueblo, negándose a obedecerlas y como éste no podía expresarse más que por medio de sus diputados y a falta de éstos por su exilio, pasó el poder ejecutivo y hasta representativo a los dirigentes de sus organizaciones, de estas últimas se valió, para decir a Negrín que no toleraría dictaduras sin su asentimiento, del que se preveía iba a prescindir el presidente del Consejo mediante el empleo de la fuerza, que iba a tener en sus manos, si conseguía poner en los mandos del Ejército del Centro a sus incondicionales, los jefes comunistas del Ejército del Ebro que habían sido llevados desde Francia expresamente para ello.
Por ello la actitud durante el mes que transcurrió después de la caída de Cataluña, en que estuvo Negrin en la zona centro, es un poco confusa.
Después de la dimisión de Azaña, sin ser sustituido en el poder como hemos visto, Negrin actuaba dentro de la ilegalidad y sólo el rebufo de la inercia del poder ejercido hasta entonces, era lo que le empujaba a sostener una situación y un gobierno ilusorio. En estas condiciones la actuación de Casado se ve respaldada por la mayoría de los grupos políticos, con excepción de los comunistas, por lo tanto legitimada primero por la mayoría política y después por la victoria militar contra sus oponentes.
Democráticamente, la zona Centro, con sus representaciones políticas autorizadas, podía, en las especialísimas condiciones que se encontraba, resolver sobre la legitimidad de un Gobierno y sobre la conveniencia de sustituirlo por un organismo que podría ser más útil en aquellas circunstancias. Moralmente, porque nadie honradamente puede atribuir a Casado, a Besteiro ni a cuantos elementos les apoyaron, intenciones de cometer un acto anticonstitucional, pues precisamente ellos habían sido los más ardientes defensores de la Constitución. Desde el punto de vista político, la más elemental prudencia aconsejaba admitir la ilegalidad del Gobierno Negrín, o la desaparición de éste en aquella fecha. En tal supuesto, la responsabilidad de haber pretendido continuar aquel gobierno, al frente de lo que quedaba de la nación, recae solamente sobre Negrin.
Rojo, opina: "Estábamos también, de acuerdo que en la zona central no había nada que hacer, si previamente no se resolvían una serie de problemas que garantizaran el abastecimiento de toda clase de recursos, incluso de materias primas para la industria y armamento, y si no se corregían los vicios políticos y militares tantas veces señalados, pues ya era harto dolorosa la experiencia que vivíamos. A estas necesidades respondían las órdenes de 3 y 4 de febrero, para la evacuación de toda clase de recursos a la zona central, si bien este buen deseo había de frustrarse, y así hubo de apreciarlo el jefe del Gobierno, aún antes de ir a dicha zona. Si aquello no se lograba, había que buscar urgentemente la fórmula política, que permitiera terminar la guerra en el más breve plazo, de la manera más digna y salvando el mayor número de
personas. Y como no se logró ni podía lograrse, porque a ello se oponían exigencias políticas y técnicas, que no podían eludirse, el Gobierno fue a la zona central con la sola aspiración de sostener la moral de la masa, en tanto se hallaba y ponía en ejecución la fórmula política que consintiese poner fin a la guerra."
Es sabido de los esfuerzos de Negrin por conseguir una paz negociada, sobre todo cuando ya la Batalla del Ebro comienza a cambiar de signo. De los trece puntos pasará a tres para acabar intentando cuando menos evitar las represalias. La llegada de Negrin a la zona centro también podía suponer cierto interés en tratar con los nacionales, pero es de suponer que hubiera tenido menos éxito que la Junta de Defensa. Con el posicionamiento material de los frentes y el empecinamiento de los nacionales de no tratar con políticos, a los que acusaban de todos los males y sólo admitían tratos con “profesionales” como ellos, es lógico suponer, por lo tanto que a los emisarios de Negrín ni siquiera los hubiesen escuchado. Probablemente los hubieran detenido al aterrizar.
La opinión generalizada, cansada de tantos de meses de guerra y ante el perspectiva de la situación en general, se inclinaba por un rápido término de los sufrimientos y era poco proclive de continuar en la lucha., Por lo tanto la única opción que le quedaba era resistir numantinamente, por ver de conseguir alargar la guerra el tiempo suficiente para que la conflagración mundial que se avecinaba nos envolviera. Como este pensamiento era coincidente con el de los comunistas españoles comenzó a elaborar una política de nombramientos que le permitieran conseguir, con la ayuda de éstos, el dominio de la situación militar y por ello acometió una serie de nombramientos que como se verá daban casi todo el poder de las fuerzas armadas a este partido:
Jefe Supremo de los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire, General Cordón (comunista)
Jefe del Ejército del Centro, General Modesto (comunista)
Jefe del Ejército de Levante, Coronel Líster (comunista)
Jefe del Ejército de Extremadura, Teniente coronel González "El Campesino" (comunista)
Jefe del Ejército de Andalucía, Teniente coronel Tagüeña (comunista)
Jefe de la Base Naval de Cartagena, Teniente coronel Galán (comunista)
Comandante militar de Murcia, Teniente coronel Vegas (comunista)
Al tiempo que se confirma a Hidalgo de Cisneros como jefe de las Fuerzas Aéreas. Hidalgo de Cisneros es comunista también.
Esto llena de inquietud a los militares republicanos y sobre todo a los anarquistas que han sido obviados en esta nueva reestructuración y no olvidan ni el mayo barcelonés ni la actuación de Lister en Belchite contra el Consejo de Aragón. Dentro de este inevitable clima de sospecha, el secretario general de los anarquistas, Vázquez, ordena apoyar cualquier esfuerzo tendente en conseguir la paz. Con esta decisión de los anarquistas que completada la facción de Casado que seguirá en el camino de dar cuerpo a la formación de un gobierno que consiguiera un acuerdo con los nacionalistas y evitar una nueva y sangrienta batalla en el frente de Madrid.
No era descabellado pensar, que una vez consolidada la conquista de Cataluña, el grueso de las mejores y más entrenadas Divisiones de Franco se estuvieran reagrupando en la zona centro a fin de que con un fuerte empujón desmoronara el frente de Madrid y con él los demás escenarios latentes de lucha, por tanto cada vez se hacía más urgente llegar a la paz deseada por la mayoría.
A estas alturas se puede sospechar que las conversaciones de Casado con los nacionales, que él creía de armisticio y Franco sólo de rendición, estaban muy avanzadas.
Para contrarrestar cualquier intento de las fuerzas no comunistas de conseguir acuerdos, ya puestos en marcha, para que terminara la lucha y de los cuales, lógicamente Negrin estaba al cabo de la calle, fue su decisión de regresar, desde Francia, a la zona centro. De ahí su insistencia en reclamar la presencia de Azaña en Madrid, que hubiera dado, aparentemente, un refrendo al Primer Ministro que estaba lejos de desear y menos de sentir.
¿Qué intentaba, pues, llevar a cabo Negrin descartado el supuesto de su intervención pacifista ? Sencillamente, facilitar la evacuación de sus más allegados "colaboradores" .
No vamos a relatar los acontecimientos que obligaron a Negrin, junto con sus más fieles seguidores, salir definitivamente de la Península, pues se pueden encontrar en mi anterior artículo “El último trimestre republicano”, sólo unos ligeros apuntes:
La flota en Cartagena se adelanta, en horas, a la constitución del Consejo de Defensa Nacional, huyendo a Bizerta y escamoteando uno de los mejores medios de evacuación a todos aquellos que quedaron atrapados en la retaguardia. Una semana de cruentas luchas en Madrid consolidaron el poder del Consejo, autorizando a Casado a ultimar las conversaciones para terminar con la guerra.
Casado, en cierta manera va a realizar lo que tantas veces intentó Azaña y sus dudas y limitaciones le impidieron.
Fue el 17 de julio de 1936, cuando el entonces comandante de caballería y diplomado de Estado Mayor y jefe de la escolta presidencial, Segismundo Casado, trasladó, aunque a regañadientes, al Presidente de su residencia de El Pardo al Palacio de Oriente, salvándole de ser capturado por los sublevados del Regimiento de Transmisiones de El Pardo y trasladado, a través de la Sierra, a zona rebelde como hicieron con el hijo de Largo Caballero. El Destino vuelve en una increíble pirueta, a intervenir haciendo que el amigo y el militar haga realidad una de los deseos que han estado obsesionando, durante meses y hasta años, a Azaña.
Si Azaña, con su conducta errante durante su mandato y en su época de exilio, creyó que equilibraba y moderaba el poder del ejecutivo, estuvo muy equivocado, pues son conocidos los graves desencuentros que hubo entre los dos estadistas que abocaron a situaciones de gran intensidad como la crisis de Agosto de 1938, de cuya pugna salió claro vencedor Negrin.
Tal vez si en ese momento hubiera optado por deshacerse de lo que, por lo visto, era una abrumadora carga, dimitiendo; es posible que otros acontecimientos hubieran acaecido. Sin juzgar la bondad de los mismos, de un poder firme y moderador en manos de un Presidente decidido y enérgico se podían esperar otros destinos militares y políticos.
Pero la conclusión final es que nos hubiéramos ahorrado, en los últimos meses, vidas y sufrimientos si en lugar de un empecinamiento, por parte de los comunistas y a la vista de la situación militar, descabezada la República por una dimisión sin voluntad de sustitución, habiendo renunciado el Jefe del Estado Mayor Central, por tanto sin nadie inmediato superior ni tampoco en el escalón siguiente inferior y lo inteligente en Negrín hubiera sido tomar un avión, con todo su equipo, marchar a cualquier sitio tranquilo de Europa y desde allí ordenarle a Miaja, comandante supremo de los Ejércitos supervivientes, a que se rindiera. Siguiendo la cadena militar, Miaja, después de ponerse también a salvo le hubiera traspasado la orden a Matallana, quién hu¬biera hecho más o menos lo mismo con Casado y Casado lo igual con los cuatro jefes de sus Cuerpos de Ejército y aquí paz (nunca mejor dicho) y después gloria (aunque menos). Pero en la guerra no acostumbran a contar las posturas inteligentes y sí más actitudes visionarias, poco realistas e increíblemente empecinadas

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El Gran Capitán. Historia Militar.