
Un Bou y su tripulación
El Bizkaya mantuvo su rumbo hacia Bermeo, su única oportunidad de salvación antes del regreso del crucero. Pero ese día el capitán Alejo Bilbao tenía la suerte de cara: no sólo había escapado de los cañones del Canarias, sino que en su desesperada marcha hacia Bermeo localizó al Yorkbrook, al que obligó a entrar en puerto. Eran las 16 horas. El buque estoniano fue descargado durante la tarde mientras a lo lejos continuaba el cañoneo: el Canarias tenía otras presas.
Efectivamente, a las 14,30, cuando el comandante Moreno hizo virar al crucero para eludir el fuego de Punta Galea, su Estado Mayor comenzó a valorar la situación: primero, capturar al Mar Cantábrico; segundo, escoltar al Yorkbrook,- tercero, capturar o hundir al bou Bizkaya. Se imponía, pues, un rumbo de intercepción hacia el cabo Machichaco. Pero en ese momento, los vigías del Canarias detectaron la presencia de barcos a proa: 5 buques sin identificar. El Bizkaya, que en aquellos momentos estaba apresando al Yorkbrook, se salvaba por segunda vez el mismo día.
La alarma dada por el Bizkaya había sonado en la radio del resto del convoy vasco hacia las 13,30. Los capitanes de los tres buques advierten que entre el muelle salvador de El Abra y ellos -en esos momentos a unas 25 millas al norte del cabo Machichaco- están los cañones del Canarias,- por tanto, en vez de mantener la maniobra Oeste-Suroeste, recién comenzada, dieron orden de poner proa al Norte buscando la proximidad de la costa francesa para escapar del crucero. Pero el temporal que amainaba y permitía al Galdarnes una velocidad de unos 6 nudos también dio al Canarias la opción de localizar al convoy al aumentar la visibilidad.
Cuando el Galdarnes y los dos bous iban en dirección Oeste-Suroeste hallaron a dos pesqueros, el Pantzezka y el Josefa-Mike1, que se unieron a los barcos armados suponiendo que estarían más protegidos en su compañía. Su sorpresa fue mayúscula cuando hubo banderas ordenando virar al Norte. En ese momento, el Canarias se hallaba a unas 15 millas.
Durante 30 minutos los 5 buques vascos aumentan la distancia a unas 17 millas; luego, cuando el crucero elude las baterías de El Abra, la distancia vuelve acortarse, aunque el Canarias aún no hubiera avistado a los buques vascos. Eso ocurrió hacia las 14,20 y a las 14,40 abrió fuego el crucero, ordenando con sus señales que se parase el convoy. Obedece el mercante y también los pesqueros que, sin banderas de señales, sufren otra andanada antes de que el Canarias advierta la situación.
Y en ese momento, cuando el crucero inmovilizaba a mercante y pesqueros, el Nabara abrió fuego. Eran, aproximadamente, las 15 horas y la distancia entre ambos buques unas 5 millas, distancia que superaba las posibilidades artilleras del bou. Enrique Moreno, capitán del Nabara -dos Moreno frente a frente, uno con un crucero, otro con un bacaladero-, un murciano de la Unión, treinta años de edad, decidió sacrificar su buque y tripulación para alejar al crucero de sus presas.
Había comenzado la desigual batalla. El bou, casi siempre fuera de distancia, dispara sin cesar mientras corre zigzagueando rumbo Noroeste. El Nabara comienza a lograr su propósito. A las 17,30, el Canarias, que ya ha incendiado el bou, está a unas 6 millas del Galdarnes y de los pesqueros. Los tres buques a poca máquina se van alejando del crucero, pero los observadores del Canarias advierten la maniobra y, en un viraje, el crucero lanza una salva que alcanza al mercante. El Galdarnes se detiene resignado, mientras los pesqueros terminan por escapar.
Aquello no es una tregua para el Nabara, sobre el que llueve la metralla del crucero, que le controla, le acosa y le acribilla casi siempre fuera del alcance de las dos piezas de 101 mm. del bou, que disparan cada tres minutos (la de proa se agarrota tras una hora de lucha). Hay fuego a bordo y también una docena de muertos. Algunos tripulantes abandonan el bou perdido que sigue luchando ante el asombro del Canarias: “No he conocido hombres más valientes que aquellos. El bou ardía por los cuatro costados; parecía que no podía quedar nadie vivo a bordo, pero cuando nos acercábamos para el remate nos soltaban otro cañonazo”, diría Manuel Calderón


































