A finales del siglo XIX, las potencias europeas llevaron a cabo su «incursión por África» que trajo consigo grandes recompensas territoriales y de riquezas, pero no siempre esto les salió de balde, en algunas ocasiones aquellas tribus africanas, las mejor organizadas, les hicieron pagar un alto precio por su anexión. Los desastres militares no fueron nada nuevo para el ejército británico, que era la potencia europea con más experiencia en la guerra colonial. A pesar de ello, esto no les libró, en más de una ocasión, no les libró de cometer los errores más elementales. Por ejemplo, en Isandhlwana, durante la guerra zulú de 1879, lord Chelmsford dividió su mando y a pesar de que los bóers le habían advertido de la necesidad de rodear el campamento con sus carros cuando entrara en combate contra los zulús, no lo hizo. La experiencia había mostrado que sólo un fuego concentrado podía hacer retroceder a los zulús, pero los británicos habían dispersado sus tropas por una zona muy extensa. Cuando los zulús lanzaron un ataque multitudinario, los británicos se encon­traron con que sus reservas de municiones estaban atornilladas y, faltos de destornilladores para abrirlas, sus disparos fueron dismi­nuyendo de intensidad. Esto era lo que los zulús habían estado esperando: arrasaron el campo y mataron a unos 1.300 soldados, entre europeos y tropas nativas. Sin embargo, hay que tener en cuenta que el «ejército» zulú estaba compuesto por 20.000 guerre­ros, frente a los 1.800 hombres de las fuerzas británicas. No obstan­te, si Chelmsford hubiese efectuado un buen reconocimiento se habría dado cuenta de la presencia de ese formidable ejército y quizás no habría dividido sus fuerzas.

También a los italianos les tocó pagar un alto precio por sus conquistas en África. En el año 1896 los italianos libraron en Adowa «la batalla más increíble y absurda que jamás haya tenido lugar en la historia moderna» según Roberto Battaglia. El general Baratieri, con un ejército de 10.620 soldados italianos y 10.083 soldados nativos, atacó las fuerzas del emperador etíope Minilik, compuestas por unos 100.000 soldados armados con unos 70.000 u 80.000 fusiles. Baratieri estaba sometido a la intensa presión política del primer ministro Crispi y en realidad no le agradaba en absoluto la idea de combatir. A la confusión normal en la guerra los italianos añadían unos mapas poco precisos, un reconocimiento del terreno defectuoso y unas órdenes vagas y equívocas, de manera que las brigadas italianas, dispersas, pronto se extraviaron entre las colinas y perdieron totalmente el contacto entre sí y con su comandante en jefe. El resultado, más que una batalla, fue una masacre en la que murieron entre seis y siete mil soldados italianos y resultaron heridos otros ocho mil.

 

Tanto en la derrota de Isandhlwana como en la de Adowa el enemigo «autóctono» superaba en número a las tropas europeas en una proporción de entre cinco y diez a uno. En ambos casos los comandantes europeos habían infravalorado a sus enemigos y dividido sus fuerzas, de manera que las diversas unidades fueron «engullidas» poco a poco. También en ambos casos los reconocimientos efectuados habían sido insuficientes y no habían alertado a los mandos de la peligrosa proximidad de las fuerzas enemigas. Pero el ejército español iba a sufrir en 1921, en Annual, una derrota en todo punto semejante a la sufrida por ingleses e italianos, pero con el agravante de que en esta ocasión las fuerzas enemigas eran inferiores en número a las nuestras, pues no llegaban ni a una séptima parte del ejército español.

El espectacular desplazamiento hacia el Oeste africano, por parte del colonialismo calculador de Delcassé, luego del fiasco de Fachoda (Sudán, 1898), acabó en Marruecos, donde los británicos para nada querían un único dueño (España o Francia), que pusiera en peligro las comunicaciones con Suez y Egipto desde su dominio del Estrecho de Gibraltar. Por parte inglesa fue una calculada y sabia decisión, pues españoles y franceses pelearían en Marruecos por separado, perdiendo fuerzas, coherencias y oportunidades. En julio de 1921, cuando el ejército de Silvestre es destruido, la indiferencia francesa ante el suceso es tan rotunda como su desdén, actitud que cambiaría de modo radical al ser derrotada en 1925 por el mismo enemigo rifeño.

Sin embargo, de aquel cainismo colonial franco-español había derivado una ventaja sustancial: Francia logró firmar, en 1904, un pacto antialemán, la Entente Cordiale, piedra angular de su política continental. La orfandad de España en Marruecos, y su resignado pelear en solitario entre 1909 (guerra del Barranco del Lobo) y 1912 (guerra del Kert), despejó las dudas de Francia por su flanco colonial y en su espalda sureuropea -el miedo a que España formase alianza con Alemania-, orientándola hacia su prioridad: recuperar las tierras sagradas (Alsacia y Lorena).

A resultas del tratado francomarroquí de 1912, Francia cedió a España una zona en el norte de Marruecos; el área dependía totalmente del dinero que llegaba de España, que proporcionaban los hombres de negocios interesados en las minas de hierro situadas en el Rif. Era extremadamente difícil defender militarmente la región: en el interior apenas había caminos, estaba escasamente explorada y existían unas zonas montañosas, de las que ni siquiera había mapas, que estaban pobladas por tribus feroces e independientes que no estaban dispuestas a someterse al dominio español.

De nuestra ejemplar neutralidad en la Gran Guerra -compromiso personal del rey Alfonso XIII, España obtuvo un reconocimiento moral, pero nada de provecho en lo colonial o lo estratégico. Siguió aislada en Europa y volcada en Marruecos -nuevo y temible Flandes hispano-, donde enterraba sus dineros, sus hombres y sus mejores expectativas de modernidad y concordia nacional sobre un mar de piedras y guerreros: el Rif y Yebala, poco más de 21.000 km2 que recibidos por los Acuerdos de Protectorado de 1912, mientras Francia se embolsaba el llamado Marruecos útil, lo más granado del país en lo agrícola, lo minero y lo geoestratégico -fachadas a las Canarias y flanco septentrional del Sáhara Occidental.

 


 

El principal obstáculo contra las ambiciones españolas en el Rif era el caid de Beni Urriagali, Abd el Krim, que sucedió a su padre en septiembre de 1920. Krim, se había educado en España, había sido consejero de la oficina de Asuntos Indígenas y posteriormente profesor del dialecto bereber chilha en la Academia Árabe de Melilla. Krim estaba decidido a evitar cualquier expansión europea en su territorio, ya fuese francesa o española. Con la ayuda de su hábil hermano, Si Mohammed, experto en minas, Abd el Krim continuó la tarea de su padre en la construcción de un gran depósito de armas clandestino por si se daba el caso de que los españoles trataran de adentrarse en el Rif. En 1920 el alto comisario en Marruecos, el enérgico general Dámaso Berenguer, se decidió a hacerlo con la ayuda del general Fernández Silvestre, de Melilla.

Fernández Silvestre tenía fama de ser un general valiente y «combativo», que había sido herido no menos de dieciséis veces durante la guerra de Cuba, en 1898. Famoso por su afición a las mujeres y maestro en el trato social, Silvestre era un confidente cercano del rey Alfonso XIII. Sin embargo, su temperamento triunfaba muchas veces sobre la razón; su aversión hacia los «moros», hacia la diplomacia y hacia Abd el Krim en particular dificultaba que pudiese lograr un acuerdo pacífico con el líder rifeño. Consciente de que la corte de Madrid estaba pendiente de él, Silvestre decidió dar una lección a los rifeños.

En mayo de 1921 la posición española, al menos sobre el papel, parecía buena. El avance del general Silvestre hacia el oeste de Melilla, en dirección al Rif central, había puesto bajo el control español una extensión mayor que la lograda durante los doce años precedentes. Comprendía un área de unos 50 kilómetros hacia el sur y 120 kilómetros al oeste, y con un ejército compuesto por 25.700 soldados, 20.600 españoles y 5.100 regulares marroquíes, superaba ampliamente los 3.000 o 4.000 guerreros rifeños de Abd el Krim. Sin embargo, las tropas de Silvestre estaban divididas entre unos 144 puestos avanzados, blocaos y fuertes, algo que iba a tener considerables repercusiones para los españoles. Las guarniciones habituales de los blocaos españoles estaban compuestas por una cifra que oscilaba entre doce y veinte hombres, aunque los centros como Batel, Dar Drius, Buy Meyan y Annual contaban cada uno con una guarnición compuesta por 800 hombres.

 

Los españoles se sentían optimistas y pensaban que podrían apoderarse de todo el Rif y alcanzar su objetivo, la bahía de Alhucemas. Berenguer se sintió complacido al visitar Melilla y comprobar que el impulsivo Silvestre se comportaba con moderación. También quedó sorprendido por la cordial acogida que le dispensaron los rifeños: supuso que ello significaba una cierta aceptación del gobierno español. Desgraciadamente estaba equivocado. La moderación de los rifeños se debía a que las pobres cosechas habían obligado a algunos dirigentes de las tribus a emigrar temporalmente a Argelia en busca de trabajo. Las tribus sólo estaban dispuestas a tolerar la ocupación de Silvestre mientras fuesen demasiado débiles para resistir.


 

Abd el Krim conocía bien la situación en que se hallaba el ejército español en Marruecos. Sabía que su moral era baja y que si podía arrastrar a las tribus al jihad, la guerra santa, la resistencia española sería mínima. Resulta más difícil determinar si el alto mando español era, a su vez, consciente de esta situación. En febrero de 1921, Berenguer había informado al ministro de la Guerra que el ejército había de enfrentarse a graves problemas. Los soldados estaban mal pagados, mal alimentados y pobremente equipados. Existían deficiencias en el suministro del material de guerra y los servicios sanitarios eran deplorables. Los barracones y los hospitales eran inmundos en todo el protectorado, por lo que las bajas causadas por la malaria eran innecesariamente elevadas. Su informe fue presentado en las Cortes, aunque añadiendo que si bien las condiciones eran malas el «espíritu marcial» de las tropas eran bueno.

Mejor hubiera sido decir que el «espíritu marcial» de las tropas, lejos de ser bueno, en algunas unidades era casi inexistente. El nivel general de los mandos era bajo, muchos oficiales eran incompetentes, indisciplinados y debían su posición a sus conexiones familiares. La paga del ejército era tan escasa que muchos oficiales tenían otro trabajo. En Marruecos empleaban gran parte de su tiempo fuera de las guarniciones y se preocupaban muy poco del bienestar de sus tropas. Para el soldado raso la vida era un infierno; la escasez de equipamiento, instrucción, comida y servicios hospitalarios, así como la casi total ausencia de atenciones médicas, erosionaban la moral.

Cuando Silvestre supo que Abd el Krim se preparaba para combatir, declaró enfurecido: «Este Abd el Krim es un loco. No voy a tomar en serio las amenazas de un pequeño caid bereber que hasta hace cuatro días estaba a mi merced. Su insolencia merece un nuevo castigo».

Pese a que algunos jefes tribales le advirtieron que no provocase a Krim cruzando el río Amerkran, Silvestre desdeñó sus consejos y lo cruzó. El 1 de junio, un destacamento español de 250 hombres sitió Abarran. No obstante, los policías aborígenes que los acompañaban se sublevaron y atacaron a los españoles matando a 179 soldados, entre los que se encontraba el comandante. El mismo día las tribus del Rif atacaron la base de Sidi Dris.

Berenguer, preocupado por estas noticias, embarcó en Ceuta rumbo a Melilla para ver a Silvestre. Cuando el alto comisionado le ordenó que cesara su avance por el Rif, el irascible comandante perdió los estribos y trató de estrangularle, teniendo que ser reducido por la fuerza por los oficiales de su Estado Mayor. Berenguer partió creyendo que sus órdenes estaban suficientemente claras, pero Silvestre estaba persuadido de que otro pequeño avance no le causaría ningún perjuicio, por lo que ordenó que establecieran una nueva base en Igueriben, a unos cinco kilómetros de Annual.

Abd el Krim decidió en aquel momento lanzar un ataque anticipatorio contra las posiciones españolas. En aquel momento, la hostilidad hacia los españoles entre los hombres de las tribus rifeñas era más fuerte que nunca, por lo que cuando Krim declaró la jihad su auditorio estaba más que predispuesto:

--Oh, musulmanes, nosotros hemos deseado hacer las paces con España, pero España no quiere. Sólo desea ocupar nuestras tierras para arrebatarnos nuestras propiedades y nuestras mujeres y para hacernos abandonar nuestra religión. No podemos esperar nada bueno de España ... El Corán dice «el que muere en la guerra santa va hacia la gloria».

 

Pese a la naturaleza emocional de su arenga, Abd el Krim no actuaba de una manera precipitada, sino que había ido preparando a sus fuerzas con todo sigilo. Probó las defensas españolas en una serie de «ataques y retiradas» y llegó a la conclusión de que podía asestarles un golpe definitivo. Con un ejército -o harka- procedente de Ben Urriaglis, Abd el Krim atacó por sorpresa el 17 de julio de 1921.

La base de Igueriben, a medio construir, recibió el primer ataque. Increíblemente, había sido construida a cinco kilómetros de distancia del suministro de agua más cercano, por lo que los soldados españoles pronto sufrieron la tortura de la sed. A medida que la lucha avanzaba lo único que les quedaba para beber era el jugo de las latas de pimiento y tomate, y después «vinagre, agua de colonia, tinta y, finalmente, su propia orina endulzada con azúcar». Desde Annual enviaron una columna en socorro de aquellos hombres, pero no se atrevieron a avanzar hacia Igueriben, pues tenían que pasar por un estrecho desfiladero fuertemente defendido por los rifeños. Se retiraron tras haber perdido 152 hombres, abandonando la base a su suerte. El 21 de julio Silvestre había tratado de dirigir una carga de caballería a través del desfiladero para rescatar la guarnición, pero el fuego de los cañones apostados en las colinas le hizo retroceder. Finalmente Igueriben fue invadida y su guarnición masacrada.

Silvestre regresó a Annual, un campamento asentado sobre tres pequeñas laderas y que podía dominarse desde las colinas circundantes. El general, tan confiado tiempo atrás, empezó a sentir pánico: tenía dificultades para dormir y para digerir los alimentos. El rey le envió un telegrama en el que le instaba a tomar la bahía de Alhucemas para el 25 de julio, día del cumpleaños de su majestad. Silvestre se dio cuenta de que estaba acorralado por su propia reputación de hombre que hace lo que dice. Estaba ya claro para él que la situación local era desesperada y que ni siquiera Annual, la principal base española en el Rif, podía mantenerse. La mañana del 22 de julio, después de una reunión con los oficiales, ordenó una retirada a gran escala. No había previsto ningún plan y dijo simplemente a las tropas que se marchasen «por sorpresa». La conmoción que causó la orden del propio comandante en jefe hizo perder los nervios a la mayoría de la tropa, formada por reclutas, que rompieron filas y huyeron presas del pánico. Sus oficiales no hicieron nada para impedir la estampida, mientras que Silvestre, que al parecer no tenía ni idea de cómo gobernar la situación, se limitaba a decir a sus tropas, «corred, corred, ese diablo está a punto de llegar». En realidad ya estaba allí y muy pocos soldados españoles escaparon de la muerte a manos de los rifeños. No se sabe con certeza cómo murió Silvestre, pero algunas versiones dicen que fue el propio Abd el Krim quien le cortó la cabeza para lucir luego su brillante fajín de general, mientras que otros informes hablan de suicidio.


 

Los fuertes y bases españoles cayeron como fichas de dominó. Como los supervivientes de la zona occidental y del sur se dirigían todos hacia el este, no hicieron más que incrementar el pánico difundiendo historias de horribles masacres. Por si fuese poco, las noticias de los desastres españoles en Igueriben y Annual llegaron a oídos de las tribus que se habían mantenido en calma, que se sublevaron contra los odiados invasores. La caída de la posición española y la huida desordenada de un ejército de más de 20.000 hombres ante un puñado de rifeños fue desgraciada. Aquí y allá, algunos soldados se detenían y trataban de reunirse con los demás pero quedaban desbordados por el enemigo y por sus propios desertores. Lo cierto es que España no había preparado posiciones fortificadas en la retaguardia desde las cuales realizar un repliegue ordenado. Todo lo que había entre Annual y Melilla eran decenas de pequeños blocaos cuyos tejados se podían volar con granadas de mano.

El general Navarro, segundo de Silvestre, trató de reunir dos o tres mil supervivientes y retirarse hacia Melilla para encontrarse con la columna de socorro que corría a su encuentro, pero se vio forzado a detenerse en Monte Arruit, pues no quería abandonar a los heridos. Una vez allí decidió intentar defender el viejo fuerte de adobe, construido a casi un kilómetro de distancia de la fuente de agua más cercana. Una vez más los españoles cometieron un error increíble. En Monte Arruit no había equipo médico de ninguna clase y 167 hombres murieron a causa de la gangrena. Desde Melilla partieron aviones para lanzar comida y provisiones sobre la asediada guarnición de Navarro, pero la mayoría de los paquetes cayeron en manos de los rifeños. Al final, Berenguer dio permiso a Navarro para que se rindiese, pero tras la rendición los rifeños cayeron sobre el fuerte y mataron a todos excepto a Navarro y algunos más.

 

Monte Arruit estaba a menos de treinta kilómetros de distancia de Melilla, pero pese a ello no hicieron ningún intento de socorrerlo. De hecho la guarnición de Melilla contaba con 1.600 hombres, la mayoría de ellos soldados con escasa formación militar. Abd el Krim sabía que podía haber tomado también Melilla, privando así a España de la única base que le quedaba en el noreste de Marruecos. De haberlo hecho, no está nada claro que los españoles hubiesen podido recuperar la ciudad y restablecer su posición en el Rif. Pero los hombres de Krim no eran soldados profesionales; habían disfrutado con la victoria y con el botín, pero estaban cansados y deseaban volver a sus hogares. No faltaba mucho para la cosecha y eso era bastante más importante para aquellos hombres rurales que matar unos cuantos españoles más.

Cuando Berenguer conoció las noticias envió refuerzos a Melilla y declaró a la prensa: «Se ha perdido todo, hasta el honor». Quizá Berenguer tenía razón. La derrota del ejército español en Annual fue el mayor desastre sufrido en siglos por una potencia europea a manos de un ejército «incivilizado». Para España las pérdidas fueron enormes, ya no sólo en prestigio, sino en vidas, material y territorio. Las cifras de bajas oscilan según la fuente, pero incluso las Cortes admitieron más de 13.000 muertos, aunque la cifra más probable sea la de 19.000, ya que los rifeños no hacían prisioneros. Las pérdidas en material incluyen 20.000 fusiles, 400 ametralladoras y 129 cañones; todas las inversiones españolas en el norte de Marruecos -ferrocarriles, minas, equipamiento agrícola, escuelas, puestos militares, etcétera- se perdieron en cuestión de días.

Resulta sencillo criticar al comandante Silvestre, a sus tropas o a los estrategas, que construyeron fuertes y bases y dispersaron sus tropas como semillas por el desierto. Pero los políticos también deberían rendir cuentas por haber permitido que el ejército se desintegrase por falta de suministros y de dinero. La corrupción se había convertido en parte integrante dé la vida cotidiana española y en ella estaban implicados tanto los políticos como los profesionales liberales, la iglesia y el ejército. Hizo falta un desastre como el de Annual para que la gente se diese cuenta de las consecuencias de sus acciones. Las revelaciones que salieron a la luz a propósito del comportamiento del ejército español en Marruecos fueron una lección dura de aprender.

Los hallazgos de la comisión de investigación del desastre presidida por el general Picasso revelaron el amplio alcance de la corrupción. Aunque no se podía acusar a todos los oficiales de incompetentes y de corruptos, la mayoría eran ambas cosas. Durante 1920 once capitanes que habían actuado como tesoreros de su cuerpo de ejército habían abandonado el ejército para evitar la acusación de malversación; uno de ellos llegó a suicidarse. El dinero que las Cortes españolas habían destinado a la construcción de carreteras fue a parar a los bolsillos de los altos oficiales. Los oficiales inferiores habían robado todo cuanto habían podido en los almacenes del ejército para venderlo e incrementar así sus salarios. Los oficiales pasaban mucho tiempo lejos de sus tropas y los más veteranos o bien vivían en España o «jugaban y putañeaban» en Melilla. Los soldados y sus mujeres permutaban armas con los rifeños a cambio de fruta y verduras frescas.

Los soldados españoles eran los de más baja categoría de entre todos los soldados europeos. El 80 por 100 eran analfabetos y los menos hábiles de todos, habida cuenta que el sistema de “cuotas” libraba del servicio de armas a quienes tenían el dinero necesario para encontrar sustitutos, por tanto sólo los pobres sin alcances monetarios y de educación estaban destinados a engrosar un ejército poco entrenado y pobremente armado; muchos de sus fusiles ya habían sido utilizados en la guerra de 1898 contra los Estados Unidos y no se habían limpiado ni utilizado desde entonces. Un informe relata que de un comando de 30 hombres, 19 de ellos tenían unos fusiles en tan malas condiciones que las balas que disparaban no llegaban a más de un kilómetro.


 

El soldado español medio tenía pocos motivos para estar satisfecho de su situación. Cobraba menos de una tercera parte de lo que cobraba un rifeño como peón caminero y se veía obligado a subsistir a base de café, judías, arroz y pan. No es, pues, extraño que aprendiera a dar tan poco como recibía. Era diestro en evitar las tareas en el frente, en comer tabaco para aparentar que tenía ictericia o en contraer enfermedades venéreas a propósito. Aplicaba ortigas a pequeñas heridas para que se ulcerasen o se provocaba llagas ulcerosas en las piernas con monedas al rojo vivo. Si se considera tal desmoralización resulta más fácil entender el fracaso de Annual.

Los jefes que les tocaron en suerte eran deplorables. En Melilla se descubrió que muchos oficiales se habían escondido en las bodegas durante el ataque para aparecer después afirmando que habían sido hechos prisioneros. Otros oficiales escaparon en lugar de hacer frente a los rifeños y no se preocuparon por volver a sus posiciones. Un oficial al oír la alarma en Monte Arruit se apoderó del único coche que había y se fue a Melilla. Cuando se abrieron los almacenes militares de Melilla ante la magnitud de la emergencia resultó que en su interior no quedaba nada: todo había sido vendido a los contrabandistas.

También resulta difícil defender la política de construir 130 o 150 puestos y blocaos alrededor de Melilla, y además de cualquier manera. Muy pocas bases tenían médicos o equipamiento médico, mientras que la mayoría de soldados tenían que vestir uniformes de verano durante los fríos inviernos marroquíes porque carecían de algo mejor que ponerse. De los 50 camiones que se habían enviado a Melilla para resolver el problema de los transportes, en el Rif sólo se vieron 5. Los soldados de Annual tan sólo disponían de 40 cartuchos cada uno y sólo había 600 proyectiles en total para los cañones. En una situación tal, ¿qué esperaban que hicieran los soldados rasos? Al oír las noticias procedentes de Annual el mariscal Lyautey, comandante francés y experto en campañas coloniales, comentó: «El soldado español, que es tan valiente como sufrido, podrá conocer mejores épocas bajo otros mandos».

El general Silvestre, que desobedeció órdenes y atrajo el desastre sobre sí, sus soldados y su país, era, desde luego, un hombre impulsivo, pero también es cierto que estaba sometido a presiones considerables, que en su caso procedían del rey Alfonso, para que consiguiese «una victoria decisiva». Al parecer la comisión Picasso descubrió una carta del rey a Silvestre en la que le instaba a avanzar hacia el interior del Rif: “Haz lo que te digo, y no hagas caso del ministro de la guerra, que es un imbécil”, le había escrito el rey. Los fallos de Silvestre como comandante están claros, pero la responsabilidad por el desastre de Annual no debe recaer únicamente en sus espaldas. Abd el Krim venció, pero lo hizo gracias a un gran aliado en el campo enemigo como eran décadas de corrupción y dejadez que habían sustituido a la política en Marruecos.

Nunca, hasta entonces, había perdido la España contemporánea un ejército al completo. En bloque y de la forma espantosa -asesinado, en su mayoría, luego de capitular en sus posiciones- como lo fueron los hombres de Silvestre, con su general suicidado al frente. Otro hecho insólito, desconcertante, opresivo, como hemos comentado al principio de este trabajo, es que aunque habían habido destrucciones militares del colonialismo europeo, tan absolutas como las del ejército italiano de Baratieri en Adua (Eritrea, 1 marzo 1896), y tan extensas como reiteradas como las derrotas británicas en la guerra zulú de 1879 y contra los boers en Suráfrica, 1899-1902, la naturaleza de la tragedia española en el Rif hizo que la nuestra lo pareciese y lo fuera la más terrible de todas.

En la panorámica de los hechos coloniales, lo que ocurrió en Marruecos fue tan trascendente -por los cambios de régimen y de mentalidad en las instituciones militares- como lo vivido por la Francia de la IV República en Indochina (1949-54) y Argelia (1954-58), o la República salazarista en el Portugal africano (1968-74). En otro nivel de dislocación social y política, la conmoción estadounidense por Vietnam (1967-73).

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El Gran Capitán. Historia Militar.