Los fuertes y bases españoles cayeron como fichas de dominó. Como los supervivientes de la zona occidental y del sur se dirigían todos hacia el este, no hicieron más que incrementar el pánico difundiendo historias de horribles masacres. Por si fuese poco, las noticias de los desastres españoles en Igueriben y Annual llegaron a oídos de las tribus que se habían mantenido en calma, que se sublevaron contra los odiados invasores. La caída de la posición española y la huida desordenada de un ejército de más de 20.000 hombres ante un puñado de rifeños fue desgraciada. Aquí y allá, algunos soldados se detenían y trataban de reunirse con los demás pero quedaban desbordados por el enemigo y por sus propios desertores. Lo cierto es que España no había preparado posiciones fortificadas en la retaguardia desde las cuales realizar un repliegue ordenado. Todo lo que había entre Annual y Melilla eran decenas de pequeños blocaos cuyos tejados se podían volar con granadas de mano.

El general Navarro, segundo de Silvestre, trató de reunir dos o tres mil supervivientes y retirarse hacia Melilla para encontrarse con la columna de socorro que corría a su encuentro, pero se vio forzado a detenerse en Monte Arruit, pues no quería abandonar a los heridos. Una vez allí decidió intentar defender el viejo fuerte de adobe, construido a casi un kilómetro de distancia de la fuente de agua más cercana. Una vez más los españoles cometieron un error increíble. En Monte Arruit no había equipo médico de ninguna clase y 167 hombres murieron a causa de la gangrena. Desde Melilla partieron aviones para lanzar comida y provisiones sobre la asediada guarnición de Navarro, pero la mayoría de los paquetes cayeron en manos de los rifeños. Al final, Berenguer dio permiso a Navarro para que se rindiese, pero tras la rendición los rifeños cayeron sobre el fuerte y mataron a todos excepto a Navarro y algunos más.

 

Monte Arruit estaba a menos de treinta kilómetros de distancia de Melilla, pero pese a ello no hicieron ningún intento de socorrerlo. De hecho la guarnición de Melilla contaba con 1.600 hombres, la mayoría de ellos soldados con escasa formación militar. Abd el Krim sabía que podía haber tomado también Melilla, privando así a España de la única base que le quedaba en el noreste de Marruecos. De haberlo hecho, no está nada claro que los españoles hubiesen podido recuperar la ciudad y restablecer su posición en el Rif. Pero los hombres de Krim no eran soldados profesionales; habían disfrutado con la victoria y con el botín, pero estaban cansados y deseaban volver a sus hogares. No faltaba mucho para la cosecha y eso era bastante más importante para aquellos hombres rurales que matar unos cuantos españoles más.

Cuando Berenguer conoció las noticias envió refuerzos a Melilla y declaró a la prensa: «Se ha perdido todo, hasta el honor». Quizá Berenguer tenía razón. La derrota del ejército español en Annual fue el mayor desastre sufrido en siglos por una potencia europea a manos de un ejército «incivilizado». Para España las pérdidas fueron enormes, ya no sólo en prestigio, sino en vidas, material y territorio. Las cifras de bajas oscilan según la fuente, pero incluso las Cortes admitieron más de 13.000 muertos, aunque la cifra más probable sea la de 19.000, ya que los rifeños no hacían prisioneros. Las pérdidas en material incluyen 20.000 fusiles, 400 ametralladoras y 129 cañones; todas las inversiones españolas en el norte de Marruecos -ferrocarriles, minas, equipamiento agrícola, escuelas, puestos militares, etcétera- se perdieron en cuestión de días.

Resulta sencillo criticar al comandante Silvestre, a sus tropas o a los estrategas, que construyeron fuertes y bases y dispersaron sus tropas como semillas por el desierto. Pero los políticos también deberían rendir cuentas por haber permitido que el ejército se desintegrase por falta de suministros y de dinero. La corrupción se había convertido en parte integrante dé la vida cotidiana española y en ella estaban implicados tanto los políticos como los profesionales liberales, la iglesia y el ejército. Hizo falta un desastre como el de Annual para que la gente se diese cuenta de las consecuencias de sus acciones. Las revelaciones que salieron a la luz a propósito del comportamiento del ejército español en Marruecos fueron una lección dura de aprender.

Los hallazgos de la comisión de investigación del desastre presidida por el general Picasso revelaron el amplio alcance de la corrupción. Aunque no se podía acusar a todos los oficiales de incompetentes y de corruptos, la mayoría eran ambas cosas. Durante 1920 once capitanes que habían actuado como tesoreros de su cuerpo de ejército habían abandonado el ejército para evitar la acusación de malversación; uno de ellos llegó a suicidarse. El dinero que las Cortes españolas habían destinado a la construcción de carreteras fue a parar a los bolsillos de los altos oficiales. Los oficiales inferiores habían robado todo cuanto habían podido en los almacenes del ejército para venderlo e incrementar así sus salarios. Los oficiales pasaban mucho tiempo lejos de sus tropas y los más veteranos o bien vivían en España o «jugaban y putañeaban» en Melilla. Los soldados y sus mujeres permutaban armas con los rifeños a cambio de fruta y verduras frescas.

Los soldados españoles eran los de más baja categoría de entre todos los soldados europeos. El 80 por 100 eran analfabetos y los menos hábiles de todos, habida cuenta que el sistema de “cuotas” libraba del servicio de armas a quienes tenían el dinero necesario para encontrar sustitutos, por tanto sólo los pobres sin alcances monetarios y de educación estaban destinados a engrosar un ejército poco entrenado y pobremente armado; muchos de sus fusiles ya habían sido utilizados en la guerra de 1898 contra los Estados Unidos y no se habían limpiado ni utilizado desde entonces. Un informe relata que de un comando de 30 hombres, 19 de ellos tenían unos fusiles en tan malas condiciones que las balas que disparaban no llegaban a más de un kilómetro.

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El Gran Capitán. Historia Militar.