Reseña: La Guerras de Italia (1494-1504) El nacimiento de los Tercios
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- Escrito por: Rafa
Este libro cuenta, de una forma clara y directa, cómo una serie de campañas en Italia cambió para siempre la forma de hacer la guerra y dio a luz a un soldado y a un sistema que marcarían la hegemonía hispana durante más de un siglo.
La propuesta es sencilla y potente: llevar al lector, paso a paso, por las guerras de Italia entre 1494 y 1504, desde la entrada fulgurante de los reyes franceses hasta la consolidación de Gonzalo Fernández de Córdoba como artífice de un modo de combatir que anticipa los Tercios.
¿Para quién es este libro? Para cualquiera que disfrute con la Historia Militar bien contada: investigadores que buscan una síntesis clara del primer ciclo italiano, aficionados que quieren entender por qué se habla del “nacimiento” de los Tercios en este periodo, y lectores que valoran el equilibrio entre narración y análisis táctico.
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Oda Nobunaga, el demonio japonés (II)
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- Escrito por: Malarky
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Mientras Nobunaga afianza su poder en la capital sus enemigos no se rinden y pese a que Takeda Shingen había fallecido el heredero del clan, Takeda Katsuyori, atacó en 1574 tanto el dominio de Mikawa de los Tokugawa como el de Mino de Nobunaga, quien se vería obligado a mandar a algunos de sus generales de otros frentes para defender su provincia. En 1575 fuerzas del clan Takeda, comandadas por el propio Katsuyori asediaron el Castillo de Nagashino. Desde la fortaleza se solicitó la ayuda de Ieyasu y de Nobunaga, quienes enviaron tropas en su auxilio derivando en la batalla más famosa de todas las libradas por Nobunaga.
Oda Nobunaga, el demonio japonés (I)
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- Escrito por: Malarky
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“Nobunaga mezcló los ingredientes,
Hideyoshi horneó el pastel e Ieasu lo comió”1
Con esta sencilla frase puede resumirse toda la historia del Japón durante la segunda mitad del siglo XVI. Oda Nobunaga es uno de los personajes más influyentes de la historia japonesa hasta nuestros días. Hábil tanto en lo político como en lo militar, es el primero de los tres responsables de la unificación del Japón. Y pese a que moriría sin poder completar su proyecto, si lo consiguieron dos vasallos cercanos suyos, primero Toyotomi Hideyosi completaría con éxito la unificación, y tras la muerte de este Tokugawa Ieasu impondrá la paz en Japón mediante una dinastía que duraría hasta mediados del siglo XIX.
Todavía hoy su persona suscita debates entre académicos e interesados en la historia del periodo Sengoku. Es común encontrar calificativos referidos a él definiéndolo como “líder autoritario”, “astuto” o “despiadado”. Despiadado debido a acciones de dudoso honor para la imagen que tenemos hoy en día de lo que es un samurái, como por ejemplo la suscitada tras la matanza en el monte Hiei que veremos más adelante, o porque también según algunas fuentes durante sus conquistas solía exterminar a los derrotados, masacrando incluso a sus familias, fueran mujeres o niños. Por todo esto en nuestra época muchas veces se le denomina con el sobre-nombre de “Rey Demonio”. Pero debemos contextualizar los hechos en la época en la que transcurren, en una sociedad violenta en constante lucha desde hacía más de un siglo, y donde este tipo de hechos eran de lo más comunes.
El Bravo de Napoleón: La Furia Roja que Desafió a la Historia (II)
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- Escrito por: Juan Carlos

Los Cien Días
“Sire, espero estar pronto en disposición de traerlo en un jaula de hierro” (Ney al rey Luis XVIII, refiriéndose a Napoleón).
Cuando Luis XVIII desembarcó en Calais el 26 de abril de 1814, tras veinticuatro años de exilio, aceptó y ratificó la nueva nobleza creada por el Emperador. Ney era parte de ella, y el rey expresó su gran admiración por carrera militar y mantuvo su rango de Mariscal del Imperio, ahora con el añadido de “y Teniente General del Rey”.
Durante el invierno de 1814-1815, se mantuvo lejos de París, en su casa de campo de Coudreaux, con su esposa y sus hijos, ya que, pese a la admiración expresada por el rey y la ratificación en su rango, lo cierto es que no estaba muy bien visto por los monárquicos.
El 6 de marzo de 1815 recibe una carta del Mariscal Soult, Ministro de la Guerra, ordenándole presentarse de inmediato en París, para posteriormente ponerse al mando de la 6ª División. Pero hasta que llegó a París al día siguiente, no fue informado de la noticia que convulsionaba la corte en aquel momento: Napoleón había escapado de Elba y había desembarcado cerca de Cannes.
Ney solicitó una audiencia inmediata con el monarca, quien finalmente le recibió esa misma noche. Aunque al parecer el rey tan sólo le expresó que quería evitar para Francia un nuevo período de lucha y derramamiento de sangre, el mariscal, deseoso de ganarse el favor real ya que su lealtad estaba en entredicho, fue más allá, sentenciando: “Sire, espero estar pronto en disposición de traerlo en un jaula de hierro”. Se refería, evidentemente, a Napoleón.
El 11 de marzo, partió al frente de su división, y pese a que se desconocía la ruta que estaba siguiendo el contingente imperial, fue finalmente él quién localizó a Napoleón y su séquito. No obstante, entre sus tropas, el fervor hacia el regresado emperador era creciente e imparable. El 14 de marzo, recibió una carta de puño y letra de Napoleón, en la que en afectuosos términos le solicitaba que aceptara las órdenes que le había hecho llegar a través del general Bertrand, que sus tropas retomaran la bandera tricolor, y que se reuniera con él en Châlons, finalizando la misiva con la siguiente frase: “Le recibiré como lo hice al día siguiente de la batalla de la Moscova”.
Tras reflexionar durante toda la noche sobre la decisión a tomar, reúne a la mañana siguiente a sus tropas, a quienes proclama su lealtad a Napoleón, en un breve discurso culminado con un ¡Vive l’Empereur! , atronadoramente respondido por oficiales, suboficiales y soldados. Sin embargo, Ney, a través de una carta privada al emperador, condiciona su lealtad “a que no gobierne como un tirano y se ocupe de reparar los males que hubiera causado”. Napoleón y el mariscal finalmente se reencuentran en Auxerre el 17 de marzo, dándose un abrazo en público, y marchando desde ese momento hacia París, donde el emperador hizo su entrada triunfal el 20 de marzo, mientras que Ney llegó con sus tropas tres días después.
Pero antes de que lleguen a la capital del Sena, la Séptima Coalición contra Francia ya se ha formado, declarándole la guerra. Tras fracasar los intentos diplomáticos por evitarla, Napoleón reúne sus tropas y marcha sobre Bélgica para derrotar a las tropas aliadas allí acantonadas.
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El Bravo de Napoleón: La Furia Roja que Desafió a la Historia (I)
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- Escrito por: Juan Carlos
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Primeros años (1769-1792).
Le rougenot (el “rubicundo”).
“Ciertamente Ney es el más valiente de entre los valientes”.
Nada hacía presagiar, cuando Michel Ney nació el 10 de enero de 1769 en la localidad francesa de Saarlouis (en la actualidad perteneciente a Alemania), que uno de los más insignes militares de la Historia, Napoleón Bonaparte, pronunciaría estas palabras refiriéndose a él.
Su padre, Pierre Ney, un tonelero de esa pequeña localidad francesa, era un veterano de la Guerra de los Siete Años, y conocía por tanto las vicisitudes de la vida del soldado, por lo que pretendía mantener a su hijo alejado de la profesión castrense. En el seno de esta familia creció el joven Michel, que se educó en una escuela de monjes agustinos, donde se hablaba francés, mientras que el hecho de que su madre, Margarethe Groevelinger, fuera de origen alemán, propició que Ney fuera siempre bilingüe. Segundo de cuatro hermanos, su hermano mayor, Jean, también formó parte del ejército francés, alcanzando el grado de teniente, pero falleció en 1799, en la batalla de Trebbia, durante la campaña de Italia.
A los once años abandonó los estudios y trabajó en diversas ocupaciones con un notario, con un comerciante de licores, en una fundición, hasta que en 1788, contraviniendo los deseos de su padre, se alista voluntariamente en el 5º de Húsares. Desde ese momento, Michel Ney encarnó las mejores virtudes propias de un soldado: valiente, generoso, amable no exento de temperamento y querido por sus compañeros, quienes pronto empezaron a llamarle “le rougenot” (el “rubicundo”) por su pelo rojizo y mejillas encarnadas.
Su carrera fue meteórica. En 1791 fue nombrado brigadier (cabo), en febrero de 1792 maréchal de logis (sargento), y tres meses después, maréchal de logis chef (sargento mayor), coincidiendo con la declaración de guerra a Austria, y que abriría un largo período de guerras revolucionarias y del Imperio. Antes de la Revolución de 1789, a lo máximo que podía aspirar un soldado que no procedía de la nobleza o de la alta burguesía, era a alcanzar el grado de teniente. Pero ahora todo era posible, y la frase de “llevar un bastón de mariscal en la mochila” era usada con asiduidad.
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